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Lo que nadie más ve

febrero 20, 2026
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Hay un momento crucial en la vida en el que los paisajes empiezan a devolverte la mirada, y el mirar, entonces, ya va siendo un mirarse, y las islas son historias, y las playas también. ¿Quién no se ha quedado con esa cara de ‘antes todo esto era campo’ al llevarse a su novia al pueblo?En esos viajes se aprende algo importante: que toda mitología personal es una anécdota sin importancia, a no ser que hayas ido a la guerra. No es lo mismo tener batallitas.—En esta playa casi me ahogo de niño.—Anda.—Y luego me metieron a natación, para que no le cogiera miedo al mar.—Vaya.En Escocia llaman a esto ‘aulasy’, como recoge John Koenig en su ‘Diccionario de tristezas sin nombre’. ‘Aulasy’ es la pena de no poder transmitir un recuerdo intenso a personas que no estuvieron allí; la pena del intento, se entiende. A la insistencia le llamamos literatura, literatura del yo. O del nosotros. O del ellos. Alberto Conejero mide esa distancia que nos separa en ‘ Tres noches en Ítaca ‘, donde tres hermanas se van a Grecia a organizar el funeral de su madre, que ha muerto en la isla de Ulises, a quien Tiresias, el vidente ciego, le auguró un final tranquilo con vistas al Mediterráneo. También ella murió así: no por nada sus hijas se llaman Penélope, Elena y Ariadna. Esta última es astrobióloga, y nunca ha entendido a su madre, una mujer algo alocada que hablaba en griego clásico y que lo abandonó todo para vivir en Ítaca, lejos de ella, que tuvo que madurar en el rencor. No la entiende hasta que su hermana mayor le dice: «Puede que esta isla no tenga playas cristalinas ni ruinas espectaculares ni pueblos pintorescos, pero tiene un silencio que todavía es inocente, tiene gente buena que todavía confía, y un mar que aún no se ha cansado de los hombres. ¿Veis a esos turistas que beben y beben vino en la taberna? Pues quizá mamá se divertía imaginando que eran los lotófagos que se alimentan del florido manjar que les hace olvidar. ¿Y esas motos de agua que cruzan? ¡Son como las peñas que arrojan los lestrigones a Odiseo y sus compañeros! ¿Puedes verlo ahora, Ariadna? Tú ves una luz en la noche y comprendes su nacimiento hace miles de años. ¿No es lo que hacía mamá aquí? (…) Donde los demás solo ven apariencia, forma, presente, ella era capaz de ver un poco lo sagrado. ¿De dónde te crees que aprendiste tú a mirar lo que nadie más puede ver?»Y este es otro momento crucial en la vida, cuando descubres en los paisajes las miradas de los demás, y mirando ese mirar empiezas a entender sus historias. Y las tuyas. Hay un momento crucial en la vida en el que los paisajes empiezan a devolverte la mirada, y el mirar, entonces, ya va siendo un mirarse, y las islas son historias, y las playas también. ¿Quién no se ha quedado con esa cara de ‘antes todo esto era campo’ al llevarse a su novia al pueblo?En esos viajes se aprende algo importante: que toda mitología personal es una anécdota sin importancia, a no ser que hayas ido a la guerra. No es lo mismo tener batallitas.—En esta playa casi me ahogo de niño.—Anda.—Y luego me metieron a natación, para que no le cogiera miedo al mar.—Vaya.En Escocia llaman a esto ‘aulasy’, como recoge John Koenig en su ‘Diccionario de tristezas sin nombre’. ‘Aulasy’ es la pena de no poder transmitir un recuerdo intenso a personas que no estuvieron allí; la pena del intento, se entiende. A la insistencia le llamamos literatura, literatura del yo. O del nosotros. O del ellos. Alberto Conejero mide esa distancia que nos separa en ‘ Tres noches en Ítaca ‘, donde tres hermanas se van a Grecia a organizar el funeral de su madre, que ha muerto en la isla de Ulises, a quien Tiresias, el vidente ciego, le auguró un final tranquilo con vistas al Mediterráneo. También ella murió así: no por nada sus hijas se llaman Penélope, Elena y Ariadna. Esta última es astrobióloga, y nunca ha entendido a su madre, una mujer algo alocada que hablaba en griego clásico y que lo abandonó todo para vivir en Ítaca, lejos de ella, que tuvo que madurar en el rencor. No la entiende hasta que su hermana mayor le dice: «Puede que esta isla no tenga playas cristalinas ni ruinas espectaculares ni pueblos pintorescos, pero tiene un silencio que todavía es inocente, tiene gente buena que todavía confía, y un mar que aún no se ha cansado de los hombres. ¿Veis a esos turistas que beben y beben vino en la taberna? Pues quizá mamá se divertía imaginando que eran los lotófagos que se alimentan del florido manjar que les hace olvidar. ¿Y esas motos de agua que cruzan? ¡Son como las peñas que arrojan los lestrigones a Odiseo y sus compañeros! ¿Puedes verlo ahora, Ariadna? Tú ves una luz en la noche y comprendes su nacimiento hace miles de años. ¿No es lo que hacía mamá aquí? (…) Donde los demás solo ven apariencia, forma, presente, ella era capaz de ver un poco lo sagrado. ¿De dónde te crees que aprendiste tú a mirar lo que nadie más puede ver?»Y este es otro momento crucial en la vida, cuando descubres en los paisajes las miradas de los demás, y mirando ese mirar empiezas a entender sus historias. Y las tuyas.  

Hay un momento crucial en la vida en el que los paisajes empiezan a devolverte la mirada, y el mirar, entonces, ya va siendo un mirarse, y las islas son historias, y las playas también. ¿Quién no se ha quedado con esa cara de ‘antes … todo esto era campo’ al llevarse a su novia al pueblo?

En esos viajes se aprende algo importante: que toda mitología personal es una anécdota sin importancia, a no ser que hayas ido a la guerra. No es lo mismo tener batallitas.

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—En esta playa casi me ahogo de niño.

—Anda.

—Y luego me metieron a natación, para que no le cogiera miedo al mar.

—Vaya.

En Escocia llaman a esto ‘aulasy’, como recoge John Koenig en su ‘Diccionario de tristezas sin nombre’. ‘Aulasy’ es la pena de no poder transmitir un recuerdo intenso a personas que no estuvieron allí; la pena del intento, se entiende. A la insistencia le llamamos literatura, literatura del yo. O del nosotros. O del ellos.

Alberto Conejero mide esa distancia que nos separa en ‘Tres noches en Ítaca‘, donde tres hermanas se van a Grecia a organizar el funeral de su madre, que ha muerto en la isla de Ulises, a quien Tiresias, el vidente ciego, le auguró un final tranquilo con vistas al Mediterráneo. También ella murió así: no por nada sus hijas se llaman Penélope, Elena y Ariadna. Esta última es astrobióloga, y nunca ha entendido a su madre, una mujer algo alocada que hablaba en griego clásico y que lo abandonó todo para vivir en Ítaca, lejos de ella, que tuvo que madurar en el rencor. No la entiende hasta que su hermana mayor le dice: «Puede que esta isla no tenga playas cristalinas ni ruinas espectaculares ni pueblos pintorescos, pero tiene un silencio que todavía es inocente, tiene gente buena que todavía confía, y un mar que aún no se ha cansado de los hombres. ¿Veis a esos turistas que beben y beben vino en la taberna? Pues quizá mamá se divertía imaginando que eran los lotófagos que se alimentan del florido manjar que les hace olvidar. ¿Y esas motos de agua que cruzan? ¡Son como las peñas que arrojan los lestrigones a Odiseo y sus compañeros! ¿Puedes verlo ahora, Ariadna? Tú ves una luz en la noche y comprendes su nacimiento hace miles de años. ¿No es lo que hacía mamá aquí? (…) Donde los demás solo ven apariencia, forma, presente, ella era capaz de ver un poco lo sagrado. ¿De dónde te crees que aprendiste tú a mirar lo que nadie más puede ver?»

Y este es otro momento crucial en la vida, cuando descubres en los paisajes las miradas de los demás, y mirando ese mirar empiezas a entender sus historias. Y las tuyas.

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