Rico en matices el conjunto de los Lozano, variado de presencia y juego dentro de la seriedad, noble en general, con toros con ritmo y brava humillación, otros con casta y exigencias. Para estar más hecho el de Víctor Hernández, el más deslucido y dificultoso. Con sus complejidades -y opciones- el de Miranda y francamente bueno el de Fortes. ¡Qué lote el suyo! Ay, si pilla la corrida de Alcurrucén El Juli -inolvidable con Licenciado-, figura consagrada, maestro de maestros… Paciencia con los toreros de hoy, que saben hacer el toreo y lo hacen, aunque este 24-M ninguno lo cuajara macizo, pese a su sincero querer. Llegaba el malagueño con la corona de los muletazos más caros de San Isidro, pero esta vez no logró calar lo suficiente. Qué guapeza la de Carafea, tan alejado de su bautismo. Escarbaba el Núñez y tardeaba, pero cuando acudía a las telas lo hacía con mucho ritmo. Por saltilleras y gaoneras quitó un impávido David, con el vestido ya ensangrentado, como para ponerlo en el programa largo de la tintorería. Con templanza le abrió los caminos por abajo Saúl. Lo sacó cinco metros más allá de las rayas, se asentó y enganchó adelante la embestida, pero la vaciaba por arriba -quizá para que Carafea no perdiera las manos-, y por ahí el toro protestaba. Todo lo quería por abajo el cinqueño, al que le faltaba pelín de celo para que aquello transmitiese más. Chispa y cabeza le faltó a la faena. Tanto alargó que oyó un aviso antes de entrar a matar. A las ocho menos veinte la Monumental vivía una colosal competencia en quites. ¡Bienvenida sea! Ocurrió en el segundo, un encastado toro, pues mucho carbón había que tener para aguantar hasta cuatro en los medios y una extensa obra. Al platillo se marchó Hernández, con un vestido como el de la Puerta Grande de José Tomás, su espejo. Más despacio que el Cachorro, se echó el capote a la espalda: por saltilleras. Replicó Miranda por chicuelinas, con una larga a una mano de perfecto dibujo. Y allá que regresó Víctor por apretadísimas tafalleras, con una bonita brionesa. No se iba a quedar sin intervenir de nuevo el de Trigueros, con la tela fucsia a la espalda. Rugía Madrid con aquella rivalidad, con aquellos estoicos monumentos al toreo de capa -¡ojalá uno a la verónica!-, mientras se estrechaban la mano los rivales. Vio el generoso onubense su fondo y brindó a los tendidos, los mismos que solicitarían por mayoría (el reglamento no exige unanimidad) una oreja protestada. Porque la faena, pese a su firmeza, reunión y aplomo, no alcanzó las cotas de los trofeos de verdadero peso, aunque tuviese mucho mérito. Como el de torear con una muleta tan diminuta, tamaño de minifalda de Cibeles. Prologó por estatuarios en un guiño tomista bajo la mirada de los padres del dios de Galapagar. Hubo temple y despaciosidad en la primera ronda, mientras Heredero repetía con el rabo enhiesto. Protestaba más en los espacios cortos y le mandó un aviso en medio de los altibajos. Se reunió en unos naturales y aguantó la parada antes de unas bernadinas de lexatín. Brotó la pañolada tras la estocada. «¡Fuera del palco!», gritaban en el sol contra Rodríguez San Román. Casi cien kilos menos pesaba el tercero, que no gustó tanto y se movió con desordenado viaje. Hernández solo pudo mostrar su entrega. taurina_0639Qué manos más cortitas las del cuarto, un dije con su seriedad, con las hechuras soñadas por cualquier torero. A la cadera le llegaba a Fortes este Flauta, de la reata de los músicos. Y con nota celestial embestía. Cómo se desplazó en la fenomenal apertura. Qué ritmo, con su enclasada y brava embestida, la de la entrega. La vaca debió de parirlo ya humillado. Atalonado anduvo el torero, en busca de la pureza, pero sin disparar lo necesario, algo espeso. Y el colorado se arrastró intacto. Muy Núñez el quinto, de bonitas hechuras y al que se le adivinó pronto su buen aire. Hasta tres capotazos tuvo que dar Hernández antes del valiente quite por caleserinas, pese a que Coplitero invitaba a recitar por otro palo. Un gran par clavó Del Pozo, con una ovación de gala. De categoría el inicio de su jefe de filas, genuflexo y rodilla en tierra, en el umbral del 7, con el dibujo de dos carteles de toros. Siguió muy torero, conduciendo la larga embestida, con un muletazo en el que se abandonó. Se lo cantó Madrid y hasta el de las neveras interrumpió su trasiego de hielos y gintonics. Cosió la embestida con temple en varios muletazos, pero faltaba algo. «¡Presidente, tranquilo, no saque el pañuelo todavía!», dijo una voz guasona. Cuando el toro perdió fuelle y se aplomó, se metió entre los pitones con valor de ley en una faena medida, de más peso que la anterior, pero sin redondear. Pinchó y el palco respiró. Feria de San Isidro Monumental de las Ventas Domingo, 24 de mayo de 2026. Decimoquinta corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Alcurrucén, cinqueños, salvo el 6º,serios dentro de la desigualdad: 1º, con calidad y nobleza; 2º, encastado y exigente; 3º, de movilidad desordenada; 4º, extraordinario, con humillación y profundidad; 5º, con estupendo ritmo pero a menos; 6º, complejo y sin entregarse. Fortes, de rioja y oro: pinchazo, estocada caída y dos descabellos (silencio tras aviso); pinchazo, estocada baja enhebrada, pinchazo y estocada (silencio tras aviso). David de Miranda, de blanco y plata: estocada pelín trasera y desprendida (oreja con protestas); pinchazo y estocada (saludos tras aviso). Víctor Hernández, de frambuesa y oro: estocada traserita (silencio); estocada tendida y descabello (silencio tras dos avisos). Le faltaba descolgar al sexto -el único cuatreño-, entrega en definitiva, pero transmitía. Firmeza de plantas de Hernández, sincero en la colocación y con valor. Sobró metraje, con la gente ya impacientándose, en una fecha marcada en rojo por el aficionado, que esperaba más de la tarde. Rico en matices el conjunto de los Lozano, variado de presencia y juego dentro de la seriedad, noble en general, con toros con ritmo y brava humillación, otros con casta y exigencias. Para estar más hecho el de Víctor Hernández, el más deslucido y dificultoso. Con sus complejidades -y opciones- el de Miranda y francamente bueno el de Fortes. ¡Qué lote el suyo! Ay, si pilla la corrida de Alcurrucén El Juli -inolvidable con Licenciado-, figura consagrada, maestro de maestros… Paciencia con los toreros de hoy, que saben hacer el toreo y lo hacen, aunque este 24-M ninguno lo cuajara macizo, pese a su sincero querer. Llegaba el malagueño con la corona de los muletazos más caros de San Isidro, pero esta vez no logró calar lo suficiente. Qué guapeza la de Carafea, tan alejado de su bautismo. Escarbaba el Núñez y tardeaba, pero cuando acudía a las telas lo hacía con mucho ritmo. Por saltilleras y gaoneras quitó un impávido David, con el vestido ya ensangrentado, como para ponerlo en el programa largo de la tintorería. Con templanza le abrió los caminos por abajo Saúl. Lo sacó cinco metros más allá de las rayas, se asentó y enganchó adelante la embestida, pero la vaciaba por arriba -quizá para que Carafea no perdiera las manos-, y por ahí el toro protestaba. Todo lo quería por abajo el cinqueño, al que le faltaba pelín de celo para que aquello transmitiese más. Chispa y cabeza le faltó a la faena. Tanto alargó que oyó un aviso antes de entrar a matar. A las ocho menos veinte la Monumental vivía una colosal competencia en quites. ¡Bienvenida sea! Ocurrió en el segundo, un encastado toro, pues mucho carbón había que tener para aguantar hasta cuatro en los medios y una extensa obra. Al platillo se marchó Hernández, con un vestido como el de la Puerta Grande de José Tomás, su espejo. Más despacio que el Cachorro, se echó el capote a la espalda: por saltilleras. Replicó Miranda por chicuelinas, con una larga a una mano de perfecto dibujo. Y allá que regresó Víctor por apretadísimas tafalleras, con una bonita brionesa. No se iba a quedar sin intervenir de nuevo el de Trigueros, con la tela fucsia a la espalda. Rugía Madrid con aquella rivalidad, con aquellos estoicos monumentos al toreo de capa -¡ojalá uno a la verónica!-, mientras se estrechaban la mano los rivales. Vio el generoso onubense su fondo y brindó a los tendidos, los mismos que solicitarían por mayoría (el reglamento no exige unanimidad) una oreja protestada. Porque la faena, pese a su firmeza, reunión y aplomo, no alcanzó las cotas de los trofeos de verdadero peso, aunque tuviese mucho mérito. Como el de torear con una muleta tan diminuta, tamaño de minifalda de Cibeles. Prologó por estatuarios en un guiño tomista bajo la mirada de los padres del dios de Galapagar. Hubo temple y despaciosidad en la primera ronda, mientras Heredero repetía con el rabo enhiesto. Protestaba más en los espacios cortos y le mandó un aviso en medio de los altibajos. Se reunió en unos naturales y aguantó la parada antes de unas bernadinas de lexatín. Brotó la pañolada tras la estocada. «¡Fuera del palco!», gritaban en el sol contra Rodríguez San Román. Casi cien kilos menos pesaba el tercero, que no gustó tanto y se movió con desordenado viaje. Hernández solo pudo mostrar su entrega. taurina_0639Qué manos más cortitas las del cuarto, un dije con su seriedad, con las hechuras soñadas por cualquier torero. A la cadera le llegaba a Fortes este Flauta, de la reata de los músicos. Y con nota celestial embestía. Cómo se desplazó en la fenomenal apertura. Qué ritmo, con su enclasada y brava embestida, la de la entrega. La vaca debió de parirlo ya humillado. Atalonado anduvo el torero, en busca de la pureza, pero sin disparar lo necesario, algo espeso. Y el colorado se arrastró intacto. Muy Núñez el quinto, de bonitas hechuras y al que se le adivinó pronto su buen aire. Hasta tres capotazos tuvo que dar Hernández antes del valiente quite por caleserinas, pese a que Coplitero invitaba a recitar por otro palo. Un gran par clavó Del Pozo, con una ovación de gala. De categoría el inicio de su jefe de filas, genuflexo y rodilla en tierra, en el umbral del 7, con el dibujo de dos carteles de toros. Siguió muy torero, conduciendo la larga embestida, con un muletazo en el que se abandonó. Se lo cantó Madrid y hasta el de las neveras interrumpió su trasiego de hielos y gintonics. Cosió la embestida con temple en varios muletazos, pero faltaba algo. «¡Presidente, tranquilo, no saque el pañuelo todavía!», dijo una voz guasona. Cuando el toro perdió fuelle y se aplomó, se metió entre los pitones con valor de ley en una faena medida, de más peso que la anterior, pero sin redondear. Pinchó y el palco respiró. Feria de San Isidro Monumental de las Ventas Domingo, 24 de mayo de 2026. Decimoquinta corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Alcurrucén, cinqueños, salvo el 6º,serios dentro de la desigualdad: 1º, con calidad y nobleza; 2º, encastado y exigente; 3º, de movilidad desordenada; 4º, extraordinario, con humillación y profundidad; 5º, con estupendo ritmo pero a menos; 6º, complejo y sin entregarse. Fortes, de rioja y oro: pinchazo, estocada caída y dos descabellos (silencio tras aviso); pinchazo, estocada baja enhebrada, pinchazo y estocada (silencio tras aviso). David de Miranda, de blanco y plata: estocada pelín trasera y desprendida (oreja con protestas); pinchazo y estocada (saludos tras aviso). Víctor Hernández, de frambuesa y oro: estocada traserita (silencio); estocada tendida y descabello (silencio tras dos avisos). Le faltaba descolgar al sexto -el único cuatreño-, entrega en definitiva, pero transmitía. Firmeza de plantas de Hernández, sincero en la colocación y con valor. Sobró metraje, con la gente ya impacientándose, en una fecha marcada en rojo por el aficionado, que esperaba más de la tarde.
Rico en matices el conjunto de los Lozano, variado de presencia y juego dentro de la seriedad, noble en general, con toros con ritmo y brava humillación, otros con casta y exigencias. Para estar más hecho el de Víctor Hernández, el más dificultoso. Con sus … complejidades el de Miranda y francamente bueno el de Fortes. ¡Qué lote el suyo! Ay, si pilla la corrida El Juli -inolvidable con Licenciado-, figura consagrada, maestro de maestros… Paciencia con los toreros de hoy, que saben hacer el toreo y lo hacen, aunque este 24-M ninguno lo cuajara macizo pese a su sincero querer.
Llegaba el malagueño con la corona de los muletazos más caros de la feria, pero esta vez no logró calar lo suficiente. Qué guapeza la de Carafea, tan alejado de su bautismo. Escarbaba el Núñez y tardeaba, pero cuando acudía a las telas lo hacía con mucho ritmo. Por saltilleras y gaoneras quitó un impávido David, con el vestido ya ensangrentado, como para ponerlo en el programa largo de la tintorería. Con templanza le abrió los caminos por abajo Saúl. Lo sacó cinco metros más allá de las rayas, se asentó y enganchó adelante la embestida, pero la vaciaba por arriba -quizá para que Carafea no perdiera las manos-, y por ahí el toro protestaba. Todo lo quería por abajo el cinqueño, al que le faltaba más celo para que aquello transmitiese más. Como a la faena le faltó chispa. Tanto alargó que oyó un aviso antes de entrar a matar.
A las ocho menos veinte la Monumental vivía una colosal competencia en quites. ¡Bienvenida sea! Ocurrió en el segundo, un encastado toro, pues mucha raza había que tener para aguantar hasta cuatro en los medios y una extensa obra. Al platillo se marchó Hernández y, más despacio que el Cachorro, se echó el capote a la espalda. Por saltilleras. Replicó luego Miranda por chicuelinas, con una larga a una mano de perfecto dibujo. Y allá que regresó Víctor por apretadísimas tafalleras, con una bonita brionesa. No se iba a quedar sin intervenir de nuevo el de Trigueros, con la tela fucsia a la espalda. Rugía Madrid con aquella rivalidad, con aquellos estoicos monumentos al toreo de capa -¡ojalá uno a la verónica!-, mientras se estrechaban la mano los rivales. Vio el generoso onubense su fondo y brindó a los tendidos, los mismos que solicitarían por mayoría (el reglamento no exige unanimidad) una oreja protestada. Porque la faena, pese a su firmeza, reunión y aplomo, no alcanzó las cotas de los trofeos de verdadero peso, aunque tuviese mucho mérito. Como el de torear con una muleta tan diminuta. Prologó por estatuarios en un guiño tomista bajo la mirada de los padres del dios de Galapagar. Hubo temple y despaciosidad en la primera ronda, mientras Heredero repetía con el rabo enhiesto. Protestaba más en los espacios cortos y le mandó un aviso en medio de los altibajos Se reunió en unos naturales y aguantó la parada antes de unas bernadinas de lexatín. Brotó la pañolada tras la estocada. «¡Fuera del palco!», gritaban en el sol contra Rodríguez San Román.
Casi cien kilos menos pesaba el tercero, que no gustó tanto y se movió con desordenado viaje. Hernández solo pudo mostrar su entrega.
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Qué manos más cortitas las del cuarto, un dije con su seriedad, con las hechuras soñadas por cualquier torero. A la cadera le llegaba a Fortes este Flauta, de la reata de los músicos. Y con nota celestial embestía. Cómo se desplazó en la fenomenal apertura. Qué ritmo, con su enclasada y brava embestida, la de la entrega. La vaca debió de parirlo ya humillado. Atalonado anduvo el torero, en busca de la pureza, pero sin disparar lo necesario, algo espeso. Y el colorado se arrastró intacto.
Muy Núñez el quinto, de bonitas hechuras y al que se le adivinó pronto su buen aire. Hasta tres capotazos tuvo que dar Hernández antes del valiente quite por caleserinas, pese a que Coplitero invitaba a recitar por otro palo. Un gran par clavó Del Pozo, con una ovación de gala. De categoría el inicio de su jefe de filas, genuflexo y rodilla en tierra, en el umbral del 7, con el dibujo de dos carteles de toros. Siguió torerísimo, conduciendo la larga embestida, con un muletazo en el que se abandonó. Se lo cantó Madrid y hasta el de las neveras interrumpió por unos segundos su trasiego de hielos y gintonics. Cosió la embestida con temple, la enganchó y la llevó hasta el final en varios muletazos. «¡Presidente, tranquilo, no saque el pañuelo todavía!», dijo una voz guasona. Cuando el toro perdió fuelle y se aplomó, se metió entre los pitones con valor de ley en una faena medida, de más peso que la anterior, pero sin redondear. Pinchó y el presidente respiró tranquilo. Para manos más curtidas fue el encampanado Amoroso, con el que se desmonteró Yelco Álvarez.
Feria de San Isidro
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Monumental de las Ventas
Domingo, 24 de mayo de 2026. Decimoquinta corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Alcurrucén, cinqueños, salvo el 6º,serios dentro de la desigualdad: 1º, con calidad y nobleza; 2º, encastado y exigente; 3º, de movilidad desordenada; 4º, extraordinario, con humillación y profundidad; 5º, con estupendo ritmo pero a menos; 6º, complejo y sin entregarse.
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Fortes,
de rioja y oro: pinchazo, estocada caída y dos descabellos (silencio tras aviso); pinchazo, estocada baja enhebrada, pinchazo y estocada (silencio tras aviso). -
David de Miranda,
de blanco y plata: estocada pelín trasera y desprendida (oreja con protestas); pinchazo y estocada (saludos tras aviso). -
Víctor Hernández,
de frambuesa y oro: estocada traserita (silencio); estocada tendida y descabello (silencio tras dos avisos).
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Le faltaba descolgar al sexto -el único cuatreño-, entrega en definitiva, pero transmitía. Firmeza de plantas de Hernández, sincero en la colocación y con valor. Sobró metraje, con la gente ya impacientándose, en una fecha marcada en rojo por el aficionado, que esperaba más de la tarde.
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