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  Cultura  Andrew Porter, en el nombre del padre
Cultura

Andrew Porter, en el nombre del padre

julio 14, 2026
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Por estos días se conmemoran con sostenido entusiasmo los treinta años de ‘La broma infinita’ de David Foster Wallace dando gracia sin fin y se publica ese delirio ‘noir’ político-conspiranoide que es ‘A oscuras’ de Thomas Pynchon.Es decir: la literatura más meta-posmo ‘Made in USA’ sigue gozando de buena salud. Lo que no significa que formas más tradicionales de la especie hayan dejado de hacer muy bueno lo mejor de lo suyo.Narrativa ‘La vida imaginada’ Autor Andrew Porter Traducción Ce Santiago Editorial Muñeca Infinita Precio 23,95 euros Páginas 336 Valoración **** Ahí están las novelas de Benjamin Markovitz publicadas entre nosotros por Chai (acaba de aparecer la existencial y deportiva ‘Días de juego’ tras la estela de la divorcista ‘El resto de nuestras vidas’) y recientemente hemos admirado el debut de Hal Ebbott con su ‘Entre amigos’ (Tusquets) radiografiando el terremoto de un fin de fiesta sin retorno. Y ahora llega Andrew Porter con ‘La vida imaginada’ más que muy bien dispuesto a ocuparse de uno de los temas fetiche de la literatura realista norteamericana: la siempre conmovedora y temblorosa relación con el padre. Porter —con un prestigio ganado a base, como corresponde en su país, de publicación de relatos premiados en las más prestigiosas antologías ; supimos y disfrutamos de ellos en ‘Desapariciones’, en China Editora— presenta aquí al maestro y escritor Steve Mills. Noticia relacionada opinion No No LA TERCERA David Foster Wallace: el otro joker Rodrigo FresánUn hombre de naturaleza solitaria más solo que nunca . Esposa e hijo han dejado el hogar y su retorno no parece muy seguro ni próximo y, a solas, decide enfrentarse a lo que entiende como el origen de todo: la nada que envuelve a (tema recurrente en lo de Porter; en más de una entrevista ha precisado que pocas cosas le interesan más que investigar lo que le ocurre a personajes que, cualquier mañana, se despiertan para descubrir que algo ha cambiado para siempre porque algo o alguien que estaba allí ya no está más) la desaparición de su tan adorable como disfuncional padre a mediados de los años 80s cuando él tenía doce años. Un muy carismático profesor de literatura que se esfumó por completo —ni siquiera se nos revela su nombre propio— envuelto en episodio académico nunca del todo aclarado. Así, Mills se convierte en una suerte de Odiseo en tránsito con pasión de Telémaco (entrevistando a familiares y a amigos sobrevivientes de legendarias y muy ‘cheeverianas’ fiestas junto a piscinas y proyectando viejas películas como si se tratasen de evidencia de una importancia tan histórica como aquella filmación del cráneo de JFK volando por los aires de una mañana de Dallas). Así, lo de Porter (y lo de Mills, yendo de aquí para allá y no rezando un padre-nuestro sino un padre-mío, entendiendo a la figura de su progenitor como buena o mala suerte de Piedra de Rosetta que le ayudará a, por fin, comprender todo lo sucedido y lo no sucedido en su vida) es un prodigio técnico y estructural muy bien vestido al servicio de los más desnudos y descarnados sentimientos.Se ocupa de uno de los temas fetiche de la literatura realista norteamericana: la siempre temblorosa relación con el padre La crítica ha querido ver en Porter a un heredero directo del gran Richard ‘Revolutionary Road’ Yates, y algo de eso hay. Pero en lo suyo también hay mucho de John Updike , Anne Beattie, Ethan Canin, David Gates, Charles Baxter, Adam Hasslett.Y, sobre todo, el Richard Ford del deambulante Frank Bascombe (así como un cierto aire, reconocido por Porter a la muy errante ‘París, Texas’ de Wim Wenders y guiños a la compulsión documentalista de Werner Herzog). Cerca del final de la novela, a la hora de las revelaciones, Porter apunta y dispara que en la vida imaginada mucho es diferente a lo que en verdad fue. Y, claro, Mills se ha pasado buena parte de su vida imaginando qué fue lo que pasó con su padre. Y ahora —para bien o para mal, pero por fin— ha llegado el momento de imaginar cómo habría sido la vida de un hijo de padre muy imaginado y por qué es así la vida de un hijo que no ha dejado de imaginarse. Por estos días se conmemoran con sostenido entusiasmo los treinta años de ‘La broma infinita’ de David Foster Wallace dando gracia sin fin y se publica ese delirio ‘noir’ político-conspiranoide que es ‘A oscuras’ de Thomas Pynchon.Es decir: la literatura más meta-posmo ‘Made in USA’ sigue gozando de buena salud. Lo que no significa que formas más tradicionales de la especie hayan dejado de hacer muy bueno lo mejor de lo suyo.Narrativa ‘La vida imaginada’ Autor Andrew Porter Traducción Ce Santiago Editorial Muñeca Infinita Precio 23,95 euros Páginas 336 Valoración **** Ahí están las novelas de Benjamin Markovitz publicadas entre nosotros por Chai (acaba de aparecer la existencial y deportiva ‘Días de juego’ tras la estela de la divorcista ‘El resto de nuestras vidas’) y recientemente hemos admirado el debut de Hal Ebbott con su ‘Entre amigos’ (Tusquets) radiografiando el terremoto de un fin de fiesta sin retorno. Y ahora llega Andrew Porter con ‘La vida imaginada’ más que muy bien dispuesto a ocuparse de uno de los temas fetiche de la literatura realista norteamericana: la siempre conmovedora y temblorosa relación con el padre. Porter —con un prestigio ganado a base, como corresponde en su país, de publicación de relatos premiados en las más prestigiosas antologías ; supimos y disfrutamos de ellos en ‘Desapariciones’, en China Editora— presenta aquí al maestro y escritor Steve Mills. Noticia relacionada opinion No No LA TERCERA David Foster Wallace: el otro joker Rodrigo FresánUn hombre de naturaleza solitaria más solo que nunca . Esposa e hijo han dejado el hogar y su retorno no parece muy seguro ni próximo y, a solas, decide enfrentarse a lo que entiende como el origen de todo: la nada que envuelve a (tema recurrente en lo de Porter; en más de una entrevista ha precisado que pocas cosas le interesan más que investigar lo que le ocurre a personajes que, cualquier mañana, se despiertan para descubrir que algo ha cambiado para siempre porque algo o alguien que estaba allí ya no está más) la desaparición de su tan adorable como disfuncional padre a mediados de los años 80s cuando él tenía doce años. Un muy carismático profesor de literatura que se esfumó por completo —ni siquiera se nos revela su nombre propio— envuelto en episodio académico nunca del todo aclarado. Así, Mills se convierte en una suerte de Odiseo en tránsito con pasión de Telémaco (entrevistando a familiares y a amigos sobrevivientes de legendarias y muy ‘cheeverianas’ fiestas junto a piscinas y proyectando viejas películas como si se tratasen de evidencia de una importancia tan histórica como aquella filmación del cráneo de JFK volando por los aires de una mañana de Dallas). Así, lo de Porter (y lo de Mills, yendo de aquí para allá y no rezando un padre-nuestro sino un padre-mío, entendiendo a la figura de su progenitor como buena o mala suerte de Piedra de Rosetta que le ayudará a, por fin, comprender todo lo sucedido y lo no sucedido en su vida) es un prodigio técnico y estructural muy bien vestido al servicio de los más desnudos y descarnados sentimientos.Se ocupa de uno de los temas fetiche de la literatura realista norteamericana: la siempre temblorosa relación con el padre La crítica ha querido ver en Porter a un heredero directo del gran Richard ‘Revolutionary Road’ Yates, y algo de eso hay. Pero en lo suyo también hay mucho de John Updike , Anne Beattie, Ethan Canin, David Gates, Charles Baxter, Adam Hasslett.Y, sobre todo, el Richard Ford del deambulante Frank Bascombe (así como un cierto aire, reconocido por Porter a la muy errante ‘París, Texas’ de Wim Wenders y guiños a la compulsión documentalista de Werner Herzog). Cerca del final de la novela, a la hora de las revelaciones, Porter apunta y dispara que en la vida imaginada mucho es diferente a lo que en verdad fue. Y, claro, Mills se ha pasado buena parte de su vida imaginando qué fue lo que pasó con su padre. Y ahora —para bien o para mal, pero por fin— ha llegado el momento de imaginar cómo habría sido la vida de un hijo de padre muy imaginado y por qué es así la vida de un hijo que no ha dejado de imaginarse.  

Por estos días se conmemoran con sostenido entusiasmo los treinta años de ‘La broma infinita’ de David Foster Wallace dando gracia sin fin y se publica ese delirio ‘noir’ político-conspiranoide que es ‘A oscuras’ de Thomas Pynchon.

Es decir: la literatura más meta- … posmo ‘Made in USA’ sigue gozando de buena salud. Lo que no significa que formas más tradicionales de la especie hayan dejado de hacer muy bueno lo mejor de lo suyo.

Narrativa

  • ‘La vida imaginada’

    • Autor
      Andrew Porter

    • Traducción
      Ce Santiago

    • Editorial
      Muñeca Infinita

    • Precio
      23,95 euros

    • Páginas
      336

    • Valoración
      ****

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Un muy carismático profesor de literatura que se esfumó por completo —ni siquiera se nos revela su nombre propio— envuelto en episodio académico nunca del todo aclarado. Así, Mills se convierte en una suerte de Odiseo en tránsito con pasión de Telémaco (entrevistando a familiares y a amigos sobrevivientes de legendarias y muy ‘cheeverianas’ fiestas junto a piscinas y proyectando viejas películas como si se tratasen de evidencia de una importancia tan histórica como aquella filmación del cráneo de JFK volando por los aires de una mañana de Dallas).

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Así, lo de Porter (y lo de Mills, yendo de aquí para allá y no rezando un padre-nuestro sino un padre-mío, entendiendo a la figura de su progenitor como buena o mala suerte de Piedra de Rosetta que le ayudará a, por fin, comprender todo lo sucedido y lo no sucedido en su vida) es un prodigio técnico y estructural muy bien vestido al servicio de los más desnudos y descarnados sentimientos.

Se ocupa de uno de los temas fetiche de la literatura realista norteamericana: la siempre temblorosa relación con el padre

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