Hace unos años, en una de las últimas entrevistas que concedió antes de que un ictus lo apartara de los escenarios, José Domínguez (Aznalcóllar, 1944) me comentó: «No levantaba ni dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto». Una actitud que el cantaor sevillano, conocido aquí y mucho más allá de nuestras fronteras como El Cabrero , llevó por bandera hasta que su cante -muy político, anarquista y rebelde- se apagó ayer en el Hospital San Juan de Dios del Aljarafe.Lo anunció su hijo, el también cantaor El Crespo Zapata , a través de un comunicado en Facebook: «Con todo mi dolor tengo que comunicaros en nombre de mi familia el fallecimiento de mi padre, El Cabrero. La capilla ardiente se instalará en el Teatro Municipal de Aznalcóllar. Sabemos lo que supone esta pérdida para muchos de vosotros». Y así es, porque Domínguez llevaba levantando pasiones desde que, hace cincuenta años, cuando publicó su primer disco, ‘Así canta El Cabrero’ (1975), se convirtió en la figura del cante jondo con más proyección internacional. En los 90 participó en los festivales de música del mundo y jazz más importantes del planeta, compartiendo cartel con artistas como Chick Corea o Gilberto Gil . En 1993, Peter Gabriel se enamoró de su voz y de su aura y lo incorporó a su gira por Estados Unidos, obteniendo un reconocimiento que pocos cantaores han logrado en la historia del flamenco. Todo ello, sin abandonar jamás su profesión, la de cabrero, a la que se dedicó en cuerpo y alma desde que, con seis años, tuvo que dejar la escuela para ayudar a su padre con el rebaño.Noticia relacionada reportaje No No «¡Pisha, mis compadres de ABC!»: dentro de la gira con Los Delinqüentes Israel VianaHasta hace muy poco, con más de 70 años, el bueno de José todavía sacaba a sus cabras a pastar todos los días, desde que salía el sol hasta que se ponía, siempre y cuando se lo permitieran las giras. Algunas de sus actuaciones reunían a tanta gente que asustaba. «Ha sido exagerado. En el concierto que había menos público acudieron más de 30.000 personas. Algo grandioso. El flamenco está a la altura de cualquier música y donde menos se aprecia es en España», lamentaba en ABC allá por 1993, en referencia a sus viajes a América. El vetoFue su actitud rebelde y salvaje la que le hizo ganarse precisamente el favor del público, pero también el veto por parte de numerosos políticos y compañeros de profesión, que lo preferían lejos y callado. Sin embargo, eso de cerrar la boca nunca fue con El Cabrero. «Mis letras son el retrato del mundo que he trillado, a fuerza de echarle pasos», aseguraba en la citada entrevista en ‘El Salto’ . En una de sus letras más famosas, cantaba: «El miedo me hizo rebelde, en vez de hacerme borrego». Y en las milongas de ‘Como el viento de poniente’, versionada por Marea, se desgañitaba: «Siempre fui esa oveja negra que supo esquivar / las piedras que le tiraban a dar / Y entre más pasan los años, más me aparto del rebaño / porque no sé a dónde va». El Cabrero se empeñó desde sus tiempos de promesa, en los que no fueron pocas las veces que acabó encerrado o ante el juez por invadir sembrados, veredas y cañadas privadas con su rebaño, en que su cante se convirtiera en un arma de doble filo con el que criticar los abusos del poder y reivindicar el papel de los oprimidos. Un camino que recorrió siempre junto a su compañera, Elena Bermúdez, alma gemela en sus aventuras y autora o coautora de las letras de muchos de sus cantes más potentes y reivindicativos. Todo eso le encasilló como «cantaor político» o «fenómeno social», ganándose sobrenombres como el «cantaor de la Transición» o el Johnny Cash del flamenco que él siempre rechazó, pero que ayudaron a que su leyenda creciera y sobreviviera hasta hoy. Hace unos años, en una de las últimas entrevistas que concedió antes de que un ictus lo apartara de los escenarios, José Domínguez (Aznalcóllar, 1944) me comentó: «No levantaba ni dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto». Una actitud que el cantaor sevillano, conocido aquí y mucho más allá de nuestras fronteras como El Cabrero , llevó por bandera hasta que su cante -muy político, anarquista y rebelde- se apagó ayer en el Hospital San Juan de Dios del Aljarafe.Lo anunció su hijo, el también cantaor El Crespo Zapata , a través de un comunicado en Facebook: «Con todo mi dolor tengo que comunicaros en nombre de mi familia el fallecimiento de mi padre, El Cabrero. La capilla ardiente se instalará en el Teatro Municipal de Aznalcóllar. Sabemos lo que supone esta pérdida para muchos de vosotros». Y así es, porque Domínguez llevaba levantando pasiones desde que, hace cincuenta años, cuando publicó su primer disco, ‘Así canta El Cabrero’ (1975), se convirtió en la figura del cante jondo con más proyección internacional. En los 90 participó en los festivales de música del mundo y jazz más importantes del planeta, compartiendo cartel con artistas como Chick Corea o Gilberto Gil . En 1993, Peter Gabriel se enamoró de su voz y de su aura y lo incorporó a su gira por Estados Unidos, obteniendo un reconocimiento que pocos cantaores han logrado en la historia del flamenco. Todo ello, sin abandonar jamás su profesión, la de cabrero, a la que se dedicó en cuerpo y alma desde que, con seis años, tuvo que dejar la escuela para ayudar a su padre con el rebaño.Noticia relacionada reportaje No No «¡Pisha, mis compadres de ABC!»: dentro de la gira con Los Delinqüentes Israel VianaHasta hace muy poco, con más de 70 años, el bueno de José todavía sacaba a sus cabras a pastar todos los días, desde que salía el sol hasta que se ponía, siempre y cuando se lo permitieran las giras. Algunas de sus actuaciones reunían a tanta gente que asustaba. «Ha sido exagerado. En el concierto que había menos público acudieron más de 30.000 personas. Algo grandioso. El flamenco está a la altura de cualquier música y donde menos se aprecia es en España», lamentaba en ABC allá por 1993, en referencia a sus viajes a América. El vetoFue su actitud rebelde y salvaje la que le hizo ganarse precisamente el favor del público, pero también el veto por parte de numerosos políticos y compañeros de profesión, que lo preferían lejos y callado. Sin embargo, eso de cerrar la boca nunca fue con El Cabrero. «Mis letras son el retrato del mundo que he trillado, a fuerza de echarle pasos», aseguraba en la citada entrevista en ‘El Salto’ . En una de sus letras más famosas, cantaba: «El miedo me hizo rebelde, en vez de hacerme borrego». Y en las milongas de ‘Como el viento de poniente’, versionada por Marea, se desgañitaba: «Siempre fui esa oveja negra que supo esquivar / las piedras que le tiraban a dar / Y entre más pasan los años, más me aparto del rebaño / porque no sé a dónde va». El Cabrero se empeñó desde sus tiempos de promesa, en los que no fueron pocas las veces que acabó encerrado o ante el juez por invadir sembrados, veredas y cañadas privadas con su rebaño, en que su cante se convirtiera en un arma de doble filo con el que criticar los abusos del poder y reivindicar el papel de los oprimidos. Un camino que recorrió siempre junto a su compañera, Elena Bermúdez, alma gemela en sus aventuras y autora o coautora de las letras de muchos de sus cantes más potentes y reivindicativos. Todo eso le encasilló como «cantaor político» o «fenómeno social», ganándose sobrenombres como el «cantaor de la Transición» o el Johnny Cash del flamenco que él siempre rechazó, pero que ayudaron a que su leyenda creciera y sobreviviera hasta hoy.
Hace unos años, en una de las últimas entrevistas que concedió antes de que un ictus lo apartara de los escenarios, José Domínguez (Aznalcóllar, 1944) me comentó: «No levantaba ni dos palmos del suelo y ya me rebelaba contra lo que veía injusto». Una actitud … que el cantaor sevillano, conocido aquí y mucho más allá de nuestras fronteras como El Cabrero, llevó por bandera hasta que su cante -muy político, anarquista y rebelde- se apagó ayer en el Hospital San Juan de Dios del Aljarafe.
Lo anunció su hijo, el también cantaor El Crespo Zapata, a través de un comunicado en Facebook: «Con todo mi dolor tengo que comunicaros en nombre de mi familia el fallecimiento de mi padre, El Cabrero. La capilla ardiente se instalará en el Teatro Municipal de Aznalcóllar. Sabemos lo que supone esta pérdida para muchos de vosotros». Y así es, porque Domínguez llevaba levantando pasiones desde que, hace cincuenta años, cuando publicó su primer disco, ‘Así canta El Cabrero’ (1975), se convirtió en la figura del cante jondo con más proyección internacional.
En los 90 participó en los festivales de música del mundo y jazz más importantes del planeta, compartiendo cartel con artistas como Chick Corea o Gilberto Gil. En 1993, Peter Gabriel se enamoró de su voz y de su aura y lo incorporó a su gira por Estados Unidos, obteniendo un reconocimiento que pocos cantaores han logrado en la historia del flamenco. Todo ello, sin abandonar jamás su profesión, la de cabrero, a la que se dedicó en cuerpo y alma desde que, con seis años, tuvo que dejar la escuela para ayudar a su padre con el rebaño.
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Hasta hace muy poco, con más de 70 años, el bueno de José todavía sacaba a sus cabras a pastar todos los días, desde que salía el sol hasta que se ponía, siempre y cuando se lo permitieran las giras. Algunas de sus actuaciones reunían a tanta gente que asustaba. «Ha sido exagerado. En el concierto que había menos público acudieron más de 30.000 personas. Algo grandioso. El flamenco está a la altura de cualquier música y donde menos se aprecia es en España», lamentaba en ABC allá por 1993, en referencia a sus viajes a América.
El veto
Fue su actitud rebelde y salvaje la que le hizo ganarse precisamente el favor del público, pero también el veto por parte de numerosos políticos y compañeros de profesión, que lo preferían lejos y callado. Sin embargo, eso de cerrar la boca nunca fue con El Cabrero. «Mis letras son el retrato del mundo que he trillado, a fuerza de echarle pasos», aseguraba en la citada entrevista en ‘El Salto’. En una de sus letras más famosas, cantaba: «El miedo me hizo rebelde, en vez de hacerme borrego». Y en las milongas de ‘Como el viento de poniente’, versionada por Marea, se desgañitaba: «Siempre fui esa oveja negra que supo esquivar / las piedras que le tiraban a dar / Y entre más pasan los años, más me aparto del rebaño / porque no sé a dónde va».
El Cabrero se empeñó desde sus tiempos de promesa, en los que no fueron pocas las veces que acabó encerrado o ante el juez por invadir sembrados, veredas y cañadas privadas con su rebaño, en que su cante se convirtiera en un arma de doble filo con el que criticar los abusos del poder y reivindicar el papel de los oprimidos. Un camino que recorrió siempre junto a su compañera, Elena Bermúdez, alma gemela en sus aventuras y autora o coautora de las letras de muchos de sus cantes más potentes y reivindicativos.
Todo eso le encasilló como «cantaor político» o «fenómeno social», ganándose sobrenombres como el «cantaor de la Transición» o el Johnny Cash del flamenco que él siempre rechazó, pero que ayudaron a que su leyenda creciera y sobreviviera hasta hoy.
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