
Hay libros que no llegan haciendo ruido, pero se quedan. Las periferias mudas, del periodista valenciano Salvador Enguix, es uno de ellos. No porque descubra algo completamente nuevo, sino porque ordena con paciencia una serie de intuiciones —y de evidencias— que muchos compartimos desde hace años. El autor no plantea una enmienda a la totalidad del Estado autonómico, sino algo más incómodo y exigente: cuestionar que algunas de las premisas con las que el constituyente de 1978 justificó el modelo de descentralización territorial no se hayan cumplido. En particular, la que aspiraba a evitar la hipercentralización del poder.
El talento se desplaza, las élites se concentran y los lugares de origen se convierten en espacios de tránsito
Hay libros que no llegan haciendo ruido, pero se quedan. Las periferias mudas, del periodista valenciano Salvador Enguix, es uno de ellos. No porque descubra algo completamente nuevo, sino porque ordena con paciencia una serie de intuiciones —y de evidencias— que muchos compartimos desde hace años. El autor no plantea una enmienda a la totalidad del Estado autonómico, sino algo más incómodo y exigente: cuestionar que algunas de las premisas con las que el constituyente de 1978 justificó el modelo de descentralización territorial no se hayan cumplido. En particular, la que aspiraba a evitar la hipercentralización del poder.
España es formalmente plural, pero su federalismo lábil funciona como si ese pluralismo no fuera del todo real. Esa es la idea que recorre el libro. No hay grandes proclamas ni ajustes de cuentas retóricos. Hay, más bien, una descripción minuciosa de cómo las decisiones relevantes —las que afectan a los ámbitos financiero, regulatorio o incluso cultural— tienden a concentrarse siempre en los mismos lugares. Y de cómo esa concentración acaba pareciendo natural, inevitable, casi técnica.
Enguix dedica varias páginas a Madrid, no como ciudad, sino como sistema. Un espacio que ha dejado de ser únicamente capital administrativa para convertirse en algo parecido a un distrito federal no declarado, como apuntó con acierto Enric Juliana a partir de las tesis de Fernando Caballero. En la que se ha descrito como “la gran ciudad global del sur de Europa” se acumulan ministerios, organismos reguladores, grandes corporaciones, imperios mediáticos y circuitos de influencia que rara vez se descentralizan. No se trata de ninguna conspiración, viene a señalar el autor, sino del resultado lógico de un modelo que termina por retroalimentarse.
Uno de los conceptos más sugerentes del libro es el de la “otra infraestructura”. No la visible —carreteras, trenes, aeropuertos—, sino la que no suele aparecer en los mapas: redes de poder, flujos de decisión, circuitos de inversión. Esa infraestructura invisible explica mejor que muchas leyes por qué algunos territorios llegan sistemáticamente tarde a los grandes conversatorios y a los resultados de sus decisiones.
Desde la periferia —palabra que Enguix utiliza sin dramatismo— estas dinámicas se perciben con especial nitidez. La Comunitat Valenciana aparece en el libro no como excepción, sino como ejemplo. Un territorio con peso demográfico, capacidad productiva, iniciativa empresarial e incluso con una personalidad histórica definida, cuya influencia real se ha ido diluyendo con el tiempo. No tanto por falta de iniciativa propia como por un tablero de juego que penaliza estructuralmente a quien no ocupa la centralidad invisible o es capaz de influir en ella por cualquier pretexto.
El fenómeno es bien conocido: para progresar en política, en determinados sectores económicos y financieros, en la universidad o incluso en los medios de comunicación, hay que irse. El talento se desplaza, las élites se concentran y los lugares de origen se convierten en espacios de tránsito. La España interior y las periferias urbanas no se vacían solo de población, sino también de capacidad de decisión. Y eso, a la larga, deja huella.
Tampoco el ecosistema mediático, que el autor conoce bien, escapa a este patrón. La digitalización prometía liberar al ciudadano de las barreras espacio-temporales y propiciar una distribución más equitativa del discurso público. Sin embargo, ha terminado reforzando viejas centralidades. La producción intelectual y cultural, el relato público y la agenda informativa siguen teniendo un epicentro claro. Las demás voces existen, pero compiten en condiciones manifiestamente desiguales.
En las presentaciones del libro, tanto en la periferia como en la centralidad, Enric Juliana insistió en una idea clave: el problema no es territorial, sino de poder. Y quizá convenga preguntarse si en algún momento existió eso que se dio en llamar “poder valenciano”. Las periferias mudas no acusa; atestigua. Y al observar, incomoda. Porque obliga a reconocer que muchas de las disfunciones que se atribuyen a la política autonómica tienen raíces más profundas y menos visibles.
Uno de los capítulos más relevantes del libro se pregunta si es posible pensar en un modelo federal viable en España. Enguix no ofrece soluciones rápidas. Prefiere comparar, matizar y advertir. Un federalismo sin revisión fiscal, sin una descentralización efectiva de organismos e instituciones —en línea con algunos planteamientos defendidos desde la Comunitat Valenciana y recogidos, por ejemplo, en el Acuerdo del Consell para una Reforma de la Constitución de 2018—, sin garantizar una misma cooperación o actualizar un modelo de financiación caduco, sería poco más que una etiqueta.
Quizá por eso el libro resulta especialmente pertinente. No pretende cerrar el debate, sino desplazarlo. Recordar que el silencio de las periferias no es falta de discurso —como demuestra el trabajo de Enguix—, sino consecuencia de una arquitectura del poder cuya influencia se proyecta siempre en la misma dirección: hacia las periferias, pero raramente desde ellas.
Mariano Vivancos Comeses profesor de Derecho Constitucional Universitat de València.
