Hace unos días murió el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique , un gigante de las letras con el que compartí amistad y copas. Años atrás fue acusado de plagiar unos artículos, pero lo cierto es que mucho antes ya tenía que haber recibido el Nobel o el Cervantes o ambos. Así de genial era. El cicaterismo y un clasicismo mal entendido se los negaron, añadiendo que, como loa inmensa mayoría de los escritores, le pegaba duro al alcohol, incluyendo momentos antes de tener que dar una conferencia. Alguien en mi presencia, creo que era en unas charlas en Luxemburgo, en el hotel, todos hasta las trancas de copas, le pidió un consejo para escribir. Alfredo lo mando a la santa mierda. Luego tuve que subirle a la habitación de lo moco que iba, y unas cuantas veces me subió él a mí. Genio y figura hasta la sepultura, sin duda. Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) era uno de los narradores peruanos más reconocidos de la segunda mitad del siglo XX y una voz singular dentro del llamado ‘posboom’ latinoamericano. Su obra era confesional, irónica y melancólica, en la que la memoria personal y la observación crítica de las élites sociales ocupaban un lugar central, pues Alfredo había nacido en el seno de la alta burguesía. Como buen escritor de aquella época, residió en París, donde fue profesor universitario. De ahí también viene el impulso en sus libros del exilio y de la identidad fragmentada. Noticia relacionada general No No Muere Bryce Echenique, el escritor que devolvió el humor a la literatura del Boom Karina Sainz BorgoEscribió su mejor novela, ‘Un mundo para Julius’, en 1970, todo un hito de lo que se debe hacer en la creación literaria, la obra de un genio sobredotado donde desnuda la hipocresía de los ricos peruanos. Solo esa novela hubiera merecido el Cervantes. El 1981 nos regalaría la también genial ‘La vida exagerada de Martín Romaña’, otra novela cumbre de nuestras letras, aún sabiendo que todo en Alfredo era exagerado y cercano, pues hablamos de alguien escencialmente bueno. Le seguiría de cerca en genialidad, en 1985, ‘El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz’, donde mezclaba, como en las anteriores, alegría y tristeza y desmenuzaba lo humano. Él, al igual que su prosa, era cálido. Léanlo, disfruténlo. Hace unos días murió el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique , un gigante de las letras con el que compartí amistad y copas. Años atrás fue acusado de plagiar unos artículos, pero lo cierto es que mucho antes ya tenía que haber recibido el Nobel o el Cervantes o ambos. Así de genial era. El cicaterismo y un clasicismo mal entendido se los negaron, añadiendo que, como loa inmensa mayoría de los escritores, le pegaba duro al alcohol, incluyendo momentos antes de tener que dar una conferencia. Alguien en mi presencia, creo que era en unas charlas en Luxemburgo, en el hotel, todos hasta las trancas de copas, le pidió un consejo para escribir. Alfredo lo mando a la santa mierda. Luego tuve que subirle a la habitación de lo moco que iba, y unas cuantas veces me subió él a mí. Genio y figura hasta la sepultura, sin duda. Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) era uno de los narradores peruanos más reconocidos de la segunda mitad del siglo XX y una voz singular dentro del llamado ‘posboom’ latinoamericano. Su obra era confesional, irónica y melancólica, en la que la memoria personal y la observación crítica de las élites sociales ocupaban un lugar central, pues Alfredo había nacido en el seno de la alta burguesía. Como buen escritor de aquella época, residió en París, donde fue profesor universitario. De ahí también viene el impulso en sus libros del exilio y de la identidad fragmentada. Noticia relacionada general No No Muere Bryce Echenique, el escritor que devolvió el humor a la literatura del Boom Karina Sainz BorgoEscribió su mejor novela, ‘Un mundo para Julius’, en 1970, todo un hito de lo que se debe hacer en la creación literaria, la obra de un genio sobredotado donde desnuda la hipocresía de los ricos peruanos. Solo esa novela hubiera merecido el Cervantes. El 1981 nos regalaría la también genial ‘La vida exagerada de Martín Romaña’, otra novela cumbre de nuestras letras, aún sabiendo que todo en Alfredo era exagerado y cercano, pues hablamos de alguien escencialmente bueno. Le seguiría de cerca en genialidad, en 1985, ‘El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz’, donde mezclaba, como en las anteriores, alegría y tristeza y desmenuzaba lo humano. Él, al igual que su prosa, era cálido. Léanlo, disfruténlo.

Hace unos días murió el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, un gigante de las letras con el que compartí amistad y copas. Años atrás fue acusado de plagiar unos artículos, pero lo cierto es que mucho antes ya tenía que haber recibido el Nobel … o el Cervantes o ambos. Así de genial era. El cicaterismo y un clasicismo mal entendido se los negaron, añadiendo que, como loa inmensa mayoría de los escritores, le pegaba duro al alcohol, incluyendo momentos antes de tener que dar una conferencia. Alguien en mi presencia, creo que era en unas charlas en Luxemburgo, en el hotel, todos hasta las trancas de copas, le pidió un consejo para escribir. Alfredo lo mando a la santa mierda. Luego tuve que subirle a la habitación de lo moco que iba, y unas cuantas veces me subió él a mí. Genio y figura hasta la sepultura, sin duda.
Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) era uno de los narradores peruanos más reconocidos de la segunda mitad del siglo XX y una voz singular dentro del llamado ‘posboom’ latinoamericano. Su obra era confesional, irónica y melancólica, en la que la memoria personal y la observación crítica de las élites sociales ocupaban un lugar central, pues Alfredo había nacido en el seno de la alta burguesía. Como buen escritor de aquella época, residió en París, donde fue profesor universitario. De ahí también viene el impulso en sus libros del exilio y de la identidad fragmentada.
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Escribió su mejor novela, ‘Un mundo para Julius’, en 1970, todo un hito de lo que se debe hacer en la creación literaria, la obra de un genio sobredotado donde desnuda la hipocresía de los ricos peruanos. Solo esa novela hubiera merecido el Cervantes. El 1981 nos regalaría la también genial ‘La vida exagerada de Martín Romaña’, otra novela cumbre de nuestras letras, aún sabiendo que todo en Alfredo era exagerado y cercano, pues hablamos de alguien escencialmente bueno. Le seguiría de cerca en genialidad, en 1985, ‘El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz’, donde mezclaba, como en las anteriores, alegría y tristeza y desmenuzaba lo humano. Él, al igual que su prosa, era cálido. Léanlo, disfruténlo.
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