Me gusta pensar que ni rebuscando a conciencia en los sótanos de la tabla periódica encontraríamos un elemento tan sólido como el fútbol, que lo aguanta todo. Nada ni nadie puede con él. No existe criptonita que lo debilite ni vergüenza que lo atraviese. Y debe ser por eso que, a pocas horas del arranque para este Mundial estrafalario de las tres sedes, los cuarenta y ocho combinados nacionales y el premio FIFA de la Paz, a todos los que amamos este juego loco y desesperado se nos forma un nudo en el estómago imaginando la felicidad que se nos viene encima: si nada les parece comparable a la emoción de ver ganar a los suyos, imaginen el desenfreno cuando son los otros quienes terminan levantando la copa.
El que inventó este juego sabía lo que hacía y uno siempre termina tomando partido por alguno de los contendientes sin necesidad de entender las razones
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
El que inventó este juego sabía lo que hacía y uno siempre termina tomando partido por alguno de los contendientes sin necesidad de entender las razones


Me gusta pensar que ni rebuscando a conciencia en los sótanos de la tabla periódica encontraríamos un elemento tan sólido como el fútbol, que lo aguanta todo. Nada ni nadie puede con él. No existe criptonita que lo debilite ni vergüenza que lo atraviese. Y debe ser por eso que, a pocas horas del arranque para este Mundial estrafalario de las tres sedes, los cuarenta y ocho combinados nacionales y el premio FIFA de la Paz, a todos los que amamos este juego loco y desesperado se nos forma un nudo en el estómago imaginando la felicidad que se nos viene encima: si nada les parece comparable a la emoción de ver ganar a los suyos, imaginen el desenfreno cuando son los otros quienes terminan levantando la copa.
Algo magnético subyace en el corazón de un Mundial que nos mantiene alerta incluso cuando España, Portugal, Argentina o la selección que cada uno identifique como propia se vuelve a casa antes de tiempo. Cada partido es una película distinta. Y en cada película encontraremos un motivo para ponernos al lado del héroe o del villano, de la Alianza o del imperio, no hay código moral que resista noventa minutos ni ser humano que no cabalgue contradicciones. El que inventó este juego sabía lo que hacía y uno siempre termina tomando partido por alguno de los contendientes sin necesidad de entender las razones, simplemente lo sientes en las entrañas. Y sí, se nos podría llegar a considerar unos degenerados.
Este Mundial, además, aparece en el momento justo para recordarnos por qué vivimos colgados de este deporte. Acabamos de asistir a su teatralización más espantosa en forma de performance católica en pleno Santiago Bernabéu. Y ante la mirada asombrada del Papa Leon XIV que, o bien disimula como los ángeles o simplemente no daba crédito a lo que estaban viendo sus ojos. Solo se echó en falta la presencia del hijo de Mariano Rajoy para explicarle al pontífice quiénes son Manolo Lama y Paco González, las horas acumuladas junto a la consola desde aquel primer FIFA EA Sports: Rumbo al Mundial y hasta el famoso incidente de Manolo con un mendigo. No es un reproche: todo el mundo tiene derecho a equivocarse, también el que diseñó ese teatrillo de las porterías, los voluntarios y el catecismo.
El verdadero regocijo llegó con un Almería-Castellón que nos devolvió al inicio de los tiempos, partido gigantesco que durante noventa y tantos minutos nos hizo olvidar el comunicado del Real Madrid anunciando que no fichará a Julián Álvarez. Parafraseando a Josep Pedreroll, “este no es mi Florentino”, aunque la jugada se haya catalogado como maestra por un sector bastante importante del periodismo: no solo cumple su promesa electoral de ofrecer 150 millones por una estrella del fútbol mundial, también eleva el posible precio de salida en caso de que el argentino prefiera ir al Barça. Es una forma de verlo. Otra sería que al menos acertó ofertando por Julián y no por Julia Otero, ventajas de no tener que preguntar a los servicios médicos.
En Barcelona, mientras tanto, han descubierto que meterse en obras es sinónimo de salir trasquilado y que nada es tan barato como parece, ni siquiera en Turquía. Es así como todo lo accesorio se nos descubre delirante a las puertas de un Mundial que, para apuntarse al absurdo, acaba de ver cómo el mejor árbitro de África ha sido deportado: welcome to América. Necesitamos que el balón eche a rodar de una vez porque, aunque el fútbol lo aguante todo, incluso a nosotros, es mi vieja camiseta de Pauleta la que ya no se aguanta –y perdonen la redundancia- en el fondo del cesto de la plancha.
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