En 1847 se fundó la American Medical Association con un objetivo claro: garantizar que la medicina no quedara en manos de charlatanes. Desde entonces, las profesiones liberales han sostenido su legitimidad sobre tres pilares: formación rigurosa, juicio experto y deontología autónoma. Hoy, la inteligencia artificial amenaza con erosionar ese pacto tácito entre la sociedad y los profesionales.Lejos de los titulares grandilocuentes, la evidencia empírica reciente pinta un panorama más complejo. Un estudio de la firma Mercor (2026) muestra que los agentes de IA solo resuelven con éxito el 25% de tareas jurídicas o de consultoría sin ayuda humana, y apenas el 40% tras múltiples iteraciones. Aun así, los grandes despachos y consultoras están reestructurando sus pirámides: menos becarios y juniors, más IA. La formación práctica –el taller donde se forjaban los futuros expertos– empieza a resquebrajarse. ¿Cómo vamos a tener Leonardos sin los talleres de Verrocchios que los acojan?En medicina, los algoritmos diagnósticos igualan en precisión a especialistas en áreas como radiología o gastroenterología. Pero un estudio español reciente revela una baja integración real en la práctica clínica. No por falta de capacidad, sino por desconfianza profesional, dudas legales y una cultura médica que aún valora el juicio clínico. No obstante, la presión de aseguradoras y gestores públicos augura un cambio que puede venir no desde la evidencia, sino desde el recorte.Noticia Relacionada ajuste de cuentas opinion Si El subsidio no salva un mal servicio John Müller Adamuz y Gelida trastornaron el debate ferroviario, pero el problema, antes de la seguridad, era el CercaníasTambién en arquitectura e ingeniería, la IA acelera las etapas conceptuales –bocetos, renders, iteraciones– sin sustituir todavía la interacción contextual con cliente, normativa o entorno urbano. El riesgo no es técnico, sino estético: una progresiva homogeneización del diseño, fruto de modelos entrenados sobre cánones dominantes.Lo más preocupante, sin embargo, es transversal: la transformación de la figura misma del profesional. El abogado, el médico, el economista o el arquitecto dejan de ser intérpretes de realidades complejas para convertirse en operadores de herramientas generativas opacas. El conocimiento se externaliza, el juicio se delega, y la responsabilidad se difumina.No estamos ante una simple disrupción tecnológica. Lo que está en juego es el estatuto social de profesiones construidas sobre la premisa de que el saber experto era inseparable del discernimiento humano. Frente a esta deriva, no basta con regular usos o exigir transparencia algorítmica. Es preciso repensar el profesionalismo como espacio de resistencia: formar en IA, sí, pero también en ética, límites y pensamiento crítico. Porque cuando todo parece saberlo una máquina, lo verdaderamente escaso –y por tanto valioso– será el juicio basado en la experiencia. Un elemento más a sumar a la brecha generacional. jmuller@abc.es En 1847 se fundó la American Medical Association con un objetivo claro: garantizar que la medicina no quedara en manos de charlatanes. Desde entonces, las profesiones liberales han sostenido su legitimidad sobre tres pilares: formación rigurosa, juicio experto y deontología autónoma. Hoy, la inteligencia artificial amenaza con erosionar ese pacto tácito entre la sociedad y los profesionales.Lejos de los titulares grandilocuentes, la evidencia empírica reciente pinta un panorama más complejo. Un estudio de la firma Mercor (2026) muestra que los agentes de IA solo resuelven con éxito el 25% de tareas jurídicas o de consultoría sin ayuda humana, y apenas el 40% tras múltiples iteraciones. Aun así, los grandes despachos y consultoras están reestructurando sus pirámides: menos becarios y juniors, más IA. La formación práctica –el taller donde se forjaban los futuros expertos– empieza a resquebrajarse. ¿Cómo vamos a tener Leonardos sin los talleres de Verrocchios que los acojan?En medicina, los algoritmos diagnósticos igualan en precisión a especialistas en áreas como radiología o gastroenterología. Pero un estudio español reciente revela una baja integración real en la práctica clínica. No por falta de capacidad, sino por desconfianza profesional, dudas legales y una cultura médica que aún valora el juicio clínico. No obstante, la presión de aseguradoras y gestores públicos augura un cambio que puede venir no desde la evidencia, sino desde el recorte.Noticia Relacionada ajuste de cuentas opinion Si El subsidio no salva un mal servicio John Müller Adamuz y Gelida trastornaron el debate ferroviario, pero el problema, antes de la seguridad, era el CercaníasTambién en arquitectura e ingeniería, la IA acelera las etapas conceptuales –bocetos, renders, iteraciones– sin sustituir todavía la interacción contextual con cliente, normativa o entorno urbano. El riesgo no es técnico, sino estético: una progresiva homogeneización del diseño, fruto de modelos entrenados sobre cánones dominantes.Lo más preocupante, sin embargo, es transversal: la transformación de la figura misma del profesional. El abogado, el médico, el economista o el arquitecto dejan de ser intérpretes de realidades complejas para convertirse en operadores de herramientas generativas opacas. El conocimiento se externaliza, el juicio se delega, y la responsabilidad se difumina.No estamos ante una simple disrupción tecnológica. Lo que está en juego es el estatuto social de profesiones construidas sobre la premisa de que el saber experto era inseparable del discernimiento humano. Frente a esta deriva, no basta con regular usos o exigir transparencia algorítmica. Es preciso repensar el profesionalismo como espacio de resistencia: formar en IA, sí, pero también en ética, límites y pensamiento crítico. Porque cuando todo parece saberlo una máquina, lo verdaderamente escaso –y por tanto valioso– será el juicio basado en la experiencia. Un elemento más a sumar a la brecha generacional. jmuller@abc.es
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