Aquel verano debió ser terrorífico: entre mayo y octubre, uno de cada tres habitantes de la zona murió de peste. Ahora el estudio de unos papeles de hace 200 años cuenta cómo fue la última gran epidemia de peste de Europa, la que castigó a Mallorca en 1820. Del análisis de partes diarios de infectados y defunciones recién descubiertos, los investigadores han podido calcular su extrema letalidad, o apuntar que la forma específica no era la bubónica, sino la pulmonar. Pero también cómo, a falta de antibióticos para combatir el mal (llegarían un siglo después), las medidas de confinamiento salvaron de la muerte a miles de mallorquines, confinando a la parca al extremo este de la isla.
El análisis de documentos de hace 200 años muestra la gran letalidad del brote, que no fue bubónico, y la eficacia de las medidas de confinamiento
Aquel verano debió ser terrorífico: entre mayo y octubre, uno de cada tres habitantes de la zona murió de peste. Ahora el estudio de unos papeles de hace 200 años cuenta cómo fue la última gran epidemia de peste de Europa, la que castigó a Mallorca en 1820. Del análisis de partes diarios de infectados y defunciones recién descubiertos, los investigadores han podido calcular su extrema letalidad, o apuntar que la forma específica no era la bubónica, sino la pulmonar. Pero también cómo, a falta de antibióticos para combatir el mal (llegarían un siglo después), las medidas de confinamiento salvaron de la muerte a miles de mallorquines, confinando a la parca al extremo este de la isla.
La segunda pandemia de la peste, la que empezó con la peste negra del final de la Edad Media, asoló Europa los cuatro siglos siguientes con brotes periódicos. La implantación de medidas de salud pública, fundamentalmente de higiene, logró expulsar a la Yersinia pestis, la bacteria causante, del territorio europeo, ya en el siglo XIX. Uno de sus últimos coletazos lo sufrieron varias islas del Mediterráneo. En España, le tocó a Mallorca. La leyenda cuenta que un pastor, que recogió la manta que hizo de sudario de un marino infectado enterrado en la isla, propagó la enfermedad. La historia real se conoce con todo detalle ahora gracias al descubrimiento y análisis de los partes diarios enviados a la Junta Superior de Sanidad. Sus descubridores han publicado sus resultados en la revista científica PNAS.
“Probablemente se debió al contrabando”, cuenta Joana Maria Pujadas-Mora, de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y coautora de la investigación. “Hubo una descarga ilegal en una playa cercana a Son Servera [en el extremo este de Mallorca] y la tripulación de este barco, que se cree procedía de Tánger, vendría infectada”, añade Pujadas-Mora. “Luego llegó la leyenda del joven pastorcillo como paciente cero”, completa la investigadora.

Mientras ya estaba en su etapa postdoctoral, su directora de tesis, la catedrática de Historia Contemporánea Isabel Moll, de la Universitat de les Illes Balears, le dijo a Pujadas-Mora: “Hay una serie de muertos, tú que trabajas con números, míralos, a ver…” Descubrió un tesoro, unos papeles conservados en el archivo de la Real Academia de Medicina de las Islas Baleares que han resultado ser un diario de la epidemia. Casi desde su inicio, en mayo de 1820, los pueblos afectados tenían que enviar a Palma un informe diario con el número de infectados y el de fallecidos, tanto por sexos como por edades, además de un informe de situación. Tal era el temor que desinfectaban las hojas con vinagre.
Todo comenzó, como decía la leyenda, en Son Servera, a comienzos de mayo, pero después se propagó por los pueblos vecinos. Al tener los datos de población total, número de afectados o el de muertos, con las herramientas de la epidemiología moderna, pudieron estimar la tasa de mortalidad (los fallecidos sobre el total de la población) y, más importante, la tasa de fatalidad (los muertos del total de infectados) y otros indicadores, como el número básico de reproducción, conocido como R0, desgraciadamente popularizado durante la pandemia de covid.
“Hay tres mecanismos de transmisión de la peste”, recuerda Pedro Puig, del Centro de Investigación Matemática (CRM) y la Universitat Autònoma de Barcelona y coautor del estudio. “Uno es por picada de pulgas o piojos [vectores tras picar a un roedor o a un humano infectado]. El desarrollo de la enfermedad es más lento, y es cuando aparecen los bubones, los ganglios inflamados”, detalla. La tasa de fatalidad para este tipo de transmisión en la era preantibióticos iba del 30% al 60%. En la peste neumónica, el mecanismo de transmisión es por partículas transmitidas en el aire. La tercera es la septicémica [la infección circula por la sangre], que se produce por contacto con heridas abiertas o manipulación de cadáveres. “En estas, la tasa de fatalidad es del 100%, mueren todos”, completa Puig.

De media, en los cuatro pueblos afectados, Son Servera, Artà, San Llorenç y Capdepera, la tasa de fatalidad fue del 78%. “Dada una tasa tan alta que se observa, creemos que tanto la neumónica como la septicémica tuvieron un papel relevante”, comenta Puig. No niegan la bubónica, pero esta forma no mata tanto. Además, está el detalle histórico: en Son Servera no hay puerto, así que los contrabandistas llevaban sus mercancías a la costa en pequeñas embarcaciones desde el barco, así que era poco probable que ratas infectadas llegaran a la playa.
El golpe fue más duro donde todo empezó, en Son Servera: de los 1.684 habitantes que tenía la villa, se infectaron 1.340. Cuando la epidemia se dio por finalizada, en noviembre, solo se habían recuperado 300. Gracias a los papeles avinagrados, pudieron estimar allí un R0 de 1,3. No es tan alto como el 2,5 estimado para los inicios de la pandemia de covid, pero sí estaba por encima del 1. En la cercana Capdepera, el R0 estuvo por debajo. Eso explicaría que en este pueblo, con 1.179 habitantes en mayo de 1820, solo se infectaran 146. Pero el R0 es algo dinámico, cambia si se toman medidas y en Mallorca se tomaron.
“Durante la covid, nos mandaron a todos a casa. En Mallorca, en 1820, crearon un triple cordón sanitario”, recuerda Pujadas-Mora. Aunque al principio no sabían qué enfermedad era ni el agente transmisor (llegaron a sacrificar a todos los perros y gatos), los médicos sospecharon enseguida de la peste. Así que aislaron cada uno de los cuatro pueblos afectados entre sí. Y estos del resto de la isla. Además, dentro de las cuatro villas, separaron a los afectados de los sanos. Lo completaron con “un bloqueo naval; de hecho, la zona estaba totalmente militarizada”, apunta Puig. El primer cordón sanitario ya aisló Son Servera el 27 de mayo. Dentro murieron casi todos, pero fuera fue la salvación.
Salvo un caso reportado en Manacor, no se detectaron más fuera de la zona aislada. Es decir, los otros más de 40 pueblos de Mallorca la esquivaron. Es una de las lecciones que, según los autores, debe aprenderse: “Aunque no sabían contra lo que luchaban, pusieron cordones sanitarios”, destaca Pujadas-Mora. Viendo la dinámica de la epidemia, la investigadora está convencida de que “hubiera llegado a toda la isla y hubiera causado una mortalidad muy grande, o sea, las medidas de contención fueron realmente eficaces”.
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