No diré que la vida es demasiado larga, pero hace mucho que no es corta: el secreto, como siempre, está en la elipsis. Xurxo Chapela dio en el clavo cuando apuntó: «Quieres ser inmortal, y luego no sabes qué hacer los domingos por la tarde ». Es una frase aterradora, que quema en las manos. Ramón Eder arriesgó que es entonces cuando se forja el carácter de un hombre, y no es exagerado afirmar que en esas tardes se manifiesta el fracaso de una vida, o su conquista, al menos momentánea. ¿Pero no son todas las victorias así? ¿Y las derrotas? Al principio de sus ‘Diarios’, Cheever escribe: «Estas noches de domingo en Westchester. La noche del sábado casi siempre hay alguna fiesta, así que despertamos con una ligera resaca y la boca quemada por un cigarro verde». El siguiente no fue mucho mejor: «La obstinada melancolía de este domingo lluvioso. En la estación, unos cuantos pasajeros esperan el tren de cercanías. (…) Es todo tan melancólico que duelen hasta los dientes». Podría hacerse una antología de domingos de escritores, y de ahí saldría un concierto de fantasmas. Un domingo de 1956, Pizarnik nos cuenta: «Anoche hice fantasías sobre la inmortalidad. Me pensé destinada a no morir jamás. Me asusté mucho». Y después: «Es increíble que la vida toda sea un concierto de angustias que desemboca en la muerte. No niego que todo esto me pone de buen humor, como si estuviera leyendo una excelente comedia ». El relato de ‘El oficio de vivir’ , de Pavese, empieza en un domingo de octubre: «Que alguna de mis últimas poesías sea convincente no le resta importancia al hecho de que las compongo con cada vez mayor indiferencia y repugnancia». Ese año, 1935, lo cierra en domingo, también, aunque de mejor humor: «En el fondo poetizar es una herida siempre abierta donde se desahoga la buena salud del cuerpo». Y en el último domingo que aparece registrado en sus cuadernos, Patricia Hisghmith anota: «Un pensamiento aburrido con el que comenzar este año: estoy harta de pensar en mí misma y en mis propios problemas». Murió un sábado, por cierto. Dejó preparado un poema para que lo leyeran en su funeral: «¡Un brindis por el optimismo y la valentía! / ¡Una copa por la osadía! / ¡Y laureles para quien dé el salto!».En su reseña sobre los ‘Diarios’ de Andy Warhol, Martin Amis alumbró una catástrofe: «En la vida cotidiana de esta humanidad cada vez más longeva los que son alguien y los don nadie acaban confundiéndose». Pero prefiero pensar que no tanto. Que los domingos felices nadie escribe. No diré que la vida es demasiado larga, pero hace mucho que no es corta: el secreto, como siempre, está en la elipsis. Xurxo Chapela dio en el clavo cuando apuntó: «Quieres ser inmortal, y luego no sabes qué hacer los domingos por la tarde ». Es una frase aterradora, que quema en las manos. Ramón Eder arriesgó que es entonces cuando se forja el carácter de un hombre, y no es exagerado afirmar que en esas tardes se manifiesta el fracaso de una vida, o su conquista, al menos momentánea. ¿Pero no son todas las victorias así? ¿Y las derrotas? Al principio de sus ‘Diarios’, Cheever escribe: «Estas noches de domingo en Westchester. La noche del sábado casi siempre hay alguna fiesta, así que despertamos con una ligera resaca y la boca quemada por un cigarro verde». El siguiente no fue mucho mejor: «La obstinada melancolía de este domingo lluvioso. En la estación, unos cuantos pasajeros esperan el tren de cercanías. (…) Es todo tan melancólico que duelen hasta los dientes». Podría hacerse una antología de domingos de escritores, y de ahí saldría un concierto de fantasmas. Un domingo de 1956, Pizarnik nos cuenta: «Anoche hice fantasías sobre la inmortalidad. Me pensé destinada a no morir jamás. Me asusté mucho». Y después: «Es increíble que la vida toda sea un concierto de angustias que desemboca en la muerte. No niego que todo esto me pone de buen humor, como si estuviera leyendo una excelente comedia ». El relato de ‘El oficio de vivir’ , de Pavese, empieza en un domingo de octubre: «Que alguna de mis últimas poesías sea convincente no le resta importancia al hecho de que las compongo con cada vez mayor indiferencia y repugnancia». Ese año, 1935, lo cierra en domingo, también, aunque de mejor humor: «En el fondo poetizar es una herida siempre abierta donde se desahoga la buena salud del cuerpo». Y en el último domingo que aparece registrado en sus cuadernos, Patricia Hisghmith anota: «Un pensamiento aburrido con el que comenzar este año: estoy harta de pensar en mí misma y en mis propios problemas». Murió un sábado, por cierto. Dejó preparado un poema para que lo leyeran en su funeral: «¡Un brindis por el optimismo y la valentía! / ¡Una copa por la osadía! / ¡Y laureles para quien dé el salto!».En su reseña sobre los ‘Diarios’ de Andy Warhol, Martin Amis alumbró una catástrofe: «En la vida cotidiana de esta humanidad cada vez más longeva los que son alguien y los don nadie acaban confundiéndose». Pero prefiero pensar que no tanto. Que los domingos felices nadie escribe.
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