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Cultura

Ortega Cano, mucho más que una danza o un cante: figura del toreo

marzo 25, 2026
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Maestro, no dé alas a las aves carroñeras, a esas redes que convierten cualquier tropiezo en cachondeo y burla facilona. Usted, José Ortega Cano, sigue siendo lo que siempre ha sido: una figura del toreo, un torero de raza y pureza cuya grandeza no se mide en clics ni en vídeos virales. Ahora las pantallas se llenan del ruido de su contorsionismo reciente sobre el capote —cuando parecía que iba a rematar con un lance genuflexo, entra en trance, se desata e improvisa unos ejercicios sobre la tela fucsia al son un piano—, pero que nadie olvide lo esencial: Ortega Cano se ha ganado el respeto eterno de ser torero. Como se ha ganado el derecho a hacer lo que le dé la gana. Algunos lo miran hoy con sorna cruel. Puede parecer extravagante, sí, y provocar la risa fácil, sí. Sin embargo, detrás de ese gesto hay algo más profundo: el latido terco de un corazón que, a sus más de setenta años, se siente vital y quiere mostrarlo. Pero José no es el hombre que un día, en una boda, se arrancó con aquel «estamos tan a gustito» entre risas y copas. Ese momento, repetido en mil memes, no define su vida. Como tampoco la define esta última exhibición de pilates. Noticia relacionada general No No Las impactantes imágenes de José Ortega Cano por los suelos Laura G. Calleja Ortega Cano es mucho más que un cante o un baile: es el maestro cosido a 32 cornadas, el que tres veces recibió la extremaunción y tres veces resucitó. Tres veces sintió el aliento helado de la muerte: en Zaragoza, donde una cornada lo dejó más cerca del cielo que de la tierra; en Cartagena de Indias y en aquel accidente de coche que no se borra de su mente. «Me han llamado ave fénix», contaba en ABC con la voz emocionada mientras surcaba las aguas gaditanas. Es un hombre de fe, con un rosario de medallas a las que reza y otras que tatúan su piel.Las cicatrices no solo recorren su piel como un mapa de batallas. marcan también la memoria del toreo, aunque gestos así hagan que muchos olviden la figura que realmente esLas cicatrices no solo recorren su cuerpo como un mapa de batallas; marcan también la memoria, aunque sea frágil y gestos así hagan que muchos olviden el torero que realmente es. Del maletilla que un día cobró 200 pesetas en una capea de Talamanca del Jarama —aún las guarda enmarcadas— al torero que salió cuatro veces por la Puerta Grande de Las Ventas, que cuajó faenas inolvidables a Cabecero y Fusilero y que logró el único indulto de un toro en la primera plaza del mundo: Velador, de Victorino Martín, en 1982. Risas facilonasQuiso retirarse dos temporadas después, pero su madre, doña Juana, le miró y le dijo: «Hijo, es una pena… La Fiesta perdería un gran torero». Y él siguió. Seguramente a doña Juana no le haga ninguna gracia que algunos se rían de su hijo. O quién sabe: tal vez esté sonriendo desde arriba al ver que su hijo, a sus 72 años, aún conserva esa vitalidad indomable, ese gusanillo que nunca muere. «Yo me siento muy orgulloso de ser torero y español», no se cansa de decir. Y no pierde su querencia por el toreo de salón. Porque el torero no termina cuando cuelga el traje de luces. Que las risas facilonas no nos cieguen. Detrás de esa danza reciente hay un hombre que se ha enfrentado a la muerte tres veces, que ha indultado un victorino en la primera plaza del mundo y que ha entregado su vida al arte del toreo. José Ortega Cano merece el respeto de ser torero. Maestro, no permita con cosas así que el mundo lo olvide. Su trayectoria no se lo merece. Maestro, no dé alas a las aves carroñeras, a esas redes que convierten cualquier tropiezo en cachondeo y burla facilona. Usted, José Ortega Cano, sigue siendo lo que siempre ha sido: una figura del toreo, un torero de raza y pureza cuya grandeza no se mide en clics ni en vídeos virales. Ahora las pantallas se llenan del ruido de su contorsionismo reciente sobre el capote —cuando parecía que iba a rematar con un lance genuflexo, entra en trance, se desata e improvisa unos ejercicios sobre la tela fucsia al son un piano—, pero que nadie olvide lo esencial: Ortega Cano se ha ganado el respeto eterno de ser torero. Como se ha ganado el derecho a hacer lo que le dé la gana. Algunos lo miran hoy con sorna cruel. Puede parecer extravagante, sí, y provocar la risa fácil, sí. Sin embargo, detrás de ese gesto hay algo más profundo: el latido terco de un corazón que, a sus más de setenta años, se siente vital y quiere mostrarlo. Pero José no es el hombre que un día, en una boda, se arrancó con aquel «estamos tan a gustito» entre risas y copas. Ese momento, repetido en mil memes, no define su vida. Como tampoco la define esta última exhibición de pilates. Noticia relacionada general No No Las impactantes imágenes de José Ortega Cano por los suelos Laura G. Calleja Ortega Cano es mucho más que un cante o un baile: es el maestro cosido a 32 cornadas, el que tres veces recibió la extremaunción y tres veces resucitó. Tres veces sintió el aliento helado de la muerte: en Zaragoza, donde una cornada lo dejó más cerca del cielo que de la tierra; en Cartagena de Indias y en aquel accidente de coche que no se borra de su mente. «Me han llamado ave fénix», contaba en ABC con la voz emocionada mientras surcaba las aguas gaditanas. Es un hombre de fe, con un rosario de medallas a las que reza y otras que tatúan su piel.Las cicatrices no solo recorren su piel como un mapa de batallas. marcan también la memoria del toreo, aunque gestos así hagan que muchos olviden la figura que realmente esLas cicatrices no solo recorren su cuerpo como un mapa de batallas; marcan también la memoria, aunque sea frágil y gestos así hagan que muchos olviden el torero que realmente es. Del maletilla que un día cobró 200 pesetas en una capea de Talamanca del Jarama —aún las guarda enmarcadas— al torero que salió cuatro veces por la Puerta Grande de Las Ventas, que cuajó faenas inolvidables a Cabecero y Fusilero y que logró el único indulto de un toro en la primera plaza del mundo: Velador, de Victorino Martín, en 1982. Risas facilonasQuiso retirarse dos temporadas después, pero su madre, doña Juana, le miró y le dijo: «Hijo, es una pena… La Fiesta perdería un gran torero». Y él siguió. Seguramente a doña Juana no le haga ninguna gracia que algunos se rían de su hijo. O quién sabe: tal vez esté sonriendo desde arriba al ver que su hijo, a sus 72 años, aún conserva esa vitalidad indomable, ese gusanillo que nunca muere. «Yo me siento muy orgulloso de ser torero y español», no se cansa de decir. Y no pierde su querencia por el toreo de salón. Porque el torero no termina cuando cuelga el traje de luces. Que las risas facilonas no nos cieguen. Detrás de esa danza reciente hay un hombre que se ha enfrentado a la muerte tres veces, que ha indultado un victorino en la primera plaza del mundo y que ha entregado su vida al arte del toreo. José Ortega Cano merece el respeto de ser torero. Maestro, no permita con cosas así que el mundo lo olvide. Su trayectoria no se lo merece.  

Maestro, no dé alas a las aves carroñeras, a esas redes que convierten cualquier tropiezo en cachondeo y burla facilona. Usted, José Ortega Cano, sigue siendo lo que siempre ha sido: una figura del toreo, un torero de raza y pureza cuya grandeza … no se mide en clics ni en vídeos virales.

Ahora las pantallas se llenan del ruido de su contorsionismo reciente sobre el capote —cuando parecía que iba a rematar con un lance genuflexo, entra en trance, se desata e improvisa unos ejercicios sobre la tela fucsia al son un piano—, pero que nadie olvide lo esencial: Ortega Cano se ha ganado el respeto eterno de ser torero. Como se ha ganado el derecho a hacer lo que le dé la gana.

Algunos lo miran hoy con sorna cruel. Puede parecer extravagante, sí, y provocar la risa fácil, sí. Sin embargo, detrás de ese gesto hay algo más profundo: el latido terco de un corazón que, a sus más de setenta años, se siente vital y quiere mostrarlo. Pero José no es el hombre que un día, en una boda, se arrancó con aquel «estamos tan a gustito» entre risas y copas. Ese momento, repetido en mil memes, no define su vida. Como tampoco la define esta última exhibición de pilates.

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      Las impactantes imágenes de José Ortega Cano por los suelos

    Laura G. Calleja

Ortega Cano es mucho más que un cante o un baile: es el maestro cosido a 32 cornadas, el que tres veces recibió la extremaunción y tres veces resucitó. Tres veces sintió el aliento helado de la muerte: en Zaragoza, donde una cornada lo dejó más cerca del cielo que de la tierra; en Cartagena de Indias y en aquel accidente de coche que no se borra de su mente. «Me han llamado ave fénix», contaba en ABC con la voz emocionada mientras surcaba las aguas gaditanas. Es un hombre de fe, con un rosario de medallas a las que reza y otras que tatúan su piel.

Las cicatrices no solo recorren su piel como un mapa de batallas. marcan también la memoria del toreo, aunque gestos así hagan que muchos olviden la figura que realmente es

Las cicatrices no solo recorren su cuerpo como un mapa de batallas; marcan también la memoria, aunque sea frágil y gestos así hagan que muchos olviden el torero que realmente es.

Del maletilla que un día cobró 200 pesetas en una capea de Talamanca del Jarama —aún las guarda enmarcadas— al torero que salió cuatro veces por la Puerta Grande de Las Ventas, que cuajó faenas inolvidables a Cabecero y Fusilero y que logró el único indulto de un toro en la primera plaza del mundo: Velador, de Victorino Martín, en 1982.

Risas facilonas

Quiso retirarse dos temporadas después, pero su madre, doña Juana, le miró y le dijo: «Hijo, es una pena… La Fiesta perdería un gran torero». Y él siguió. Seguramente a doña Juana no le haga ninguna gracia que algunos se rían de su hijo. O quién sabe: tal vez esté sonriendo desde arriba al ver que su hijo, a sus 72 años, aún conserva esa vitalidad indomable, ese gusanillo que nunca muere. «Yo me siento muy orgulloso de ser torero y español», no se cansa de decir. Y no pierde su querencia por el toreo de salón. Porque el torero no termina cuando cuelga el traje de luces.

Que las risas facilonas no nos cieguen. Detrás de esa danza reciente hay un hombre que se ha enfrentado a la muerte tres veces, que ha indultado un victorino en la primera plaza del mundo y que ha entregado su vida al arte del toreo. José Ortega Cano merece el respeto de ser torero. Maestro, no permita con cosas así que el mundo lo olvide. Su trayectoria no se lo merece.

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