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Cultura

El escritor que mantiene fresco el cogollito

marzo 27, 2026
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Si es verdad que el paisaje, o el territorio, como dice Álvaro Enrigue de la apachería , puede ser una estrategia literaria, no lo es menos para entornos más cercanos. La reflexión que nació de la visita a Arizona que el autor mexicano hizo recientemente a los territorios de una novela suya, ‘Ahora me rindo y eso es todo’, en Arizona, concluye describiendo cómo los oriundos pobladores, los chiricaua, apartados en reservas, han visto la degradación que la minería y la explotación ha realizado en uno de los Estados más hermosos de la Unión. Y eso lleva a la paradoja de que, aquellos que realmente cultivaron sus raíces en el territorio ancestral se han convertido hoy en sus guardianes, porque sólo las reservaciones indias conservan ya el paisaje sublime de las sierras y los desiertos.Leí su reflexión y me quedé pensando en Manuel Longares, que ha desarrollado una estrategia narrativa y toda una vida literaria en Madrid, quedando ambas indisociables de este territorio nuestro. Alimenta una gran tradición, que viene del siglo de Oro, como mencionaba Carlos Aganzo en el Aula de Cultura de ABC que dedicamos al autor de ‘Cortesanos’, y crece con Galdós y con Ramón y más recientemente con Umbral. No falta la fina ironía de otros autores, desde el propio Gómez de la Serna a Mihura, pasando por Jardiel. Y el resultado es esa capacidad asombrosa de los autores que, con solo levantar la piel de la ciudad, descubren una capa de historias, invisible para el resto, puramente literaria. Pensar en lo que ha logrado en esa reciente novela, ‘Cortesanos’, con el pueblo y con la historia que lamen las orillas del río Manzanares, o con el Barrio de Salamanca en ‘Romanticismo’, explica este cultivo de historias en una ciudad a veces real y a veces imaginada que se cruzan. Pero además Longares ha añadido interesantes aportes, como cuando llama ‘cogollito’ a ese barrio tan selecto como acogedor de ‘Romanticismo’, lo que supone un injerto literario proustiano, porque es la denominación que el autor francés dedicaba a la creme de la creme que rodeaba a Madame Verdurin. Para saber hacer todo esto es necesaria cierta familiaridad activa, es uno de los secretos del escritor en su territorio que revelan esa estrategia literaria que es el paisaje. Longares reconoce las calles, las muchas calles de Madrid, como una extensión de su casa ( se lo confesaba a Bruno Pardo en la más reciente entrevista de ABC ) y supongo que a las gentes, las muchas gentes de la villa y corte, como extensión de una familia o un círculo de amigos. El territorio y la ficción de esta ciudad le son connaturales, está tan adaptado que casi diría que Manuel Longares es un apache, un chiricaua, solo que de aquí: un apache madrileño, conocedor de la orografía y de la historia de nuestras avenidas, capaz de acechar las historias propias y de otros desde recónditas bocacalles. Y si completa con su imaginación lo que podemos saber, o percibir de la ciudad, nos alimenta en todo con esa estrategia narrativa que es vivir en una ciudad. Lo que sí, lo que no vemos, lo que pudiera ser, lo que ha ocurrido en su inventiva y ya se ha quedado en nuestra imaginación lectora como una realidad. Se ha convertido en un guardián del paisaje de Madrid.Carlos Aganzo y Manuel Longares, junto a (de, pie, de izquierda a derecha) Bruno Pardo, Jesús G. Calero, Ernesto Pérez Zúñiga, Juan Cruz, Joan Tarrida y Elena Medel, en el Aula de Cultura de ABC. ABCLongares va estos días de homenajes como de oca en oca, con el premio ‘Sentir Madrid’ que ganó por unanimidad y otras alegrías, el Aula de Cultura de ABC, donde fue muy bienvenido al igual que los amigos y escritores que acudieron a acompañarle. Celebramos su obra con esa población de muchos que se asoma a sus libros, desde dentro y desde fuera de ellos, porque somos lectores reales, y por tanto inventados por su imaginación, rodeados de tantos amigos, y de sus personajes, en realidad no mucho más inventados que nosotros. Si es verdad que el paisaje, o el territorio, como dice Álvaro Enrigue de la apachería , puede ser una estrategia literaria, no lo es menos para entornos más cercanos. La reflexión que nació de la visita a Arizona que el autor mexicano hizo recientemente a los territorios de una novela suya, ‘Ahora me rindo y eso es todo’, en Arizona, concluye describiendo cómo los oriundos pobladores, los chiricaua, apartados en reservas, han visto la degradación que la minería y la explotación ha realizado en uno de los Estados más hermosos de la Unión. Y eso lleva a la paradoja de que, aquellos que realmente cultivaron sus raíces en el territorio ancestral se han convertido hoy en sus guardianes, porque sólo las reservaciones indias conservan ya el paisaje sublime de las sierras y los desiertos.Leí su reflexión y me quedé pensando en Manuel Longares, que ha desarrollado una estrategia narrativa y toda una vida literaria en Madrid, quedando ambas indisociables de este territorio nuestro. Alimenta una gran tradición, que viene del siglo de Oro, como mencionaba Carlos Aganzo en el Aula de Cultura de ABC que dedicamos al autor de ‘Cortesanos’, y crece con Galdós y con Ramón y más recientemente con Umbral. No falta la fina ironía de otros autores, desde el propio Gómez de la Serna a Mihura, pasando por Jardiel. Y el resultado es esa capacidad asombrosa de los autores que, con solo levantar la piel de la ciudad, descubren una capa de historias, invisible para el resto, puramente literaria. Pensar en lo que ha logrado en esa reciente novela, ‘Cortesanos’, con el pueblo y con la historia que lamen las orillas del río Manzanares, o con el Barrio de Salamanca en ‘Romanticismo’, explica este cultivo de historias en una ciudad a veces real y a veces imaginada que se cruzan. Pero además Longares ha añadido interesantes aportes, como cuando llama ‘cogollito’ a ese barrio tan selecto como acogedor de ‘Romanticismo’, lo que supone un injerto literario proustiano, porque es la denominación que el autor francés dedicaba a la creme de la creme que rodeaba a Madame Verdurin. Para saber hacer todo esto es necesaria cierta familiaridad activa, es uno de los secretos del escritor en su territorio que revelan esa estrategia literaria que es el paisaje. Longares reconoce las calles, las muchas calles de Madrid, como una extensión de su casa ( se lo confesaba a Bruno Pardo en la más reciente entrevista de ABC ) y supongo que a las gentes, las muchas gentes de la villa y corte, como extensión de una familia o un círculo de amigos. El territorio y la ficción de esta ciudad le son connaturales, está tan adaptado que casi diría que Manuel Longares es un apache, un chiricaua, solo que de aquí: un apache madrileño, conocedor de la orografía y de la historia de nuestras avenidas, capaz de acechar las historias propias y de otros desde recónditas bocacalles. Y si completa con su imaginación lo que podemos saber, o percibir de la ciudad, nos alimenta en todo con esa estrategia narrativa que es vivir en una ciudad. Lo que sí, lo que no vemos, lo que pudiera ser, lo que ha ocurrido en su inventiva y ya se ha quedado en nuestra imaginación lectora como una realidad. Se ha convertido en un guardián del paisaje de Madrid.Carlos Aganzo y Manuel Longares, junto a (de, pie, de izquierda a derecha) Bruno Pardo, Jesús G. Calero, Ernesto Pérez Zúñiga, Juan Cruz, Joan Tarrida y Elena Medel, en el Aula de Cultura de ABC. ABCLongares va estos días de homenajes como de oca en oca, con el premio ‘Sentir Madrid’ que ganó por unanimidad y otras alegrías, el Aula de Cultura de ABC, donde fue muy bienvenido al igual que los amigos y escritores que acudieron a acompañarle. Celebramos su obra con esa población de muchos que se asoma a sus libros, desde dentro y desde fuera de ellos, porque somos lectores reales, y por tanto inventados por su imaginación, rodeados de tantos amigos, y de sus personajes, en realidad no mucho más inventados que nosotros.  

Si es verdad que el paisaje, o el territorio, como dice Álvaro Enrigue de la apachería, puede ser una estrategia literaria, no lo es menos para entornos más cercanos. La reflexión que nació de la visita a Arizona que el autor mexicano hizo recientemente … a los territorios de una novela suya, ‘Ahora me rindo y eso es todo’, en Arizona, concluye describiendo cómo los oriundos pobladores, los chiricaua, apartados en reservas, han visto la degradación que la minería y la explotación ha realizado en uno de los Estados más hermosos de la Unión. Y eso lleva a la paradoja de que, aquellos que realmente cultivaron sus raíces en el territorio ancestral se han convertido hoy en sus guardianes, porque sólo las reservaciones indias conservan ya el paisaje sublime de las sierras y los desiertos.

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Leí su reflexión y me quedé pensando en Manuel Longares, que ha desarrollado una estrategia narrativa y toda una vida literaria en Madrid, quedando ambas indisociables de este territorio nuestro. Alimenta una gran tradición, que viene del siglo de Oro, como mencionaba Carlos Aganzo en el Aula de Cultura de ABC que dedicamos al autor de ‘Cortesanos’, y crece con Galdós y con Ramón y más recientemente con Umbral. No falta la fina ironía de otros autores, desde el propio Gómez de la Serna a Mihura, pasando por Jardiel. Y el resultado es esa capacidad asombrosa de los autores que, con solo levantar la piel de la ciudad, descubren una capa de historias, invisible para el resto, puramente literaria.

Pensar en lo que ha logrado en esa reciente novela, ‘Cortesanos’, con el pueblo y con la historia que lamen las orillas del río Manzanares, o con el Barrio de Salamanca en ‘Romanticismo’, explica este cultivo de historias en una ciudad a veces real y a veces imaginada que se cruzan. Pero además Longares ha añadido interesantes aportes, como cuando llama ‘cogollito’ a ese barrio tan selecto como acogedor de ‘Romanticismo’, lo que supone un injerto literario proustiano, porque es la denominación que el autor francés dedicaba a la creme de la creme que rodeaba a Madame Verdurin.

Para saber hacer todo esto es necesaria cierta familiaridad activa, es uno de los secretos del escritor en su territorio que revelan esa estrategia literaria que es el paisaje. Longares reconoce las calles, las muchas calles de Madrid, como una extensión de su casa (se lo confesaba a Bruno Pardo en la más reciente entrevista de ABC) y supongo que a las gentes, las muchas gentes de la villa y corte, como extensión de una familia o un círculo de amigos.

El territorio y la ficción de esta ciudad le son connaturales, está tan adaptado que casi diría que Manuel Longares es un apache, un chiricaua, solo que de aquí: un apache madrileño, conocedor de la orografía y de la historia de nuestras avenidas, capaz de acechar las historias propias y de otros desde recónditas bocacalles. Y si completa con su imaginación lo que podemos saber, o percibir de la ciudad, nos alimenta en todo con esa estrategia narrativa que es vivir en una ciudad. Lo que sí, lo que no vemos, lo que pudiera ser, lo que ha ocurrido en su inventiva y ya se ha quedado en nuestra imaginación lectora como una realidad. Se ha convertido en un guardián del paisaje de Madrid.

Carlos Aganzo y Manuel Longares, junto a (de, pie, de izquierda a derecha) Bruno Pardo, Jesús G. Calero, Ernesto Pérez Zúñiga, Juan Cruz, Joan Tarrida y Elena Medel, en el Aula de Cultura de ABC.
Carlos Aganzo y Manuel Longares, junto a (de, pie, de izquierda a derecha) Bruno Pardo, Jesús G. Calero, Ernesto Pérez Zúñiga, Juan Cruz, Joan Tarrida y Elena Medel, en el Aula de Cultura de ABC.
(ABC)

Longares va estos días de homenajes como de oca en oca, con el premio ‘Sentir Madrid’ que ganó por unanimidad y otras alegrías, el Aula de Cultura de ABC, donde fue muy bienvenido al igual que los amigos y escritores que acudieron a acompañarle. Celebramos su obra con esa población de muchos que se asoma a sus libros, desde dentro y desde fuera de ellos, porque somos lectores reales, y por tanto inventados por su imaginación, rodeados de tantos amigos, y de sus personajes, en realidad no mucho más inventados que nosotros.

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