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  Cultura  El capellán laico que asistió a 43 ejecuciones en EE.UU.: «Todos se han quedado conmigo»
Cultura

El capellán laico que asistió a 43 ejecuciones en EE.UU.: «Todos se han quedado conmigo»

marzo 23, 2026
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Dale Recinella ha pasado casi tres décadas de su vida asistiendo espiritualmente a los presos del corredor de la muerte en Florida , el mayor de todo Estados Unidos. Durante ese tiempo, este capellán laico católico (sí puede dar la comunión, pero no administra sacramentos; se enfoca en el acompañamiento) ha estado presente en 43 ejecuciones . La familia de los reos no tiene derecho a ir a su ajusticiamiento, pero estos sí pueden elegir un asesor religioso para que se siente en la sala junto a los familiares de las víctimas cuando se ejecuta la pena capital. «Siempre es difícil», confiesa a ABC. «Todos se han quedado conmigo. Esa experiencia no se olvida». Recinella reconoce que es en esos momentos cuando ha tenido más dudas. «Me pregunto si habrá alguien que resulte más adecuado para acompañar a ese hombre en su muerte. Pero la realidad es que él pidió que yo estuviera allí para él y el Estado me concedió permiso para hacerlo. No apoyo ni deseo que lo maten. Pero no puedo imaginarme que pase por eso solo, sin un amigo que lo acompañe». La extrema dureza de los testimonios que ha escuchado y las experiencias que ha vivido le han pasado factura -padece síndrome de estrés postraumático -, pero en Recinella permanece inquebrantable la vocación de ayuda. «Ahora que estoy bien entrado en los setenta y ya no puedo afrontar el desafío físico del ministerio frente a las celdas, rezo por ellos y he solicitado la posibilidad de escribir a quienes están en espera de ejecución». Tampoco ha flaqueado su determinación de dar testimonio , que ahora recoge en ‘También los últimos tienen nombre’ (Encuentro).Noticia relacionada general No No La historia de ‘Sonny’ Burton Sin pena de muerte en el último suspiro pero 34 años preso por un crimen que no cometió Jaime TrujilloUna de las pruebas más extremas a las que se ha enfrentado ha sido la ejecución de Ángel Nieves Díaz , en 2006. Este puertorriqueño condenado a muerte eligió a Dale como asistente espiritual y su historia traspasó fronteras debido a los graves fallos en el procedimiento de la inyección letal a la que fue sometido. Le causaron terribles quemaduras químicas y 34 minutos de agonía . «Su ejecución fue atroz», recuerda. El caso fue llevado a los tribunales y Recinella declaró como testigo. «Conté lo que presencié. La conclusión del comité legislativo investigador fue que su ejecución no podía considerarse fallida porque el objetivo era matarlo y está muerto».A lo largo de ‘También los últimos tienen nombre’ hay una constante que rodea a los condenados a muerte: la enfermedad mental . Si las estadísticas en Florida ya son desgarradoras (de cada doce sentencias de muerte, siete corresponden a personas con alguna de estas patologías), los casos que detalla Recinella en su libro ponen los pelos de punta. Como el de Thomas Provenzano, condenado a muerte en el año 2000 por matar a una guardia en 1984. Tenía un historial de grave enfermedad mental antes del crimen, que incluía esquizofrenia paranoide . Un tribunal federal de apelación concedió una suspensión cuando ya estaba atado a la camilla de ejecución y tenía las agujas para la inyección insertadas en los brazos, pero la Corte de Apelación la anuló y Provenzano fue ejecutado 24 horas después. «Este es el final del camino para muchos de los que padecen enfermedades mentales y han tenido que arreglárselas en la calle , sin ayudas por parte de la comunidad. Si la oscuridad existe, se encuentra precisamente aquí», escribe en el libro. Este capellán laico no cree que sea casualidad, sino que todo ello se debe a la creencia arraigada en Florida de que este tipo de patologías son un fallo espiritual o moral , en lugar de una discapacidad. Antes de ser capellán laico, Dale apoyaba la pena de muerte. «Desde la distancia, parecía una forma de expresar mi indignación ante los delitos violentos cometidos contra los seres queridos de otras personas«No hay duda de la entrega de Recinella a los condenados a muerte. Sin embargo, nada hacía pensar que lo iba a dejar todo por ello. Tenía una exitosa carrera como abogado financiero e incluso trabajó en Wall Street . Por aquella época, incluso apoyaba la pena de muerte. «Desde la distancia, parecía una forma de expresar mi indignación ante los delitos violentos cometidos contra los seres queridos de otras personas. Pero no había estado cerca ni de las víctimas ni de los delincuentes. No había compartido la agonía de su pérdida », explica.Algo empezó a cambiar en su interior cuando comenzó a asistir a los más necesitados. Junto a su familia, empezó a servir en un comedor social en Tallahasse. De ahí, Dale pasó a un centro para personas sin techo y después a una prisión para ayudar a los seropositivos , muchos de ellos en fase terminal . «A medida que me fui involucrando profundamente en el ministerio de la muerte y el proceso de morir, especialmente con quienes sufren en las calles, me di cuenta de que el asesinato intencionado de un ser humano no aportaba nada a la sanación de nuestra sociedad. Sin duda, debemos contener al delincuente y castigar los delitos . Pero podemos hacerlo sin quitar una vida humana de forma gratuita», razona.Cuando se le pregunta si hubo alguna experiencia responsable de ese cambio de rumbo, contesta que, a pesar de que, echando la vista atrás, ahora ve que hubo un sinfín de momentos que le empujaron a ello, el más impactante fue el encuentro con un vagabundo llamado Dennis en las calles de Baltimore. En ‘También los últimos tienen nombre’ lo narra al detalle. Se encontraba en la ciudad en una conferencia nacional de banqueros de Wall Street. Al salir, se encontró con un mendigo maloliente al que no dio dinero por el qué dirán. Pero no pudo dejar de pensar en él y, tras una reunión de negocios, volvió en su busca. Cuando dio con él, estaba muy, muy enfermo y lo llevó hasta un centro de desintoxicación para indigentes . Justo antes, Dennis estalló en lágrimas y se abrazó a él mientras gritaba una y otra vez. «¡Por favor, Dios, no me dejes morir así!». Cuando Dale volvió a los lujos del hotel de la convención, ya nada fue igual. Cuando la víctima es blanca«Apenas unas semanas antes de aquel viaje de negocios al puerto interior de Baltimore, los testimonios de fe compartidos en un retiro para hombres de la parroquia me habían conmovido profundamente. Tanto es así que concerté una cita con mi párroco de Tallahassee, el padre Michael Foley, para preguntarle: ‘¿Cómo busco el Reino y la justicia de Dios?’ . Su respuesta fue clara y sencilla: ‘Reza para ver el mundo como Dios lo ve y para verte a ti mismo como Dios te ve’. Todo se ha desarrollado a partir de la respuesta de Dios a esa oración», rememora.El autor de ‘También los últimos tienen nombre’ no ejerce el derecho en el corredor de la muerte, pero sí usa su experiencia con los presos. «No les beneficia legalmente a ellos, pero sí a mí, porque me permite comprender las dificultades de sus casos». Pronto se dio cuenta de que el sistema penitenciario, en este punto, es caótico . «Es muy difícil saber si alguien que ha matado a otra persona recibirá una pena de cadena perpetua, muerte o años de prisión. E incluso si ha sido condenado a muerte, no sabemos si la sentencia será conmutada o revisada». Cuando el libro refleja cómo el castigo capital afecta a afroamericanos y a musulmanes, da la sensación de que el castigo recae con más dureza sobre ciertos grupos, pero Recinella arroja luz sobre este aspecto a través de los resultados de un estudio exhaustivo sobre la pena de muerte en Carolina del Norte : «Las probabilidades de recibir una sentencia de muerte aumentaban 3,5 veces entre aquellos acusados cuyas víctimas eran blancas. Por lo tanto, el sesgo racial está principalmente vinculado a la raza de la víctima ».A lo largo de todos estos años, marcados por la muerte y el sufrimiento, ha ido moldeando también su manera de entender la culpa, el perdón y la redención : «En el padrenuestro pedimos al Padre que perdone nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden. Uno de los hermanos más queridos que he conocido lo llama ‘acumular saldo en el banco de la misericordia ‘. Cuando cada uno de nosotros comparezca ante Dios para dar cuenta de su vida, nuestro saldo bancario será inútil. Nuestro saldo de misericordia será extremadamente importante». Dale Recinella ha pasado casi tres décadas de su vida asistiendo espiritualmente a los presos del corredor de la muerte en Florida , el mayor de todo Estados Unidos. Durante ese tiempo, este capellán laico católico (sí puede dar la comunión, pero no administra sacramentos; se enfoca en el acompañamiento) ha estado presente en 43 ejecuciones . La familia de los reos no tiene derecho a ir a su ajusticiamiento, pero estos sí pueden elegir un asesor religioso para que se siente en la sala junto a los familiares de las víctimas cuando se ejecuta la pena capital. «Siempre es difícil», confiesa a ABC. «Todos se han quedado conmigo. Esa experiencia no se olvida». Recinella reconoce que es en esos momentos cuando ha tenido más dudas. «Me pregunto si habrá alguien que resulte más adecuado para acompañar a ese hombre en su muerte. Pero la realidad es que él pidió que yo estuviera allí para él y el Estado me concedió permiso para hacerlo. No apoyo ni deseo que lo maten. Pero no puedo imaginarme que pase por eso solo, sin un amigo que lo acompañe». La extrema dureza de los testimonios que ha escuchado y las experiencias que ha vivido le han pasado factura -padece síndrome de estrés postraumático -, pero en Recinella permanece inquebrantable la vocación de ayuda. «Ahora que estoy bien entrado en los setenta y ya no puedo afrontar el desafío físico del ministerio frente a las celdas, rezo por ellos y he solicitado la posibilidad de escribir a quienes están en espera de ejecución». Tampoco ha flaqueado su determinación de dar testimonio , que ahora recoge en ‘También los últimos tienen nombre’ (Encuentro).Noticia relacionada general No No La historia de ‘Sonny’ Burton Sin pena de muerte en el último suspiro pero 34 años preso por un crimen que no cometió Jaime TrujilloUna de las pruebas más extremas a las que se ha enfrentado ha sido la ejecución de Ángel Nieves Díaz , en 2006. Este puertorriqueño condenado a muerte eligió a Dale como asistente espiritual y su historia traspasó fronteras debido a los graves fallos en el procedimiento de la inyección letal a la que fue sometido. Le causaron terribles quemaduras químicas y 34 minutos de agonía . «Su ejecución fue atroz», recuerda. El caso fue llevado a los tribunales y Recinella declaró como testigo. «Conté lo que presencié. La conclusión del comité legislativo investigador fue que su ejecución no podía considerarse fallida porque el objetivo era matarlo y está muerto».A lo largo de ‘También los últimos tienen nombre’ hay una constante que rodea a los condenados a muerte: la enfermedad mental . Si las estadísticas en Florida ya son desgarradoras (de cada doce sentencias de muerte, siete corresponden a personas con alguna de estas patologías), los casos que detalla Recinella en su libro ponen los pelos de punta. Como el de Thomas Provenzano, condenado a muerte en el año 2000 por matar a una guardia en 1984. Tenía un historial de grave enfermedad mental antes del crimen, que incluía esquizofrenia paranoide . Un tribunal federal de apelación concedió una suspensión cuando ya estaba atado a la camilla de ejecución y tenía las agujas para la inyección insertadas en los brazos, pero la Corte de Apelación la anuló y Provenzano fue ejecutado 24 horas después. «Este es el final del camino para muchos de los que padecen enfermedades mentales y han tenido que arreglárselas en la calle , sin ayudas por parte de la comunidad. Si la oscuridad existe, se encuentra precisamente aquí», escribe en el libro. Este capellán laico no cree que sea casualidad, sino que todo ello se debe a la creencia arraigada en Florida de que este tipo de patologías son un fallo espiritual o moral , en lugar de una discapacidad. Antes de ser capellán laico, Dale apoyaba la pena de muerte. «Desde la distancia, parecía una forma de expresar mi indignación ante los delitos violentos cometidos contra los seres queridos de otras personas«No hay duda de la entrega de Recinella a los condenados a muerte. Sin embargo, nada hacía pensar que lo iba a dejar todo por ello. Tenía una exitosa carrera como abogado financiero e incluso trabajó en Wall Street . Por aquella época, incluso apoyaba la pena de muerte. «Desde la distancia, parecía una forma de expresar mi indignación ante los delitos violentos cometidos contra los seres queridos de otras personas. Pero no había estado cerca ni de las víctimas ni de los delincuentes. No había compartido la agonía de su pérdida », explica.Algo empezó a cambiar en su interior cuando comenzó a asistir a los más necesitados. Junto a su familia, empezó a servir en un comedor social en Tallahasse. De ahí, Dale pasó a un centro para personas sin techo y después a una prisión para ayudar a los seropositivos , muchos de ellos en fase terminal . «A medida que me fui involucrando profundamente en el ministerio de la muerte y el proceso de morir, especialmente con quienes sufren en las calles, me di cuenta de que el asesinato intencionado de un ser humano no aportaba nada a la sanación de nuestra sociedad. Sin duda, debemos contener al delincuente y castigar los delitos . Pero podemos hacerlo sin quitar una vida humana de forma gratuita», razona.Cuando se le pregunta si hubo alguna experiencia responsable de ese cambio de rumbo, contesta que, a pesar de que, echando la vista atrás, ahora ve que hubo un sinfín de momentos que le empujaron a ello, el más impactante fue el encuentro con un vagabundo llamado Dennis en las calles de Baltimore. En ‘También los últimos tienen nombre’ lo narra al detalle. Se encontraba en la ciudad en una conferencia nacional de banqueros de Wall Street. Al salir, se encontró con un mendigo maloliente al que no dio dinero por el qué dirán. Pero no pudo dejar de pensar en él y, tras una reunión de negocios, volvió en su busca. Cuando dio con él, estaba muy, muy enfermo y lo llevó hasta un centro de desintoxicación para indigentes . Justo antes, Dennis estalló en lágrimas y se abrazó a él mientras gritaba una y otra vez. «¡Por favor, Dios, no me dejes morir así!». Cuando Dale volvió a los lujos del hotel de la convención, ya nada fue igual. Cuando la víctima es blanca«Apenas unas semanas antes de aquel viaje de negocios al puerto interior de Baltimore, los testimonios de fe compartidos en un retiro para hombres de la parroquia me habían conmovido profundamente. Tanto es así que concerté una cita con mi párroco de Tallahassee, el padre Michael Foley, para preguntarle: ‘¿Cómo busco el Reino y la justicia de Dios?’ . Su respuesta fue clara y sencilla: ‘Reza para ver el mundo como Dios lo ve y para verte a ti mismo como Dios te ve’. Todo se ha desarrollado a partir de la respuesta de Dios a esa oración», rememora.El autor de ‘También los últimos tienen nombre’ no ejerce el derecho en el corredor de la muerte, pero sí usa su experiencia con los presos. «No les beneficia legalmente a ellos, pero sí a mí, porque me permite comprender las dificultades de sus casos». Pronto se dio cuenta de que el sistema penitenciario, en este punto, es caótico . «Es muy difícil saber si alguien que ha matado a otra persona recibirá una pena de cadena perpetua, muerte o años de prisión. E incluso si ha sido condenado a muerte, no sabemos si la sentencia será conmutada o revisada». Cuando el libro refleja cómo el castigo capital afecta a afroamericanos y a musulmanes, da la sensación de que el castigo recae con más dureza sobre ciertos grupos, pero Recinella arroja luz sobre este aspecto a través de los resultados de un estudio exhaustivo sobre la pena de muerte en Carolina del Norte : «Las probabilidades de recibir una sentencia de muerte aumentaban 3,5 veces entre aquellos acusados cuyas víctimas eran blancas. Por lo tanto, el sesgo racial está principalmente vinculado a la raza de la víctima ».A lo largo de todos estos años, marcados por la muerte y el sufrimiento, ha ido moldeando también su manera de entender la culpa, el perdón y la redención : «En el padrenuestro pedimos al Padre que perdone nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden. Uno de los hermanos más queridos que he conocido lo llama ‘acumular saldo en el banco de la misericordia ‘. Cuando cada uno de nosotros comparezca ante Dios para dar cuenta de su vida, nuestro saldo bancario será inútil. Nuestro saldo de misericordia será extremadamente importante».  

Dale Recinella ha pasado casi tres décadas de su vida asistiendo espiritualmente a los presos del corredor de la muerte en Florida, el mayor de todo Estados Unidos. Durante ese tiempo, este capellán laico católico (sí puede dar la comunión, pero no administra sacramentos; … se enfoca en el acompañamiento) ha estado presente en 43 ejecuciones. La familia de los reos no tiene derecho a ir a su ajusticiamiento, pero estos sí pueden elegir un asesor religioso para que se siente en la sala junto a los familiares de las víctimas cuando se ejecuta la pena capital.

«Siempre es difícil», confiesa a ABC. «Todos se han quedado conmigo. Esa experiencia no se olvida». Recinella reconoce que es en esos momentos cuando ha tenido más dudas. «Me pregunto si habrá alguien que resulte más adecuado para acompañar a ese hombre en su muerte. Pero la realidad es que él pidió que yo estuviera allí para él y el Estado me concedió permiso para hacerlo. No apoyo ni deseo que lo maten. Pero no puedo imaginarme que pase por eso solo, sin un amigo que lo acompañe».

La extrema dureza de los testimonios que ha escuchado y las experiencias que ha vivido le han pasado factura -padece síndrome de estrés postraumático-, pero en Recinella permanece inquebrantable la vocación de ayuda. «Ahora que estoy bien entrado en los setenta y ya no puedo afrontar el desafío físico del ministerio frente a las celdas, rezo por ellos y he solicitado la posibilidad de escribir a quienes están en espera de ejecución». Tampoco ha flaqueado su determinación de dar testimonio, que ahora recoge en ‘También los últimos tienen nombre’ (Encuentro).

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A lo largo de ‘También los últimos tienen nombre’ hay una constante que rodea a los condenados a muerte: la enfermedad mental. Si las estadísticas en Florida ya son desgarradoras (de cada doce sentencias de muerte, siete corresponden a personas con alguna de estas patologías), los casos que detalla Recinella en su libro ponen los pelos de punta. Como el de Thomas Provenzano, condenado a muerte en el año 2000 por matar a una guardia en 1984. Tenía un historial de grave enfermedad mental antes del crimen, que incluía esquizofrenia paranoide.

Un tribunal federal de apelación concedió una suspensión cuando ya estaba atado a la camilla de ejecución y tenía las agujas para la inyección insertadas en los brazos, pero la Corte de Apelación la anuló y Provenzano fue ejecutado 24 horas después. «Este es el final del camino para muchos de los que padecen enfermedades mentales y han tenido que arreglárselas en la calle, sin ayudas por parte de la comunidad. Si la oscuridad existe, se encuentra precisamente aquí», escribe en el libro. Este capellán laico no cree que sea casualidad, sino que todo ello se debe a la creencia arraigada en Florida de que este tipo de patologías son un fallo espiritual o moral, en lugar de una discapacidad.

Antes de ser capellán laico, Dale apoyaba la pena de muerte. «Desde la distancia, parecía una forma de expresar mi indignación ante los delitos violentos cometidos contra los seres queridos de otras personas«

No hay duda de la entrega de Recinella a los condenados a muerte. Sin embargo, nada hacía pensar que lo iba a dejar todo por ello. Tenía una exitosa carrera como abogado financiero e incluso trabajó en Wall Street. Por aquella época, incluso apoyaba la pena de muerte. «Desde la distancia, parecía una forma de expresar mi indignación ante los delitos violentos cometidos contra los seres queridos de otras personas. Pero no había estado cerca ni de las víctimas ni de los delincuentes. No había compartido la agonía de su pérdida», explica.

Algo empezó a cambiar en su interior cuando comenzó a asistir a los más necesitados. Junto a su familia, empezó a servir en un comedor social en Tallahasse. De ahí, Dale pasó a un centro para personas sin techo y después a una prisión para ayudar a los seropositivos, muchos de ellos en fase terminal. «A medida que me fui involucrando profundamente en el ministerio de la muerte y el proceso de morir, especialmente con quienes sufren en las calles, me di cuenta de que el asesinato intencionado de un ser humano no aportaba nada a la sanación de nuestra sociedad. Sin duda, debemos contener al delincuente y castigar los delitos. Pero podemos hacerlo sin quitar una vida humana de forma gratuita», razona.

Cuando se le pregunta si hubo alguna experiencia responsable de ese cambio de rumbo, contesta que, a pesar de que, echando la vista atrás, ahora ve que hubo un sinfín de momentos que le empujaron a ello, el más impactante fue el encuentro con un vagabundo llamado Dennis en las calles de Baltimore. En ‘También los últimos tienen nombre’ lo narra al detalle. Se encontraba en la ciudad en una conferencia nacional de banqueros de Wall Street. Al salir, se encontró con un mendigo maloliente al que no dio dinero por el qué dirán. Pero no pudo dejar de pensar en él y, tras una reunión de negocios, volvió en su busca. Cuando dio con él, estaba muy, muy enfermo y lo llevó hasta un centro de desintoxicación para indigentes. Justo antes, Dennis estalló en lágrimas y se abrazó a él mientras gritaba una y otra vez. «¡Por favor, Dios, no me dejes morir así!». Cuando Dale volvió a los lujos del hotel de la convención, ya nada fue igual.

Cuando la víctima es blanca

«Apenas unas semanas antes de aquel viaje de negocios al puerto interior de Baltimore, los testimonios de fe compartidos en un retiro para hombres de la parroquia me habían conmovido profundamente. Tanto es así que concerté una cita con mi párroco de Tallahassee, el padre Michael Foley, para preguntarle: ‘¿Cómo busco el Reino y la justicia de Dios?’. Su respuesta fue clara y sencilla: ‘Reza para ver el mundo como Dios lo ve y para verte a ti mismo como Dios te ve’. Todo se ha desarrollado a partir de la respuesta de Dios a esa oración», rememora.

El autor de ‘También los últimos tienen nombre’ no ejerce el derecho en el corredor de la muerte, pero sí usa su experiencia con los presos. «No les beneficia legalmente a ellos, pero sí a mí, porque me permite comprender las dificultades de sus casos». Pronto se dio cuenta de que el sistema penitenciario, en este punto, es caótico. «Es muy difícil saber si alguien que ha matado a otra persona recibirá una pena de cadena perpetua, muerte o años de prisión. E incluso si ha sido condenado a muerte, no sabemos si la sentencia será conmutada o revisada».

Cuando el libro refleja cómo el castigo capital afecta a afroamericanos y a musulmanes, da la sensación de que el castigo recae con más dureza sobre ciertos grupos, pero Recinella arroja luz sobre este aspecto a través de los resultados de un estudio exhaustivo sobre la pena de muerte en Carolina del Norte: «Las probabilidades de recibir una sentencia de muerte aumentaban 3,5 veces entre aquellos acusados cuyas víctimas eran blancas. Por lo tanto, el sesgo racial está principalmente vinculado a la raza de la víctima».

A lo largo de todos estos años, marcados por la muerte y el sufrimiento, ha ido moldeando también su manera de entender la culpa, el perdón y la redención: «En el padrenuestro pedimos al Padre que perdone nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden. Uno de los hermanos más queridos que he conocido lo llama ‘acumular saldo en el banco de la misericordia‘. Cuando cada uno de nosotros comparezca ante Dios para dar cuenta de su vida, nuestro saldo bancario será inútil. Nuestro saldo de misericordia será extremadamente importante».

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