Escribo en el cumpleaños de Miley Cyrus, y así este texto es un regalo y un recordatorio, pero regalo y recordatorio que me hago más bien a mí mismo, porque tengo a esta chavala de musa fija desde que me embelesó en la interpretación de ‘Flowers’, celebrando el Grammy que le dieron. Me gusta entre mucho y muchísimo. No necesita excusas de primicia, Miley Cyrus, para una glosa, pero ahora la tenemos, bajo el eco del éxito sin gran éxito de su disco último, ‘Something Beautiful’, que es un prodigioso álbum de experimentación al que ella misma ha atado una película o algo así, entre el artefacto estético total y una reinvención del tráiler de cancionero . Está la apuesta lejos de lo consabido en ella, que es el pop revisado desde diversas desgarraduras, con lo que se empeña en conformarse con el triunfo del riesgo, que es el triunfo mayor. Acaba de hacer algo muy parecido nuestra Rosalía, yéndose a una dirección impensable, pero Miley no es una santa de márquetin, sino una monja de la ebriedad, una santa del cataclismo. Creo que fue Elton John quien dijo de ella que era «una de las voces más potentes de su generación». La frase es una frase fácil, pero todo lo que conlleve poderío le cuadra. Hace del folk otra cosa, elevadísima, y borda el desenfreno eléctrico del rock. De modo que todo queda en ella distinto. No conoce la ortodoxia. Baraja en el escenario el incendio y el confesionario. Tras reponerse de ser cría Disney, ha logrado un modo propio de estar, un lenguaje que consagra el harapo como excelencia, la desmesura como verdad, y el exceso como estilo. Su vestuario es una experiencia salvaje, desde el sujetador de ferralla hasta el peplo de gala, con lo que Miley siempre parece una belleza desvestida por varios estilistas. En cuanto a su eslora de artista, pues ahí resulta abismal. Tiene la emoción que aúlla, la hermosura dorada de lo que va ardiendo. Prefiere no hacer giras, porque teme al alcohol solitario de los hoteles, pero nos ha dejado un disco que nunca se acaba. Atrás queda su infancia enjaulada, sus romances sexuales, su fama abrasiva, y su sombra de juguete roto, o casi. Toca felicitar a la dulce fiera. Escribo en el cumpleaños de Miley Cyrus, y así este texto es un regalo y un recordatorio, pero regalo y recordatorio que me hago más bien a mí mismo, porque tengo a esta chavala de musa fija desde que me embelesó en la interpretación de ‘Flowers’, celebrando el Grammy que le dieron. Me gusta entre mucho y muchísimo. No necesita excusas de primicia, Miley Cyrus, para una glosa, pero ahora la tenemos, bajo el eco del éxito sin gran éxito de su disco último, ‘Something Beautiful’, que es un prodigioso álbum de experimentación al que ella misma ha atado una película o algo así, entre el artefacto estético total y una reinvención del tráiler de cancionero . Está la apuesta lejos de lo consabido en ella, que es el pop revisado desde diversas desgarraduras, con lo que se empeña en conformarse con el triunfo del riesgo, que es el triunfo mayor. Acaba de hacer algo muy parecido nuestra Rosalía, yéndose a una dirección impensable, pero Miley no es una santa de márquetin, sino una monja de la ebriedad, una santa del cataclismo. Creo que fue Elton John quien dijo de ella que era «una de las voces más potentes de su generación». La frase es una frase fácil, pero todo lo que conlleve poderío le cuadra. Hace del folk otra cosa, elevadísima, y borda el desenfreno eléctrico del rock. De modo que todo queda en ella distinto. No conoce la ortodoxia. Baraja en el escenario el incendio y el confesionario. Tras reponerse de ser cría Disney, ha logrado un modo propio de estar, un lenguaje que consagra el harapo como excelencia, la desmesura como verdad, y el exceso como estilo. Su vestuario es una experiencia salvaje, desde el sujetador de ferralla hasta el peplo de gala, con lo que Miley siempre parece una belleza desvestida por varios estilistas. En cuanto a su eslora de artista, pues ahí resulta abismal. Tiene la emoción que aúlla, la hermosura dorada de lo que va ardiendo. Prefiere no hacer giras, porque teme al alcohol solitario de los hoteles, pero nos ha dejado un disco que nunca se acaba. Atrás queda su infancia enjaulada, sus romances sexuales, su fama abrasiva, y su sombra de juguete roto, o casi. Toca felicitar a la dulce fiera. Escribo en el cumpleaños de Miley Cyrus, y así este texto es un regalo y un recordatorio, pero regalo y recordatorio que me hago más bien a mí mismo, porque tengo a esta chavala de musa fija desde que me embelesó en la interpretación de ‘Flowers’, celebrando el Grammy que le dieron. Me gusta entre mucho y muchísimo. No necesita excusas de primicia, Miley Cyrus, para una glosa, pero ahora la tenemos, bajo el eco del éxito sin gran éxito de su disco último, ‘Something Beautiful’, que es un prodigioso álbum de experimentación al que ella misma ha atado una película o algo así, entre el artefacto estético total y una reinvención del tráiler de cancionero . Está la apuesta lejos de lo consabido en ella, que es el pop revisado desde diversas desgarraduras, con lo que se empeña en conformarse con el triunfo del riesgo, que es el triunfo mayor. Acaba de hacer algo muy parecido nuestra Rosalía, yéndose a una dirección impensable, pero Miley no es una santa de márquetin, sino una monja de la ebriedad, una santa del cataclismo. Creo que fue Elton John quien dijo de ella que era «una de las voces más potentes de su generación». La frase es una frase fácil, pero todo lo que conlleve poderío le cuadra. Hace del folk otra cosa, elevadísima, y borda el desenfreno eléctrico del rock. De modo que todo queda en ella distinto. No conoce la ortodoxia. Baraja en el escenario el incendio y el confesionario. Tras reponerse de ser cría Disney, ha logrado un modo propio de estar, un lenguaje que consagra el harapo como excelencia, la desmesura como verdad, y el exceso como estilo. Su vestuario es una experiencia salvaje, desde el sujetador de ferralla hasta el peplo de gala, con lo que Miley siempre parece una belleza desvestida por varios estilistas. En cuanto a su eslora de artista, pues ahí resulta abismal. Tiene la emoción que aúlla, la hermosura dorada de lo que va ardiendo. Prefiere no hacer giras, porque teme al alcohol solitario de los hoteles, pero nos ha dejado un disco que nunca se acaba. Atrás queda su infancia enjaulada, sus romances sexuales, su fama abrasiva, y su sombra de juguete roto, o casi. Toca felicitar a la dulce fiera. RSS de noticias de cultura
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