Cuenta en sus memorias Simone de Beauvoir que se encontraba con Jean-Paul Sartre en el café Les Deux Magots cuando el Ejército de Hitler desfiló por París en junio de 1940 . Dice su biografía que ella abandonó la ciudad cuatro días antes de la entrada de los alemanes y que su amante se hallaba en un destacamento del frente de Los Vosgos, donde prestaba servicio como meteorólogo. Ignoro si se trata de una mala pasada de su memoria o de una reelaboración mía de algo que Beauvoir jamás escribió. En el fondo da igual porque es imposible distinguir entre el mito y la realidad en la historia del café del boulevard de Saint-Germain.Les Deux Magots está en una esquina frente a la abadía que da nombre a la calle. Fundado en 1884, hay en su interior las tallas de madera policromada de dos chinos que se elevan sobre sendos púlpitos en una columna. Los ‘magots’ ya estaban en la tienda de licores que había antes de la apertura del café. Sartre y Beauvoir eran clientes habituales del local, donde se solían citar con Albert Camus antes de que los dos rompieran violentamente su amistad. Simone tenía un piso en la rue Bonaparte y acostumbraba a escribir en una de sus mesas de madera, estrechamente apretadas en el interior del café. Allí redactó parte de ‘Los mandarines’, su novela más lograda.En los años 70, el único lujo que me permitía en París era tomar de vez en cuando un calvados en su terraza, cubierta por una lona verde. Luego leí que Ernest Hemingway se había citado en este lugar con James Joyce para beber un jerez seco cuando el escritor irlandés acababa de conocer a Sylvia Beach, su editora y benefactora. Dice la leyenda que Hemingway, que frecuentaba el café con Hadley Richarson , su primera esposa, dejo una abultada cuenta sin pagar. Un pecado venial del autor de ‘París era una fiesta’, su libro póstumo.Todavía siento una profunda nostalgia cuando escucho ‘L’amour avec toi’, la canción de Luis Eduardo Aute en la que añora a una novia a la que juró amor eterno en Les Deux Magots después de ver una película de Truffaut : «Ahora que no voy al cine ni es tan dulce nuestra piel, déjame que lo adivine: tienes un amante infiel. Tú me enseñaste a vivir y a decir: je t’aime, je t’aime».Probablemente es lo que le dijo Pablo Picasso a Dora Maar en 1963 cuando la sedujo en la terraza del café tras quedar fascinado por su belleza o cuando Boris Vian se enamoró de la actriz alemana Hildegard Knef con la que, un año antes de morir, se citaba en Les Deux Magots para inventar poemas tan desesperados como absurdos.Hemingway escribió sobre su juventud en París : «Eramos muy pobres, pero muy felices». En los crudos días de invierno, yo cruzaba la calle hasta la abadía de Saint-Germain para, al calor del templo, sentarme junto a la tumba de Descartes , donde descansan sus restos tras un accidentado peregrinaje.Les 140 años de L es Deux Magots nos cuentan la historia de la literatura francesa . Allí escribió sus enigmáticos versos Mallarmé, allí se emborrachó Verlaine con una prostituta, allí nació el surrealismo de André Breton , allí empezaron los delirios de Antonin Artaud, allí quedó prendado Louis Aragon de Elsa Triolet, allí compuso alguna canción Jim Morrison.No hay nada mejor que refugiarse en un día inclemente y pedir su ‘blanquette de veau’, un estofado de ternera con una salsa blanca, el plato favorito de Boris Vian , que decía que sólo existen dos cosas en este mundo que merezcan la pena: las mujeres hermosas y la música de Nueva Orleans . Se le olvidó el estofado de Les Deux Magots. Cuenta en sus memorias Simone de Beauvoir que se encontraba con Jean-Paul Sartre en el café Les Deux Magots cuando el Ejército de Hitler desfiló por París en junio de 1940 . Dice su biografía que ella abandonó la ciudad cuatro días antes de la entrada de los alemanes y que su amante se hallaba en un destacamento del frente de Los Vosgos, donde prestaba servicio como meteorólogo. Ignoro si se trata de una mala pasada de su memoria o de una reelaboración mía de algo que Beauvoir jamás escribió. En el fondo da igual porque es imposible distinguir entre el mito y la realidad en la historia del café del boulevard de Saint-Germain.Les Deux Magots está en una esquina frente a la abadía que da nombre a la calle. Fundado en 1884, hay en su interior las tallas de madera policromada de dos chinos que se elevan sobre sendos púlpitos en una columna. Los ‘magots’ ya estaban en la tienda de licores que había antes de la apertura del café. Sartre y Beauvoir eran clientes habituales del local, donde se solían citar con Albert Camus antes de que los dos rompieran violentamente su amistad. Simone tenía un piso en la rue Bonaparte y acostumbraba a escribir en una de sus mesas de madera, estrechamente apretadas en el interior del café. Allí redactó parte de ‘Los mandarines’, su novela más lograda.En los años 70, el único lujo que me permitía en París era tomar de vez en cuando un calvados en su terraza, cubierta por una lona verde. Luego leí que Ernest Hemingway se había citado en este lugar con James Joyce para beber un jerez seco cuando el escritor irlandés acababa de conocer a Sylvia Beach, su editora y benefactora. Dice la leyenda que Hemingway, que frecuentaba el café con Hadley Richarson , su primera esposa, dejo una abultada cuenta sin pagar. Un pecado venial del autor de ‘París era una fiesta’, su libro póstumo.Todavía siento una profunda nostalgia cuando escucho ‘L’amour avec toi’, la canción de Luis Eduardo Aute en la que añora a una novia a la que juró amor eterno en Les Deux Magots después de ver una película de Truffaut : «Ahora que no voy al cine ni es tan dulce nuestra piel, déjame que lo adivine: tienes un amante infiel. Tú me enseñaste a vivir y a decir: je t’aime, je t’aime».Probablemente es lo que le dijo Pablo Picasso a Dora Maar en 1963 cuando la sedujo en la terraza del café tras quedar fascinado por su belleza o cuando Boris Vian se enamoró de la actriz alemana Hildegard Knef con la que, un año antes de morir, se citaba en Les Deux Magots para inventar poemas tan desesperados como absurdos.Hemingway escribió sobre su juventud en París : «Eramos muy pobres, pero muy felices». En los crudos días de invierno, yo cruzaba la calle hasta la abadía de Saint-Germain para, al calor del templo, sentarme junto a la tumba de Descartes , donde descansan sus restos tras un accidentado peregrinaje.Les 140 años de L es Deux Magots nos cuentan la historia de la literatura francesa . Allí escribió sus enigmáticos versos Mallarmé, allí se emborrachó Verlaine con una prostituta, allí nació el surrealismo de André Breton , allí empezaron los delirios de Antonin Artaud, allí quedó prendado Louis Aragon de Elsa Triolet, allí compuso alguna canción Jim Morrison.No hay nada mejor que refugiarse en un día inclemente y pedir su ‘blanquette de veau’, un estofado de ternera con una salsa blanca, el plato favorito de Boris Vian , que decía que sólo existen dos cosas en este mundo que merezcan la pena: las mujeres hermosas y la música de Nueva Orleans . Se le olvidó el estofado de Les Deux Magots.
Cuenta en sus memorias Simone de Beauvoir que se encontraba con Jean-Paul Sartre en el café Les Deux Magots cuando el Ejército de Hitler desfiló por París en junio de 1940. Dice su biografía que ella abandonó la ciudad cuatro días antes de … la entrada de los alemanes y que su amante se hallaba en un destacamento del frente de Los Vosgos, donde prestaba servicio como meteorólogo. Ignoro si se trata de una mala pasada de su memoria o de una reelaboración mía de algo que Beauvoir jamás escribió. En el fondo da igual porque es imposible distinguir entre el mito y la realidad en la historia del café del boulevard de Saint-Germain.
Les Deux Magots está en una esquina frente a la abadía que da nombre a la calle. Fundado en 1884, hay en su interior las tallas de madera policromada de dos chinos que se elevan sobre sendos púlpitos en una columna. Los ‘magots’ ya estaban en la tienda de licores que había antes de la apertura del café.
Sartre y Beauvoir eran clientes habituales del local, donde se solían citar con Albert Camus antes de que los dos rompieran violentamente su amistad. Simone tenía un piso en la rue Bonaparte y acostumbraba a escribir en una de sus mesas de madera, estrechamente apretadas en el interior del café. Allí redactó parte de ‘Los mandarines’, su novela más lograda.
En los años 70, el único lujo que me permitía en París era tomar de vez en cuando un calvados en su terraza, cubierta por una lona verde. Luego leí que Ernest Hemingway se había citado en este lugar con James Joyce para beber un jerez seco cuando el escritor irlandés acababa de conocer a Sylvia Beach, su editora y benefactora. Dice la leyenda que Hemingway, que frecuentaba el café con Hadley Richarson, su primera esposa, dejo una abultada cuenta sin pagar. Un pecado venial del autor de ‘París era una fiesta’, su libro póstumo.
Todavía siento una profunda nostalgia cuando escucho ‘L’amour avec toi’, la canción de Luis Eduardo Aute en la que añora a una novia a la que juró amor eterno en Les Deux Magots después de ver una película de Truffaut: «Ahora que no voy al cine ni es tan dulce nuestra piel, déjame que lo adivine: tienes un amante infiel. Tú me enseñaste a vivir y a decir: je t’aime, je t’aime».
Probablemente es lo que le dijo Pablo Picasso a Dora Maar en 1963 cuando la sedujo en la terraza del café tras quedar fascinado por su belleza o cuando Boris Vian se enamoró de la actriz alemana Hildegard Knef con la que, un año antes de morir, se citaba en Les Deux Magots para inventar poemas tan desesperados como absurdos.
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Hemingway escribió sobre su juventud en París: «Eramos muy pobres, pero muy felices». En los crudos días de invierno, yo cruzaba la calle hasta la abadía de Saint-Germain para, al calor del templo, sentarme junto a la tumba de Descartes, donde descansan sus restos tras un accidentado peregrinaje.
Les 140 años de Les Deux Magots nos cuentan la historia de la literatura francesa. Allí escribió sus enigmáticos versos Mallarmé, allí se emborrachó Verlaine con una prostituta, allí nació el surrealismo de André Breton, allí empezaron los delirios de Antonin Artaud, allí quedó prendado Louis Aragon de Elsa Triolet, allí compuso alguna canción Jim Morrison.
No hay nada mejor que refugiarse en un día inclemente y pedir su ‘blanquette de veau’, un estofado de ternera con una salsa blanca, el plato favorito de Boris Vian, que decía que sólo existen dos cosas en este mundo que merezcan la pena: las mujeres hermosas y la música de Nueva Orleans. Se le olvidó el estofado de Les Deux Magots.
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