
La confusión que experimentamos algunos con la nueva geografía del Sónar no es nada comparada con el desconcierto de aquel tipo perjudicado que el viernes creía estar ¡en el Primavera Sound! y pedía a sus colegas que le llevaran a ver Gorillaz. Es cierto que Gorillaz también estuvieron en 2018 en la edición del 25 aniversario del Sónar, pero no es disculpa porque el tío se pensaba que estábamos en el Fòrum en el Primavera de este año, incluso decía otear el mar. Un rato más de consumo de festival y es posible que se creyera en el Tomorrowland o en Glastonbury, o en Xanadú.

La intensidad del festival y el volumen de los conciertos lamina el debate ‘in situ’ sobre los cambios
La confusión que experimentamos algunos con la nueva geografía del Sónar no es nada comparada con el desconcierto de aquel tipo perjudicado que el viernes creía estar ¡en el Primavera Sound! y pedía a sus colegas que le llevaran a ver Gorillaz. Es cierto que Gorillaz también estuvieron en 2018 en la edición del 25 aniversario del Sónar, pero no es disculpa porque el tío se pensaba que estábamos en el Fòrum en el Primavera de este año, incluso decía otear el mar. Un rato más de consumo de festival y es posible que se creyera en el Tomorrowland o en Glastonbury, o en Xanadú.
La desorientación del público en general no llegaba a tanto, aunque se iba incrementando a medida que pasaban las horas y no al revés como hubiera sido lo lógico al aumentar la experiencia topográfica (y valga la expresión para lo que sugieren algunos cuerpos que más que normativos es que están fuera de escala por la banda superior). Pero es que tras alguna actuación, como la sobrecogedora sesión de anoche de Charlotte de Witte —Dios la perdone por lo que hizo a nuestros oídos y probablemente a algunos órganos internos—, ya no es que no supieras dónde estabas sino quién eras.
La conclusión es que en última instancia — y aquí dejo el dato, gratis, a la nueva organización—, tanto da el lugar en que hagas el Sónar y la manera en que distribuyas los escenarios porque si pasas suficiente rato en el festival el espacio- tiempo se altera como en un agujero negro o como en Nuncajamás o en el país de las maravillas de Alicia, y cualquier cambio deja de tener sentido pues vives ya en el terreno de lo alucinatorio (y olé). Quien firma estas líneas se encontró anoche incluso con un espectral Sergio Caballero, miembro del triunvirato original saliente del Sónar que no sé qué estaría haciendo allí, será por vicio, y al preguntarle por su icónica toalla, con la cantidad de preguntas interesantes que le podría haber hecho, sacó de un bolsillo de las bermudas una pequeñita como un pañuelo, la desplegó y se la pasó por el cuello.

Otro ex triunviro, Enric Palau, también por el Sónar, se embarcó en una extraña disertación sobre Daito Manabe y un experimento en el que le conectaron al japonés unos sensores que le producían pequeñas descargas eléctricas en los músculos de la cara, y ya no sé qué vino después ya que la noche fue muy larga, pero es igual porque parece que al nuevo Sónar todo eso de la experimentación tipo I+D le trae algo al pairo —de momento ya está separada— y a lo que vamos es hacia un modelo puramente hedonista de festival en el que importa el meollo que es la música y la marcha y hacer caja. El público también parece haberlo entendido así y en los dos días que llevamos se ha visto de todo pero ni una bandera palestina (ni iraní ni libanesa, ya que estamos), pese a que el fondo KKR sigue siendo el que era el año pasado de las protestas y a que el nuevo director, François Jozic, no ha eludido la polémica al declarar, algo desafiante, que “boicotear la cultura no soluciona los problemas de Oriente Medio”.
En fin, el nuevo espíritu práctico incluye a lo que se ve desinvertir en imagen y merchandising (este año no hay bolsa ni casi novedades en las prendas), las pulseras son de baratillo, se acabó lo del cashless, todo con tarjeta, y la sensación de excepcionalidad estética del Sónar se ha perdido bastante. Contribuye a ello que la línea de imagen sea algo sosa (acostumbrados a las gamberras genialidades de Caballero), con el elemento repetitivo principal de un deslucido auto de choque (al menos la icónica feria sigue estando) convertido en una especie de escultura marchita e instalado en un ingenio como de toro mecánico.

Volviendo a la sensación de irrealidad y la nueva distribución del Sónar, cara de no volver a consumir nunca jamás pastelillos de Alicia en el país de las maravillas o cualquier otra sustancia mágica tenían precisamente las jovencitas contritas que unos policías de paisano con ninguna pinta de agentes de la ley (esa debe ser la estrategia), cacheaban y retenían el viernes a las tantas de la noche tras llevarlas a una zona discreta del recinto, junto a la sala de prensa. Otras chicas, estas probablemente de la parte baja de Bristol, se empolvaban alegremente las naricitas en el por otro lado estupendo concierto de Nia Archives en SonarLab, hasta que un veterano crítico musical se les acercó y las espantó al confundirlo ellas con una avejentada versión de El agente de Cipol. Unas palabras sobre el SonarLab: el skyline que lo rodea y que incluye la silueta retorcida del hotel Santos Porta Fira de Toyo Ito, grúas, la luna y proyecciones a lo Batman, lo tiene todo para devenir un clásico o para filmar Neuromante.
El debate sobre el Sónar de antes, el de ahora y el que vaya a ser que venga duró poco en general, porque en cuanto avanzó la noche ya no te podías hacer oír. Así, durante la sesión de la dj de Tokio Riria unos jóvenes empezaron a expresar su opinión en animado coloquio lamentando la desaparición del recinto ferial de Montjuïc y la concentración de todo el festival musical en la Fira de l’Hospitalet pero enseguida el gqom, el amapiano, el dubstep y el dancehall de la japonesa —que todo eso hace y más— zanjaron la conversación. Otro joven usuario con muchos sónars a la espalda, Lucas, recordó con nostalgia los atardeceres bailando en la plaza de l’Univers y dijo haberse sentido perdido y desubicado en la nueva distribución en Fira Gran Via, en la que su rincón de encuentro tradicional, el marcado en los muros 4.06, queda ahora en el nuevo Sónar Village alfombrado de césped artificial, que ya es caos. Sin embargo, el gospel funk de Arp Frique & The Perpetual Singers, con su líder envuelto en un guardapolvo blanco cubierto de espejuelos que le hacían asemejarse a una placa fotovoltaica, pareció despejar todas sus dudas.
En todo caso, como decíamos, poco margen para el desconcierto hay en un festival en el que te encuentras espectadoras con descansos de esquiar peludos y minishorts, camisetas de Dirty Dancing o con el lema disuasivo (o no) “Lucifer”, gente que parece salida de Zardoz (que no es el outlet de Zara) o El Señor de los Anillos y donde sigues a una tipa escultural, se gira y tiene barba, entre otras cosas. En el concierto de Metrika ya nadie se sorprendía de los cambios del festival sino de los espagats para matarse de las (los) coristas y de la letra de las canciones de la que parece la prima castellonense de Bad Gyal (algo así como “me huele el ocho”). Sónar sigue siendo lugar para el éxtasis (en su acepción más literaria) y el descubrimiento de cosas que te dejan del revés. Fue el caso, por ejemplo, del set que se marcó Daniel Avery el viernes a medianoche en SonarHall, con banda incluida: hipnótico. A Skepta (no confundir con Spectra) ya lo conocíamos de 2016 y 2019, pero qué bueno es y cómo nos transporta, aunque lleve una incongruente capucha. En los renombrados Cabaret Voltaire, gran reclamo, casi nos quedamos solos una chica con un inesperado vestido de Zadig y Voltaire (precisamente), el crítico avispado y un servidor.

Entretanto, SonarCar era un infierno de sonido estremecedor conjurado por cinco dj (como si no bastara uno) en torno a un tótem electrónico sosias del monolito de 2001. Salías del recinto como Topuria de la jaula. La instalación Organysmo, que una pareja se tomaba al pie de la letra aprovechando un rincón de penumbra, servía para relajarse un poco, si es que puedes hacerlo bajo unas columnas de led móviles que parecen las toberas de las naves de La llegada. En medio hay una piscinita, pero una advertencia: por mucho que las cosas hayan cambiado no te dejan meterte.
