
No es la primera vez, ni mucho menos, que Carlos Briones (Burgos, 57 años) recibe un premio: en 1993, cuando aún nada hacía intuir que acabaría siendo uno de los divulgadores científicos más prestigiosos de España, ganó el Hiperión por su talento como poeta. “Llegué a recitar con Ángel González dos veces. Tengo mil anécdotas. Es parte de mi riqueza”. En aquella época también tocaba un violín que su padre había llevado un día a casa. Solo dejó el conservatorio cuando después de terminar ciencias químicas, la tesis que desarrolló en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa le quitó todo el tiempo. “¡No era precisamente Ara Malikian!”. Después, ya como coordinador de un grupo que investiga sobre el origen y la evolución temprana de la vida en el Centro de Astrobiología (CSNI-INTA)—su trabajo principal actual—, fue reconocido por la NASA por su contribución a la caracterización de la biosfera subterránea de nuestro planeta. Ahora, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Fundación BBVA han premiado su indudable capacidad para contagiar al gran público la curiosidad por absolutamente todo lo que ayuda a responder las grandes preguntas.

Con un perfil de verdadero sabio renacentista y una capacidad innata para transmitir su conocimiento, este astrobiólogo es además un comunicador que no concibe la ciencia sin las humanidades
No es la primera vez, ni mucho menos, que Carlos Briones (Burgos, 57 años) recibe un premio: en 1993, cuando aún nada hacía intuir que acabaría siendo uno de los divulgadores científicos más prestigiosos de España, ganó el Hiperión por su talento como poeta. “Llegué a recitar con Ángel González dos veces. Tengo mil anécdotas. Es parte de mi riqueza”. En aquella época también tocaba un violín que su padre había llevado un día a casa. Solo dejó el conservatorio cuando después de terminar ciencias químicas, la tesis que desarrolló en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa le todo su demasiado tiempo. “¡No era precisamente Ara Malikian!”. Después, ya como coordinador de un grupo que investiga sobre el origen y la evolución temprana de la vida en el Centro de Astrobiología (CSNI-INTA)—su trabajo principal actual—, fue reconocido por la NASA por su contribución a la caracterización de la biosfera subterránea de nuestro planeta. Ahora, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Fundación BBVA han premiado su indudable capacidad para contagiar al gran público la curiosidad por absolutamente todo lo que ayuda a responder las grandes preguntas.
Pregunta. Ese niño que tocaba el violín, ¿escuchaba heavy o rock and roll?
Respuesta. A mí me apasionaban Deep Purple y U2. Pero la escritura de tesis doctoral la pasé escuchando a Puccini y a Silvio Rodríguez. Silvio me encanta: como poeta y como músico.
P. ¿Y como activista?
R. Como activista depende, claro. Soy una persona progresista, tengo claro cuáles son mis principios y tengo un concepto de la justicia social muy alto. No tanto de enarbolar banderas, pero sí ir a las manifestaciones cuando me parece necesario, de luchar por los derechos de la gente y sobre todo reivindicar lo público. Lo que soy, si es que soy algo, es gracias a la educación pública. Y tengo la suerte de trabajar en el CSIC, que es el mayor centro de investigación público que hay en España. Pero tampoco hay que demonizar a las empresas porque tienen que existir: si no, no se movería la sociedad.
P. Dice usted que las instituciones científicas no se apuntan tantos. Que eso es de políticos…
R. A mí me gusta hablar del ecosistema de la comunicación científica del que formamos parte los investigadores, los periodistas, las unidades de cultura científica de centros de investigación, las universidades, las fundaciones. Cuando fluye el conocimiento logramos que los avances científicos se transmitan a la población. Y como en parte los impuestos de los contribuyentes se dedican a investigación está muy bien que el público sepa en qué se gasta su dinero. En el día a día de la investigación y la divulgación es donde los científicos nos podemos “apuntar tantos” con humildad. Porque lamentablemente vivimos rodeados de bulos, negacionismos, posturas anticientíficas, pseudoterapias…
P. A algunas inteligencias artificiales les dan cuatro datos y pueden generar un podcast. ¿Cómo se reconoce a un buen divulgador?
R. La transmisión de la ciencia tiene que partir de datos científicos o de algo que el propio desarrollo científico en ese momento considera lo más parecido a la verdad. Fíjate que no te digo que la ciencia tenga la verdad, pero sí lo más parecido en cada momento. La ciencia, una de sus ventajas es que se revisa. Los divulgadores que cuentan eso bien dudan, ponen condicionales, dicen: “Esta terapia podría llegar a ser aplicada en…”. Hay que sospechar de los que hablan en términos absolutos.

P. Parece que los científicos son siempre el sumun de la educación, ¿nunca hay discusiones acaloradas entre ustedes?
R. Hombre, por supuesto, deberías venir a algunos congresos… Los científicos no somos máquinas y tenemos preferencias personales. Pero las discusiones científicas son siempre con datos por delante. En el tema del origen de la vida, por ejemplo, que es mi principal campo de estudio, ¿qué fue antes, el ARN o las proteínas? Pues hay gente que dice: las proteínas, porque tal. Y entonces los que somos partidarios del mundo ARN decimos: ya, pero sin ARN no habría proteínas. Ahí puede surgir una especie de discusión acalorada en lo argumentativo.
P. Pero en la divulgación es importantísimo algo que no es nada científico, que es el carisma. ¿Se pican por quién tiene más carisma?
R. Hay divulgadores que se pican, como hay científicos que se pican, como en cualquier otro campo. Yo no: intento hacer mi trabajo y construir sobre el hecho de que la cultura es la suma de ciencias, artes y humanidades. Y fomentar el espíritu crítico. Sobre todo esta sociedad que está tan centrada en grandes verdades universales, en absolutismos. Ahora estamos iniciando una campaña electoral de dos meses y verás como en las discusiones políticas no hay matices, no hay cambios de postura: ser de un partido o el otro parece que es como ser del Barça o el Madrid.
P. Dígame un pecado mortal entre divulgadores.
R. En este mundillo cada uno tenemos un estilo muy reconocible. Cuando leo un párrafo de un amigo divulgador sé de quién es, más o menos, por cómo escribe, por los temas que trata, su léxico, su estilo. Por eso, cuando alguien imita a otro descaradamente se nota y no gusta. Pero bueno, en general la divulgación vive un buen momento en nuestro país. Antes a los científicos nos penalizaba porque se podía considerar que era vulgarizar la ciencia. Eso ya no ocurre.
P. Tiene usted un hijo de 19 años. ¿Le ha explicado cómo distinguir la buena información?
R. Mi hijo y yo tenemos una relación extraordinaria desde que era chiquitín. Es la persona con la que más hablo del mundo. No le he dado cursillos, pero ha venido a charlas mías y a conciertos de su madre, que toca la flauta travesera, desde muy pequeño. Distingue claramente el panfletarismo de lo que tiene chicha detrás. Creo que a lo mejor en la sociedad está faltando comunicación entre padres e hijos y luego pasa lo que pasa. Dejamos a nuestros niños en los coles para que nos los devuelvan educados. Y no es así. No podemos dejar un móvil a un chaval para que no moleste y luego reprocharle que le dedique horas…
P. ¿A qué edad le da a su hijo el móvil un divulgador tan prestigioso como usted?
R. Con 15 o 16 años, pero antes ya iba fomentando su curiosidad, que es algo esencial, el vehículo con el que formas personas. Pero claro, eso no hay que dejarlo en manos únicamente de los colegios. A veces en esta sociedad en la que todos estamos tan ocupados se nos olvida que ser padre es también una profesión.

P. ¿Tiene usted sentimiento religioso?
R. No. Fui a un colegio en el que la religión era muy importante, pero rápidamente racionalicé que los hombres crearon a los dioses y no al revés. Desde el punto de vista científico, no veo necesario la existencia de Dios para explicar las cosas.
P. ¿Ni siquiera para explicar lo que había antes del big bang?
R. Antes del origen del universo, hace unos 13.800 millones de años, cuando no existía tiempo, ni espacio, ni materia, ni energía… lo más honesto es decir que no sabemos qué había. Mis amigos cosmólogos y astrofísicos, de quienes intento aprender, hablan de un vacío primordial, pero en el cual existían campos cuánticos. Y una fluctuación en aquella nada hizo surgir todo.
P. ¿Y tiene conversaciones sobre religión en sus charlas?
R. Sí, sobre todo cuando hablo del origen de la vida, la evolución, la posibilidad de que surja vida en otros planetas, ahí aparecen estos temas constantemente. La fe, las creencias y los dogmas van por un lado. El conocimiento científico por otro. Si son dos realidades paralelas que no se tocan, me parece perfectamente respetable un ámbito y el otro. Yo respeto profundamente todos los sentimientos religiosos, pero tiene que ser mutuo.
P. ¿Cuándo fue la primera vez que pensó en la muerte?
R. Cuando se murieron mis abuelos. Ahí me di cuenta de que alguien a quien quieres mucho te parecía inmortal en realidad no lo es. Y esto lo he visto repetido ahora con mi hijo, cuando se han muerto mi padre y mi madre, ambos con una diferencia de dos años. Pero cuando investigas sobre el origen de la vida te das cuenta de que la muerte, de hecho, no es una consecuencia de la vida, sino de la pluriceluralidad. La evolución biológica inventó la muerte unos 2.000 millones de años después de la vida, porque las bacterias no mueren. La muerte aparece cuando una de las ramas de la evolución, los seres pluricelulares, tienen células germinales potencialmente inmortales pero una “carcasa”, las células somáticas, que sí acaba muriendo. Y con ellas, el conjunto del organismo.
P. Entonces usted tiene la respuesta a qué fue antes, el huevo o la gallina…
R. ¡Por supuesto! ¡Fue el huevo!
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