
El fútbol siempre fue la excusa. Era la razón para desencadenar una alegría reprimida, festejos ahogados y reencuentros frustrados. Lo que fue este Mundial para México fue más allá del fútbol. Solo fueron 13 partidos, pero fueron semanas en las que se pausó la cruenta realidad para ver a la selección mexicana, para apoyar a quien se dejase apoyar y hacer volar a quien fuera. En esos días, las preocupaciones pasaban más por dónde ver el partido, qué cábala seguir, cómo protegerse de la espuma o limpiar los zapatos tras los festejos en las calles llenas de agua, lodo y alcohol.
Termina la Copa del Mundo, la felicidad colectiva y la excusa para volverse a unir en México. También acaba la ‘Ola Mundial’
El fútbol siempre fue la excusa. Era la razón para desencadenar una alegría reprimida, festejos ahogados y reencuentros frustrados. Lo que fue este Mundial para México fue más allá del fútbol. Solo fueron 13 partidos, pero fueron semanas en las que se pausó la cruenta realidad para ver a la selección mexicana, para apoyar a quien se dejase apoyar y hacer volar a quien fuera. En esos días, las preocupaciones pasaban más por dónde ver el partido, qué cábala seguir, cómo protegerse de la espuma o limpiar los zapatos tras los festejos en las calles llenas de agua, lodo y alcohol.
Mientras algunas aficiones se agarran a golpes con los rivales al terminar, aquí había un trago gratis de tequila, una cerveza extrañamente fría que salía de una mochila. Mientras algunos se quejaban amargamente de perder, aquí había una mano extendida y el pulgar arriba para los vencedores. Y más alcohol gratis. México volvió a demostrar que es el anfitrión perfecto para todo tipo de evento deportivo, musical y cultural. La amabilidad del mexicano es una perla en un mundo polarizado. Desde ojos ajenos a los mexicanos, incluso ajenos a los latinos, quisieron ver todo desde una superioridad moral, como si en Estados Unidos o Europa desconocieran la alegría colectiva. Dijeron que los mexicanos eran unos exagerados por sus festejos y, conforme pasaron los días, esas mismas personas se envolvieron por la euforia mundialista cuando ganaban sus países.
México vivió su propia fiesta, su propio episodio. Nada que ver con el ambiente gris en Canadá o Estados Unidos. Quienes han puesto color y ritmo han sido los argentinos, españoles, colombianos o hasta los escoceses. Nunca los organizadores estadounidenses o canadienses. Los mexicanos se ilusionaron con el paso de su selección que dio una actuación histórica (paso perfecto en fase de grupos sin recibir gol) e impusieron el ritmo del “¿Y si sí?“.

Sí, hubo hechos por lamentar. Las cuatro personas fallecidas durante uno de los festejos fueron una muestra de que ante cualquier nivel de éxtasis futbolero siempre debe caber la prudencia y seguridad de los aficionados. Las mañanas de resaca dejaban las calles repletas de basura y lodo, algo que supuso el trabajo extra para los trabajadores de limpia de la capital. Además, las heridas de México como país siguen abiertas, como la crisis de desaparecidos, la violencia machista o el narcotráfico. El fútbol en sí mismo no puede solucionar esos problemas enquistados. Tampoco las aficionadas que se volcaron al fútbol o los forofos que solo querían seguir a sus selecciones favoritas. Eso sí, el Mundial siempre es la vitrina para visibilizar todo lo que está mal y mostrarlo al mundo.
Las escenas después de los triunfos de México quedan en un recuerdo indeleble. Con las niñas vestidas de camisetas verdes, el pato Merlín que se hizo más famoso que cualquiera de las mascotas oficiales de la FIFA, las trompetas, las personas que gritaban “¡quiere volar, quiere volar!“ y las banderas mexicanas. La ola no se limitó a los estadios, brotó por las calles de Guadalajara, Monterrey, Puebla o Veracruz. También queda como hemeroteca digital este boletín, Ola Mundial, que siguió la evolución de una Copa del Mundo que parecía no entusiasmar por el hartazgo de la sociedad por las obras públicas y el caos a su alrededor. Al final fue un jolgorio y así se intentó contar desde el pasado 20 de marzo con la primera entrega.
En el Metro de Ciudad de México tuvieron su propio festejo con el Cielito Lindo o Esto es México, mentadas de madre a las personas del otro lado del andén, amigos nuevos y sonrisas. Muchas sonrisas. Todo un mundo subterráneo. Al ras del suelo del vagón se veían las decenas de tenis blancos reconvertidos en negros como consecuencia de esos festejos desmedidos sobre los charcos. Fue un Mundial histórico, opulento dentro de los estadios, libre en las calles y fue, sobre todo, un mes inolvidable.
Puede consultar aquí todas las entregas de Ola Mundial
Feed MRSS-S Noticias
