“He derribado unos 320 drones rusos desde julio”, responde Miguel sin altanería alguna al ser preguntado sobre su trabajo ante la atenta mirada escrutadora de varios compañeros, que lo consideran un héroe de la guerra electrónica. Miguel, de 27 años, es el apodo de un militar ucranio que ha adquirido fama entre sus colegas por su destreza a la hora de manejar la gran estrella del armamento de Kiev para interceptar los Shahed iraníes y sus variantes fabricadas en Rusia, todos aparatos kamikazes. La herramienta con la que trabaja este soldado es el Sting, un dron desarrollado en Ucrania en los últimos meses que ha derribado ya casi 4.000 aviones no tripulados y otros objetivos enemigos.

Estados Unidos y otros países han solicitado a Kiev este aparato con más del 80% de efectividad para derribar los Shahed iraníes y sus variantes
“He derribado unos 320 drones rusos desde julio”, responde Miguel sin altanería alguna al ser preguntado sobre su trabajo ante la atenta mirada escrutadora de varios compañeros, que lo consideran un héroe de la guerra electrónica. Miguel, de 27 años, es el apodo de un militar ucranio que ha adquirido fama entre sus colegas por su destreza a la hora de manejar la gran estrella del armamento de Kiev para interceptar los Shahed iraníes y sus variantes fabricadas en Rusia, todos aparatos kamikazes. La herramienta con la que trabaja este soldado es el Sting, un dron desarrollado en Ucrania en los últimos meses que ha derribado ya casi 4.000 aviones no tripulados y otros objetivos enemigos.
Estados Unidos y varios países del Golfo ya los han solicitado a Kiev. El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, ha reconocido que en los últimos meses han querido firmar un “gran acuerdo de producción de drones con Estados Unidos”, pero no se ha logrado por la falta de “aprobación” de la Casa Blanca, ha confirmado durante una entrevista a Politico. Con la guerra contra Irán en ebullición, Zelenski ha afirmado: “Espero que nuestros amigos estadounidenses estén más cerca de esta decisión ahora, especialmente después de los desafíos que estamos viendo en Oriente Próximo”.
Responsables del fabricante del Sting, la sociedad Wild Hornets (Avispas Salvajes), una entidad sin ánimo de lucro, afirman que no hay nada más efectivo hoy en día –más del 80%– para poder hacer frente a la respuesta de Teherán a los ataques de EE UU e Israel.
La posición que ocupan Miguel y sus compañeros en una furgoneta de apariencia civil en medio de un descampado cubierto de nieve se halla en la región de Chernihiv, al norte y cerca de la frontera rusa, en una de las principales rutas de los Shahed entre territorio ruso y Kiev. De ahí la importancia de lograr detener los drones en este punto. El cielo despejado se presenta salpicado de estrellas, pero las alertas no saltan en el tiempo que dura la visita, el pasado miércoles. Un ataque en la zona poco después acabó con la vida de una niña de 15 años. Con frecuencia, el ejército recibe información de inteligencia que advierte del despliegue de decenas de Shahed en Rusia horas antes de proceder a su lanzamiento, con lo que tiene tiempo de reforzar el despliegue de soldados en el terreno.
Hay, sin embargo, varios problemas ante la premura con la que los países del Golfo desean adoptar como armamento antiaéreo los Sting. Por un lado, Ucrania no dispone ni siquiera de capacidad suficiente para satisfacer sus necesidades, pese a que la producción diaria es de más de 1.000 interceptores, según datos de Zelenski. Por otro, aunque, en principio, no se trata de algo excesivamente complicado, los pilotos que manejen estos aparatos necesitan un adiestramiento. Uno de los responsables de Wild Hornets a los que han contactado algunos de esos países destaca que le falta personal. Uno de ellos ―que prefiere no ser citado― reconoció que únicamente dispone de un piloto de drones y de modelos básicos.
El parlamentario Marian Zablotskii, uno de los fundadores en 2023 de Wild Hornets, cree que podría llegarse a “acuerdos” para poder facilitar drones Sting a cambio de otro tipo de armamento o ayuda que Ucrania sigue necesitando. Mientras la Administración de Donald Trump no esconde su deseo por estos nuevos drones interceptores, Kiev sigue esperando los famosos misiles Tomahawk estadounidenses, con un alcance de 2.500 kilómetros, pero que Washington no facilita. Por el momento, Zelenski ha confirmado este miércoles que tres equipos con militares, ingenieros y expertos han sido enviados a la zona del Golfo para colaborar en la defensa de países afectados.

Los Shahed ―Kiev calcula haber sufrido ataques de unos 57.000 en cuatro años― son drones efectivos pero baratos, por eso Kiev no podía diseñar un armamento caro para hacerles frente. Cada unidad de Sting cuesta unos 3.000 dólares [unos 2.600 euros], producen varios miles cada mes y la base de su fabricación son esencialmente componentes chinos de bajo coste y accesibles en el mercado, explica Escoria-2, de 41 años, apodo de uno de los militares del 1020 Regimiento Antiaéreo. “Fabricamos armamento barato para derribar armamento barato”, explica. En todo caso, tratan de no olvidar la posibilidad de sufrir hackeos como el que llevaron a cabo en 2024 los servicios secretos israelíes de los sistemas de comunicación de la milicia chií libanesa Hezbolá.
El resultado es un pequeño dron con varias hélices en forma de cohete y de despegue vertical sin necesidad de lanzadera. Está dotado de una carga de unos 400 gramos de explosivo que es detonada cuando se acerca a unos dos metros del objetivo. La cámara permite seguir su trayectoria durante la noche, cuando tiene lugar el 80% de la actividad.
El Sting, que puede superar los 180 kilómetros por hora, entra en funcionamiento cuando se detecta la presencia de un aparato enemigo a una distancia de unos 15 kilómetros. Con frecuencia, Rusia lanza los Shahed por oleadas, por lo que es necesario el despegue de un grupo de drones Sting casi a la vez. Esta es, precisamente, una de sus cualidades, la posibilidad de entrar en combate con rapidez. Por el contrario, solo tiene una autonomía de vuelo de 15 minutos o 30 kilómetros.
El Sting ha demostrado frente a los drones lanzados por los rusos una efectividad mucho mayor que la que logran las baterías antiaéreas desde tierra o los helicópteros desde el aire. Todos destacan, sin embargo, la importancia de disponer de buenos pilotos, debidamente entrenados y con experiencia en situaciones reales en el campo de batalla. De ahí que surjan ciertas dudas en cuanto a vender los Sting a países que no disponen de personal preparado para su uso. Wild Hornets presume abiertamente en las redes sociales de sus logros con vídeos de algunas de sus intercepciones.
Sobre el terreno, se organizan por pelotones cuyos integrantes se distribuyen en varias furgonetas en campo abierto. Cada uno, como el de la noche del miércoles a un centenar de kilómetros de las regiones de Kursk y Briansk (Rusia), dispone de una posición de radar para detectar los aparatos enemigos. Además, en un radio de entorno a cinco kilómetros, se ubican dos o tres posiciones desde las que actúan los interceptores. En total, entre 12 y 15 personas repartidas en esos vehículos adaptados para almacenar hasta medio centenar de Sting.
Aunque Wild Hornets es una sociedad no estatal en la que los dividendos se destinan a la fabricación de drones, el entrenamiento de soldados, el aumento de la producción y el desarrollo I+D (investigación y desarrollo), el Gobierno ucranio adquiere parte del armamento, que no solo se limita al Sting, explica Alex Roslin, portavoz de la empresa.
En todo caso, “actualmente no se permite la exportación” y “los drones suministrados a otros países forman parte de acuerdos bilaterales” de las autoridades de Kiev. “Estamos abiertos a otorgar licencias de producción a empresas asociadas con experiencia en la fabricación de drones en países aliados”, agrega. En Wild Hornets son conscientes de que “la demanda internacional” de sus drones “únicos podría ser muy alta, lo que podría contribuir a aumentar la producción y el crucial avance en I+D” para conseguir frenar a Rusia.
Las imágenes que acompañan este reportaje no muestran los rostros de sus protagonistas por expresa petición de la unidad militar que permite el acceso a EL PAÍS y que, además, ha pedido verlas antes de que sean publicadas. No esconden que perfiles adiestrados en la nueva guerra tecnológica como los que ellos representan están en el punto de mira de los rusos.
Miguel, el afamado piloto, es de los que se ha ido adaptando a las circunstancias que exige la contienda. Primero, en 2023, aprendió a manejar drones. Después, se unió a sus actuales compañeros en las tareas de interceptar Shaheds iraníes y sus adaptaciones rusas como el Geran, el Lancet o el Zala, todos de ataque, y, en algunos casos, aparatos de reconocimiento como los Supercam, de menor tamaño y que vuelan más alto. Ha estado destinado en los frentes de las regiones de Lugansk, Donetsk y Sumi antes de recalar en esta de Chernihiv. Todo en su relato va, sin embargo, revestido de normalidad.
Sus compañeros destacan que es un militar que va más allá por su interés en hacer frente a la necesidad de parar a las fuerzas rusas. “Siempre busca el mejor sitio donde ubicar la furgoneta, está pendiente de todo lo que no funciona…”, describe uno de ellos mientras los dos perros que les acompañan, Rada (Parlamento) y Sting, saltan por el vehículo.
“Trato de mejorar cada día”, señala Miguel, que no aceptaría ninguna oferta para irse en estos momentos a la zona del Golfo. “Mi guerra es esta”, recalca mientras, a su alrededor, hay comentarios jocosos sobre el dinero que mueve el petróleo en aquellos países.
―¿Cuál ha sido tu mejor noche?
―Mi mejor noche no ha sido derribando drones (risas).
―¿Y la mejor combatiendo drones?
―Fue el pasado 7 de septiembre, 24 en total.
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