Colorista se llamaba el primero. Pero lo que tuvo un color especial fue el toreo de Morante. El color de la pureza, el color de la cadencia, el color de la espera. Esa espera que desespera. Ese color pintado sin prisas, ese color de la cercanía. Y no solo era sentir la respiración del garcigrande por las femorales, era hacer que pasara tan despacito, con ese ritmo que alcanzaba su cénit en su remate en la cadera, aunque no todo brotara con limpieza, tan reñida con lo purísimo. Qué barbaridad de naturales, maestro. Uno, dos, tres… Con la belleza que da la profundidad, con el dolor que hiere. Naturales de ¡ooole! y de ¡ay! Porque tras la voz rota de aquellos ‘oooooles’ viajaba un ‘ay’ que recorría las venas. Porque el toreo de Morante deleita y asusta, incluso aunque el toro obedezca. Y no solo en los muletazos, también cuando se queda ahí, sin poder salir de la cara ni frente a algún achuchón. Eso también estremece. Fue Colorista un toro medio que le permitió al genio elevar su asentado toreo, hundir las zapatillas, torear con una y otra mano como los ángeles. Y soñarlo más aún en esa izquierda que, por fin, despertó la música. Dentro de lo que duró un garcigrande que no solo se llevó los dos puyazos de rigor, sino que sentiría por dos veces más la puya tras el cambio de tercio. Estallaron las palmas -con tímidos pititos- cuando su cuadrilla colocó los palos con la bandera de España, que en España estábamos. ¡Ole! Calurosa la ovación mientras saludaba tras dar matarile a su primero, que no terminó de romper.Andaba el ambiente algo enrarecido, como esas tardes de clavel en Madrid, y la gente acabó enfadada por apenas ver a José Antonio en el siguiente. De corto viaje el cuarto, muy castigado en varas. Y largo de galanura el prólogo por alto para sorprender luego con un cambio de mano de cartel. Ahí se terminó prácticamente la faena del cigarrero, al que no le había agradado Fandanguillo desde la salida, poco claro y de rácana casta. Sin excesiva convicción lo probó ahora, sabedor de que el pozo andaba seco de agua entre la decepción general. Atrás habían quedado aquellos naturales de cartel, de más arte que la colección del Guggenheim.Fueron a ver a Morante, se mosquearon por lo que dejaron de contemplar y se encontraron con el ganador de la Concha de Oro, que conquistó Bilbao en la variada e interesante corrida de Garcigrande, de distintas seriedades. Excelso el remate a una mano de Daniel Luque al segundo, que cantó la gallina en banderillas. Rajado el tal Exaltado, pero crecida la magistral técnica del torero de Gerena, que supo leer a la perfección al buen manso para enredarlo en sabias tandas, con esa capacidad de difícil facilidad mientras tocaban las campanas de la iglesia. Hasta abandonarse con el toro -con noble movilidad- en un formidable lío, recompensado con una oreja de ley tras el espadazo. Revolotearon las musas en el quite al quinto, con una especie de trincheras con medio capotillo. Tuvo el detalle de brindar a los monosabios tras el percance del día anterior y ahí ya se metió en el bolsillo al personal. Más aún en el pase de pecho de pitón a rabo antes de embarcar la embestida a derechas. Como en un tentadero anduvo con el enclasado y mansito Coraje, que salía algo desentendido de las series. Lo dejó respirar con listeza para darle fiesta por ambos pitones, con variedad y desparpajo, con los vuelos por delante y la suavidad en sus muñecas. Medida la obra, rematada de una estocada desprendida y fulminante. Atronadora la doble petición, denegada por el palco, que mantuvo el rigor orejero de la feria. De justicia el trofeo, aunque el triunfalismo se desbocara. Para enmarcar el verano vasco de Luque, obligado a dar dos vueltas al anillo. Corridas Generales de Bilbao Coso de Vista Alegre Sábado, 29 de agosto de 2026. Última corrida. Casi lleno. Toros de Garcigrande, desiguales de presencia y de variado e interesante juego. Morante de la Puebla, de caldero e hilo blanco: pinchazo y estocada (leve petición y saludos); pinchazo y estocada (pitos entre cierta división). Daniel Luque, de lila y plata: estocada (oreja); estocada desprendida (oreja con fuerte petición de otra, dos vueltas al ruedo y bronca al palco). Borja Jiménez, de crema y oro: pinchazo y estocada contraria (saludos); estocada (saludos tras aviso). Se reventó los pitones el tercero, corrió turno Borja Jiménez y apareció un cariavacado colorado, de gran condición. Pero el autor del único indulto en Vista Alegre se amontonó con Prudente, de repetidora y codiciosa embestida, sin hallar el acople. No falló Juan Carlos Rey con los palos en el sexto, que era el sobrero. Complejo y exigente este geniudo animal, soltando la cara y venciéndose. Dispuesto, el de Espartinas tragó en una rotunda tanda por abajo, pero no pudo repetir el idilio del pasado año. El cartel de los sevillanos se lo llevó de calle el de Gerena. Colorista se llamaba el primero. Pero lo que tuvo un color especial fue el toreo de Morante. El color de la pureza, el color de la cadencia, el color de la espera. Esa espera que desespera. Ese color pintado sin prisas, ese color de la cercanía. Y no solo era sentir la respiración del garcigrande por las femorales, era hacer que pasara tan despacito, con ese ritmo que alcanzaba su cénit en su remate en la cadera, aunque no todo brotara con limpieza, tan reñida con lo purísimo. Qué barbaridad de naturales, maestro. Uno, dos, tres… Con la belleza que da la profundidad, con el dolor que hiere. Naturales de ¡ooole! y de ¡ay! Porque tras la voz rota de aquellos ‘oooooles’ viajaba un ‘ay’ que recorría las venas. Porque el toreo de Morante deleita y asusta, incluso aunque el toro obedezca. Y no solo en los muletazos, también cuando se queda ahí, sin poder salir de la cara ni frente a algún achuchón. Eso también estremece. Fue Colorista un toro medio que le permitió al genio elevar su asentado toreo, hundir las zapatillas, torear con una y otra mano como los ángeles. Y soñarlo más aún en esa izquierda que, por fin, despertó la música. Dentro de lo que duró un garcigrande que no solo se llevó los dos puyazos de rigor, sino que sentiría por dos veces más la puya tras el cambio de tercio. Estallaron las palmas -con tímidos pititos- cuando su cuadrilla colocó los palos con la bandera de España, que en España estábamos. ¡Ole! Calurosa la ovación mientras saludaba tras dar matarile a su primero, que no terminó de romper.Andaba el ambiente algo enrarecido, como esas tardes de clavel en Madrid, y la gente acabó enfadada por apenas ver a José Antonio en el siguiente. De corto viaje el cuarto, muy castigado en varas. Y largo de galanura el prólogo por alto para sorprender luego con un cambio de mano de cartel. Ahí se terminó prácticamente la faena del cigarrero, al que no le había agradado Fandanguillo desde la salida, poco claro y de rácana casta. Sin excesiva convicción lo probó ahora, sabedor de que el pozo andaba seco de agua entre la decepción general. Atrás habían quedado aquellos naturales de cartel, de más arte que la colección del Guggenheim.Fueron a ver a Morante, se mosquearon por lo que dejaron de contemplar y se encontraron con el ganador de la Concha de Oro, que conquistó Bilbao en la variada e interesante corrida de Garcigrande, de distintas seriedades. Excelso el remate a una mano de Daniel Luque al segundo, que cantó la gallina en banderillas. Rajado el tal Exaltado, pero crecida la magistral técnica del torero de Gerena, que supo leer a la perfección al buen manso para enredarlo en sabias tandas, con esa capacidad de difícil facilidad mientras tocaban las campanas de la iglesia. Hasta abandonarse con el toro -con noble movilidad- en un formidable lío, recompensado con una oreja de ley tras el espadazo. Revolotearon las musas en el quite al quinto, con una especie de trincheras con medio capotillo. Tuvo el detalle de brindar a los monosabios tras el percance del día anterior y ahí ya se metió en el bolsillo al personal. Más aún en el pase de pecho de pitón a rabo antes de embarcar la embestida a derechas. Como en un tentadero anduvo con el enclasado y mansito Coraje, que salía algo desentendido de las series. Lo dejó respirar con listeza para darle fiesta por ambos pitones, con variedad y desparpajo, con los vuelos por delante y la suavidad en sus muñecas. Medida la obra, rematada de una estocada desprendida y fulminante. Atronadora la doble petición, denegada por el palco, que mantuvo el rigor orejero de la feria. De justicia el trofeo, aunque el triunfalismo se desbocara. Para enmarcar el verano vasco de Luque, obligado a dar dos vueltas al anillo. Corridas Generales de Bilbao Coso de Vista Alegre Sábado, 29 de agosto de 2026. Última corrida. Casi lleno. Toros de Garcigrande, desiguales de presencia y de variado e interesante juego. Morante de la Puebla, de caldero e hilo blanco: pinchazo y estocada (leve petición y saludos); pinchazo y estocada (pitos entre cierta división). Daniel Luque, de lila y plata: estocada (oreja); estocada desprendida (oreja con fuerte petición de otra, dos vueltas al ruedo y bronca al palco). Borja Jiménez, de crema y oro: pinchazo y estocada contraria (saludos); estocada (saludos tras aviso). Se reventó los pitones el tercero, corrió turno Borja Jiménez y apareció un cariavacado colorado, de gran condición. Pero el autor del único indulto en Vista Alegre se amontonó con Prudente, de repetidora y codiciosa embestida, sin hallar el acople. No falló Juan Carlos Rey con los palos en el sexto, que era el sobrero. Complejo y exigente este geniudo animal, soltando la cara y venciéndose. Dispuesto, el de Espartinas tragó en una rotunda tanda por abajo, pero no pudo repetir el idilio del pasado año. El cartel de los sevillanos se lo llevó de calle el de Gerena.
Colorista se llamaba el primero. Pero lo que tuvo un color especial fue el toreo de Morante. El color de la pureza, el color de la cadencia, el color de la espera. Esa espera que desespera. Ese color sin prisas, ese color de la cercanía. … Y no solo era sentir la respiración del garcigrande por las femorales, era hacer que pasara tan despacito, con ese ritmo que alcanzaba su cénit en su remate en la cadera, aunque no todo brotara con limpieza, tan reñida con lo purísimo. Qué barbaridad de naturales, maestro. Uno, dos, tres… Con la belleza que da la profundidad, con el dolor que hiere. Naturales de ¡ooole! y de ¡ay! Porque tras la voz rota de aquellos ‘oooooles’ viajaba un ‘ay’ que recorría el alma. Porque el toreo de Morante deleita y asusta, incluso aunque el toro obedezca. Y no solo en los muletazos, también cuando se queda ahí, sin poder salir de la cara ni frente a algún achuchón. Eso también estremece.
Fue Colorista un toro que le permitió al genio elevar su asentado toreo, hundir las zapatillas, torear con una y otra mano como los ángeles. Y soñarlo más aún en esa izquierda que, por fin, despertó la música. Dentro de lo que duró un garcigrande que no solo se llevó los dos puyazos de rigor, sino que sentiría por dos veces más la puya tras el cambio de tercio. Estallaron las palmas -con tímidos pititos- cuando su cuadrilla colocó los palos con la bandera de España, que en España estábamos. Y cálida la ovación mientras saludaba tras dar matarile a su primero.

Andaba el ambiente algo enrarecido, como esos días de clavel en Madrid, y la gente acabó enfadada por apenas poder ver a José Antonio en el siguiente. De corto viaje el cuarto, muy castigado en varas. Y largo de galanura el prólogo por alto para sorprender luego con un cambio de mano de cartel. Ahí se terminó prácticamente la faena del cigarrero, al que no le había agradado Fandanguillo desde la salida, poco claro y de rácana casta. Sin excesiva convicción lo probó ahora por ambos lados, sabedor de que el pozo andaba seco de agua entre la decepción general. Atrás habían quedado aquellos naturales de cartel, de más arte que la colección del Guggenheim.
Fueron a ver a Morante, se enfadaron con el maestro por lo que dejaron de contemplar y se encontraron con el ganador de la Concha de Oro, que se llevó de calle a Bilbao con una variada e interesante corrida de Garcigrande. Excelso el remate a una mano de Daniel Luque en el quite de réplica al segundo, que cantó la gallina en banderillas. Rajado el tal Exaltado, pero crecida la magistral técnica del torero de Gerena, que supo leer a la perfección al manso para enredarlo en sabias tandas, con esa capacidad de difícil facilidad mientras tocaban las campanas de San Francisco. Hasta abandonarse con el toro -con noble movilidad- en un formidable lío, recompensado con una oreja de ley tras el espadazo.
Rovolotearon las musas en el quite al quinto, con una especie de trincheras con medio capotillo. Tuvo el detalle de brindar a los monosabios tras el percance del día anterior y ahí ya se metió en el bolsillo al personal. Más aún en el pase de pecho de pitón a rabo antes de embarcar la embestida derechas. Como en un tentadero anduvo con el enclasado y mansito Coraje -de sevillanas hechuras-, que salía algo desentendido de las series. Lo dejó respirar con listeza para darle fiesta por ambos lados, con variedad y desparpajo. Medida la obra, sin un epílogo concreto y rematada de una estocada desprendida. Atronadora la doble petición, con alguno sin enterarse que ya había asomado un pañuelo por esa manía de esconderlo rápido. Bien el palco, con un justo trofeo, aunque el triunfalismo se desbocara en el tendido, que le pidió dar dos vueltas al ruedo. Para enmarcar el verano vasco de Luque.
Corridas Generales de Bilbao
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Coso de Vista Alegre
Sábado, 29 de agosto de 2026. Última corrida. Casi lleno. Toros de Garcigrande, desiguales de presencia y de variado e interesante juego.
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Morante de la Puebla,
de caldero e hilo blanco: pinchazo y estocada (leve petición y saludos); pinchazo y estocada (pitos entre cierta diivisión). -
Daniel Luque,
de lila y plata: estocada (oreja); estocada desprendida (oreja con fuerte petición de otra, dos vueltas al ruedo y broncal al palco). -
Borja Jiménez,
de crema y oro: pinchazo y estocada contraria (saludos); estocada (saludos).
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Lamentable imagen del tercero tras estropearse los pitones, completamente reventados. Corrió turno Borja Jiménez y el que apareció, tan estrechito de sienes, tuvo una interesantísima condición. Pero el autor del único indulto en Vista Alegre se amontonó con Prudente, de repetidora y codiciosa embestida, sin terminar de hallar el acople. No falló Juan Carlos Rey con los palos en el sexto, que era el sobrero. Complejo y exigente este geniudo animal, soltando la cara y venciéndose. Dispuesto, el de Espartinas logró una rotunda tanda por abajo, pero no pudo repetir el idilio del pasado año.
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