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  Cultura  El amor por el básquet y las viñetas
Cultura

El amor por el básquet y las viñetas

abril 5, 2026
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He de confesar que los tebeos y el baloncesto me han gustado desde niño. En aquel entonces, yo era del Real Madrid de Corbalán y los Fernandos, Martín y Romay, que casi siempre se jugaban todo lo que importaba contra el Barcelona. En el equipo rival había un jugador que me desesperaba y fascinaba a partes iguales. ¡Era imposible de frenar! Su nombre: Andrés Jiménez . Mi imaginativa mente adolescente lo veía como al personaje de ‘Spiderman’, una especie de habilidoso saltimbanqui muy difícil de atrapar.La primera sonrisa que me arranca esta autobiografía titulada ‘Andrés Jiménez, mi loca historia del básquet’ está en su portada: Andrés se retrata a sí mismo sentado en la mesa de dibujo y vestido con el icónico traje del trepador de muros. Él mismo me confirma que siempre se había visto como tal en una cancha y, cuando en una de las páginas del cómic veo que imagina al quinteto titular del «Barçavengadores», no puedo evitar que se me escape una carcajada. De adolescente, yo practicaba ese mismo juego, imaginando qué superhéroe encajaba mejor con cada jugador del Real Madrid. Hay cosas en las que los lectores de tebeos estamos cortados por el mismo patrón.Este es el acertado subtítulo de esta autobiografía en viñetas. Sin lugar a dudas, Andrés siempre fue mejor jugador de baloncesto que autor de cómics, pero en el fondo, yo siempre he preferido las autobiografías a las biografías. La razón es simple: poseen el valor del testimonio afectivo. La de Andrés no es una excepción a la regla.Jiménez suple sus posibles carencias con ese plus que otorga el valor testimonial. Lo mejor de todo el tebeo es el cariño con el que narra su propia historia personal, desde su nacimiento en Carmona hasta el final de su carrera deportiva. Hay anécdotas impagables que emocionan al aficionado al baloncesto y otras que hacen lo propio con el amante de los tebeos. Finalmente, hay una historia de superación, de lucha por los propios sueños, que emociona a cualquier lector, por ajenas que le resulten ambas disciplinas.Zapatillas de su númeroMe impresiona que Andrés tuviera que entrenar con su primer equipo, el C.B. Carmona, con los dedos de los pies encogidos, porque en su pueblo no encontraba zapatillas deportivas de su número y tuviera que embutirse unas varios números más pequeños. Me emociona igualmente que, dados los torpes movimientos que era capaz de lograr en dichas condiciones, fuese rechazado, con apenas 13 años, en una operación de captación de jóvenes promesas y que, aun así, no dejase el baloncesto.Y luego están los otros sueños. Aquellos que le alimentan, aquellos que protagonizan sus héroes de la viñeta y que le otorgan ese placer único que los lectores de cómics conocemos tan bien. Andrés cuenta que uno de sus recuerdos infantiles más queridos eran los días que iba a casa de sus abuelos. Días especiales, porque tenían un quiosco y se pasaba la tarde leyendo maravillosos tebeos.Básquet y cómics siempre han ido de la mano en la vida de Andrés. Para él, Fernando Martín era ‘Conan’, apodo cariñoso con el que bautiza al que fue siempre su amigo, por mucho que se dieran de lo lindo dentro de la cancha. El madrileño, a cambio, crea para Jiménez el sobrenombre de ‘Jimix’, con el que firma todos sus tebeos, con «x» al final, como Astérix y Obélix .Cronista de excepciónEn esta biografía, me resulta especialmente valiosa su labor a la hora de reflejar en viñetas uno de los grandes acontecimientos de su carrera deportiva: los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 84, en la que España consigue una meritoria medalla de plata, cayendo solo ante el imparable equipo norteamericano con estrellas como Michael Jordan o Pat Ewing (al que Andrés pone un soberano tapón).Como un cronista deportivo, Jimix, lápiz en mano, dibuja toda la aventura en vivo y en directo. Algunos de esos dibujos se publican en su momento en revistas de baloncesto de la época, pero sin duda, la inclusión de dicho trabajo en este volumen es todo un acierto por su indudable valor testimonial.Además, y como guinda de esta propuesta, Jimix incluye su propia Historia del baloncesto. Un imaginativo cómic en que, partiendo del deporte que le es más cercano, da rienda suelta a su imaginación como creador de tebeos. Se trata de un fantasioso repaso de este deporte, cuyo nacimiento imagina en la Edad de Piedra y que culmina con James Naismith, este sí, auténtico creador de la hoy famosa disciplina deportiva.En dichas páginas se aprecian las herencias gráficas e influencias presentes en su dibujo, pero, sobre todo, se ven sus lecturas, que es otro modo de construir parte de una autobiografía. Leer es vivir la vida de otros, y hacerla en parte tuya. Entre otros grandes que le marcan, Uderzo y la escuela Bruguera, con Francisco Ibáñez a la cabeza.Y por si todo esto no fuera suficiente, la guinda del pastel: un prólogo de Pau Gasol . He de confesar que los tebeos y el baloncesto me han gustado desde niño. En aquel entonces, yo era del Real Madrid de Corbalán y los Fernandos, Martín y Romay, que casi siempre se jugaban todo lo que importaba contra el Barcelona. En el equipo rival había un jugador que me desesperaba y fascinaba a partes iguales. ¡Era imposible de frenar! Su nombre: Andrés Jiménez . Mi imaginativa mente adolescente lo veía como al personaje de ‘Spiderman’, una especie de habilidoso saltimbanqui muy difícil de atrapar.La primera sonrisa que me arranca esta autobiografía titulada ‘Andrés Jiménez, mi loca historia del básquet’ está en su portada: Andrés se retrata a sí mismo sentado en la mesa de dibujo y vestido con el icónico traje del trepador de muros. Él mismo me confirma que siempre se había visto como tal en una cancha y, cuando en una de las páginas del cómic veo que imagina al quinteto titular del «Barçavengadores», no puedo evitar que se me escape una carcajada. De adolescente, yo practicaba ese mismo juego, imaginando qué superhéroe encajaba mejor con cada jugador del Real Madrid. Hay cosas en las que los lectores de tebeos estamos cortados por el mismo patrón.Este es el acertado subtítulo de esta autobiografía en viñetas. Sin lugar a dudas, Andrés siempre fue mejor jugador de baloncesto que autor de cómics, pero en el fondo, yo siempre he preferido las autobiografías a las biografías. La razón es simple: poseen el valor del testimonio afectivo. La de Andrés no es una excepción a la regla.Jiménez suple sus posibles carencias con ese plus que otorga el valor testimonial. Lo mejor de todo el tebeo es el cariño con el que narra su propia historia personal, desde su nacimiento en Carmona hasta el final de su carrera deportiva. Hay anécdotas impagables que emocionan al aficionado al baloncesto y otras que hacen lo propio con el amante de los tebeos. Finalmente, hay una historia de superación, de lucha por los propios sueños, que emociona a cualquier lector, por ajenas que le resulten ambas disciplinas.Zapatillas de su númeroMe impresiona que Andrés tuviera que entrenar con su primer equipo, el C.B. Carmona, con los dedos de los pies encogidos, porque en su pueblo no encontraba zapatillas deportivas de su número y tuviera que embutirse unas varios números más pequeños. Me emociona igualmente que, dados los torpes movimientos que era capaz de lograr en dichas condiciones, fuese rechazado, con apenas 13 años, en una operación de captación de jóvenes promesas y que, aun así, no dejase el baloncesto.Y luego están los otros sueños. Aquellos que le alimentan, aquellos que protagonizan sus héroes de la viñeta y que le otorgan ese placer único que los lectores de cómics conocemos tan bien. Andrés cuenta que uno de sus recuerdos infantiles más queridos eran los días que iba a casa de sus abuelos. Días especiales, porque tenían un quiosco y se pasaba la tarde leyendo maravillosos tebeos.Básquet y cómics siempre han ido de la mano en la vida de Andrés. Para él, Fernando Martín era ‘Conan’, apodo cariñoso con el que bautiza al que fue siempre su amigo, por mucho que se dieran de lo lindo dentro de la cancha. El madrileño, a cambio, crea para Jiménez el sobrenombre de ‘Jimix’, con el que firma todos sus tebeos, con «x» al final, como Astérix y Obélix .Cronista de excepciónEn esta biografía, me resulta especialmente valiosa su labor a la hora de reflejar en viñetas uno de los grandes acontecimientos de su carrera deportiva: los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 84, en la que España consigue una meritoria medalla de plata, cayendo solo ante el imparable equipo norteamericano con estrellas como Michael Jordan o Pat Ewing (al que Andrés pone un soberano tapón).Como un cronista deportivo, Jimix, lápiz en mano, dibuja toda la aventura en vivo y en directo. Algunos de esos dibujos se publican en su momento en revistas de baloncesto de la época, pero sin duda, la inclusión de dicho trabajo en este volumen es todo un acierto por su indudable valor testimonial.Además, y como guinda de esta propuesta, Jimix incluye su propia Historia del baloncesto. Un imaginativo cómic en que, partiendo del deporte que le es más cercano, da rienda suelta a su imaginación como creador de tebeos. Se trata de un fantasioso repaso de este deporte, cuyo nacimiento imagina en la Edad de Piedra y que culmina con James Naismith, este sí, auténtico creador de la hoy famosa disciplina deportiva.En dichas páginas se aprecian las herencias gráficas e influencias presentes en su dibujo, pero, sobre todo, se ven sus lecturas, que es otro modo de construir parte de una autobiografía. Leer es vivir la vida de otros, y hacerla en parte tuya. Entre otros grandes que le marcan, Uderzo y la escuela Bruguera, con Francisco Ibáñez a la cabeza.Y por si todo esto no fuera suficiente, la guinda del pastel: un prólogo de Pau Gasol .  

He de confesar que los tebeos y el baloncesto me han gustado desde niño. En aquel entonces, yo era del Real Madrid de Corbalán y los Fernandos, Martín y Romay, que casi siempre se jugaban todo lo que importaba contra el Barcelona. En el equipo … rival había un jugador que me desesperaba y fascinaba a partes iguales. ¡Era imposible de frenar! Su nombre: Andrés Jiménez. Mi imaginativa mente adolescente lo veía como al personaje de ‘Spiderman’, una especie de habilidoso saltimbanqui muy difícil de atrapar.

La primera sonrisa que me arranca esta autobiografía titulada ‘Andrés Jiménez, mi loca historia del básquet’ está en su portada: Andrés se retrata a sí mismo sentado en la mesa de dibujo y vestido con el icónico traje del trepador de muros. Él mismo me confirma que siempre se había visto como tal en una cancha y, cuando en una de las páginas del cómic veo que imagina al quinteto titular del «Barçavengadores», no puedo evitar que se me escape una carcajada. De adolescente, yo practicaba ese mismo juego, imaginando qué superhéroe encajaba mejor con cada jugador del Real Madrid. Hay cosas en las que los lectores de tebeos estamos cortados por el mismo patrón.

Este es el acertado subtítulo de esta autobiografía en viñetas. Sin lugar a dudas, Andrés siempre fue mejor jugador de baloncesto que autor de cómics, pero en el fondo, yo siempre he preferido las autobiografías a las biografías. La razón es simple: poseen el valor del testimonio afectivo. La de Andrés no es una excepción a la regla.

Jiménez suple sus posibles carencias con ese plus que otorga el valor testimonial. Lo mejor de todo el tebeo es el cariño con el que narra su propia historia personal, desde su nacimiento en Carmona hasta el final de su carrera deportiva. Hay anécdotas impagables que emocionan al aficionado al baloncesto y otras que hacen lo propio con el amante de los tebeos. Finalmente, hay una historia de superación, de lucha por los propios sueños, que emociona a cualquier lector, por ajenas que le resulten ambas disciplinas.

Zapatillas de su número

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Me impresiona que Andrés tuviera que entrenar con su primer equipo, el C.B. Carmona, con los dedos de los pies encogidos, porque en su pueblo no encontraba zapatillas deportivas de su número y tuviera que embutirse unas varios números más pequeños. Me emociona igualmente que, dados los torpes movimientos que era capaz de lograr en dichas condiciones, fuese rechazado, con apenas 13 años, en una operación de captación de jóvenes promesas y que, aun así, no dejase el baloncesto.

Y luego están los otros sueños. Aquellos que le alimentan, aquellos que protagonizan sus héroes de la viñeta y que le otorgan ese placer único que los lectores de cómics conocemos tan bien. Andrés cuenta que uno de sus recuerdos infantiles más queridos eran los días que iba a casa de sus abuelos. Días especiales, porque tenían un quiosco y se pasaba la tarde leyendo maravillosos tebeos.

Básquet y cómics siempre han ido de la mano en la vida de Andrés. Para él, Fernando Martín era ‘Conan’, apodo cariñoso con el que bautiza al que fue siempre su amigo, por mucho que se dieran de lo lindo dentro de la cancha. El madrileño, a cambio, crea para Jiménez el sobrenombre de ‘Jimix’, con el que firma todos sus tebeos, con «x» al final, como Astérix y Obélix.

Cronista de excepción

En esta biografía, me resulta especialmente valiosa su labor a la hora de reflejar en viñetas uno de los grandes acontecimientos de su carrera deportiva: los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 84, en la que España consigue una meritoria medalla de plata, cayendo solo ante el imparable equipo norteamericano con estrellas como Michael Jordan o Pat Ewing (al que Andrés pone un soberano tapón).

Como un cronista deportivo, Jimix, lápiz en mano, dibuja toda la aventura en vivo y en directo. Algunos de esos dibujos se publican en su momento en revistas de baloncesto de la época, pero sin duda, la inclusión de dicho trabajo en este volumen es todo un acierto por su indudable valor testimonial.

Además, y como guinda de esta propuesta, Jimix incluye su propia Historia del baloncesto. Un imaginativo cómic en que, partiendo del deporte que le es más cercano, da rienda suelta a su imaginación como creador de tebeos. Se trata de un fantasioso repaso de este deporte, cuyo nacimiento imagina en la Edad de Piedra y que culmina con James Naismith, este sí, auténtico creador de la hoy famosa disciplina deportiva.

En dichas páginas se aprecian las herencias gráficas e influencias presentes en su dibujo, pero, sobre todo, se ven sus lecturas, que es otro modo de construir parte de una autobiografía. Leer es vivir la vida de otros, y hacerla en parte tuya. Entre otros grandes que le marcan, Uderzo y la escuela Bruguera, con Francisco Ibáñez a la cabeza.

Y por si todo esto no fuera suficiente, la guinda del pastel: un prólogo de Pau Gasol.

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