Gerta Pohorylle llegó a España dos semanas después del golpe, huyendo de los nazis, con una Reflex-Korelle y un nombre inventado. En doce meses cruzó el país en cinco viajes, fotografió La Desbandá, el asedio de Madrid y la batalla de Brunete. Murió tras ser arrollada por un tanque republicano el 26 de julio de 1937, seis días antes de cumplir 27 años. El nombre con el que firmaba sus fotos era Gerda Taro , y así ha pasado a la historia. Fue, en palabras de Fernando Olmeda, autor de ‘Gerda Taro. Fotógrafa en la guerra de España’ (Libros del K.O.), «una brigadista sin armas, una pacifista gráfica, la primera reportera gráfica muerta en un frente de combate». Fue mucho más que la compañera de Robert Capa , aunque durante décadas la historia la redujo a ese papel.Gerda Taro nació en Stuttgart en 1910, en el seno de una familia judía de clase media que se trasladó a Leipzig cuando la crisis de Weimar arruinó el negocio familiar. Allí, la joven Gerta –después Gerda– se implicó en la militancia antinazi y, en 1933, tras ser detenida por repartir octavillas contra el régimen, huyó a Francia. Fue una más entre los miles de exiliados políticos e intelectuales que buscaron refugio en París. La ciudad los acogía, pero no los abrazaba. «Era una ciudad hostil para el extranjero», recuerda Olmeda. «No encontró allí el calor de hogar que necesitaba». Conocer a André Friedmann, fotógrafo húngaro, exiliado y sin recursos, también judío, cambió su destino. Juntos idearon un truco que era mitad supervivencia, mitad intuición comercial: ella sería Gerda Taro; él, Robert Capa, un supuesto fotógrafo norteamericano de prestigio. El plan funcionó y empezaron a vender sus fotografías.Taro había aprendido el oficio en una agencia en París y había hecho sus primeras pruebas en estudio, pero su carrera se forjó en la guerra de España. Duró apenas un año. En agosto, la pareja pisó por primera vez este país. Fue el primero de los cinco viajes que Taro realizó entre agosto de 1936 y julio de 1937 para documentar la guerra. «Mi libro no es una biografía, es un libro de viajes», explica Olmeda. «Es una guía por los lugares que conoció Taro; en realidad, es un recorrido por España a través de una mujer que se enamoró del país y se comprometió con la defensa de la Segunda República. He tratado además de poner nombre a muchas de las personas que fotografió y que quedaron en el anonimato».Noticia relacionada No No Alberto Greco, el artista que convirtió un pueblo de Ávila en obra de arte Natividad PulidoEn su primer viaje recorrió Barcelona, el frente de Aragón y Córdoba. Allí tomó una de sus imágenes más conocidas: la miliciana que practica tiro en la playa de Barcelona. La imagen que condensaba algo nuevo: mujeres armadas defendiendo la República. No se publicó con su firma. En el segundo viaje, en febrero de 1937, cubrió La Desbandá: la huida de decenas de miles de civiles desde Málaga hasta Almería bajo los bombardeos. Su nombre empezó entonces a aparecer junto al de Capa: «Photos Capa et Taro».Causa republicanaLa pareja regresó a Madrid en abril. Allí estaban los corresponsales internacionales, que se reunían en el Hotel Florida. Ernest Hemingway. Virginia Cowles. El Florida tenía la ventaja de estar cerca del edificio de la Telefónica, desde donde se enviaban las crónicas. La Guerra Civil española se había convertido en un laboratorio del fotoperiodismo moderno. Para entonces, Capa le había pedido matrimonio. Pero Taro rehuyó el papel de acompañante. Había empezado a abrirse camino en un oficio de hombres y su trabajo se publicaba ya en varias cabeceras internacionales. Capa regresó a París para montar un estudio. Ella se quedó en España y cubrió el frente de Guadalajara. Fue el inicio de su autonomía profesional.El cuarto viaje marcó, su consolidación. Recorrió el frente de Segovia, documentó el bombardeo de Valencia, asistió al Congreso Internacional de Escritores y llegó a Brunete, la primera gran ofensiva republicana. Taro no fue una observadora neutral. Estaba comprometida con la causa republicana. Tejió relaciones con milicianos, mandos y figuras del entorno político, y su acceso al frente dependía de ese posicionamiento. No podía cruzar a territorio sublevado. Su fotografía participó, en ese sentido, del esfuerzo propagandístico de la República, como ocurrió con buena parte del fotoperiodismo de guerra de la época.«Eh bien, c’est la guerre» («Esto es la guerra»), dijo al saber que sus cámaras se habían perdido en el accidente. Fueron sus últimas palabrasLa quinta vez que entró en España fue la última. Asumió más riesgos de los que aconsejaba la prudencia. «Unos días después iba a partir hacia la guerra chino-japonesa y quería terminar con un gran reportaje sus meses en España», señala Olmeda. Se había unido a las tropas republicanas en la zona de Brunete, en una zona de intensos combates, y decidió avanzar pese a las órdenes de retirada. De regreso del frente, subida en un vehículo que transportaba heridos, un tanque chocó con el coche. Taro resultó gravemente herida y murió al día siguiente a causa de las lesiones internas. Tenía 26 años. «Eh bien, c’est la guerre» («Esto es la guerra»), dijo al saber que sus cámaras se habían perdido en el accidente. Fueron sus últimas palabras.Miles de personas la despidieron en París. Rafael Alberti le dedicó una elegía. Y después, el silencio. «Gerda Taro no dejó nada escrito. No dejó cartas ni textos. Toda su familia fue exterminada por los nazis». Sus negativos quedaron en el estudio de Capa y más tarde en la agencia Magnum. En la Alemania de posguerra, sus imágenes fueron consideradas propaganda comunista, mientras las de Capa se convertían en iconos de la fotografía del siglo XX. «Hubo un trato desigual entre los dos», resume Olmeda. Taro permaneció casi seis décadas en la sombra, hasta que en los años noventa la investigadora Irme Schaber reconstruyó su trayectoria. Después llegaron las retrospectivas y el reconocimiento tardío. Gerda Taro fue, en efecto, mucho más que la pareja de Robert Capa. Gerta Pohorylle llegó a España dos semanas después del golpe, huyendo de los nazis, con una Reflex-Korelle y un nombre inventado. En doce meses cruzó el país en cinco viajes, fotografió La Desbandá, el asedio de Madrid y la batalla de Brunete. Murió tras ser arrollada por un tanque republicano el 26 de julio de 1937, seis días antes de cumplir 27 años. El nombre con el que firmaba sus fotos era Gerda Taro , y así ha pasado a la historia. Fue, en palabras de Fernando Olmeda, autor de ‘Gerda Taro. Fotógrafa en la guerra de España’ (Libros del K.O.), «una brigadista sin armas, una pacifista gráfica, la primera reportera gráfica muerta en un frente de combate». Fue mucho más que la compañera de Robert Capa , aunque durante décadas la historia la redujo a ese papel.Gerda Taro nació en Stuttgart en 1910, en el seno de una familia judía de clase media que se trasladó a Leipzig cuando la crisis de Weimar arruinó el negocio familiar. Allí, la joven Gerta –después Gerda– se implicó en la militancia antinazi y, en 1933, tras ser detenida por repartir octavillas contra el régimen, huyó a Francia. Fue una más entre los miles de exiliados políticos e intelectuales que buscaron refugio en París. La ciudad los acogía, pero no los abrazaba. «Era una ciudad hostil para el extranjero», recuerda Olmeda. «No encontró allí el calor de hogar que necesitaba». Conocer a André Friedmann, fotógrafo húngaro, exiliado y sin recursos, también judío, cambió su destino. Juntos idearon un truco que era mitad supervivencia, mitad intuición comercial: ella sería Gerda Taro; él, Robert Capa, un supuesto fotógrafo norteamericano de prestigio. El plan funcionó y empezaron a vender sus fotografías.Taro había aprendido el oficio en una agencia en París y había hecho sus primeras pruebas en estudio, pero su carrera se forjó en la guerra de España. Duró apenas un año. En agosto, la pareja pisó por primera vez este país. Fue el primero de los cinco viajes que Taro realizó entre agosto de 1936 y julio de 1937 para documentar la guerra. «Mi libro no es una biografía, es un libro de viajes», explica Olmeda. «Es una guía por los lugares que conoció Taro; en realidad, es un recorrido por España a través de una mujer que se enamoró del país y se comprometió con la defensa de la Segunda República. He tratado además de poner nombre a muchas de las personas que fotografió y que quedaron en el anonimato».Noticia relacionada No No Alberto Greco, el artista que convirtió un pueblo de Ávila en obra de arte Natividad PulidoEn su primer viaje recorrió Barcelona, el frente de Aragón y Córdoba. Allí tomó una de sus imágenes más conocidas: la miliciana que practica tiro en la playa de Barcelona. La imagen que condensaba algo nuevo: mujeres armadas defendiendo la República. No se publicó con su firma. En el segundo viaje, en febrero de 1937, cubrió La Desbandá: la huida de decenas de miles de civiles desde Málaga hasta Almería bajo los bombardeos. Su nombre empezó entonces a aparecer junto al de Capa: «Photos Capa et Taro».Causa republicanaLa pareja regresó a Madrid en abril. Allí estaban los corresponsales internacionales, que se reunían en el Hotel Florida. Ernest Hemingway. Virginia Cowles. El Florida tenía la ventaja de estar cerca del edificio de la Telefónica, desde donde se enviaban las crónicas. La Guerra Civil española se había convertido en un laboratorio del fotoperiodismo moderno. Para entonces, Capa le había pedido matrimonio. Pero Taro rehuyó el papel de acompañante. Había empezado a abrirse camino en un oficio de hombres y su trabajo se publicaba ya en varias cabeceras internacionales. Capa regresó a París para montar un estudio. Ella se quedó en España y cubrió el frente de Guadalajara. Fue el inicio de su autonomía profesional.El cuarto viaje marcó, su consolidación. Recorrió el frente de Segovia, documentó el bombardeo de Valencia, asistió al Congreso Internacional de Escritores y llegó a Brunete, la primera gran ofensiva republicana. Taro no fue una observadora neutral. Estaba comprometida con la causa republicana. Tejió relaciones con milicianos, mandos y figuras del entorno político, y su acceso al frente dependía de ese posicionamiento. No podía cruzar a territorio sublevado. Su fotografía participó, en ese sentido, del esfuerzo propagandístico de la República, como ocurrió con buena parte del fotoperiodismo de guerra de la época.«Eh bien, c’est la guerre» («Esto es la guerra»), dijo al saber que sus cámaras se habían perdido en el accidente. Fueron sus últimas palabrasLa quinta vez que entró en España fue la última. Asumió más riesgos de los que aconsejaba la prudencia. «Unos días después iba a partir hacia la guerra chino-japonesa y quería terminar con un gran reportaje sus meses en España», señala Olmeda. Se había unido a las tropas republicanas en la zona de Brunete, en una zona de intensos combates, y decidió avanzar pese a las órdenes de retirada. De regreso del frente, subida en un vehículo que transportaba heridos, un tanque chocó con el coche. Taro resultó gravemente herida y murió al día siguiente a causa de las lesiones internas. Tenía 26 años. «Eh bien, c’est la guerre» («Esto es la guerra»), dijo al saber que sus cámaras se habían perdido en el accidente. Fueron sus últimas palabras.Miles de personas la despidieron en París. Rafael Alberti le dedicó una elegía. Y después, el silencio. «Gerda Taro no dejó nada escrito. No dejó cartas ni textos. Toda su familia fue exterminada por los nazis». Sus negativos quedaron en el estudio de Capa y más tarde en la agencia Magnum. En la Alemania de posguerra, sus imágenes fueron consideradas propaganda comunista, mientras las de Capa se convertían en iconos de la fotografía del siglo XX. «Hubo un trato desigual entre los dos», resume Olmeda. Taro permaneció casi seis décadas en la sombra, hasta que en los años noventa la investigadora Irme Schaber reconstruyó su trayectoria. Después llegaron las retrospectivas y el reconocimiento tardío. Gerda Taro fue, en efecto, mucho más que la pareja de Robert Capa.
Gerta Pohorylle llegó a España dos semanas después del golpe, huyendo de los nazis, con una Reflex-Korelle y un nombre inventado. En doce meses cruzó el país en cinco viajes, fotografió La Desbandá, el asedio de Madrid y la batalla de Brunete. Murió tras … ser arrollada por un tanque republicano el 26 de julio de 1937, seis días antes de cumplir 27 años. El nombre con el que firmaba sus fotos era Gerda Taro, y así ha pasado a la historia. Fue, en palabras de Fernando Olmeda, autor de ‘Gerda Taro. Fotógrafa en la guerra de España’ (Libros del K.O.), «una brigadista sin armas, una pacifista gráfica, la primera reportera gráfica muerta en un frente de combate». Fue mucho más que la compañera de Robert Capa, aunque durante décadas la historia la redujo a ese papel.
Gerda Taro nació en Stuttgart en 1910, en el seno de una familia judía de clase media que se trasladó a Leipzig cuando la crisis de Weimar arruinó el negocio familiar. Allí, la joven Gerta –después Gerda– se implicó en la militancia antinazi y, en 1933, tras ser detenida por repartir octavillas contra el régimen, huyó a Francia. Fue una más entre los miles de exiliados políticos e intelectuales que buscaron refugio en París. La ciudad los acogía, pero no los abrazaba. «Era una ciudad hostil para el extranjero», recuerda Olmeda. «No encontró allí el calor de hogar que necesitaba». Conocer a André Friedmann, fotógrafo húngaro, exiliado y sin recursos, también judío, cambió su destino. Juntos idearon un truco que era mitad supervivencia, mitad intuición comercial: ella sería Gerda Taro; él, Robert Capa, un supuesto fotógrafo norteamericano de prestigio. El plan funcionó y empezaron a vender sus fotografías.
Taro había aprendido el oficio en una agencia en París y había hecho sus primeras pruebas en estudio, pero su carrera se forjó en la guerra de España. Duró apenas un año. En agosto, la pareja pisó por primera vez este país. Fue el primero de los cinco viajes que Taro realizó entre agosto de 1936 y julio de 1937 para documentar la guerra. «Mi libro no es una biografía, es un libro de viajes», explica Olmeda. «Es una guía por los lugares que conoció Taro; en realidad, es un recorrido por España a través de una mujer que se enamoró del país y se comprometió con la defensa de la Segunda República. He tratado además de poner nombre a muchas de las personas que fotografió y que quedaron en el anonimato».
En su primer viaje recorrió Barcelona, el frente de Aragón y Córdoba. Allí tomó una de sus imágenes más conocidas: la miliciana que practica tiro en la playa de Barcelona. La imagen que condensaba algo nuevo: mujeres armadas defendiendo la República. No se publicó con su firma. En el segundo viaje, en febrero de 1937, cubrió La Desbandá: la huida de decenas de miles de civiles desde Málaga hasta Almería bajo los bombardeos. Su nombre empezó entonces a aparecer junto al de Capa: «Photos Capa et Taro».
Causa republicana
La pareja regresó a Madrid en abril. Allí estaban los corresponsales internacionales, que se reunían en el Hotel Florida. Ernest Hemingway. Virginia Cowles. El Florida tenía la ventaja de estar cerca del edificio de la Telefónica, desde donde se enviaban las crónicas. La Guerra Civil española se había convertido en un laboratorio del fotoperiodismo moderno. Para entonces, Capa le había pedido matrimonio. Pero Taro rehuyó el papel de acompañante. Había empezado a abrirse camino en un oficio de hombres y su trabajo se publicaba ya en varias cabeceras internacionales. Capa regresó a París para montar un estudio. Ella se quedó en España y cubrió el frente de Guadalajara. Fue el inicio de su autonomía profesional.
El cuarto viaje marcó, su consolidación. Recorrió el frente de Segovia, documentó el bombardeo de Valencia, asistió al Congreso Internacional de Escritores y llegó a Brunete, la primera gran ofensiva republicana. Taro no fue una observadora neutral. Estaba comprometida con la causa republicana. Tejió relaciones con milicianos, mandos y figuras del entorno político, y su acceso al frente dependía de ese posicionamiento. No podía cruzar a territorio sublevado. Su fotografía participó, en ese sentido, del esfuerzo propagandístico de la República, como ocurrió con buena parte del fotoperiodismo de guerra de la época.
«Eh bien, c’est la guerre» («Esto es la guerra»), dijo al saber que sus cámaras se habían perdido en el accidente. Fueron sus últimas palabras
La quinta vez que entró en España fue la última. Asumió más riesgos de los que aconsejaba la prudencia. «Unos días después iba a partir hacia la guerra chino-japonesa y quería terminar con un gran reportaje sus meses en España», señala Olmeda. Se había unido a las tropas republicanas en la zona de Brunete, en una zona de intensos combates, y decidió avanzar pese a las órdenes de retirada. De regreso del frente, subida en un vehículo que transportaba heridos, un tanque chocó con el coche. Taro resultó gravemente herida y murió al día siguiente a causa de las lesiones internas. Tenía 26 años. «Eh bien, c’est la guerre» («Esto es la guerra»), dijo al saber que sus cámaras se habían perdido en el accidente. Fueron sus últimas palabras.
Miles de personas la despidieron en París. Rafael Alberti le dedicó una elegía. Y después, el silencio. «Gerda Taro no dejó nada escrito. No dejó cartas ni textos. Toda su familia fue exterminada por los nazis». Sus negativos quedaron en el estudio de Capa y más tarde en la agencia Magnum. En la Alemania de posguerra, sus imágenes fueron consideradas propaganda comunista, mientras las de Capa se convertían en iconos de la fotografía del siglo XX. «Hubo un trato desigual entre los dos», resume Olmeda. Taro permaneció casi seis décadas en la sombra, hasta que en los años noventa la investigadora Irme Schaber reconstruyó su trayectoria. Después llegaron las retrospectivas y el reconocimiento tardío. Gerda Taro fue, en efecto, mucho más que la pareja de Robert Capa.
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