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  Cultura  El azar en un vagón
Cultura

El azar en un vagón

marzo 29, 2026
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No sé si Julio Cortázar había leído el verso de Ezra Pound que compara los rostros en una estación de metro de París con los «pétalos de una rama húmeda y negra». Es una metáfora enigmática. Al igual que lo es el cuento ‘Manuscrito hallado en un bolsillo’ , publicado en 1974. Si Orfeo desciende al infierno en busca de Eurídice, Cortázar baja en este relato a las profundidades del ferrocarril subterráneo de París en busca de una fantasía.Hay pocos espacios tan propicios como un tren para los encuentros amorosos. El cine y la literatura han imaginado las pasiones que brotan como un chispazo cuando dos existencias se cruzan en el vestíbulo de una estación o en el vagón que comparten en un largo trayecto . Encuentros que surgen en ese territorio neutral en el que las horas se detienen y la identidad se diluye. Viajar en tren en sumirse en un agujero negro que absorbe el espacio y el tiempo.Todo y nada de esto se halla expresado en este cuento de Cortázar en el que un hombre desciende cada noche al metro de París para llevar a cabo un ritual. Entra al azar en un vagón y busca con la mirada una mujer sentada. El juego se inicia cuando alguien se levanta y él puede sentarse junto a la desconocida. El protagonista pone un nombre imaginario a la chica y contempla su imagen reflejada en la ventanilla. Si ella también le mira y los reflejos de ambos se proyectan en el cristal, él espera a que la mujer llegue a su estación de destino: «La regla era ésa, una sonrisa en el cristal de la ventanilla».El juego siempre mantiene dos opciones abiertas: si ella sale a la calle, el perseguidor abandonará su empeño. Si la chica toma la correspondencia que él ha imaginado, la abordará en los pasillos. Es el caso de Margrit, que acepta tomar un café y que muestra un interés por relacionarse con ese desconocido. Tras acompañarla a su casa, el hombre confiesa las reglas del juego y ella reacciona con hostilidad. Quedan que será posible reanudar la relación si vuelven a encontrarse en el metro en un plazo de quince días. No hay ningún desenlace, no sabemos si se produce el reencuentro, pero Cortázar nos deja entrever que el hombre se ha tirado a los andenes y que el relato es un manuscrito hallado en el interior de su bolsillo. El autor de ‘Rayuela’, fallecido en París en 1984, vuelve en este cuento a reflexionar sobre el papel del azar, los ritos y la muerte, los temas que reaparecen en una obra jalonada de seres fracasados y solitarios que vagan por la gran ciudad a la espera de un milagro imposible.En esta ocasión Cortázar traza un paralelismo entre las encrucijadas de la existencia humana y la andadura por los pasillos y las estaciones donde se cruzan a diario las vidas de millones de personas. Compara la arquitectura de los túneles con las ramificaciones de un gran árbol: «Un plano del metro de París define en su esqueleto, en sus ramas rojas, amarillas, azules y negras, la vasta pero limitada superficie de un pseudópodo» por el que «circula una savia que genera infinitas posibilidades de combinación en cada viajero».Hay en este relato una buscada y sugerida similitud con la pintura de René Magritte . El artista belga recreó inquietantes espacios en los que la realidad parece sacada de un sueño. La representación se convierte en sus cuadros en una abstracción, en una mera posibilidad en el laberinto de la mente. El juego que nos propone Cortázar nos mete en esa tela de Magritte en la que mil luces anticipan la noche que se acerca y el final de las ilusiones. No sé si Julio Cortázar había leído el verso de Ezra Pound que compara los rostros en una estación de metro de París con los «pétalos de una rama húmeda y negra». Es una metáfora enigmática. Al igual que lo es el cuento ‘Manuscrito hallado en un bolsillo’ , publicado en 1974. Si Orfeo desciende al infierno en busca de Eurídice, Cortázar baja en este relato a las profundidades del ferrocarril subterráneo de París en busca de una fantasía.Hay pocos espacios tan propicios como un tren para los encuentros amorosos. El cine y la literatura han imaginado las pasiones que brotan como un chispazo cuando dos existencias se cruzan en el vestíbulo de una estación o en el vagón que comparten en un largo trayecto . Encuentros que surgen en ese territorio neutral en el que las horas se detienen y la identidad se diluye. Viajar en tren en sumirse en un agujero negro que absorbe el espacio y el tiempo.Todo y nada de esto se halla expresado en este cuento de Cortázar en el que un hombre desciende cada noche al metro de París para llevar a cabo un ritual. Entra al azar en un vagón y busca con la mirada una mujer sentada. El juego se inicia cuando alguien se levanta y él puede sentarse junto a la desconocida. El protagonista pone un nombre imaginario a la chica y contempla su imagen reflejada en la ventanilla. Si ella también le mira y los reflejos de ambos se proyectan en el cristal, él espera a que la mujer llegue a su estación de destino: «La regla era ésa, una sonrisa en el cristal de la ventanilla».El juego siempre mantiene dos opciones abiertas: si ella sale a la calle, el perseguidor abandonará su empeño. Si la chica toma la correspondencia que él ha imaginado, la abordará en los pasillos. Es el caso de Margrit, que acepta tomar un café y que muestra un interés por relacionarse con ese desconocido. Tras acompañarla a su casa, el hombre confiesa las reglas del juego y ella reacciona con hostilidad. Quedan que será posible reanudar la relación si vuelven a encontrarse en el metro en un plazo de quince días. No hay ningún desenlace, no sabemos si se produce el reencuentro, pero Cortázar nos deja entrever que el hombre se ha tirado a los andenes y que el relato es un manuscrito hallado en el interior de su bolsillo. El autor de ‘Rayuela’, fallecido en París en 1984, vuelve en este cuento a reflexionar sobre el papel del azar, los ritos y la muerte, los temas que reaparecen en una obra jalonada de seres fracasados y solitarios que vagan por la gran ciudad a la espera de un milagro imposible.En esta ocasión Cortázar traza un paralelismo entre las encrucijadas de la existencia humana y la andadura por los pasillos y las estaciones donde se cruzan a diario las vidas de millones de personas. Compara la arquitectura de los túneles con las ramificaciones de un gran árbol: «Un plano del metro de París define en su esqueleto, en sus ramas rojas, amarillas, azules y negras, la vasta pero limitada superficie de un pseudópodo» por el que «circula una savia que genera infinitas posibilidades de combinación en cada viajero».Hay en este relato una buscada y sugerida similitud con la pintura de René Magritte . El artista belga recreó inquietantes espacios en los que la realidad parece sacada de un sueño. La representación se convierte en sus cuadros en una abstracción, en una mera posibilidad en el laberinto de la mente. El juego que nos propone Cortázar nos mete en esa tela de Magritte en la que mil luces anticipan la noche que se acerca y el final de las ilusiones.  

No sé si Julio Cortázar había leído el verso de Ezra Pound que compara los rostros en una estación de metro de París con los «pétalos de una rama húmeda y negra». Es una metáfora enigmática. Al igual que lo es el cuento … ‘Manuscrito hallado en un bolsillo’, publicado en 1974. Si Orfeo desciende al infierno en busca de Eurídice, Cortázar baja en este relato a las profundidades del ferrocarril subterráneo de París en busca de una fantasía.

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Hay pocos espacios tan propicios como un tren para los encuentros amorosos. El cine y la literatura han imaginado las pasiones que brotan como un chispazo cuando dos existencias se cruzan en el vestíbulo de una estación o en el vagón que comparten en un largo trayecto. Encuentros que surgen en ese territorio neutral en el que las horas se detienen y la identidad se diluye. Viajar en tren en sumirse en un agujero negro que absorbe el espacio y el tiempo.

Todo y nada de esto se halla expresado en este cuento de Cortázar en el que un hombre desciende cada noche al metro de París para llevar a cabo un ritual. Entra al azar en un vagón y busca con la mirada una mujer sentada. El juego se inicia cuando alguien se levanta y él puede sentarse junto a la desconocida. El protagonista pone un nombre imaginario a la chica y contempla su imagen reflejada en la ventanilla. Si ella también le mira y los reflejos de ambos se proyectan en el cristal, él espera a que la mujer llegue a su estación de destino: «La regla era ésa, una sonrisa en el cristal de la ventanilla».

El juego siempre mantiene dos opciones abiertas: si ella sale a la calle, el perseguidor abandonará su empeño. Si la chica toma la correspondencia que él ha imaginado, la abordará en los pasillos. Es el caso de Margrit, que acepta tomar un café y que muestra un interés por relacionarse con ese desconocido. Tras acompañarla a su casa, el hombre confiesa las reglas del juego y ella reacciona con hostilidad. Quedan que será posible reanudar la relación si vuelven a encontrarse en el metro en un plazo de quince días. No hay ningún desenlace, no sabemos si se produce el reencuentro, pero Cortázar nos deja entrever que el hombre se ha tirado a los andenes y que el relato es un manuscrito hallado en el interior de su bolsillo.

El autor de ‘Rayuela’, fallecido en París en 1984, vuelve en este cuento a reflexionar sobre el papel del azar, los ritos y la muerte, los temas que reaparecen en una obra jalonada de seres fracasados y solitarios que vagan por la gran ciudad a la espera de un milagro imposible.

En esta ocasión Cortázar traza un paralelismo entre las encrucijadas de la existencia humana y la andadura por los pasillos y las estaciones donde se cruzan a diario las vidas de millones de personas. Compara la arquitectura de los túneles con las ramificaciones de un gran árbol: «Un plano del metro de París define en su esqueleto, en sus ramas rojas, amarillas, azules y negras, la vasta pero limitada superficie de un pseudópodo» por el que «circula una savia que genera infinitas posibilidades de combinación en cada viajero».

Hay en este relato una buscada y sugerida similitud con la pintura de René Magritte. El artista belga recreó inquietantes espacios en los que la realidad parece sacada de un sueño. La representación se convierte en sus cuadros en una abstracción, en una mera posibilidad en el laberinto de la mente. El juego que nos propone Cortázar nos mete en esa tela de Magritte en la que mil luces anticipan la noche que se acerca y el final de las ilusiones.

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