Leer es —al menos desde la invención de la imprenta y el libro de bolsillo— una experiencia íntima como pocas, ya que, para empezar, cada uno lee según su bagaje de conocimientos y experiencias. Y luego, en verdad, todo va a la carta: se puede elegir claramente el libro en cuestión por curiosidad, gusto o deber (que también hay unos mínimos); el tiempo (sea del día o de la vida) y hasta el lugar puede determinar la cosa (con el placer maravilloso de leer ‘in situ’). Y lo mismo se puede decir de la forma de lectura que, para algunos, implica dejar marcas.El abanico comprende unas cuantas variantes entre Cicerón y Atila: desde los dobladillos (u orejas) y los papeles señaladores (sean marcapáginas, tarjetas de restaurantes o billetes de avión para entremeter la propia vida) hasta las firmas y ‘ex libris’ , pasando por las anotaciones y los subrayados hechos —así lo quiera Dios— rigurosamente a lápiz, pues a buen seguro Dante mandaría a un círculo infernal a los asesinos de boli y fosforitos .El caso más extremo de esta producción en el margen son las anotaciones, glosas y hasta dibujos que se pueden encontrar en las páginas de libros tanto antiguos como modernos: es el maravilloso mundo de las «microliteraturas» en feliz expresión de Rodríguez Velasco, que comprende apuntes o recordatorios del tema que sea, correcciones de erratas y errores (que no son lo mismo) y hasta insultos («miente como bellaco» se encuentra en algún texto clásico) que —entre otros detalles— revelan intereses, itinerarios de viajes, orientaciones de lectura y hasta claves de composición. Un ejemplo estupendo lo constituye la tormenta perfecta de la polémica en torno a las ‘Soledades’ de Góngora (finalmente estudiadas por el equipo capitaneado por Mercedes Blanco) o —en el bando contrario— todas las marcas de estructura y ciertos dibujos que Lope incluía con más o menos sistema en sus manuscritos, tal y como sabe mejor que nadie mi amigo Daniele Crivellari. Como en los colores, también hay lectores de su padre y de su madre: hay quien prefiere leer y dejar impolutos los libros (como el maestro Luis Alberto de Cuenca en su mágica biblioteca) y quien los hace suyos con apostillas, firmas y comentarios (como Karina Sainz Borgo o el menda). Es otra cara de la fascinante aventura de leer. Leer es —al menos desde la invención de la imprenta y el libro de bolsillo— una experiencia íntima como pocas, ya que, para empezar, cada uno lee según su bagaje de conocimientos y experiencias. Y luego, en verdad, todo va a la carta: se puede elegir claramente el libro en cuestión por curiosidad, gusto o deber (que también hay unos mínimos); el tiempo (sea del día o de la vida) y hasta el lugar puede determinar la cosa (con el placer maravilloso de leer ‘in situ’). Y lo mismo se puede decir de la forma de lectura que, para algunos, implica dejar marcas.El abanico comprende unas cuantas variantes entre Cicerón y Atila: desde los dobladillos (u orejas) y los papeles señaladores (sean marcapáginas, tarjetas de restaurantes o billetes de avión para entremeter la propia vida) hasta las firmas y ‘ex libris’ , pasando por las anotaciones y los subrayados hechos —así lo quiera Dios— rigurosamente a lápiz, pues a buen seguro Dante mandaría a un círculo infernal a los asesinos de boli y fosforitos .El caso más extremo de esta producción en el margen son las anotaciones, glosas y hasta dibujos que se pueden encontrar en las páginas de libros tanto antiguos como modernos: es el maravilloso mundo de las «microliteraturas» en feliz expresión de Rodríguez Velasco, que comprende apuntes o recordatorios del tema que sea, correcciones de erratas y errores (que no son lo mismo) y hasta insultos («miente como bellaco» se encuentra en algún texto clásico) que —entre otros detalles— revelan intereses, itinerarios de viajes, orientaciones de lectura y hasta claves de composición. Un ejemplo estupendo lo constituye la tormenta perfecta de la polémica en torno a las ‘Soledades’ de Góngora (finalmente estudiadas por el equipo capitaneado por Mercedes Blanco) o —en el bando contrario— todas las marcas de estructura y ciertos dibujos que Lope incluía con más o menos sistema en sus manuscritos, tal y como sabe mejor que nadie mi amigo Daniele Crivellari. Como en los colores, también hay lectores de su padre y de su madre: hay quien prefiere leer y dejar impolutos los libros (como el maestro Luis Alberto de Cuenca en su mágica biblioteca) y quien los hace suyos con apostillas, firmas y comentarios (como Karina Sainz Borgo o el menda). Es otra cara de la fascinante aventura de leer.
Leer es —al menos desde la invención de la imprenta y el libro de bolsillo— una experiencia íntima como pocas, ya que, para empezar, cada uno lee según su bagaje de conocimientos y experiencias. Y luego, en verdad, todo va a la carta: se puede … elegir claramente el libro en cuestión por curiosidad, gusto o deber (que también hay unos mínimos); el tiempo (sea del día o de la vida) y hasta el lugar puede determinar la cosa (con el placer maravilloso de leer ‘in situ’). Y lo mismo se puede decir de la forma de lectura que, para algunos, implica dejar marcas.
El abanico comprende unas cuantas variantes entre Cicerón y Atila: desde los dobladillos (u orejas) y los papeles señaladores (sean marcapáginas, tarjetas de restaurantes o billetes de avión para entremeter la propia vida) hasta las firmas y ‘ex libris’, pasando por las anotaciones y los subrayados hechos —así lo quiera Dios— rigurosamente a lápiz, pues a buen seguro Dante mandaría a un círculo infernal a los asesinos de boli y fosforitos.
El caso más extremo de esta producción en el margen son las anotaciones, glosas y hasta dibujos que se pueden encontrar en las páginas de libros tanto antiguos como modernos: es el maravilloso mundo de las «microliteraturas» en feliz expresión de Rodríguez Velasco, que comprende apuntes o recordatorios del tema que sea, correcciones de erratas y errores (que no son lo mismo) y hasta insultos («miente como bellaco» se encuentra en algún texto clásico) que —entre otros detalles— revelan intereses, itinerarios de viajes, orientaciones de lectura y hasta claves de composición. Un ejemplo estupendo lo constituye la tormenta perfecta de la polémica en torno a las ‘Soledades’ de Góngora (finalmente estudiadas por el equipo capitaneado por Mercedes Blanco) o —en el bando contrario— todas las marcas de estructura y ciertos dibujos que Lope incluía con más o menos sistema en sus manuscritos, tal y como sabe mejor que nadie mi amigo Daniele Crivellari.
Como en los colores, también hay lectores de su padre y de su madre: hay quien prefiere leer y dejar impolutos los libros (como el maestro Luis Alberto de Cuenca en su mágica biblioteca) y quien los hace suyos con apostillas, firmas y comentarios (como Karina Sainz Borgo o el menda). Es otra cara de la fascinante aventura de leer.
RSS de noticias de cultura
