Hay una gasolinera barata cerca de casa en Madrid donde la cola para repostar da la vuelta a la manzana. La guerra de Irán ha hecho que en Australia hasta un 70% de las estaciones de servicio se quedaran sin algún tipo de combustible, pese a que el país tiene reservas para más de 30 días de todos ellos. Hay algo muy humano –y absurdo– en la forma en que reaccionamos ante la posibilidad de quedarnos sin gasolina. No esperamos a que el depósito se vacíe: lo llenamos antes. Y en ese gesto trivial empieza a construirse un problema colectivo bastante más serio.En tiempos normales, la mayoría de conductores desarrolla una rutina estable: repostar cuando el marcador baja a un determinado nivel. Pero basta la sospecha de escasez para que esa rutina se rompa. El mismo conductor que antes esperaba ahora acude con medio depósito. Y no actúa solo. Este fenómeno tiene nombre en la literatura técnica: ‘front-loading’ o adelanto de compras, una variante del ‘panic buying’ o compra por pánico.La consecuencia inmediata es un aumento de la demanda. Pero no cambian las existencias de combustible, simplemente en vez de estar en los depósitos de Repsol está en nuestros coches.Un estudio de Hofmann y Reinmuth sobre la crisis de combustible en el Reino Unido en 2021 muestra cómo este adelantamiento masivo de repostajes generó un colapso logístico. Las gasolineras se vaciaron no por falta de suministro, sino por una concentración súbita de la demanda . Es el mismo patrón que se ha observado en Australia. El combustible no se esfumó; simplemente se redistribuyó de forma ineficiente. Otros trabajos, como el de Chen , describen este fenómeno como una forma de ‘inventario doméstico’. El coche se convierte, en la práctica, en un pequeño tanque de almacenamiento privado. En condiciones normales, ese inventario es mínimo. En condiciones de incertidumbre, se dispara. Pura acumulación defensiva.La psicología que lo impulsa es conocida. Estudios como el de Chua y sus coautores señalan que el motor del acaparamiento no es la escasez real, sino la percibida . A eso se suma un factor social nada despreciable: ver a otros repostar antes de tiempo refuerza la sensación de urgencia. La lógica individual es impecable: mejor llenar ahora que lamentarlo después. Resultado: me pongo a la cola .Cuando miles de conductores deciden simultáneamente repostar, el sistema –diseñado para una demanda escalonada y estable– se tensiona. Las gasolineras se vacían y las colas aparecen. La profecía se cumple a sí misma.Desde un punto de vista económico, este fenómeno se parece sospechosamente a una corrida bancaria. No porque falte dinero en el sistema, sino porque demasiada gente quiere retirarlo al mismo tiempo. En ambos casos, el problema no es la cantidad total de recursos, sino su distribución temporal y la confianza en que estarán disponibles cuando se necesiten. Es lo mismo que estamos viendo que ocurre estos días con los fondos de deuda privada que han limitado los reembolsos .Y quizá ahí esté la lección incómoda: en situaciones de incertidumbre, no reaccionamos como agentes perfectamente racionales, sino como colectivos que intentan protegerse… incluso a costa de empeorar el problema . No porque seamos irracionales, sino porque somos humanos. Hay una gasolinera barata cerca de casa en Madrid donde la cola para repostar da la vuelta a la manzana. La guerra de Irán ha hecho que en Australia hasta un 70% de las estaciones de servicio se quedaran sin algún tipo de combustible, pese a que el país tiene reservas para más de 30 días de todos ellos. Hay algo muy humano –y absurdo– en la forma en que reaccionamos ante la posibilidad de quedarnos sin gasolina. No esperamos a que el depósito se vacíe: lo llenamos antes. Y en ese gesto trivial empieza a construirse un problema colectivo bastante más serio.En tiempos normales, la mayoría de conductores desarrolla una rutina estable: repostar cuando el marcador baja a un determinado nivel. Pero basta la sospecha de escasez para que esa rutina se rompa. El mismo conductor que antes esperaba ahora acude con medio depósito. Y no actúa solo. Este fenómeno tiene nombre en la literatura técnica: ‘front-loading’ o adelanto de compras, una variante del ‘panic buying’ o compra por pánico.La consecuencia inmediata es un aumento de la demanda. Pero no cambian las existencias de combustible, simplemente en vez de estar en los depósitos de Repsol está en nuestros coches.Un estudio de Hofmann y Reinmuth sobre la crisis de combustible en el Reino Unido en 2021 muestra cómo este adelantamiento masivo de repostajes generó un colapso logístico. Las gasolineras se vaciaron no por falta de suministro, sino por una concentración súbita de la demanda . Es el mismo patrón que se ha observado en Australia. El combustible no se esfumó; simplemente se redistribuyó de forma ineficiente. Otros trabajos, como el de Chen , describen este fenómeno como una forma de ‘inventario doméstico’. El coche se convierte, en la práctica, en un pequeño tanque de almacenamiento privado. En condiciones normales, ese inventario es mínimo. En condiciones de incertidumbre, se dispara. Pura acumulación defensiva.La psicología que lo impulsa es conocida. Estudios como el de Chua y sus coautores señalan que el motor del acaparamiento no es la escasez real, sino la percibida . A eso se suma un factor social nada despreciable: ver a otros repostar antes de tiempo refuerza la sensación de urgencia. La lógica individual es impecable: mejor llenar ahora que lamentarlo después. Resultado: me pongo a la cola .Cuando miles de conductores deciden simultáneamente repostar, el sistema –diseñado para una demanda escalonada y estable– se tensiona. Las gasolineras se vacían y las colas aparecen. La profecía se cumple a sí misma.Desde un punto de vista económico, este fenómeno se parece sospechosamente a una corrida bancaria. No porque falte dinero en el sistema, sino porque demasiada gente quiere retirarlo al mismo tiempo. En ambos casos, el problema no es la cantidad total de recursos, sino su distribución temporal y la confianza en que estarán disponibles cuando se necesiten. Es lo mismo que estamos viendo que ocurre estos días con los fondos de deuda privada que han limitado los reembolsos .Y quizá ahí esté la lección incómoda: en situaciones de incertidumbre, no reaccionamos como agentes perfectamente racionales, sino como colectivos que intentan protegerse… incluso a costa de empeorar el problema . No porque seamos irracionales, sino porque somos humanos.
Hay una gasolinera barata cerca de casa en Madrid donde la cola para repostar da la vuelta a la manzana. La guerra de Irán ha hecho que en Australia hasta un 70% de las estaciones de servicio se quedaran sin algún tipo de combustible, pese … a que el país tiene reservas para más de 30 días de todos ellos. Hay algo muy humano –y absurdo– en la forma en que reaccionamos ante la posibilidad de quedarnos sin gasolina. No esperamos a que el depósito se vacíe: lo llenamos antes. Y en ese gesto trivial empieza a construirse un problema colectivo bastante más serio.
En tiempos normales, la mayoría de conductores desarrolla una rutina estable: repostar cuando el marcador baja a un determinado nivel. Pero basta la sospecha de escasez para que esa rutina se rompa. El mismo conductor que antes esperaba ahora acude con medio depósito. Y no actúa solo. Este fenómeno tiene nombre en la literatura técnica: ‘front-loading’ o adelanto de compras, una variante del ‘panic buying’ o compra por pánico.
La consecuencia inmediata es un aumento de la demanda. Pero no cambian las existencias de combustible, simplemente en vez de estar en los depósitos de Repsol está en nuestros coches.
Un estudio de Hofmann y Reinmuth sobre la crisis de combustible en el Reino Unido en 2021 muestra cómo este adelantamiento masivo de repostajes generó un colapso logístico. Las gasolineras se vaciaron no por falta de suministro, sino por una concentración súbita de la demanda. Es el mismo patrón que se ha observado en Australia. El combustible no se esfumó; simplemente se redistribuyó de forma ineficiente. Otros trabajos, como el de Chen, describen este fenómeno como una forma de ‘inventario doméstico’. El coche se convierte, en la práctica, en un pequeño tanque de almacenamiento privado. En condiciones normales, ese inventario es mínimo. En condiciones de incertidumbre, se dispara. Pura acumulación defensiva.
La psicología que lo impulsa es conocida. Estudios como el de Chua y sus coautores señalan que el motor del acaparamiento no es la escasez real, sino la percibida. A eso se suma un factor social nada despreciable: ver a otros repostar antes de tiempo refuerza la sensación de urgencia. La lógica individual es impecable: mejor llenar ahora que lamentarlo después. Resultado: me pongo a la cola.
Cuando miles de conductores deciden simultáneamente repostar, el sistema –diseñado para una demanda escalonada y estable– se tensiona. Las gasolineras se vacían y las colas aparecen. La profecía se cumple a sí misma.
Desde un punto de vista económico, este fenómeno se parece sospechosamente a una corrida bancaria. No porque falte dinero en el sistema, sino porque demasiada gente quiere retirarlo al mismo tiempo. En ambos casos, el problema no es la cantidad total de recursos, sino su distribución temporal y la confianza en que estarán disponibles cuando se necesiten. Es lo mismo que estamos viendo que ocurre estos días con los fondos de deuda privada que han limitado los reembolsos.
Y quizá ahí esté la lección incómoda: en situaciones de incertidumbre, no reaccionamos como agentes perfectamente racionales, sino como colectivos que intentan protegerse… incluso a costa de empeorar el problema. No porque seamos irracionales, sino porque somos humanos.
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