A Luis Mario (Cantabria, 1992) no le gusta hacerse fotos ni que las cosas que no tengan que ver con la literatura le duren demasiado en la cabeza. La primera vez que se interrumpe no ha pasado ni un minuto de conversación. Está explicando por qué decidió que una gota de agua (una gota idéntica a todas las demás gotas) merecía ser el centro de un cuento, y a mitad de la frase se detiene en seco. «Perdona, me está costando concentrarme». Arranca de nuevo, avanza tres o cuatro ideas, y vuelve a frenar: «Perdón que me voy por las ramas».La realidad, claro, es que no se va por las ramas. A lo largo de casi una hora, Luis Mario pedirá disculpas media docena de veces por divagar, por enrollarse, por repetirse, y en todas esas ocasiones estará haciendo lo mismo que hace en ‘Libro azul con mosca’ (Reservoir Books), su libro de relatos: partir de algo mínimo y tirar del hilo hasta que empieza a sostener cosas que no debería poder sostener, pero lo hace. «Al desestabilizar mínimamente la lógica imperante y establecer una nueva, te das cuenta de que eso es una fisura hacia lo poético. Un hueco por el que asomarte y ver un montón de cosas más». Por ese hueco, dice, asoman de pronto ideas mucho más ambiciosas: la pesadumbre de las rutinas, el peso existencial de repetir cada día lo mismo y –matiza, porque siempre matiza– el peso existencial de no tener nada que repetir.Póngame solo la segundaTodo esto empieza varias décadas atrás, en una pescadería de barrio. Había una oferta pegada al mostrador: segunda unidad de mejillones a mitad de precio. Su abuela leyó el cartel, se acercó al dependiente y pidió, con toda naturalidad, lo único que la oferta no contemplaba.—Pues póngame solo la segunda.Luis Mario se reía siempre, hasta doblarse. Su abuela era una contadora compulsiva de chistes: él se los pedía, se los aprendía, llegó a inventarse algunos –«que Dios sabe qué malos serían»–. Fue importantísima, aclara, y sigue siéndolo. Lo que no sabía entonces es que no se reía de un chiste; se reía de una grieta. «Es ilógico en el mundo, en la realidad lógica que tenemos concebida. Pero si analizas la frase en sí, en el plano del lenguaje no hay nada ilógico. Estás abriendo una lógica nueva, perfectamente accesible. Nos reímos porque es imposible. Mientras lo leemos, es impecable».«La capacidad creadora de las palabras no se agota en la literatura: sirve a nivel filosófico y, sobre todo, político»Él tiene un nombre casero para esa sensación: cosquillas en el cerebro. Otros la llaman chispa, o brillo, o ingenio, y a él le parece que todos esos términos rodean la misma cosa sin atreverse a nombrarla. La cosa es lo poético, que no tiene nada que ver con la belleza. Atendiendo a la etimología, poético es lo que no es y acaba siendo: creación, no ornamento. Le irritó durante meses que de ‘Calabobos’, su anterior novela, se dijera que era «muy bruta, pero al mismo tiempo poética», como si lo segundo redimiera lo primero. «Lo bruto también puede ser poético» , zanja.Las que están más a la vistaA esas averías las llama moscas, y el término no es caprichoso. La mosca es lo que siempre está ahí, zumbando en la periferia de la vida doméstica, sin que nadie se pare a preguntarse qué hace ahí. También es, en la pintura flamenca, ese insecto hiperrealista que algunos maestros posaban sobre el lienzo: un trampantojo dentro de otro, colocado a plena vista. Cuando se le pregunta cuáles le interesa sacar a la luz, responde con tres palabras y una pausa larga: «Los más presentes. Por eso mismo nos resultan invisibles. Como nuestras propias narices: de tan presentes, hemos acabado por no verlas».Luis Mario, autor de ‘Libro azul con mosca’ Isabel PermuySituar la avería en un escenario inverosímil sería hacer trampa, porque la rareza se justificaría sola. De ahí se deriva su idea más aprovechable: que el humor y el terror son el mismo animal. Los dos nacen de un quiebro en la lógica cotidiana, pero lo que decide el tono no es la anomalía, sino cómo reacciona quien la sufre.Luis Mario cree que la resignación es lo más humano que hay: adaptarse es un instinto, cuestionarse es un trabajo agotador. «En los cuentos la disrupción es una gota que se repite», dice. «En el mundo real son cosas muchísimo más graves. Y también las aceptamos sin más. Y no deberíamos».Cambiar la palabra antes que el mundoSu razonamiento tiene forma de inversión. Cuando la ciencia descubre algo, lo primero que hace es ponerle nombre, obligar al lenguaje a alcanzarlo. ¿Y si el movimiento pudiera hacerse al revés: descubrir en el lenguaje algo que todavía no tiene réplica física, no porque sea imposible, sino porque aún no hemos sabido fabricarlo? «La capacidad creadora de las palabras no se agota en la literatura: sirve a nivel filosófico y, sobre todo, político», declara.Aquí aparece su última obsesión, Mark Fisher , y con ella la idea de que hay palabras que hay que cambiar antes de poder cambiar lo que designan. «Mientras la palabra ‘riqueza’ siga teniendo un reflejo económico, todo ser humano va a querer acceder a ella. El problema es que esa riqueza significa algo económico».Aplica el mismo cuchillo a democracia, que en sus palabras es «un término que en España designa hoy un sistema de partidos donde se vota una lista y no a una persona », y que sigue reclamando la herencia de Atenas. De ahí llega, casi por gravedad, a la defensa más combativa de su discurso: «Si al capitalismo le interesa que todo sea útil y productivo, detenerse a mirar una gota que cae es literalmente un sabotaje. Prestar atención a lo inútil es activismo en sí mismo», afirma. Aun así, sostiene que escribiría igual sin publicar: que se sentaría de todos modos a pensar durante días en una gota repetida, porque el acto de fijarse le produce un placer que no necesita destinatario.El envésEse placer tiene un reverso. Luis Mario tiene un trastorno obsesivo-compulsivo diagnosticado desde la adolescencia. De los que no se manifiestan en las manos, sino en la cabeza: rituales mentales, bucles de pensamiento, la misma idea dando vueltas durante horas. Lo llamativo es a qué se aplica esa maquinaria, al detalle más nimio y carente de importancia del mundo. La misma atención microscópica que produce los cuentos es la que, fuera de la página, le resulta insoportable.«Pero ningún trastorno es agradable. Preferiría mil veces no medicarme, ni ir a terapia, ni nada de eso»«En la literatura me fascina. Puedo pasarme días dándole forma a un cuento y no existe nada más. En el día a día, con una tontería sin importancia, es horrible». De su época en publicidad recuerda horas en la ducha, en el trabajo, paseando, buscando una sola frase. Con los amigos sigue jugando a cruzar nombres de famosos con animales, y aguanta el juego una tarde entera: ‘Federico García Laorca’, ‘Eric Placton’. Cuando la obsesión tiene forma de juego, es fascinante. Cuando no la tiene, es una enfermedad. «Desde fuera es facilísimo idealizarlo», dice. «Pero ningún trastorno es agradable. Preferiría mil veces no medicarme, ni ir a terapia, ni nada de eso».Absurdamente insufrible ‘Calabobos’, con su literatura rural y su oralidad, recibió un aplauso casi unánime. Aquello, lejos de tranquilizarle, terminó por inquietarle. «Si hay unanimidad, significa que eso no era novedoso, que ya se había hecho», razona, y admite que el camino se lo habían dejado abierto: «Andrea Abreu ya había puesto las cosas fáciles». La buena acogida, sospechó, no medía su acierto sino su docilidad.Luis Mario, autor de ‘Libro azul con mosca»Libro azul con mosca’, en cambio, divide. Hay lectores que adoraron ‘Calabobos’ y aquí no encuentran por dónde entrar. Google lo clasifica, con esa frialdad suya, como ficción absurda, etiquetas que se quedan a menudo en la pirueta técnica sin llegar a la melancolía que sostiene el libro por debajo. Y alguien, en algún sitio, escribió que era ‘absurdamente insufrible’. «Es lo mejor que han dicho del libro. Quería proponerle a la editorial que lo pusiera en la faja».El problema está en intentar decidir qué parte del libro es real y cuál pertenece al juego. «No se trata de que haya una realidad y otra ficticia. Los trampantojos pueden ser una realidad perfectamente válida. A través de ellos puedes llegar a algo que no existía y que ahora existe».Que es, otra vez, su definición de lo poético: lo que no es y acaba siendo. Afuera siguen goteando los grifos, sigue habiendo una última patata en campos llenos de patatas y sigue habiendo ofertas de dos por uno en el mostrador de una pescadería. Nada de eso ha cambiado. Lo único que propone este libro es que durante un rato seamos capaces de verlo. Como la nariz. A Luis Mario (Cantabria, 1992) no le gusta hacerse fotos ni que las cosas que no tengan que ver con la literatura le duren demasiado en la cabeza. La primera vez que se interrumpe no ha pasado ni un minuto de conversación. Está explicando por qué decidió que una gota de agua (una gota idéntica a todas las demás gotas) merecía ser el centro de un cuento, y a mitad de la frase se detiene en seco. «Perdona, me está costando concentrarme». Arranca de nuevo, avanza tres o cuatro ideas, y vuelve a frenar: «Perdón que me voy por las ramas».La realidad, claro, es que no se va por las ramas. A lo largo de casi una hora, Luis Mario pedirá disculpas media docena de veces por divagar, por enrollarse, por repetirse, y en todas esas ocasiones estará haciendo lo mismo que hace en ‘Libro azul con mosca’ (Reservoir Books), su libro de relatos: partir de algo mínimo y tirar del hilo hasta que empieza a sostener cosas que no debería poder sostener, pero lo hace. «Al desestabilizar mínimamente la lógica imperante y establecer una nueva, te das cuenta de que eso es una fisura hacia lo poético. Un hueco por el que asomarte y ver un montón de cosas más». Por ese hueco, dice, asoman de pronto ideas mucho más ambiciosas: la pesadumbre de las rutinas, el peso existencial de repetir cada día lo mismo y –matiza, porque siempre matiza– el peso existencial de no tener nada que repetir.Póngame solo la segundaTodo esto empieza varias décadas atrás, en una pescadería de barrio. Había una oferta pegada al mostrador: segunda unidad de mejillones a mitad de precio. Su abuela leyó el cartel, se acercó al dependiente y pidió, con toda naturalidad, lo único que la oferta no contemplaba.—Pues póngame solo la segunda.Luis Mario se reía siempre, hasta doblarse. Su abuela era una contadora compulsiva de chistes: él se los pedía, se los aprendía, llegó a inventarse algunos –«que Dios sabe qué malos serían»–. Fue importantísima, aclara, y sigue siéndolo. Lo que no sabía entonces es que no se reía de un chiste; se reía de una grieta. «Es ilógico en el mundo, en la realidad lógica que tenemos concebida. Pero si analizas la frase en sí, en el plano del lenguaje no hay nada ilógico. Estás abriendo una lógica nueva, perfectamente accesible. Nos reímos porque es imposible. Mientras lo leemos, es impecable».«La capacidad creadora de las palabras no se agota en la literatura: sirve a nivel filosófico y, sobre todo, político»Él tiene un nombre casero para esa sensación: cosquillas en el cerebro. Otros la llaman chispa, o brillo, o ingenio, y a él le parece que todos esos términos rodean la misma cosa sin atreverse a nombrarla. La cosa es lo poético, que no tiene nada que ver con la belleza. Atendiendo a la etimología, poético es lo que no es y acaba siendo: creación, no ornamento. Le irritó durante meses que de ‘Calabobos’, su anterior novela, se dijera que era «muy bruta, pero al mismo tiempo poética», como si lo segundo redimiera lo primero. «Lo bruto también puede ser poético» , zanja.Las que están más a la vistaA esas averías las llama moscas, y el término no es caprichoso. La mosca es lo que siempre está ahí, zumbando en la periferia de la vida doméstica, sin que nadie se pare a preguntarse qué hace ahí. También es, en la pintura flamenca, ese insecto hiperrealista que algunos maestros posaban sobre el lienzo: un trampantojo dentro de otro, colocado a plena vista. Cuando se le pregunta cuáles le interesa sacar a la luz, responde con tres palabras y una pausa larga: «Los más presentes. Por eso mismo nos resultan invisibles. Como nuestras propias narices: de tan presentes, hemos acabado por no verlas».Luis Mario, autor de ‘Libro azul con mosca’ Isabel PermuySituar la avería en un escenario inverosímil sería hacer trampa, porque la rareza se justificaría sola. De ahí se deriva su idea más aprovechable: que el humor y el terror son el mismo animal. Los dos nacen de un quiebro en la lógica cotidiana, pero lo que decide el tono no es la anomalía, sino cómo reacciona quien la sufre.Luis Mario cree que la resignación es lo más humano que hay: adaptarse es un instinto, cuestionarse es un trabajo agotador. «En los cuentos la disrupción es una gota que se repite», dice. «En el mundo real son cosas muchísimo más graves. Y también las aceptamos sin más. Y no deberíamos».Cambiar la palabra antes que el mundoSu razonamiento tiene forma de inversión. Cuando la ciencia descubre algo, lo primero que hace es ponerle nombre, obligar al lenguaje a alcanzarlo. ¿Y si el movimiento pudiera hacerse al revés: descubrir en el lenguaje algo que todavía no tiene réplica física, no porque sea imposible, sino porque aún no hemos sabido fabricarlo? «La capacidad creadora de las palabras no se agota en la literatura: sirve a nivel filosófico y, sobre todo, político», declara.Aquí aparece su última obsesión, Mark Fisher , y con ella la idea de que hay palabras que hay que cambiar antes de poder cambiar lo que designan. «Mientras la palabra ‘riqueza’ siga teniendo un reflejo económico, todo ser humano va a querer acceder a ella. El problema es que esa riqueza significa algo económico».Aplica el mismo cuchillo a democracia, que en sus palabras es «un término que en España designa hoy un sistema de partidos donde se vota una lista y no a una persona », y que sigue reclamando la herencia de Atenas. De ahí llega, casi por gravedad, a la defensa más combativa de su discurso: «Si al capitalismo le interesa que todo sea útil y productivo, detenerse a mirar una gota que cae es literalmente un sabotaje. Prestar atención a lo inútil es activismo en sí mismo», afirma. Aun así, sostiene que escribiría igual sin publicar: que se sentaría de todos modos a pensar durante días en una gota repetida, porque el acto de fijarse le produce un placer que no necesita destinatario.El envésEse placer tiene un reverso. Luis Mario tiene un trastorno obsesivo-compulsivo diagnosticado desde la adolescencia. De los que no se manifiestan en las manos, sino en la cabeza: rituales mentales, bucles de pensamiento, la misma idea dando vueltas durante horas. Lo llamativo es a qué se aplica esa maquinaria, al detalle más nimio y carente de importancia del mundo. La misma atención microscópica que produce los cuentos es la que, fuera de la página, le resulta insoportable.«Pero ningún trastorno es agradable. Preferiría mil veces no medicarme, ni ir a terapia, ni nada de eso»«En la literatura me fascina. Puedo pasarme días dándole forma a un cuento y no existe nada más. En el día a día, con una tontería sin importancia, es horrible». De su época en publicidad recuerda horas en la ducha, en el trabajo, paseando, buscando una sola frase. Con los amigos sigue jugando a cruzar nombres de famosos con animales, y aguanta el juego una tarde entera: ‘Federico García Laorca’, ‘Eric Placton’. Cuando la obsesión tiene forma de juego, es fascinante. Cuando no la tiene, es una enfermedad. «Desde fuera es facilísimo idealizarlo», dice. «Pero ningún trastorno es agradable. Preferiría mil veces no medicarme, ni ir a terapia, ni nada de eso».Absurdamente insufrible ‘Calabobos’, con su literatura rural y su oralidad, recibió un aplauso casi unánime. Aquello, lejos de tranquilizarle, terminó por inquietarle. «Si hay unanimidad, significa que eso no era novedoso, que ya se había hecho», razona, y admite que el camino se lo habían dejado abierto: «Andrea Abreu ya había puesto las cosas fáciles». La buena acogida, sospechó, no medía su acierto sino su docilidad.Luis Mario, autor de ‘Libro azul con mosca»Libro azul con mosca’, en cambio, divide. Hay lectores que adoraron ‘Calabobos’ y aquí no encuentran por dónde entrar. Google lo clasifica, con esa frialdad suya, como ficción absurda, etiquetas que se quedan a menudo en la pirueta técnica sin llegar a la melancolía que sostiene el libro por debajo. Y alguien, en algún sitio, escribió que era ‘absurdamente insufrible’. «Es lo mejor que han dicho del libro. Quería proponerle a la editorial que lo pusiera en la faja».El problema está en intentar decidir qué parte del libro es real y cuál pertenece al juego. «No se trata de que haya una realidad y otra ficticia. Los trampantojos pueden ser una realidad perfectamente válida. A través de ellos puedes llegar a algo que no existía y que ahora existe».Que es, otra vez, su definición de lo poético: lo que no es y acaba siendo. Afuera siguen goteando los grifos, sigue habiendo una última patata en campos llenos de patatas y sigue habiendo ofertas de dos por uno en el mostrador de una pescadería. Nada de eso ha cambiado. Lo único que propone este libro es que durante un rato seamos capaces de verlo. Como la nariz.
A Luis Mario (Cantabria, 1992) no le gusta hacerse fotos ni que las cosas que no tengan que ver con la literatura le duren demasiado en la cabeza. La primera vez que se interrumpe no ha pasado ni un minuto de conversación. Está explicando por … qué decidió que una gota de agua (una gota idéntica a todas las demás gotas) merecía ser el centro de un cuento, y a mitad de la frase se detiene en seco. «Perdona, me está costando concentrarme». Arranca de nuevo, avanza tres o cuatro ideas, y vuelve a frenar: «Perdón que me voy por las ramas».
La realidad, claro, es que no se va por las ramas. A lo largo de casi una hora, Luis Mario pedirá disculpas media docena de veces por divagar, por enrollarse, por repetirse, y en todas esas ocasiones estará haciendo lo mismo que hace en ‘Libro azul con mosca’ (Reservoir Books), su libro de relatos: partir de algo mínimo y tirar del hilo hasta que empieza a sostener cosas que no debería poder sostener, pero lo hace.
«Al desestabilizar mínimamente la lógica imperante y establecer una nueva, te das cuenta de que eso es una fisura hacia lo poético. Un hueco por el que asomarte y ver un montón de cosas más». Por ese hueco, dice, asoman de pronto ideas mucho más ambiciosas: la pesadumbre de las rutinas, el peso existencial de repetir cada día lo mismo y –matiza, porque siempre matiza– el peso existencial de no tener nada que repetir.
Póngame solo la segunda
Todo esto empieza varias décadas atrás, en una pescadería de barrio. Había una oferta pegada al mostrador: segunda unidad de mejillones a mitad de precio. Su abuela leyó el cartel, se acercó al dependiente y pidió, con toda naturalidad, lo único que la oferta no contemplaba.
—Pues póngame solo la segunda.
Luis Mario se reía siempre, hasta doblarse. Su abuela era una contadora compulsiva de chistes: él se los pedía, se los aprendía, llegó a inventarse algunos –«que Dios sabe qué malos serían»–. Fue importantísima, aclara, y sigue siéndolo. Lo que no sabía entonces es que no se reía de un chiste; se reía de una grieta. «Es ilógico en el mundo, en la realidad lógica que tenemos concebida. Pero si analizas la frase en sí, en el plano del lenguaje no hay nada ilógico. Estás abriendo una lógica nueva, perfectamente accesible. Nos reímos porque es imposible. Mientras lo leemos, es impecable».
«La capacidad creadora de las palabras no se agota en la literatura: sirve a nivel filosófico y, sobre todo, político»
Él tiene un nombre casero para esa sensación: cosquillas en el cerebro. Otros la llaman chispa, o brillo, o ingenio, y a él le parece que todos esos términos rodean la misma cosa sin atreverse a nombrarla. La cosa es lo poético, que no tiene nada que ver con la belleza. Atendiendo a la etimología, poético es lo que no es y acaba siendo: creación, no ornamento. Le irritó durante meses que de ‘Calabobos’, su anterior novela, se dijera que era «muy bruta, pero al mismo tiempo poética», como si lo segundo redimiera lo primero. «Lo bruto también puede ser poético», zanja.
Las que están más a la vista
A esas averías las llama moscas, y el término no es caprichoso. La mosca es lo que siempre está ahí, zumbando en la periferia de la vida doméstica, sin que nadie se pare a preguntarse qué hace ahí. También es, en la pintura flamenca, ese insecto hiperrealista que algunos maestros posaban sobre el lienzo: un trampantojo dentro de otro, colocado a plena vista. Cuando se le pregunta cuáles le interesa sacar a la luz, responde con tres palabras y una pausa larga: «Los más presentes. Por eso mismo nos resultan invisibles. Como nuestras propias narices: de tan presentes, hemos acabado por no verlas».
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(Isabel Permuy)
Situar la avería en un escenario inverosímil sería hacer trampa, porque la rareza se justificaría sola. De ahí se deriva su idea más aprovechable: que el humor y el terror son el mismo animal. Los dos nacen de un quiebro en la lógica cotidiana, pero lo que decide el tono no es la anomalía, sino cómo reacciona quien la sufre.
Luis Mario cree que la resignación es lo más humano que hay: adaptarse es un instinto, cuestionarse es un trabajo agotador. «En los cuentos la disrupción es una gota que se repite», dice. «En el mundo real son cosas muchísimo más graves. Y también las aceptamos sin más. Y no deberíamos».
Cambiar la palabra antes que el mundo
Su razonamiento tiene forma de inversión. Cuando la ciencia descubre algo, lo primero que hace es ponerle nombre, obligar al lenguaje a alcanzarlo. ¿Y si el movimiento pudiera hacerse al revés: descubrir en el lenguaje algo que todavía no tiene réplica física, no porque sea imposible, sino porque aún no hemos sabido fabricarlo? «La capacidad creadora de las palabras no se agota en la literatura: sirve a nivel filosófico y, sobre todo, político», declara.
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Aquí aparece su última obsesión, Mark Fisher, y con ella la idea de que hay palabras que hay que cambiar antes de poder cambiar lo que designan. «Mientras la palabra ‘riqueza’ siga teniendo un reflejo económico, todo ser humano va a querer acceder a ella. El problema es que esa riqueza significa algo económico».
Aplica el mismo cuchillo a democracia, que en sus palabras es «un término que en España designa hoy un sistema de partidos donde se vota una lista y no a una persona», y que sigue reclamando la herencia de Atenas. De ahí llega, casi por gravedad, a la defensa más combativa de su discurso: «Si al capitalismo le interesa que todo sea útil y productivo, detenerse a mirar una gota que cae es literalmente un sabotaje. Prestar atención a lo inútil es activismo en sí mismo», afirma.
Aun así, sostiene que escribiría igual sin publicar: que se sentaría de todos modos a pensar durante días en una gota repetida, porque el acto de fijarse le produce un placer que no necesita destinatario.
El envés
Ese placer tiene un reverso. Luis Mario tiene un trastorno obsesivo-compulsivo diagnosticado desde la adolescencia. De los que no se manifiestan en las manos, sino en la cabeza: rituales mentales, bucles de pensamiento, la misma idea dando vueltas durante horas. Lo llamativo es a qué se aplica esa maquinaria, al detalle más nimio y carente de importancia del mundo. La misma atención microscópica que produce los cuentos es la que, fuera de la página, le resulta insoportable.
«Pero ningún trastorno es agradable. Preferiría mil veces no medicarme, ni ir a terapia, ni nada de eso»
«En la literatura me fascina. Puedo pasarme días dándole forma a un cuento y no existe nada más. En el día a día, con una tontería sin importancia, es horrible». De su época en publicidad recuerda horas en la ducha, en el trabajo, paseando, buscando una sola frase. Con los amigos sigue jugando a cruzar nombres de famosos con animales, y aguanta el juego una tarde entera: ‘Federico García Laorca’, ‘Eric Placton’. Cuando la obsesión tiene forma de juego, es fascinante. Cuando no la tiene, es una enfermedad. «Desde fuera es facilísimo idealizarlo», dice. «Pero ningún trastorno es agradable. Preferiría mil veces no medicarme, ni ir a terapia, ni nada de eso».
Absurdamente insufrible
‘Calabobos’, con su literatura rural y su oralidad, recibió un aplauso casi unánime. Aquello, lejos de tranquilizarle, terminó por inquietarle. «Si hay unanimidad, significa que eso no era novedoso, que ya se había hecho», razona, y admite que el camino se lo habían dejado abierto: «Andrea Abreu ya había puesto las cosas fáciles». La buena acogida, sospechó, no medía su acierto sino su docilidad.
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‘Libro azul con mosca’, en cambio, divide. Hay lectores que adoraron ‘Calabobos’ y aquí no encuentran por dónde entrar. Google lo clasifica, con esa frialdad suya, como ficción absurda, etiquetas que se quedan a menudo en la pirueta técnica sin llegar a la melancolía que sostiene el libro por debajo. Y alguien, en algún sitio, escribió que era ‘absurdamente insufrible’. «Es lo mejor que han dicho del libro. Quería proponerle a la editorial que lo pusiera en la faja».
El problema está en intentar decidir qué parte del libro es real y cuál pertenece al juego. «No se trata de que haya una realidad y otra ficticia. Los trampantojos pueden ser una realidad perfectamente válida. A través de ellos puedes llegar a algo que no existía y que ahora existe».
Que es, otra vez, su definición de lo poético: lo que no es y acaba siendo. Afuera siguen goteando los grifos, sigue habiendo una última patata en campos llenos de patatas y sigue habiendo ofertas de dos por uno en el mostrador de una pescadería. Nada de eso ha cambiado. Lo único que propone este libro es que durante un rato seamos capaces de verlo. Como la nariz.
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