Javier Marías nació un 20 de septiembre de 1951. Tal día como ayer hace 75 años. Hijo del filósofo Julián Marías y de la escritora y traductora Dolores Franco , Javier Marías hizo su primer viaje a Estados Unidos con apenas unos meses de vida. Escuché hablar de este episodio por primera vez en una emisión que la BBC 4 dedicó al autor de ‘Corazón tan blanco’. En aquel programa participaron Margaret Jull Costa, traductora de Javier Marías durante más de treinta años; Valerie Miles, cofundadora de ‘Granta’ en español, y el crítico literario Boyd Tonkin. Meses después, conseguí la historia contada por el propio Javier Marías en el prólogo de ‘El Quijote de Wellesley’. «Por un verdadero azar, allí pasé el primer año de mi vida (exceptuando el primer mes madrileño), en 1951-52». Wellesley fue la primera universidad estadounidense que contrató a su padre, durante un curso entero. El filósofo viajó justo el día del nacimiento de su hijo. Le dio tiempo a coger su mano y subir al avión. «Un mes después se me metió a mí en uno de esos aparatos, junto con mi madre, Lolita Franco, y mis hermanos Miguel y Fernando». Antes que su padre, añade él, Vladímir Nabokov y Jorge Guillén también en enseñaron Wellesley. «Mi familia ocupó el mismo piso que el poeta español, justo debajo del que en su día había ocupado el novelista ruso. Así pues, no coincidí en el tiempo con ellos, pero sí en el espacio, que es el principal depositario del tiempo ido», escribió Marías en aquel prólogo publicado por Alfaguara. En un encuentro con lectores celebrado en el Parador de Sigüenza celebrado en 2018 al que asistí con la fotógrafa Victoria Iglesias , Marías dijo que él no escribía para ganar tiempo, sino para notarlo. Se refería a su costumbre de trabajar los textos a mano, pasar luego una cuartilla a máquina, cuatro o cinco veces. «Tampoco hago una segunda versión de las novelas. Me rijo por el principio de la vida. Nos atenemos a lo que pasó o a lo que nos hicieron». Recuerdo sus palabras mientras observo el retrato en el que Victoria consiguió hacerlo reír y a la vez capturar su gesto en esa fotografía que hoy me parece, también, depositaria del tiempo ido. Javier Marías nació un 20 de septiembre de 1951. Tal día como ayer hace 75 años. Hijo del filósofo Julián Marías y de la escritora y traductora Dolores Franco , Javier Marías hizo su primer viaje a Estados Unidos con apenas unos meses de vida. Escuché hablar de este episodio por primera vez en una emisión que la BBC 4 dedicó al autor de ‘Corazón tan blanco’. En aquel programa participaron Margaret Jull Costa, traductora de Javier Marías durante más de treinta años; Valerie Miles, cofundadora de ‘Granta’ en español, y el crítico literario Boyd Tonkin. Meses después, conseguí la historia contada por el propio Javier Marías en el prólogo de ‘El Quijote de Wellesley’. «Por un verdadero azar, allí pasé el primer año de mi vida (exceptuando el primer mes madrileño), en 1951-52». Wellesley fue la primera universidad estadounidense que contrató a su padre, durante un curso entero. El filósofo viajó justo el día del nacimiento de su hijo. Le dio tiempo a coger su mano y subir al avión. «Un mes después se me metió a mí en uno de esos aparatos, junto con mi madre, Lolita Franco, y mis hermanos Miguel y Fernando». Antes que su padre, añade él, Vladímir Nabokov y Jorge Guillén también en enseñaron Wellesley. «Mi familia ocupó el mismo piso que el poeta español, justo debajo del que en su día había ocupado el novelista ruso. Así pues, no coincidí en el tiempo con ellos, pero sí en el espacio, que es el principal depositario del tiempo ido», escribió Marías en aquel prólogo publicado por Alfaguara. En un encuentro con lectores celebrado en el Parador de Sigüenza celebrado en 2018 al que asistí con la fotógrafa Victoria Iglesias , Marías dijo que él no escribía para ganar tiempo, sino para notarlo. Se refería a su costumbre de trabajar los textos a mano, pasar luego una cuartilla a máquina, cuatro o cinco veces. «Tampoco hago una segunda versión de las novelas. Me rijo por el principio de la vida. Nos atenemos a lo que pasó o a lo que nos hicieron». Recuerdo sus palabras mientras observo el retrato en el que Victoria consiguió hacerlo reír y a la vez capturar su gesto en esa fotografía que hoy me parece, también, depositaria del tiempo ido.

Javier Marías nació un 20 de septiembre de 1951. Tal día como ayer hace 75 años. Hijo del filósofo Julián Marías y de la escritora y traductora Dolores Franco, Javier Marías hizo su primer viaje a Estados Unidos con apenas unos meses de … vida. Escuché hablar de este episodio por primera vez en una emisión que la BBC 4 dedicó al autor de ‘Corazón tan blanco’. En aquel programa participaron Margaret Jull Costa, traductora de Javier Marías durante más de treinta años; Valerie Miles, cofundadora de ‘Granta’ en español, y el crítico literario Boyd Tonkin. Meses después, conseguí la historia contada por el propio Javier Marías en el prólogo de ‘El Quijote de Wellesley’. «Por un verdadero azar, allí pasé el primer año de mi vida (exceptuando el primer mes madrileño), en 1951-52». Wellesley fue la primera universidad estadounidense que contrató a su padre, durante un curso entero. El filósofo viajó justo el día del nacimiento de su hijo. Le dio tiempo a coger su mano y subir al avión. «Un mes después se me metió a mí en uno de esos aparatos, junto con mi madre, Lolita Franco, y mis hermanos Miguel y Fernando». Antes que su padre, añade él, Vladímir Nabokov y Jorge Guillén también en enseñaron Wellesley. «Mi familia ocupó el mismo piso que el poeta español, justo debajo del que en su día había ocupado el novelista ruso. Así pues, no coincidí en el tiempo con ellos, pero sí en el espacio, que es el principal depositario del tiempo ido», escribió Marías en aquel prólogo publicado por Alfaguara. En un encuentro con lectores celebrado en el Parador de Sigüenza celebrado en 2018 al que asistí con la fotógrafa Victoria Iglesias, Marías dijo que él no escribía para ganar tiempo, sino para notarlo. Se refería a su costumbre de trabajar los textos a mano, pasar luego una cuartilla a máquina, cuatro o cinco veces. «Tampoco hago una segunda versión de las novelas. Me rijo por el principio de la vida. Nos atenemos a lo que pasó o a lo que nos hicieron». Recuerdo sus palabras mientras observo el retrato en el que Victoria consiguió hacerlo reír y a la vez capturar su gesto en esa fotografía que hoy me parece, también, depositaria del tiempo ido.
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