Antón Chéjov murió poco más de seis meses después del estreno de ‘ El jardín de los cerezos ‘, en enero de 1904. Comenzaba el siglo XX, se rumiaba los cambios que desembocaron en la revolución de 1917 y el dramaturgo dibujó en uno de los grandes textos de la literatura dramática universal el fin de una época. «’Yo lo único que quería decir era: echad una mirada a vuestras vidas y ved qué lamentables y desastrosas son’ –recuerda Juan Carlos Pérez de la Fuente –. Con esta turbadora sencillez, Antón Chéjov, el gran renovador del teatro moderno, le decía en una carta a su esposa, la actriz Olga Knipper, lo que pretendía con ‘El jardín de los cerezos’, su última obra, acaso la cumbre del teatro contemporáneo».Juan Carlos Pérez de la Fuente pone en pie en el Teatro Fernán-Gómez una nueva producción de esta obra. El director madrileño llevaba mucho tiempo dando vueltas a este texto sin atreverse a abordarlo, pero «ha llegado el momento», reconoce. «La montamos precisamente por el ruido de la calle; no he vivido un momento de mayor confusión que el actual, nunca pensé que la democracia, que todo, se deteriorara de la manera en que lo está haciendo. ‘El jardín de los cerezos’ va mucho más allá de la anécdota de aquella Rusia en plena decadencia de la aristocracia , anclada en aquel momento crucial… Chéjov habla de series humanos perdidos, perplejos, aturdidos… Y de ellos habla este montaje».Ignacio García May ha adaptado el texto para esta producción, que cuenta con un reparto que integran Juanma Cifuentes, Carmen Conesa, Helena Ezquerro, Chema León, Manuel Maciá, Borja Maestre, Cristina Marcos, Markos Marín, Noelia Marló, Chema de Miguel, José Gonçalo Pais, Marta Poveda y Jesús Torres, con un coro de mendicantes que forman Maribel Cuadra, Pablo Méndez Lobo, Sonia Molina Leivinson, Elena Jerez, Marta Alonso, Jorge Tasende y Abel Ferris.Antón Chéjov no quedó satisfecho con la primera puesta en escena de su obra, dirigida por el legendario Konstantín Stanislavski ; el autor consideraba que había escrito una comedia, el director puso en pie un drama. Pérez de la Fuente asegura que «ciento veinte años después de aquel estreno, Chéjov se ha convertido en un clásico del drama universal. Su teatro se nos ha ido desvelando con el paso del tiempo y hoy entendemos un poco más su universo. La obsesión por la búsqueda de la verdad, la infinita compasión por sus personajes, sus paradojas y aspiraciones, casi siempre ocultas; el amor a la belleza, a los espacios abiertos; la necesidad del silencio. Su devoción por la palabra poética, por el lenguaje de los campesinos, por la vida rural. El dolor de no haber tenido infancia. Su embeleso por los olores, por la elegancia, la belleza de las mujeres. El odio a la mentira, a la pedantería, a lo melodramático. Su rechazo a la crueldad, a la violencia. Su ateísmo devoto. El humor nacido del dolor: tragicomedia de la existencia. La angustia ante el paso del tiempo. La valentía de convivir con la muerte y seguir interesado en la vida. Ponerse en los zapatos del otro. Escuchar. Saborear una conversación. Y esperar, pese a toda duda, que las cosas mejoren; pues, como se repite a lo largo de toda su obra, ‘Ya no es posible seguir viviendo así’».Una gran metáforaCuenta ‘El jardín de los cerezos’ el regreso de una aristócrata, Liuba Ranevskaia , a su casa en Rusia después de años en París. Se encuentra con que su finca va a ser subastada por una pésima gestión que la ha llevado a la ruina. Lopajin, un antiguo sirviente que es ahora un rico comerciante, le propone parcelar el jardín y venderlo para construir viviendas para los veraneantes. Liuba y su familia rechazan la idea y deciden no hacer nada y confiar en que algo o alguien salve el jardín.Ignacio García May también cree que ‘El jardín de los cerezos’ es «una de las obras verdaderamente grandes de la historia del teatro universal. Es una gran metáfora, de cuya clave da el propio autor, a través del estudiante Piotr Sergueyevich Trofimov, cuando dice: ‘ Toda Rusia es nuestro jardín ‘. Chéjov quiere decir con ello que no cuenta la historia de una familia que pierde una finca, sino la historia de todo un país, de toda una sociedad que se pierde a sí misma… La lección de la obra es extraordinariamente simple y contundente: si no cuidas lo tuyo, lo perderás; si tú no estás pendiente de lo que te pertenece, lo perderás. Y tus lágrimas posteriores no van a servir de nada porque ya lo habrás perdido».Traslada el dramaturgo esa reflexión a nuestros días: «Nosotros teníamos aquí, en este país, un bonito jardín. Hemos tenido durante muchos años un jardín estupendo y hemos dejado que se pudriera a base de incompetencia, de aburrimiento, de desidia, de corrupción, de codicia, de estupidez… Y ahora lloramos y lloramos todos los días por los trenes, por las carreteras, porque no hay viviendas ni trabajo… Porque no hay nada. Pero si lloramos es porque la pérdida se ha producido ya».Pero, dice García May, no ha hecho falta ‘actualizar’ el texto. «Mi misión con el texto no era inventarme cosas. Con Chéjov no hay que inventarse nada , porque él es extraordinario; es, quizás, el mejor dramaturgo de todos los tiempos –«y el más moderno de nuestros autores», interviene Pérez de la Fuente–. Mi misión ha sido únicamente pulir el texto para que quedara de la manera más clara y meridiana a la vista el poderosísimo valor simbólico que tiene la historia. Hemos hecho querido hacer un Chéjov no para los especialistas sino para toda esa gente que tal vez ni siquiera sepa quién es Chéjov, pero sí sabe lo que es perder».Noticia Relacionada estandar Si ‘La gavina’: Reflejarnos en el lago de Chéjov Sergi Doria Julio Manrique ha conservado el extracto seco del drama chejoviano y nos lo sirve con ropajes del siglo XXI«Tenía una infinita misericordia por sus personajes –añade Pérez de la Fuente–; no quería que se manipulara a los personajes, quería que el público fuera el juez». Lo explica el director para justificar su decisión de mantener su montaje en la Rusia de la época en la que se escribió: «Chéjov no sólo habla de la Rusia de finales del siglo XIX, sino de personas desorientadas y perplejas en medio de una encrucijada o un laberinto que les aturde, les noquea. Y tienen miedo, mucho miedo, y engañan la vida mientras exponen sus anhelos más elevados, los propósitos más dignos, pero sin voluntad para ejecutarlos. Es en ese punto donde nos reconocemos e identificamos: sus problemas y anhelos son los nuestros. Porque, reconozcámoslo, hacía tiempo que nuestro mundo no estaba tan perdido como ahora. Nos enfrentamos a desafíos demográficos, económicos, tecnológicos, geopolíticos, climáticos. Movimientos migratorios masivos. La población, cada vez más envejecida y más sola. Una sociedad absolutamente polarizada, los jóvenes en paro, mientras las grandes potencias luchan por controlar la nueva realidad y los escasos recursos naturales. La mentira es la palabra de moda en el mundo». Antón Chéjov murió poco más de seis meses después del estreno de ‘ El jardín de los cerezos ‘, en enero de 1904. Comenzaba el siglo XX, se rumiaba los cambios que desembocaron en la revolución de 1917 y el dramaturgo dibujó en uno de los grandes textos de la literatura dramática universal el fin de una época. «’Yo lo único que quería decir era: echad una mirada a vuestras vidas y ved qué lamentables y desastrosas son’ –recuerda Juan Carlos Pérez de la Fuente –. Con esta turbadora sencillez, Antón Chéjov, el gran renovador del teatro moderno, le decía en una carta a su esposa, la actriz Olga Knipper, lo que pretendía con ‘El jardín de los cerezos’, su última obra, acaso la cumbre del teatro contemporáneo».Juan Carlos Pérez de la Fuente pone en pie en el Teatro Fernán-Gómez una nueva producción de esta obra. El director madrileño llevaba mucho tiempo dando vueltas a este texto sin atreverse a abordarlo, pero «ha llegado el momento», reconoce. «La montamos precisamente por el ruido de la calle; no he vivido un momento de mayor confusión que el actual, nunca pensé que la democracia, que todo, se deteriorara de la manera en que lo está haciendo. ‘El jardín de los cerezos’ va mucho más allá de la anécdota de aquella Rusia en plena decadencia de la aristocracia , anclada en aquel momento crucial… Chéjov habla de series humanos perdidos, perplejos, aturdidos… Y de ellos habla este montaje».Ignacio García May ha adaptado el texto para esta producción, que cuenta con un reparto que integran Juanma Cifuentes, Carmen Conesa, Helena Ezquerro, Chema León, Manuel Maciá, Borja Maestre, Cristina Marcos, Markos Marín, Noelia Marló, Chema de Miguel, José Gonçalo Pais, Marta Poveda y Jesús Torres, con un coro de mendicantes que forman Maribel Cuadra, Pablo Méndez Lobo, Sonia Molina Leivinson, Elena Jerez, Marta Alonso, Jorge Tasende y Abel Ferris.Antón Chéjov no quedó satisfecho con la primera puesta en escena de su obra, dirigida por el legendario Konstantín Stanislavski ; el autor consideraba que había escrito una comedia, el director puso en pie un drama. Pérez de la Fuente asegura que «ciento veinte años después de aquel estreno, Chéjov se ha convertido en un clásico del drama universal. Su teatro se nos ha ido desvelando con el paso del tiempo y hoy entendemos un poco más su universo. La obsesión por la búsqueda de la verdad, la infinita compasión por sus personajes, sus paradojas y aspiraciones, casi siempre ocultas; el amor a la belleza, a los espacios abiertos; la necesidad del silencio. Su devoción por la palabra poética, por el lenguaje de los campesinos, por la vida rural. El dolor de no haber tenido infancia. Su embeleso por los olores, por la elegancia, la belleza de las mujeres. El odio a la mentira, a la pedantería, a lo melodramático. Su rechazo a la crueldad, a la violencia. Su ateísmo devoto. El humor nacido del dolor: tragicomedia de la existencia. La angustia ante el paso del tiempo. La valentía de convivir con la muerte y seguir interesado en la vida. Ponerse en los zapatos del otro. Escuchar. Saborear una conversación. Y esperar, pese a toda duda, que las cosas mejoren; pues, como se repite a lo largo de toda su obra, ‘Ya no es posible seguir viviendo así’».Una gran metáforaCuenta ‘El jardín de los cerezos’ el regreso de una aristócrata, Liuba Ranevskaia , a su casa en Rusia después de años en París. Se encuentra con que su finca va a ser subastada por una pésima gestión que la ha llevado a la ruina. Lopajin, un antiguo sirviente que es ahora un rico comerciante, le propone parcelar el jardín y venderlo para construir viviendas para los veraneantes. Liuba y su familia rechazan la idea y deciden no hacer nada y confiar en que algo o alguien salve el jardín.Ignacio García May también cree que ‘El jardín de los cerezos’ es «una de las obras verdaderamente grandes de la historia del teatro universal. Es una gran metáfora, de cuya clave da el propio autor, a través del estudiante Piotr Sergueyevich Trofimov, cuando dice: ‘ Toda Rusia es nuestro jardín ‘. Chéjov quiere decir con ello que no cuenta la historia de una familia que pierde una finca, sino la historia de todo un país, de toda una sociedad que se pierde a sí misma… La lección de la obra es extraordinariamente simple y contundente: si no cuidas lo tuyo, lo perderás; si tú no estás pendiente de lo que te pertenece, lo perderás. Y tus lágrimas posteriores no van a servir de nada porque ya lo habrás perdido».Traslada el dramaturgo esa reflexión a nuestros días: «Nosotros teníamos aquí, en este país, un bonito jardín. Hemos tenido durante muchos años un jardín estupendo y hemos dejado que se pudriera a base de incompetencia, de aburrimiento, de desidia, de corrupción, de codicia, de estupidez… Y ahora lloramos y lloramos todos los días por los trenes, por las carreteras, porque no hay viviendas ni trabajo… Porque no hay nada. Pero si lloramos es porque la pérdida se ha producido ya».Pero, dice García May, no ha hecho falta ‘actualizar’ el texto. «Mi misión con el texto no era inventarme cosas. Con Chéjov no hay que inventarse nada , porque él es extraordinario; es, quizás, el mejor dramaturgo de todos los tiempos –«y el más moderno de nuestros autores», interviene Pérez de la Fuente–. Mi misión ha sido únicamente pulir el texto para que quedara de la manera más clara y meridiana a la vista el poderosísimo valor simbólico que tiene la historia. Hemos hecho querido hacer un Chéjov no para los especialistas sino para toda esa gente que tal vez ni siquiera sepa quién es Chéjov, pero sí sabe lo que es perder».Noticia Relacionada estandar Si ‘La gavina’: Reflejarnos en el lago de Chéjov Sergi Doria Julio Manrique ha conservado el extracto seco del drama chejoviano y nos lo sirve con ropajes del siglo XXI«Tenía una infinita misericordia por sus personajes –añade Pérez de la Fuente–; no quería que se manipulara a los personajes, quería que el público fuera el juez». Lo explica el director para justificar su decisión de mantener su montaje en la Rusia de la época en la que se escribió: «Chéjov no sólo habla de la Rusia de finales del siglo XIX, sino de personas desorientadas y perplejas en medio de una encrucijada o un laberinto que les aturde, les noquea. Y tienen miedo, mucho miedo, y engañan la vida mientras exponen sus anhelos más elevados, los propósitos más dignos, pero sin voluntad para ejecutarlos. Es en ese punto donde nos reconocemos e identificamos: sus problemas y anhelos son los nuestros. Porque, reconozcámoslo, hacía tiempo que nuestro mundo no estaba tan perdido como ahora. Nos enfrentamos a desafíos demográficos, económicos, tecnológicos, geopolíticos, climáticos. Movimientos migratorios masivos. La población, cada vez más envejecida y más sola. Una sociedad absolutamente polarizada, los jóvenes en paro, mientras las grandes potencias luchan por controlar la nueva realidad y los escasos recursos naturales. La mentira es la palabra de moda en el mundo».
Antón Chéjov murió poco más de seis meses después del estreno de ‘El jardín de los cerezos‘, en enero de 1904. Comenzaba el siglo XX, se rumiaba los cambios que desembocaron en la revolución de 1917 y el dramaturgo dibujó en uno de … los grandes textos de la literatura dramática universal el fin de una época. «’Yo lo único que quería decir era: echad una mirada a vuestras vidas y ved qué lamentables y desastrosas son’ –recuerda Juan Carlos Pérez de la Fuente–. Con esta turbadora sencillez, Antón Chéjov, el gran renovador del teatro moderno, le decía en una carta a su esposa, la actriz Olga Knipper, lo que pretendía con ‘El jardín de los cerezos’, su última obra, acaso la cumbre del teatro contemporáneo».
Juan Carlos Pérez de la Fuente pone en pie en el Teatro Fernán-Gómez una nueva producción de esta obra. El director madrileño llevaba mucho tiempo dando vueltas a este texto sin atreverse a abordarlo, pero «ha llegado el momento», reconoce. «La montamos precisamente por el ruido de la calle; no he vivido un momento de mayor confusión que el actual, nunca pensé que la democracia, que todo, se deteriorara de la manera en que lo está haciendo. ‘El jardín de los cerezos’ va mucho más allá de la anécdota de aquella Rusia en plena decadencia de la aristocracia, anclada en aquel momento crucial… Chéjov habla de series humanos perdidos, perplejos, aturdidos… Y de ellos habla este montaje».
Ignacio García May ha adaptado el texto para esta producción, que cuenta con un reparto que integran Juanma Cifuentes, Carmen Conesa, Helena Ezquerro, Chema León, Manuel Maciá, Borja Maestre, Cristina Marcos, Markos Marín, Noelia Marló, Chema de Miguel, José Gonçalo Pais, Marta Poveda y Jesús Torres, con un coro de mendicantes que forman Maribel Cuadra, Pablo Méndez Lobo, Sonia Molina Leivinson, Elena Jerez, Marta Alonso, Jorge Tasende y Abel Ferris.
Antón Chéjov no quedó satisfecho con la primera puesta en escena de su obra, dirigida por el legendario Konstantín Stanislavski; el autor consideraba que había escrito una comedia, el director puso en pie un drama. Pérez de la Fuente asegura que «ciento veinte años después de aquel estreno, Chéjov se ha convertido en un clásico del drama universal. Su teatro se nos ha ido desvelando con el paso del tiempo y hoy entendemos un poco más su universo. La obsesión por la búsqueda de la verdad, la infinita compasión por sus personajes, sus paradojas y aspiraciones, casi siempre ocultas; el amor a la belleza, a los espacios abiertos; la necesidad del silencio. Su devoción por la palabra poética, por el lenguaje de los campesinos, por la vida rural. El dolor de no haber tenido infancia. Su embeleso por los olores, por la elegancia, la belleza de las mujeres. El odio a la mentira, a la pedantería, a lo melodramático. Su rechazo a la crueldad, a la violencia. Su ateísmo devoto. El humor nacido del dolor: tragicomedia de la existencia. La angustia ante el paso del tiempo. La valentía de convivir con la muerte y seguir interesado en la vida. Ponerse en los zapatos del otro. Escuchar. Saborear una conversación. Y esperar, pese a toda duda, que las cosas mejoren; pues, como se repite a lo largo de toda su obra, ‘Ya no es posible seguir viviendo así’».
Una gran metáfora
Cuenta ‘El jardín de los cerezos’ el regreso de una aristócrata, Liuba Ranevskaia, a su casa en Rusia después de años en París. Se encuentra con que su finca va a ser subastada por una pésima gestión que la ha llevado a la ruina. Lopajin, un antiguo sirviente que es ahora un rico comerciante, le propone parcelar el jardín y venderlo para construir viviendas para los veraneantes. Liuba y su familia rechazan la idea y deciden no hacer nada y confiar en que algo o alguien salve el jardín.
Ignacio García May también cree que ‘El jardín de los cerezos’ es «una de las obras verdaderamente grandes de la historia del teatro universal. Es una gran metáfora, de cuya clave da el propio autor, a través del estudiante Piotr Sergueyevich Trofimov, cuando dice: ‘Toda Rusia es nuestro jardín‘. Chéjov quiere decir con ello que no cuenta la historia de una familia que pierde una finca, sino la historia de todo un país, de toda una sociedad que se pierde a sí misma… La lección de la obra es extraordinariamente simple y contundente: si no cuidas lo tuyo, lo perderás; si tú no estás pendiente de lo que te pertenece, lo perderás. Y tus lágrimas posteriores no van a servir de nada porque ya lo habrás perdido».
Traslada el dramaturgo esa reflexión a nuestros días: «Nosotros teníamos aquí, en este país, un bonito jardín. Hemos tenido durante muchos años un jardín estupendo y hemos dejado que se pudriera a base de incompetencia, de aburrimiento, de desidia, de corrupción, de codicia, de estupidez… Y ahora lloramos y lloramos todos los días por los trenes, por las carreteras, porque no hay viviendas ni trabajo… Porque no hay nada. Pero si lloramos es porque la pérdida se ha producido ya».
Pero, dice García May, no ha hecho falta ‘actualizar’ el texto. «Mi misión con el texto no era inventarme cosas. Con Chéjov no hay que inventarse nada, porque él es extraordinario; es, quizás, el mejor dramaturgo de todos los tiempos –«y el más moderno de nuestros autores», interviene Pérez de la Fuente–. Mi misión ha sido únicamente pulir el texto para que quedara de la manera más clara y meridiana a la vista el poderosísimo valor simbólico que tiene la historia. Hemos hecho querido hacer un Chéjov no para los especialistas sino para toda esa gente que tal vez ni siquiera sepa quién es Chéjov, pero sí sabe lo que es perder».
«Tenía una infinita misericordia por sus personajes –añade Pérez de la Fuente–; no quería que se manipulara a los personajes, quería que el público fuera el juez». Lo explica el director para justificar su decisión de mantener su montaje en la Rusia de la época en la que se escribió: «Chéjov no sólo habla de la Rusia de finales del siglo XIX, sino de personas desorientadas y perplejas en medio de una encrucijada o un laberinto que les aturde, les noquea. Y tienen miedo, mucho miedo, y engañan la vida mientras exponen sus anhelos más elevados, los propósitos más dignos, pero sin voluntad para ejecutarlos. Es en ese punto donde nos reconocemos e identificamos: sus problemas y anhelos son los nuestros. Porque, reconozcámoslo, hacía tiempo que nuestro mundo no estaba tan perdido como ahora. Nos enfrentamos a desafíos demográficos, económicos, tecnológicos, geopolíticos, climáticos. Movimientos migratorios masivos. La población, cada vez más envejecida y más sola. Una sociedad absolutamente polarizada, los jóvenes en paro, mientras las grandes potencias luchan por controlar la nueva realidad y los escasos recursos naturales. La mentira es la palabra de moda en el mundo».
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