Benjamín Netanyahu aprovecha un evento institucional en memoria de las víctimas del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 (celebrado este lunes, siguiendo la fecha del calendario hebreo) para acusar al mundo de lanzar “una mentira tras otra, un libelo tras otro” sobre el “llamado genocidio” en Gaza.
El país recuerda a las más de 1.200 víctimas en un aniversario impregnado por la cercanía de los comicios, que medirán la responsabilidad política de Netanyahu
Benjamín Netanyahu aprovecha un evento institucional en memoria de las víctimas del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 (celebrado este lunes, siguiendo la fecha del calendario hebreo) para acusar al mundo de lanzar “una mentira tras otra, un libelo tras otro” sobre el “llamado genocidio” en Gaza.
De repente, Yaakov Godo, que perdió aquel día a su hijo Tom (por fuego israelí, según se determinó dos años después), se acerca e interrumpe el discurso: “¡No protegiste a mi hijo, no protegiste a 1.200 asesinados en un día, el 7 de octubre! ¡Vergüenza, deshonra!”.
—“Sabine Tassa, de Netiv HaAsará, perdió…” intenta continuar Netanyahu.
—“Yo también perdí”, responde el padre, antes de retirarse, ataviado con una camiseta con la foto de su hijo.
La escena refleja cómo la jornada más letal en la historia de Israel (más de 1.200 muertos) y su mayor fiasco de seguridad —solo equiparable a la falta de preparación para la guerra del Yom Kipur, en 1973— sigue marcando el debate nacional tres años después.
Televisiones, radios y diarios llevan días recordando las historias de heroísmo, pérdida y dolor de aquella jornada, que dejó al país en estado de shock y aceleró de golpe el viraje que llevaba dos décadas efectuando: hacia la derecha, la religión, la deshumanización de los palestinos y la normalización del lenguaje genocida y de apoyo a la limpieza étnica, incluso de la propia minoría árabe del país.
En estos tres años, Oriente Próximo ha dado un violento vuelco. Escenarios antes considerados improbables, como un enfrentamiento directo entre Irán e Israel (libraban una guerra soterrada a través de terceros países, ciberataques y operaciones secretas), se han hecho realidad hasta cuatro veces. Sobre todo, el pasado febrero.
El debilitamiento de Hezbolá, con la explosión por el Mosad de miles de buscas que había encargado, contribuyó a la caída del régimen de Bachar el Asad y el fin de casi 14 años de guerra. E Israel tiene hoy una causa abierta por genocidio en el Tribunal de La Haya y un primer ministro con una orden de arresto del Tribunal Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y lesa humanidad en Gaza, donde no ha cumplido el objetivo que declaró, ya que Hamás controla más del 40% de la Franja que no ocupa el ejército israelí.

Sin embargo, el tema central de las inminentes elecciones no es el presente. Los comicios del próximo día 27 son, sobre todo, sobre aquel 7 de octubre de 2023 y la responsabilidad política de Netanyahu. Hasta el ultraderechista Itamar Ben Gvir lo usa para hacer campaña. Ha instalado un cartel en Tel Aviv con su rostro y la frase: “Si él fuese ministro de Defensa [el puesto que ya ha adelantado que quiere], el 7 de octubre no habría sucedido”. En realidad, aquel día era ministro de Seguridad Nacional, del que depende la policía.
El simbolismo de la coincidencia de ambas fechas en el mismo mes escapa a pocos. Una campaña por internet contra Netanyahu muestra en color rojo sangre la fecha 7.10 para añadir un 2 al principio, bajo un fondo de tumbas y la frase: “El Día de los Caídos”.
“Si me hubiesen despertado”
Netanyahu es el único alto mando político o militar aquel día que sigue sin dimitir ni hacer autocrítica. Generalmente, se refugia en una abstracta alusión a la responsabilidad general antes de alimentar la teoría de que los cargos de seguridad no lo despertaron aquella mañana porque temían la respuesta que ordenaría. “Si me hubiesen despertado, todo habría sido distinto”, ha dicho. A diferencia de la entonces primera ministra, Golda Meir (que dimitió por el fracaso del Yom Kipur, pese a que una comisión la absolvió de responsabilidad directa), Netanyahu sigue en el poder, se presenta a la reelección y lleva tres años impidiendo que una comisión independiente investigue los errores.
“Cuando eligió la fecha de las elecciones —y muchos le aconsejaron no celebrarlas en octubre—, lo hizo porque pensaba que el impacto de la masacre ya se habría mitigado, que habían pasado tres años y las posturas de todos ya estarían definidas”, pero “el asunto de la responsabilidad por lo ocurrido el 7 de octubre sigue siendo un tema de gran calado para la sociedad israelí”, analizaba este domingo la comentarista política del canal 12 de la televisión nacional, Daphna Liel. “Lo significativo es que la opinión pública aún está terminando de definir su postura”.
Hoy, según un sondeo difundido este martes por este canal, un 65% de los israelíes considera a Netanyahu responsable “en gran medida” —más otro 22% “en cierta medida”— del fiasco del 7 de octubre, motivado por una mirada estratégica altiva hacia los palestinos y enfocada en gestionar el conflicto, en vez de resolverlo. Las advertencias de Emiratos Árabes Unidos y Egipto fueron ignoradas, unos 100 soldados en la frontera con Gaza fueron reubicados días antes en Cisjordania (donde venía aumentando la violencia de los colonos israelíes) y los mandos militares trataron con condescendencia machista los avisos de las soldados en las torres de control.
Los encuestadores preguntaron a los votantes de la coalición de Netanyahu —entre su partido, el Likud, la extrema derecha y los ultraortodoxos— si “el fracaso del 7 de octubre y sus repercusiones” les ha hecho pensar si apoyarlos de nuevo. Un 33% respondió que “en gran medida”; un 22%, “en cierta medida” y un 41%, “en absoluto”.
En vez de comisión de investigación, Netanyahu propone venganza. Tras el ataque de Hamás, los servicios secretos Shin Bet y Mosad formaron una unidad especial denominada Nili (un acrónimo de un versículo bíblico) dedicada a rastrear y matar a todo aquel que penetrase aquel día en Israel. Cuando se filtró su creación, un mes después del ataque, se señalaba que iría a por los alrededor de 2.500 miembros de Nujba, los milicianos más preparados de Hamás, que lideraron el ataque. Un esquema parecido a la campaña internacional del Mosad para matar a los palestinos responsables del asesinato de 11 atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972.
Este domingo, según la filtración de una reunión del gabinete político y de seguridad, el jefe de la Dirección de Inteligencia del ejército israelí, Shlomi Binder, aseguró que han matado ya a unos 4.000 de los 6.000 gazatíes que cruzaron a territorio israelí aquel 7 de octubre. Como se puede ver en los vídeos del momento, no todos eran milicianos: también civiles que festejaban el ataque o el derribo de la barrera fronteriza, o que aprovechaban para robar.
“Cualquiera que haya participado en el ataque contra nosotros, que haya retenido a nuestros rehenes, tiene los días contados. Daremos con ellos, como dimos con otros. Día tras día, ajustamos cuentas con estos despreciables asesinos”, señaló Netanyahu este lunes en su discurso.
Seguridad
Gayil Talshir, experta en política israelí de la Universidad Hebrea de Jerusalén que ha estudiado a fondo la era Netanyahu, explica que el primer ministro está intentando convertir la seguridad nacional “en el principal asunto de los comicios”, pese a que, a priori, sería un punto débil: el ataque sorpresa tuvo lugar durante su mandato y venía de alimentar la permanencia de Hamás en el poder en Gaza, para fragmentar —geográfica y políticamente— a los palestinos y debilitar a la Autoridad Nacional Palestina, para no tener que negociar la creación de un Estado palestino. “Su narrativa es que Israel logró reagruparse tras el ataque, librar una guerra con Irán junto con EE UU y, básicamente, cambiar la situación, con el ejército controlando zonas de seguridad en Siria, Líbano y Gaza”, señala por teléfono la experta Talshir.

Lo ejemplificó el mes pasado, en su discurso ante una Asamblea General de la ONU semivacía: “En vez de hundirnos, nos levantamos y luchamos como leones”.
Ese animal que se repone de las heridas, en la metáfora de Netanyahu, es hoy el país peor valorado del mundo, con -24 de percepción media, cinco puntos por debajo de los dos siguientes: Corea del Norte y Afganistán, según el Índice de Percepción Democrática difundido en mayo por la organización de análisis de la opinión pública global Nira Data.
Puede verse a diario en ámbitos como el cultural o el deportivo. El más reciente: el partido de vuelta, en Serbia, entre las selecciones de Israel e Irlanda. Los futbolistas de Irlanda (uno de los países más propalestinos de la UE) portaron brazaletes negros por los más de 74.000 muertos en Gaza y agacharon la cabeza cuando sonó el himno rival.
La UEFA investiga este martes si un jugador israelí escupió en el descanso al cuerpo técnico irlandés. La rueda de prensa acabó en bronca: quitaron bruscamente el micrófono a un periodista israelí tras asegurar que un jugador irlandés llamó “monos” a los rivales. Otra periodista israelí preguntó al seleccionador de Irlanda, Heimir Hallgrimsson, por qué “apoyan a gente” cuya “ideología se basa en el asesinato”. Hallgrimsson pide que los dos equipos no puedan cruzarse más, como sucede en casos de conflicto bélico, pasado o presente, caso de Rusia y Ucrania; Armenia y Azerbaiyán (por Nagorno Karabaj) o Serbia y Kosovo.
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