Muriel está en silencio. O casi. El único sonido que rompe la quietud es el de los helicópteros que emergen de entre las montañas tras recoger agua del embalse de Beleña, a un par de kilómetros de distancia. Este pueblo minúsculo fue uno de los primeros de Guadalajara que fueron desalojados por el incendio de La Mierla, que ya ha abrasado alrededor de 26.000 hectáreas, según el último balance de este lunes, el más voraz de la historia de Castilla-La Mancha.
“Vives en un sitio privilegiado, muy bonito, pero el riesgo siempre lo tienes en la cabeza”, confiesa un vecino desalojado por el incendio de La Mierla
Muriel está en silencio. O casi. El único sonido que rompe la quietud es el de los helicópteros que emergen de entre las montañas tras recoger agua del embalse de Beleña, a un par de kilómetros de distancia. Este pueblo minúsculo fue uno de los primeros de Guadalajara que fueron desalojados por el incendio de La Mierla, que ya ha abrasado alrededor de 26.000 hectáreas, según el último balance de este lunes, el más voraz de la historia de Castilla-La Mancha.
Durante la jornada de este lunes, 21 medios aéreos sobrevolaron la zona para defender este espacio natural montañoso de las llamas, que el jueves llegaron a quemar algunas vallas de las casas próximas a esta pedanía de Tamajón, y que ahora se ven a lo lejos. En las calles, desiertas, quedan coches aparcados y mangueras de bomberos tendidas sobre el asfalto. En los balcones, la ropa sigue colgada donde la dejaron sus vecinos, y en la puerta de la iglesia, el horario de misa continúa expuesto. “Vives en un sitio privilegiado, muy bonito, pero el riesgo siempre lo tienes en la cabeza, aunque nunca piensas que va a pasar”, lamenta Ángel Valenciano, de 72 años, uno de los vecinos desalojados de Muriel el pasado jueves.

Valenciano es uno de los solo ocho empadronados en la pedanía. Explica que muchas de las casas de esta pedanía son de segunda residencia. Y rememora el desalojo como una sucesión vertiginosa de órdenes contradictorias: “A mí me pasa la información oficial de que hay que confinar a la gente. A los vecinos les digo: hay que confinarse. Pero al cabo de ni 20 minutos me llega la información de que hay que evacuar”.
Alojado provisionalmente en casa de su hija, a 41 kilómetros de su pueblo, cuenta sobrecogido como el fuego alcanzó la localidad con una rapidez impresionante: “Nos dijeron que el incendio se había producido en La Mierla y que venía rápido, pero se presentó allí [en Muriel] en menos de una hora”, cuenta. El pueblo se salvó gracias a dos vecinos, uno de ellos bombero, que actuó rápidamente sin tener que esperar a la llegada de las brigadas forestales: “A él le debemos el pueblo: conoce todos los linderos, por donde puede entrar el fuego”.
En la carretera desde el Puesto de Mando de Tamajón hasta Muriel, a unos 20 minutos en coche, se aprecian brotes de vegetación que han resistido al fuego. Uno de los directores del Servicio de Prevención y Extinción de Incendios Forestales (Infocam) que recorre el trayecto hasta Muriel, explica al volante que, al ser uno de los primeros pueblos en ser evacuados, probablemente sea también uno de los primeros que pueda realojarse. Pero el motivo es triste: rara vez el fuego vuelve hacia las zonas por las que ya ha pasado. Y ni siquiera está garantizado el realojo. Fuentes del dispositivo apuntan que está condicionado por la dirección y violencia de las ráfagas de viento.
“Este es el incendio más fuerte que he visto en más de 25 años de experiencia. Hemos visto propagaciones de 4 kilómetros por hora, que son unos unos 66 metros por minuto”, explica uno de los directores de Infocam. Destaca que a partir de los 10 metros por minuto el operativo entra en lo que llaman “fuera de capacidad de extinción”: el incendio crece más rápido de lo que se puede apagar. “Aquí hemos visto velocidades seis veces superiores. No hay forma humana de apagar eso”, detalla mientras conduce y mira por la ventanilla, señalando las zonas en las que el fuego ha quemado hasta las copas de los árboles.
“Un incendio tiene muchos problemas. Unos son abordables de una manera, otros son completamente inabordables”, explica el experto. El de La Mierla, subraya, “manifestó un comportamiento fuera de capacidad de extinción desde el principio”. Los equipos han logrado avances en los flancos, pero la cabeza del fuego “ha ofrecido muy pocas oportunidades en todos los días que llevamos aquí”, lamenta. Las que han surgido, dice, se han aprovechado, pero no bastan. El incendio sigue propagándose y puede que las próximas horas traigan “comportamientos” fuera de esa capacidad de control.
Desde uno de los miradores del pueblo, donde las cenizas llegan a los pies de un banco, se puede ver como el color verde contrasta con algunas laderas teñidas de negro, completamente calcinadas, donde solo queda roca y ceniza. Por allí han pasado llamas “fuera de capacidad de extinción”, con hasta 20 o 30 metros de altura. El fuego se convierte en un muro que abrasa desde los rastrojos, a ras de suelo, hasta las zonas más altas de la vegetación, que trepa por la montaña, convirtiendo el valle en una enorme chimenea.
El incendio ha causado el desalojo de alrededor de 1.200 personas en 33 municipios, según los datos ofrecidos durante la tarde del lunes por el director del dispositivo de Infocam, Juan José Fernández, desde el Puesto de Mando Avanzado de Tamajón. El director asegura que “está muy lejos de ser controlado”, pero por la tarde adelantaba que este lunes ha sido el primer día en el que ”han pasado al ataque». El enemigo es terco: las llamas han llegado a cruzar cortafuegos de hasta 40 metros de ancho y los focos que se están reactivando en algunas zonas impiden tener “un control de frente continuo”.
A primera hora de la mañana, según cuentan los vecinos, se podía observar una capa de humo que se extiende desde el foco del incendio hasta Guadalajara, y que flota cerca de la tierra, abarcando unos 50 kilómetros. Esto está causado, según ha explicado Fernández, por “una inversión térmica”. Cuando una capa de aire caliente se sitúa sobre una capa de aire más frío y denso a nivel del suelo, e impide que el humo suba. Esto impide que los medios aéreos puedan trabajar y “genera afección hacia las personas”.
Para los vecinos, según cuenta Valenciano, la espera se está haciendo larga, llevan fuera de sus casas desde el jueves y tienen miedo de perderlo todo. Están en contacto a través de un grupo de WhatsApp que administra él, en el que hay alrededor de 200 personas. Él mismo explica que ninguno de los vecinos han necesitado ser acogido en el albergue que montó la Cruz Roja el jueves en Humanes, a 20 minutos en coche. Allí, alrededor de 200 personas de otros pueblos han sido acogidos e incluso vieron juntos la final del Mundial de fútbol disputada el domingo.
