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  Deportes  El sueño mexicano donde el nunca se vuelve un quizás
Deportes

El sueño mexicano donde el nunca se vuelve un quizás

julio 1, 2026
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Aficionados festejan un gol de México contra Ecuador, este martes.

El mexicano es supersticioso. No derrama la sal en la mesa, no pasa por debajo de una escalera, si rompe un espejo se preocupa por los años de mala suerte, no adelanta un resultado porque decirlo puede estropearlo; cree en el mal de ojo, en que hay envidia buena y mala, en que lo que hace con el otro se le regresa multiplicado, cree en las maldiciones y en que es posible romperlas obrando bien. El mexicano también es incrédulo. Cuando las cosas van bien, sospecha, qué es esto, por qué, y piensa que no lo merece, entonces el mexicano también es humilde; viendo el juego contra Ecuador este martes, un hombre dijo: “¿en qué momento nos volvimos tan buenos?” y las miradas que se cruzaron asentían sin decir palabras; fascinaba tanto, que alguien comparó a la Selección con un equipo europeo (el mexicano suele admirar a ídolos importados). Y ahí estaba la evidencia de un juego admirable, el recorte impresionante de Gilberto Mora, el tiro a matar de Julián Quiñones, la persistencia incansable de Johan Vázquez, el paradón del Tala Rangel. Corrieron las apuestas en los bares retacados de la capital bajo la lluvia. Y cayó un gol, euforia absoluta, saltos y gritos, y cayó el segundo, más increíble aún, y estaba sucediendo, ahí estaba México avanzando a octavos de final.

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El mexicano es supersticioso. No derrama la sal en la mesa, no pasa por debajo de una escalera, si rompe un espejo se preocupa por los años de mala suerte, no adelanta un resultado porque decirlo puede estropearlo; cree en el mal de ojo, en que hay envidia buena y mala, en que lo que hace con el otro se le regresa multiplicado, cree en las maldiciones y en que es posible romperlas obrando bien. El mexicano también es incrédulo. Cuando las cosas van bien, sospecha, qué es esto, por qué, y piensa que no lo merece, entonces el mexicano también es humilde; viendo el juego contra Ecuador este martes, un hombre dijo: “¿en qué momento nos volvimos tan buenos?” y las miradas que se cruzaron asentían sin decir palabras; fascinaba tanto, que alguien comparó a la Selección con un equipo europeo (el mexicano suele admirar a ídolos importados). Y ahí estaba la evidencia de un juego admirable, el recorte impresionante de Gilberto Mora, el tiro a matar de Julián Quiñones, la persistencia incansable de Johan Vázquez, el paradón del Tala Rangel. Corrieron las apuestas en los bares retacados de la capital bajo la lluvia. Y cayó un gol, euforia absoluta, saltos y gritos, y cayó el segundo, más increíble aún, y estaba sucediendo, ahí estaba México avanzando a octavos de final.

El mexicano no está acostumbrado a que las cosas le salgan bien, arrastra siglos de frustración, el éxito es una cosa extraña, ha triunfado en guerras, pero ha perdido en muchas más, y a veces queda el sabor de que perder es una cosa permanente, en gerundio, un seguir perdiendo, y ganar un Mundial resulta improbable, cómo pensar lo que nunca ha pasado, algo que en otros países no se entiende, en Argentina, en Brasil, en España, que acumulan copas y se preguntan cuándo vendrá la siguiente aunque la realidad apremie, siempre hay espacio en el medallero para más, el triunfo colma otras carencias. El mexicano sin embargo es soñador. El primer triunfo de México sobre Sudáfrica se sintió como algo aceptable, el segundo contra Corea despertó una esperanza tímida, al tercero contra Chequia una creencia comenzó a abarcar las conversaciones. “¿Y si sí?”, una pregunta que al principio fue un como si no, con cautela, a cada paso, con cada prueba superada, y luego una expectativa creciendo muy en el fondo, fortaleciéndose en esa profundidad donde el mexicano duerme y sueña con que esta vez todo puede ser distinto, como con cada Año Nuevo, como con cada sexenio, como con cada Mundial, cada oportunidad que le grita a la cara “¡que no!”, y el mexicano sigue creyendo que quizá esta vez sí.

Porque el mexicano tiene una terca creencia en el porvenir, es consciente de sus límites, pero piensa que chance los supera, con esfuerzo, con dedicación, con trabajo, porque si algo sabe el mexicano es partirse el lomo trabajando, y con un poco de ayuda de los santos, de la Virgen de Guadalupe, de Dios a quien tantos se encomiendan, solo esta vez, porque ya era hora. Borges sostenía que, en la eternidad del tiempo, el último alguna vez será primero, el perdedor vencerá, el oprimido se liberará, el mudo hablaría y diría: “me toca”.

Y quizá el turno de México está a la vuelta de la esquina, a lo mejor todavía en cuatro años más, o en 36 o en 144, pero llegará, y, ¿quién sabe?, quizá va a ser ahora. Lo creían los mares de gente inundando Paseo de la Reforma confundiéndose con la lluvia, los que terminado el partido allá donde estuvieran gritaron “¡Vámonos al Ángel!” y sí fueron, los ríos de camisetas verdes no terminaban de llegar, los que se iban no terminaban de salir y en el intermedio aparecían los monstruos. Era martes a la medianoche, al otro día había que ir a trabajar, pero ¿y qué?, ¡mañana vemos!, porque al mexicano también lo devora la fiesta, pero confía en su fuerza de voluntad que lo levantará de la cama con resaca y lo mandará a ganarse el pan de cada día.

Paseo de la Reforma era el cúmulo de los fantasmas mexicanos, un pandemonio, borrachera monumental, estaba el que festeja pero desconfía de todos, el que baila pero se cuida la mochila, el que grita “¡Viva México!” y aprovecha el apretujamiento para robar celulares y billeteras, el que orina en la calle, el que arroja latas y botellas vacías sin importar a quién golpea, el que empuja, el que pega, el que insulta, el que dice que a Ecuador se le violó. Porque el mexicano, aunque es hospitalario y dice “donde come uno comen dos” y “mi casa es tu casa”, también es hostil cuando el visitante no le gusta, como con los ecuatorianos a los que maltrató, a los que dedicó insultos racistas en las redes, a cuya Selección no dejó descansar la noche antes del partido haciendo un ruido infernal afuera de su hotel. Es la dualidad de rostros del mexicano, que al mismo tiempo cobijó al equipo de Irán en Tijuana y entregó su corazón al de Marruecos, que hizo pagar a Países Bajos una deuda con México que se originó en un Mundial hace 12 años (donde “no era penal”).

Porque el mexicano no olvida fácil y puede no perdonar, pero también se conmueve con la alegría ajena, la de otro en quien encuentra semejanza. Paseo de la Reforma era la expresión de un júbilo increíblemente nacional, de trompetas incesantes, espuma cayendo del cielo como nieve en verano, gente besándose con desconocidos, con uno o dos a la vez (“¡beso de tres!”), bañándose en cerveza, aceptando tragos de desconocidos (“¡shot, shot, shot!”) directamente de una botella que ha pasado por mil bocas, abrazándose y saltando en rueda, cantando Cielito lindo, acordándose de que cantando se alegran los corazones rotos, haciendo amistades instantáneas, encontrando amores instantáneos, perreando en el centro de un círculo de gente que anima: “¡eh, eh eh!“, bailando en todos los microambientes que se multiplicaban en aquel universo, en un lado reguetón, en otro electrónica, en otro música de banda, y de pronto un mexicano allá en el cielo, que lo rodearon gritando “¡quiere volar, quiere volar!”, lo cargaron de brazos y piernas, lo balancearon de arriba abajo, “unaaa, dooos, ¡treees!”, y lo arrojaron a la noche, y al regreso lo atraparon brazos improbables que se entrecruzaron para no dejarlo caer. Así es el mexicano: un poco de todo.

Cuando era de madrugada, los mares de gente se dispersaban en ríos interminables a las calles secundarias, muchos que se marchaban iban siguiendo su fiesta, muchos se quedaban en el epicentro hasta que el cuerpo aguante. Una turista europea comentó que en su país solo festejan con este ímpetu cuando su selección gana el torneo, no por pasar a octavos de final. Más de 800.000 personas festejaron en las calles; al menos cuatro murieron. Es imposible gobernar a una multitud que no creía lo imposible y ahora comienza a ver la posibilidad, una afición que ahora dice: “Tráigannos a Inglaterra”, “a Alemania”, “a Argentina”, “a Francia”, al mundo. Dice la gente: “¿Y si sí?”, pero parece que la pregunta comienza a ser otra: “¿Y por qué no?”. Cuando el mexicano se convence de algo, es difícil hacerlo renunciar. Solo la realidad puede venir a confirmar que no, todavía no.

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