Rudolf Nureyev desapareció de los libros de historia de la Unión Soviética cuando cruzó a Occidente en 1961. Antonio Ruiz Soler ha desaparecido de la memoria de los españoles por ese carácter tan nuestro de enterrar y olvidar incluso a los más grandes. Porque Antonio ‘el bailarín’ -no hacía falta decir nada más, ese era su apellido- es uno de los más grandes; quizás incluso el más grande (aunque eso, en arte, nunca se puede decir). «Es el alma de España el que baila en ti», le dijo en una ocasión el mítico director de orquesta Arturo Toscanini . Y es que el duende eligió para encarnarse a este sevillano con chispas en los pies y que hizo de su vida un constante baile hasta que una hemiplejía lo condenó, los últimos meses de su vida, a una silla de ruedas.Antonio abrió la danza española al mundo. No ha habido, ni probablemente lo habrá, un bailarín como él, una figura con su resplandor sobre el escenario y su carisma (que se manifestaba incluso en las reuniones de amigos; era él quien tenía que ‘coreografiar’ las mesas y el que disponía dónde se sentaba cada uno de los comensales). El mundo de la danza sentía reverencia por aquel bailarín de genio que dibujaba su baile con seda y fuego. Y que se inmoló en otro fuego, el del exceso y la popularidad. Antonio Ruiz Soler tenia en él mismo a su mayor enemigo , que hizo que en los últimos años de su vida fuera conocido quizás más por sus excesos en su vida social -con una presencia frecuente y extravagante en las fiestas de la jet-set marbellí de los años ochenta y noventa- que por su legado artístico. Aun así, esta imagen frívola no puede empañar la grandeza de una de las más gigantescas figuras de la historia de la danza española ni justifica su olvido. Rudolf Nureyev desapareció de los libros de historia de la Unión Soviética cuando cruzó a Occidente en 1961. Antonio Ruiz Soler ha desaparecido de la memoria de los españoles por ese carácter tan nuestro de enterrar y olvidar incluso a los más grandes. Porque Antonio ‘el bailarín’ -no hacía falta decir nada más, ese era su apellido- es uno de los más grandes; quizás incluso el más grande (aunque eso, en arte, nunca se puede decir). «Es el alma de España el que baila en ti», le dijo en una ocasión el mítico director de orquesta Arturo Toscanini . Y es que el duende eligió para encarnarse a este sevillano con chispas en los pies y que hizo de su vida un constante baile hasta que una hemiplejía lo condenó, los últimos meses de su vida, a una silla de ruedas.Antonio abrió la danza española al mundo. No ha habido, ni probablemente lo habrá, un bailarín como él, una figura con su resplandor sobre el escenario y su carisma (que se manifestaba incluso en las reuniones de amigos; era él quien tenía que ‘coreografiar’ las mesas y el que disponía dónde se sentaba cada uno de los comensales). El mundo de la danza sentía reverencia por aquel bailarín de genio que dibujaba su baile con seda y fuego. Y que se inmoló en otro fuego, el del exceso y la popularidad. Antonio Ruiz Soler tenia en él mismo a su mayor enemigo , que hizo que en los últimos años de su vida fuera conocido quizás más por sus excesos en su vida social -con una presencia frecuente y extravagante en las fiestas de la jet-set marbellí de los años ochenta y noventa- que por su legado artístico. Aun así, esta imagen frívola no puede empañar la grandeza de una de las más gigantescas figuras de la historia de la danza española ni justifica su olvido.
Antonio Ruiz Soler es una de las figuras más relevantes de la historia de la danza española
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