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Economía

El ‘carbón bueno’ comienza a materializar su potencial

abril 6, 2026
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Convertir residuos en un material capaz de capturar carbono durante siglos y, al mismo tiempo, mejorar suelos o integrarse en procesos industriales ya no es una idea experimental. En distintos puntos de España, el biochar -o biocarbón- empieza a consolidarse como una de las soluciones más versátiles en la intersección entre sostenibilidad, industria y economía circular. Su atractivo radica en una lógica sencilla, pero muy potente: aprovechar residuos orgánicos para transformarlos en un carbono estable que no vuelve a la atmósfera, sino que se integra en suelos o materiales. En un momento en el que la descarbonización exige soluciones cada vez más tangibles, el biochar se perfila como un candidato inesperado.Pero ¿de dónde sale este carbón sostenible? Desde el punto de vista científico, el biochar es un material carbonoso de origen biológico que se obtiene mediante procesos termoquímicos como la pirólisis. En este proceso, la biomasa –restos agrícolas, forestales o urbanos– se calienta en ausencia de oxígeno, lo que permite transformar ese material en un carbono sólido, estable y altamente poroso. A diferencia de la combustión tradicional, que libera CO₂, este proceso fija el carbono en una forma duradera. Su aplicación en el suelo mejora sus propiedades físicas y químicas y, al mismo tiempo, contribuye a almacenar carbono a largo plazo.Pero más allá de la definición técnica, el biochar empieza a entenderse mejor cuando se observa cómo actúa en la práctica. Lo explican desde la empresa Carbón Emergente, un proyecto nacido en Cantabria impulsado por el ingeniero mecánico Sebastián Shrady y la ingeniera agrónoma Morgan Thomas, quienes decidieron apostar por el biochar tras descubrir su potencial en la mitigación del cambio climático y la regeneración de suelos. En sus inicios, el proyecto arrancó de forma casi artesanal, con pequeños hornos de pirólisis y ensayos junto a agricultores locales, antes de dar el salto hacia una escala mayor.Noticia relacionada No No ABC EMPRESA/ NÚMERO 800 La revolución transversal de la descarbonización se lanza al interruptor de la consolidación Belén RodrigoRemedio para la sequía«El biochar puede capturar hasta el 500% de su peso en agua, lo que lo convierte en una herramienta clave en zonas afectadas por la sequía -explica Shrady–. Esa capacidad de retención hídrica, junto con su estabilidad en el suelo durante siglos, lo posiciona como un aliado frente a la degradación del suelo y la escasez de recursos hídricos, especialmente en entornos mediterráneos.Otra de las iniciativas más avanzadas es la empresa andaluza Carboliva, que ha desarrollado un modelo industrial basado en la valorización de residuos del olivar. A partir de subproductos como el hueso y la pulpa de aceituna, la compañía aplica un proceso de pirólisis en continuo que transforma esta biomasa en biochar, energía térmica y carbono capturado. Este proceso no solo evita emisiones, sino que genera un sistema autosuficiente : los gases producidos se reutilizan para alimentar el propio proceso, reduciendo la dependencia de combustibles fósiles.«El biochar funciona como una esponja de carbono que permanece en el suelo durante décadas», apunta Beatriz Espuny, directora comercial de Carboliva. «No es un fertilizante milagroso, sino un soporte que ayuda a que el agua, los nutrientes y la microbiología trabajen mejor alrededor de las raíces».En los camposEn agricultura, el biochar se utiliza como enmienda estructural en cultivos leñosos -como viñedo, olivar, frutales o almendros- y en hortícolas de alto valor, a menudo mezclado con compost o estiércoles. En estos sistemas, su función principal es mejorar la estructura del suelo, apoyar el desarrollo radicular y aportar resiliencia frente a la falta de agua y a la variabilidad climática . En jardinería y producción en contenedor, puede incorporarse a sustratos para macetas y viveros, con el objetivo de estabilizar la humedad y reducir la mortandad de plantas, tanto en el punto de venta como en manos del consumidor final.Del campo a la ciudad, algunas urbes ya lo han integrado en suelos para arbolado, zonas ajardinadas, céspedes deportivos y cubiertas verdes, así como en mezclas para sistemas de drenaje sostenible (SUDS). De hecho, informes sobre bioenergía urbana y biochar describen cómo aprovechar los residuos de parques y jardines para producir energía y biochar que luego se devuelve a suelos urbanos y zonas verdes, convirtiendo un residuo en recurso climático. Un caso emblemático es Estocolmo, donde un proyecto municipal ya transforma restos vegetales en energía y biochar aplicado a verde urbano y se presenta como uno de los primeros «sumideros de carbono urbanos» del mundo. Otras ciudades europeas, como Barcelona, empiezan a explorar el papel del biochar en sus estrategias de adaptación y regeneración urbana a través de iniciativas apoyadas por programas europeo.Pero aunque el biochar ha estado asociado al ámbito agrícola su uso también empieza a consolidarse como un material con aplicaciones industriales. «Es un sólido carbonoso con alta estabilidad que puede utilizarse en sectores como la energía, los materiales o la captura de carbono. Su versatilidad permite utilizarlo en ámbitos como el tratamiento de aguas, la fabricación de materiales de construcción o el desarrollo de nuevas soluciones energéticas. Incluso se exploran aplicaciones en la valorización de residuos complejos, ampliando su alcance más allá de la biomasa tradicional.«El biochar está entrando con fuerza en la industria pesada -explica Beatriz Espuny, de Carboliva-. Sectores difíciles de descarbonizar, como la siderurgia, han empezado a sustituir carbón mineral por biochar de alta calidad como agente reductor, reduciendo de forma notable sus emisiones directas. Este tirón industrial impulsa un mercado en rápido crecimiento : la producción europea de biochar se estima con tasas cercanas al 80% anual y objetivos de decenas de millones de toneladas de CO₂ secuestrado para 2030, consolidándolo como un recurso estratégico más allá de la agricultura. Lo interesante del biochar es que trabaja en silencio: mientras mejora la vida de los suelos y las plantas, también ayuda a fijar carbono y a construir, literalmente, las raíces del futuro verde».La variable hidrocharEl desarrollo de estas soluciones no ha pasado desapercibido para las grandes firmas energéticas. En un contexto de transformación del modelo energético, el carbono empieza a entenderse no solo como un problema, sino como un recurso. Y es que tanto desde un olivar como desde una gran instalación industrial, el objetivo es el mismo: avanzar en la descarbonización y reducir la dependencia de materias primas fósiles. En este escenario, compañías como Repsol están explorando tecnologías que permiten transformar residuos orgánicos en materiales carbonosos avanzados. Es el caso de la carbonización hidrotérmica, un proceso que convierte biomasa húmeda en un material similar al biochar -conocido como hidrochar-, ampliando así el tipo de residuos que pueden valorizarse.A pesar de su potencial, el biochar todavía enfrenta desafíos importantes. La producción a gran escala requiere inversión, infraestructura y una logística eficiente para gestionar la biomasa. Además, es necesario avanzar en sistemas que garanticen la trazabilidad del carbono almacenado. Sin embargo, las perspectivas son prometedoras. Su capacidad para almacenar carbono de forma estable lo posiciona como una herramienta relevante en los mercados de captura de carbono.En conjunto, el biochar representa un cambio profundo en la forma de entender los residuos y el carbono. Frente a un modelo lineal, propone un sistema en el que esos mismos residuos se transforman en recursos capaces de generar valor económico y ambiental. Y quizá ahí reside su mayor potencial: en convertir el carbono, durante décadas visto como un problema, en una parte esencial de la solución. Convertir residuos en un material capaz de capturar carbono durante siglos y, al mismo tiempo, mejorar suelos o integrarse en procesos industriales ya no es una idea experimental. En distintos puntos de España, el biochar -o biocarbón- empieza a consolidarse como una de las soluciones más versátiles en la intersección entre sostenibilidad, industria y economía circular. Su atractivo radica en una lógica sencilla, pero muy potente: aprovechar residuos orgánicos para transformarlos en un carbono estable que no vuelve a la atmósfera, sino que se integra en suelos o materiales. En un momento en el que la descarbonización exige soluciones cada vez más tangibles, el biochar se perfila como un candidato inesperado.Pero ¿de dónde sale este carbón sostenible? Desde el punto de vista científico, el biochar es un material carbonoso de origen biológico que se obtiene mediante procesos termoquímicos como la pirólisis. En este proceso, la biomasa –restos agrícolas, forestales o urbanos– se calienta en ausencia de oxígeno, lo que permite transformar ese material en un carbono sólido, estable y altamente poroso. A diferencia de la combustión tradicional, que libera CO₂, este proceso fija el carbono en una forma duradera. Su aplicación en el suelo mejora sus propiedades físicas y químicas y, al mismo tiempo, contribuye a almacenar carbono a largo plazo.Pero más allá de la definición técnica, el biochar empieza a entenderse mejor cuando se observa cómo actúa en la práctica. Lo explican desde la empresa Carbón Emergente, un proyecto nacido en Cantabria impulsado por el ingeniero mecánico Sebastián Shrady y la ingeniera agrónoma Morgan Thomas, quienes decidieron apostar por el biochar tras descubrir su potencial en la mitigación del cambio climático y la regeneración de suelos. En sus inicios, el proyecto arrancó de forma casi artesanal, con pequeños hornos de pirólisis y ensayos junto a agricultores locales, antes de dar el salto hacia una escala mayor.Noticia relacionada No No ABC EMPRESA/ NÚMERO 800 La revolución transversal de la descarbonización se lanza al interruptor de la consolidación Belén RodrigoRemedio para la sequía«El biochar puede capturar hasta el 500% de su peso en agua, lo que lo convierte en una herramienta clave en zonas afectadas por la sequía -explica Shrady–. Esa capacidad de retención hídrica, junto con su estabilidad en el suelo durante siglos, lo posiciona como un aliado frente a la degradación del suelo y la escasez de recursos hídricos, especialmente en entornos mediterráneos.Otra de las iniciativas más avanzadas es la empresa andaluza Carboliva, que ha desarrollado un modelo industrial basado en la valorización de residuos del olivar. A partir de subproductos como el hueso y la pulpa de aceituna, la compañía aplica un proceso de pirólisis en continuo que transforma esta biomasa en biochar, energía térmica y carbono capturado. Este proceso no solo evita emisiones, sino que genera un sistema autosuficiente : los gases producidos se reutilizan para alimentar el propio proceso, reduciendo la dependencia de combustibles fósiles.«El biochar funciona como una esponja de carbono que permanece en el suelo durante décadas», apunta Beatriz Espuny, directora comercial de Carboliva. «No es un fertilizante milagroso, sino un soporte que ayuda a que el agua, los nutrientes y la microbiología trabajen mejor alrededor de las raíces».En los camposEn agricultura, el biochar se utiliza como enmienda estructural en cultivos leñosos -como viñedo, olivar, frutales o almendros- y en hortícolas de alto valor, a menudo mezclado con compost o estiércoles. En estos sistemas, su función principal es mejorar la estructura del suelo, apoyar el desarrollo radicular y aportar resiliencia frente a la falta de agua y a la variabilidad climática . En jardinería y producción en contenedor, puede incorporarse a sustratos para macetas y viveros, con el objetivo de estabilizar la humedad y reducir la mortandad de plantas, tanto en el punto de venta como en manos del consumidor final.Del campo a la ciudad, algunas urbes ya lo han integrado en suelos para arbolado, zonas ajardinadas, céspedes deportivos y cubiertas verdes, así como en mezclas para sistemas de drenaje sostenible (SUDS). De hecho, informes sobre bioenergía urbana y biochar describen cómo aprovechar los residuos de parques y jardines para producir energía y biochar que luego se devuelve a suelos urbanos y zonas verdes, convirtiendo un residuo en recurso climático. Un caso emblemático es Estocolmo, donde un proyecto municipal ya transforma restos vegetales en energía y biochar aplicado a verde urbano y se presenta como uno de los primeros «sumideros de carbono urbanos» del mundo. Otras ciudades europeas, como Barcelona, empiezan a explorar el papel del biochar en sus estrategias de adaptación y regeneración urbana a través de iniciativas apoyadas por programas europeo.Pero aunque el biochar ha estado asociado al ámbito agrícola su uso también empieza a consolidarse como un material con aplicaciones industriales. «Es un sólido carbonoso con alta estabilidad que puede utilizarse en sectores como la energía, los materiales o la captura de carbono. Su versatilidad permite utilizarlo en ámbitos como el tratamiento de aguas, la fabricación de materiales de construcción o el desarrollo de nuevas soluciones energéticas. Incluso se exploran aplicaciones en la valorización de residuos complejos, ampliando su alcance más allá de la biomasa tradicional.«El biochar está entrando con fuerza en la industria pesada -explica Beatriz Espuny, de Carboliva-. Sectores difíciles de descarbonizar, como la siderurgia, han empezado a sustituir carbón mineral por biochar de alta calidad como agente reductor, reduciendo de forma notable sus emisiones directas. Este tirón industrial impulsa un mercado en rápido crecimiento : la producción europea de biochar se estima con tasas cercanas al 80% anual y objetivos de decenas de millones de toneladas de CO₂ secuestrado para 2030, consolidándolo como un recurso estratégico más allá de la agricultura. Lo interesante del biochar es que trabaja en silencio: mientras mejora la vida de los suelos y las plantas, también ayuda a fijar carbono y a construir, literalmente, las raíces del futuro verde».La variable hidrocharEl desarrollo de estas soluciones no ha pasado desapercibido para las grandes firmas energéticas. En un contexto de transformación del modelo energético, el carbono empieza a entenderse no solo como un problema, sino como un recurso. Y es que tanto desde un olivar como desde una gran instalación industrial, el objetivo es el mismo: avanzar en la descarbonización y reducir la dependencia de materias primas fósiles. En este escenario, compañías como Repsol están explorando tecnologías que permiten transformar residuos orgánicos en materiales carbonosos avanzados. Es el caso de la carbonización hidrotérmica, un proceso que convierte biomasa húmeda en un material similar al biochar -conocido como hidrochar-, ampliando así el tipo de residuos que pueden valorizarse.A pesar de su potencial, el biochar todavía enfrenta desafíos importantes. La producción a gran escala requiere inversión, infraestructura y una logística eficiente para gestionar la biomasa. Además, es necesario avanzar en sistemas que garanticen la trazabilidad del carbono almacenado. Sin embargo, las perspectivas son prometedoras. Su capacidad para almacenar carbono de forma estable lo posiciona como una herramienta relevante en los mercados de captura de carbono.En conjunto, el biochar representa un cambio profundo en la forma de entender los residuos y el carbono. Frente a un modelo lineal, propone un sistema en el que esos mismos residuos se transforman en recursos capaces de generar valor económico y ambiental. Y quizá ahí reside su mayor potencial: en convertir el carbono, durante décadas visto como un problema, en una parte esencial de la solución.  

Convertir residuos en un material capaz de capturar carbono durante siglos y, al mismo tiempo, mejorar suelos o integrarse en procesos industriales ya no es una idea experimental. En distintos puntos de España, el biochar -o biocarbón- empieza a consolidarse como una de las soluciones … más versátiles en la intersección entre sostenibilidad, industria y economía circular. Su atractivo radica en una lógica sencilla, pero muy potente: aprovechar residuos orgánicos para transformarlos en un carbono estable que no vuelve a la atmósfera, sino que se integra en suelos o materiales. En un momento en el que la descarbonización exige soluciones cada vez más tangibles, el biochar se perfila como un candidato inesperado.

Pero ¿de dónde sale este carbón sostenible? Desde el punto de vista científico, el biochar es un material carbonoso de origen biológico que se obtiene mediante procesos termoquímicos como la pirólisis. En este proceso, la biomasa –restos agrícolas, forestales o urbanos– se calienta en ausencia de oxígeno, lo que permite transformar ese material en un carbono sólido, estable y altamente poroso. A diferencia de la combustión tradicional, que libera CO₂, este proceso fija el carbono en una forma duradera. Su aplicación en el suelo mejora sus propiedades físicas y químicas y, al mismo tiempo, contribuye a almacenar carbono a largo plazo.

Pero más allá de la definición técnica, el biochar empieza a entenderse mejor cuando se observa cómo actúa en la práctica. Lo explican desde la empresa Carbón Emergente, un proyecto nacido en Cantabria impulsado por el ingeniero mecánico Sebastián Shrady y la ingeniera agrónoma Morgan Thomas, quienes decidieron apostar por el biochar tras descubrir su potencial en la mitigación del cambio climático y la regeneración de suelos. En sus inicios, el proyecto arrancó de forma casi artesanal, con pequeños hornos de pirólisis y ensayos junto a agricultores locales, antes de dar el salto hacia una escala mayor.

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    Belén Rodrigo

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Otra de las iniciativas más avanzadas es la empresa andaluza Carboliva, que ha desarrollado un modelo industrial basado en la valorización de residuos del olivar. A partir de subproductos como el hueso y la pulpa de aceituna, la compañía aplica un proceso de pirólisis en continuo que transforma esta biomasa en biochar, energía térmica y carbono capturado. Este proceso no solo evita emisiones, sino que genera un sistema autosuficiente: los gases producidos se reutilizan para alimentar el propio proceso, reduciendo la dependencia de combustibles fósiles.

«El biochar funciona como una esponja de carbono que permanece en el suelo durante décadas», apunta Beatriz Espuny, directora comercial de Carboliva. «No es un fertilizante milagroso, sino un soporte que ayuda a que el agua, los nutrientes y la microbiología trabajen mejor alrededor de las raíces».

En los campos

En agricultura, el biochar se utiliza como enmienda estructural en cultivos leñosos -como viñedo, olivar, frutales o almendros- y en hortícolas de alto valor, a menudo mezclado con compost o estiércoles. En estos sistemas, su función principal es mejorar la estructura del suelo, apoyar el desarrollo radicular y aportar resiliencia frente a la falta de agua y a la variabilidad climática. En jardinería y producción en contenedor, puede incorporarse a sustratos para macetas y viveros, con el objetivo de estabilizar la humedad y reducir la mortandad de plantas, tanto en el punto de venta como en manos del consumidor final.

Del campo a la ciudad, algunas urbes ya lo han integrado en suelos para arbolado, zonas ajardinadas, céspedes deportivos y cubiertas verdes, así como en mezclas para sistemas de drenaje sostenible (SUDS). De hecho, informes sobre bioenergía urbana y biochar describen cómo aprovechar los residuos de parques y jardines para producir energía y biochar que luego se devuelve a suelos urbanos y zonas verdes, convirtiendo un residuo en recurso climático. Un caso emblemático es Estocolmo, donde un proyecto municipal ya transforma restos vegetales en energía y biochar aplicado a verde urbano y se presenta como uno de los primeros «sumideros de carbono urbanos» del mundo. Otras ciudades europeas, como Barcelona, empiezan a explorar el papel del biochar en sus estrategias de adaptación y regeneración urbana a través de iniciativas apoyadas por programas europeo.

Pero aunque el biochar ha estado asociado al ámbito agrícola su uso también empieza a consolidarse como un material con aplicaciones industriales. «Es un sólido carbonoso con alta estabilidad que puede utilizarse en sectores como la energía, los materiales o la captura de carbono. Su versatilidad permite utilizarlo en ámbitos como el tratamiento de aguas, la fabricación de materiales de construcción o el desarrollo de nuevas soluciones energéticas. Incluso se exploran aplicaciones en la valorización de residuos complejos, ampliando su alcance más allá de la biomasa tradicional.

«El biochar está entrando con fuerza en la industria pesada -explica Beatriz Espuny, de Carboliva-. Sectores difíciles de descarbonizar, como la siderurgia, han empezado a sustituir carbón mineral por biochar de alta calidad como agente reductor, reduciendo de forma notable sus emisiones directas. Este tirón industrial impulsa un mercado en rápido crecimiento: la producción europea de biochar se estima con tasas cercanas al 80% anual y objetivos de decenas de millones de toneladas de CO₂ secuestrado para 2030, consolidándolo como un recurso estratégico más allá de la agricultura. Lo interesante del biochar es que trabaja en silencio: mientras mejora la vida de los suelos y las plantas, también ayuda a fijar carbono y a construir, literalmente, las raíces del futuro verde».

La variable hidrochar

El desarrollo de estas soluciones no ha pasado desapercibido para las grandes firmas energéticas. En un contexto de transformación del modelo energético, el carbono empieza a entenderse no solo como un problema, sino como un recurso. Y es que tanto desde un olivar como desde una gran instalación industrial, el objetivo es el mismo: avanzar en la descarbonización y reducir la dependencia de materias primas fósiles. En este escenario, compañías como Repsol están explorando tecnologías que permiten transformar residuos orgánicos en materiales carbonosos avanzados. Es el caso de la carbonización hidrotérmica, un proceso que convierte biomasa húmeda en un material similar al biochar -conocido como hidrochar-, ampliando así el tipo de residuos que pueden valorizarse.

A pesar de su potencial, el biochar todavía enfrenta desafíos importantes. La producción a gran escala requiere inversión, infraestructura y una logística eficiente para gestionar la biomasa. Además, es necesario avanzar en sistemas que garanticen la trazabilidad del carbono almacenado. Sin embargo, las perspectivas son prometedoras. Su capacidad para almacenar carbono de forma estable lo posiciona como una herramienta relevante en los mercados de captura de carbono.

En conjunto, el biochar representa un cambio profundo en la forma de entender los residuos y el carbono. Frente a un modelo lineal, propone un sistema en el que esos mismos residuos se transforman en recursos capaces de generar valor económico y ambiental. Y quizá ahí reside su mayor potencial: en convertir el carbono, durante décadas visto como un problema, en una parte esencial de la solución.

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