Bajo las aguas del golfo de Tarento, donde el mar Jónico baña la costa de Apulia, al sur de Italia, acaba de salir a la luz un barco romano hundido con todo su precioso cargamento casi intacto . Llevaba ánforas dedicadas al transporte de garum, la salsa de pescado fermentado que condimentó el imperio durante siglos y que hoy nos permite rastrear las rutas del gusto antiguo.La noticia, desclasificada ahora tras meses de custodia casi militar, da la vuelta al mundo. El descubrimiento ocurrió durante una patrulla rutinaria en junio de 2025, cuando los sensores del Reparto Operativo Aeronavale de Bari, de la Guardia di Finanza, detectaron una anomalía en el fondo marino, a pocas millas de Gallipoli, pintoresca ciudad costera de Apulia. Lo que en la pantalla del radar era solo una irregularidad técnica resultó ser una gran nave oneraria de época imperial tardía, una bestia de carga romana preservada junto a su mercancía. Los buceadores especializados del II Nucleo de Tarento confirmaron sobre el terreno lo que las máquinas habían intuido: decenas de ánforas yacían ordenadas en la bodega , tal como las habían estibado hace casi dos mil años.Noticia Relacionada Los otros Titanic entrevista Si El increíble cementerio submarino del Báltico Por Fátima Uribarri / Fotografías: Jonas Dahm Naves medievales, mercantes del siglo XVII, submarinos de la Segunda Guerra Mundial… hasta cien mil barcos duermen en el mar Báltico, unas aguas de intenso tráfico y que guarecen de manera especial los pecios. Algunos incluso conservan el champán intacto en sus bodegas.Desde ese momento se activó un protocolo de silencio. La noticia se mantuvo en secreto durante meses para evitar expolios , mientras la Sezione Operativa Navale de Gallipoli montaba una vigilancia discreta sobre el área. Solo ahora, tras la asignación de 780.000 euros por parte del Consejo Superior de los Bienes Culturales, se ha desclasificado el hallazgo y comenzarán las operaciones de investigación científica.Hispania, la gran factoría del imperioPara entender la magnitud del descubrimiento hay que comprender qué era exactamente el garum. No se trataba de un simple aderezo, sino de un producto industrial sofisticado que requería instalaciones especializadas, tiempo y conocimiento técnico. Pescados pequeños -principalmente sardinas, boquerones o caballas- se mezclaban con sal y se dejaban fermentar al sol durante semanas o meses en grandes piletas de piedra llamadas cetariae. La pasta resultante se filtraba para obtener un líquido oscuro, intenso, salado y umami que los romanos usaban como condimento universal.Las mejores variedades alcanzaban precios elevadísimos en Roma . El poeta Marcial menciona que una jarra de garum sociorum -el más exclusivo- costaba lo mismo que el salario mensual de un trabajador. Pero también existían versiones más baratas que permitían a las clases populares dar sabor a su dieta básica de cereales y verduras.Investigación en el pecio GUARDIA DI FINANZALa península ibérica, especialmente sus costas atlánticas y mediterráneas, se convirtió en el gran productor de garum del imperio. Desde Cádiz hasta Cartagena, pasando por factorías en Almuñécar, Málaga o la costa gallega, decenas de cetariae trabajaban a pleno rendimiento. Un reciente estudio de ADN antiguo en restos de una factoría de Adro Vello, en Galicia, ha confirmado que las sardinas utilizadas hace dos mil años eran genéticamente idénticas a las actuales de la misma zona, lo que demuestra la continuidad de los recursos pesqueros y la sofisticación con que los romanos explotaban el mar.El garum hispano tenía fama de calidad. Las ánforas encontradas en Pompeya llevan inscripciones -tituli picti- que certifican su procedencia: ‘Garum de Gades’, ‘Garum de Carthago Nova’. Los compradores romanos conocían las marcas y pagaban más por ellas. La razón no era solo la abundancia de pescado en las costas hispanas, sino también la maestría en el proceso de fermentación controlada y el sistema de distribución que garantizaba que el producto llegara en buen estado a miles de kilómetros de distancia.Un archivo sumergidoEl pecio es, por tanto, un archivo comercial hundido. Cada ánfora, su tipología, su posición en la bodega, sus posibles sellos o inscripciones, constituyen datos sobre rutas, mercados, productores y consumidores. La nave venía probablemente de algún puerto hispano o del norte de África -las dos grandes zonas productoras- y navegaba hacia el Adriático cuando naufragó. El Jónico era paso obligado para quien quisiera comerciar con Grecia, los Balcanes o el Egeo.La intervención que ahora comienza seguirá los protocolos más rigurosos de la arqueología subacuática , en línea con la Convención de la UNESCO. Primero se documentará todo sin tocar nada: fotogrametría tridimensional, escaneo láser, registro exhaustivo de cada pieza. Solo después se evaluará qué recuperar y cómo hacerlo. Los tratamientos de restauración serán delicados: objetos que han pasado siglos en agua salada no pueden exponerse al aire sin un proceso de estabilización que puede durar años.El hallazgo no es producto de la suerte, sino de un modelo de colaboración institucional que funciona. El protocolo firmado en julio de 2025 entre el ministro de Cultura, Alessandro Giuli, y el comandante general de la Guardia di Finanza, Andrea De Gennaro, ya había demostrado su eficacia en Ugento. Vigilancia del territorio y ciencia van de la mano: los militares detectan, protegen y custodian; los arqueólogos investigan y preservan.El pecio de Gallipoli no nos devolverá tesoros de oro, pero nos dará algo más valioso: el sabor, el olor y el pulso económico de un mundo que hizo del Mediterráneo su despensa común. Y nos recordará que Hispania no fue solo una provincia remota del imperio, sino una potencia industrial capaz de alimentar el gusto de millones de romanos con un condimento cuya fórmula los hispanos dominaban como nadie. Bajo las aguas del golfo de Tarento, donde el mar Jónico baña la costa de Apulia, al sur de Italia, acaba de salir a la luz un barco romano hundido con todo su precioso cargamento casi intacto . Llevaba ánforas dedicadas al transporte de garum, la salsa de pescado fermentado que condimentó el imperio durante siglos y que hoy nos permite rastrear las rutas del gusto antiguo.La noticia, desclasificada ahora tras meses de custodia casi militar, da la vuelta al mundo. El descubrimiento ocurrió durante una patrulla rutinaria en junio de 2025, cuando los sensores del Reparto Operativo Aeronavale de Bari, de la Guardia di Finanza, detectaron una anomalía en el fondo marino, a pocas millas de Gallipoli, pintoresca ciudad costera de Apulia. Lo que en la pantalla del radar era solo una irregularidad técnica resultó ser una gran nave oneraria de época imperial tardía, una bestia de carga romana preservada junto a su mercancía. Los buceadores especializados del II Nucleo de Tarento confirmaron sobre el terreno lo que las máquinas habían intuido: decenas de ánforas yacían ordenadas en la bodega , tal como las habían estibado hace casi dos mil años.Noticia Relacionada Los otros Titanic entrevista Si El increíble cementerio submarino del Báltico Por Fátima Uribarri / Fotografías: Jonas Dahm Naves medievales, mercantes del siglo XVII, submarinos de la Segunda Guerra Mundial… hasta cien mil barcos duermen en el mar Báltico, unas aguas de intenso tráfico y que guarecen de manera especial los pecios. Algunos incluso conservan el champán intacto en sus bodegas.Desde ese momento se activó un protocolo de silencio. La noticia se mantuvo en secreto durante meses para evitar expolios , mientras la Sezione Operativa Navale de Gallipoli montaba una vigilancia discreta sobre el área. Solo ahora, tras la asignación de 780.000 euros por parte del Consejo Superior de los Bienes Culturales, se ha desclasificado el hallazgo y comenzarán las operaciones de investigación científica.Hispania, la gran factoría del imperioPara entender la magnitud del descubrimiento hay que comprender qué era exactamente el garum. No se trataba de un simple aderezo, sino de un producto industrial sofisticado que requería instalaciones especializadas, tiempo y conocimiento técnico. Pescados pequeños -principalmente sardinas, boquerones o caballas- se mezclaban con sal y se dejaban fermentar al sol durante semanas o meses en grandes piletas de piedra llamadas cetariae. La pasta resultante se filtraba para obtener un líquido oscuro, intenso, salado y umami que los romanos usaban como condimento universal.Las mejores variedades alcanzaban precios elevadísimos en Roma . El poeta Marcial menciona que una jarra de garum sociorum -el más exclusivo- costaba lo mismo que el salario mensual de un trabajador. Pero también existían versiones más baratas que permitían a las clases populares dar sabor a su dieta básica de cereales y verduras.Investigación en el pecio GUARDIA DI FINANZALa península ibérica, especialmente sus costas atlánticas y mediterráneas, se convirtió en el gran productor de garum del imperio. Desde Cádiz hasta Cartagena, pasando por factorías en Almuñécar, Málaga o la costa gallega, decenas de cetariae trabajaban a pleno rendimiento. Un reciente estudio de ADN antiguo en restos de una factoría de Adro Vello, en Galicia, ha confirmado que las sardinas utilizadas hace dos mil años eran genéticamente idénticas a las actuales de la misma zona, lo que demuestra la continuidad de los recursos pesqueros y la sofisticación con que los romanos explotaban el mar.El garum hispano tenía fama de calidad. Las ánforas encontradas en Pompeya llevan inscripciones -tituli picti- que certifican su procedencia: ‘Garum de Gades’, ‘Garum de Carthago Nova’. Los compradores romanos conocían las marcas y pagaban más por ellas. La razón no era solo la abundancia de pescado en las costas hispanas, sino también la maestría en el proceso de fermentación controlada y el sistema de distribución que garantizaba que el producto llegara en buen estado a miles de kilómetros de distancia.Un archivo sumergidoEl pecio es, por tanto, un archivo comercial hundido. Cada ánfora, su tipología, su posición en la bodega, sus posibles sellos o inscripciones, constituyen datos sobre rutas, mercados, productores y consumidores. La nave venía probablemente de algún puerto hispano o del norte de África -las dos grandes zonas productoras- y navegaba hacia el Adriático cuando naufragó. El Jónico era paso obligado para quien quisiera comerciar con Grecia, los Balcanes o el Egeo.La intervención que ahora comienza seguirá los protocolos más rigurosos de la arqueología subacuática , en línea con la Convención de la UNESCO. Primero se documentará todo sin tocar nada: fotogrametría tridimensional, escaneo láser, registro exhaustivo de cada pieza. Solo después se evaluará qué recuperar y cómo hacerlo. Los tratamientos de restauración serán delicados: objetos que han pasado siglos en agua salada no pueden exponerse al aire sin un proceso de estabilización que puede durar años.El hallazgo no es producto de la suerte, sino de un modelo de colaboración institucional que funciona. El protocolo firmado en julio de 2025 entre el ministro de Cultura, Alessandro Giuli, y el comandante general de la Guardia di Finanza, Andrea De Gennaro, ya había demostrado su eficacia en Ugento. Vigilancia del territorio y ciencia van de la mano: los militares detectan, protegen y custodian; los arqueólogos investigan y preservan.El pecio de Gallipoli no nos devolverá tesoros de oro, pero nos dará algo más valioso: el sabor, el olor y el pulso económico de un mundo que hizo del Mediterráneo su despensa común. Y nos recordará que Hispania no fue solo una provincia remota del imperio, sino una potencia industrial capaz de alimentar el gusto de millones de romanos con un condimento cuya fórmula los hispanos dominaban como nadie.
Bajo las aguas del golfo de Tarento, donde el mar Jónico baña la costa de Apulia, al sur de Italia, acaba de salir a la luz un barco romano hundido con todo su precioso cargamento casi intacto. Llevaba ánforas dedicadas al transporte de garum, … la salsa de pescado fermentado que condimentó el imperio durante siglos y que hoy nos permite rastrear las rutas del gusto antiguo.
La noticia, desclasificada ahora tras meses de custodia casi militar, da la vuelta al mundo. El descubrimiento ocurrió durante una patrulla rutinaria en junio de 2025, cuando los sensores del Reparto Operativo Aeronavale de Bari, de la Guardia di Finanza, detectaron una anomalía en el fondo marino, a pocas millas de Gallipoli, pintoresca ciudad costera de Apulia.
Lo que en la pantalla del radar era solo una irregularidad técnica resultó ser una gran nave oneraria de época imperial tardía, una bestia de carga romana preservada junto a su mercancía. Los buceadores especializados del II Nucleo de Tarento confirmaron sobre el terreno lo que las máquinas habían intuido: decenas de ánforas yacían ordenadas en la bodega, tal como las habían estibado hace casi dos mil años.
Desde ese momento se activó un protocolo de silencio. La noticia se mantuvo en secreto durante meses para evitar expolios, mientras la Sezione Operativa Navale de Gallipoli montaba una vigilancia discreta sobre el área. Solo ahora, tras la asignación de 780.000 euros por parte del Consejo Superior de los Bienes Culturales, se ha desclasificado el hallazgo y comenzarán las operaciones de investigación científica.
Hispania, la gran factoría del imperio
Para entender la magnitud del descubrimiento hay que comprender qué era exactamente el garum. No se trataba de un simple aderezo, sino de un producto industrial sofisticado que requería instalaciones especializadas, tiempo y conocimiento técnico. Pescados pequeños -principalmente sardinas, boquerones o caballas- se mezclaban con sal y se dejaban fermentar al sol durante semanas o meses en grandes piletas de piedra llamadas cetariae. La pasta resultante se filtraba para obtener un líquido oscuro, intenso, salado y umami que los romanos usaban como condimento universal.
Las mejores variedades alcanzaban precios elevadísimos en Roma. El poeta Marcial menciona que una jarra de garum sociorum -el más exclusivo- costaba lo mismo que el salario mensual de un trabajador. Pero también existían versiones más baratas que permitían a las clases populares dar sabor a su dieta básica de cereales y verduras.
GUARDIA DI FINANZA
La península ibérica, especialmente sus costas atlánticas y mediterráneas, se convirtió en el gran productor de garum del imperio. Desde Cádiz hasta Cartagena, pasando por factorías en Almuñécar, Málaga o la costa gallega, decenas de cetariae trabajaban a pleno rendimiento. Un reciente estudio de ADN antiguo en restos de una factoría de Adro Vello, en Galicia, ha confirmado que las sardinas utilizadas hace dos mil años eran genéticamente idénticas a las actuales de la misma zona, lo que demuestra la continuidad de los recursos pesqueros y la sofisticación con que los romanos explotaban el mar.
El garum hispano tenía fama de calidad. Las ánforas encontradas en Pompeya llevan inscripciones -tituli picti- que certifican su procedencia: ‘Garum de Gades’, ‘Garum de Carthago Nova’. Los compradores romanos conocían las marcas y pagaban más por ellas. La razón no era solo la abundancia de pescado en las costas hispanas, sino también la maestría en el proceso de fermentación controlada y el sistema de distribución que garantizaba que el producto llegara en buen estado a miles de kilómetros de distancia.
Un archivo sumergido
El pecio es, por tanto, un archivo comercial hundido. Cada ánfora, su tipología, su posición en la bodega, sus posibles sellos o inscripciones, constituyen datos sobre rutas, mercados, productores y consumidores. La nave venía probablemente de algún puerto hispano o del norte de África -las dos grandes zonas productoras- y navegaba hacia el Adriático cuando naufragó. El Jónico era paso obligado para quien quisiera comerciar con Grecia, los Balcanes o el Egeo.
La intervención que ahora comienza seguirá los protocolos más rigurosos de la arqueología subacuática, en línea con la Convención de la UNESCO. Primero se documentará todo sin tocar nada: fotogrametría tridimensional, escaneo láser, registro exhaustivo de cada pieza. Solo después se evaluará qué recuperar y cómo hacerlo. Los tratamientos de restauración serán delicados: objetos que han pasado siglos en agua salada no pueden exponerse al aire sin un proceso de estabilización que puede durar años.
El hallazgo no es producto de la suerte, sino de un modelo de colaboración institucional que funciona. El protocolo firmado en julio de 2025 entre el ministro de Cultura, Alessandro Giuli, y el comandante general de la Guardia di Finanza, Andrea De Gennaro, ya había demostrado su eficacia en Ugento. Vigilancia del territorio y ciencia van de la mano: los militares detectan, protegen y custodian; los arqueólogos investigan y preservan.
El pecio de Gallipoli no nos devolverá tesoros de oro, pero nos dará algo más valioso: el sabor, el olor y el pulso económico de un mundo que hizo del Mediterráneo su despensa común. Y nos recordará que Hispania no fue solo una provincia remota del imperio, sino una potencia industrial capaz de alimentar el gusto de millones de romanos con un condimento cuya fórmula los hispanos dominaban como nadie.
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