Él es un paseante. Un Robert Walser sin nieve. El virtuoso de su propio estilo. Se trata de Enrique Vila-Matas . A él pertenece ‘Historia abreviada de la literatura portátil’, un libro «de ficción radical» -que causó furor-, y luego se asentó en una serie a la que Jorge Herralde se refirió en una ocasión como «la catedral metaliteraria»: ‘Bartleby y compañía’ (2001) , en la que el narrador se revela como un individuo a la caza de escritores que no escriben; ‘El mal de Montano’ (2002) , con una operación similar, aunque invertida: la de los escritores que escriben sin parar; y ‘Doctor Pasavento’ (2006), una historia en la que un hombre sigue la pista de un escritor obsesionado con la idea de desaparecer; esa fascinación por el desvanecimiento que recorre toda la literatura de Vila-Matas. Ensayo, novela, narrativa, dietario, juego… La bibliografía del barcelonés lo tiene todo. Este martes, Vila-Matas visita Madrid para recibir el premio Zenda en reconocimiento a su desafiante obra literaria y, por supuesto, al tremendo influjo que su literatura libérrima ha tenido sobre varias generaciones de lectores en Iberoamérica, Europa y el resto del mundo. Traducido a treinta y siete idiomas, ha recibido, entre otros, el premio FIL, el Formentor de las Letras, el Rómulo Gallegos, el Médicis Étranger, el Nacional de Cultura de Cataluña, el Ciutat de Barcelona, el Herralde, el Fundación Lara, el Leteo, el de la Real Academia Española, el Elsa Morante, el Mondello, el Bottari Lattes Grinzane y el Gregor von Rezzori. Es ‘Chevalier’ de la Legión de Honor francesa, ha sido condecorado con la ‘Ordre des Arts et des Lettres’ y, por si fuera poco, uno de los autores más relevantes de la literatura contemporánea, incluso aunque evite podios y los halagos. —La fuga y la desaparición han marcado su literatura. Sin embargo, ¿existe algo más duradero y firme que su estilo?—Pero es que el estilo no es un simple adorno, sino la sustancia misma de mi obra. Por eso he hablado de que me dedico a escribir «la biografía de mi estilo», y no la biografía de mis aventuras.«La metaliteratura es un cliché que se usa para referirse a la literatura que reflexiona sobre sí misma» Enrique Vila-Matas—Fue nombrado paseante oficial de Basilea. ¿Es difícil equiparar ese título, no cree?—Hace años, una comisión presidida por Yvette Sánchez, catedrática de la Universidad de St. Gallen, me nombró «paseante e inspector oficial» de la Feria del Libro de Basilea. Me prestaron una gabardina a lo doctor Clouseau y me encomendaron que velara por la «ética literaria» de cada una de las casetas y, tras ser el terror de algunas, llevé a fondo la misión.—¿Qué significa el premio Zenda?—Bueno, el Zenda de Honor tiene todas mis simpatías porque lo otorga una revista que, desde su creación -recuerdo que la fundaron Pérez-Reverte, Javier Marías, Leandro Pérez, Mateo Díaz, Merino, Antonio Lucas-, visito a menudo. Hay muy buenos colaboradores.—Enrique Vila-Matas podría ser cualquiera de sus personajes. ¿Elige alguno? ¿Cuál es la voz que atraviesa sus libros? ¿La del narrador, la del que se mueve, la del que duda, la del que observa?—A mí me parece que, con el tiempo, he ido deslizando la ficción hacia un sitio en el que, sin renunciar a narrar, no pido al lector que suspenda la credulidad, porque si existe una atracción por leerme seguramente no viene, a estas alturas, de la historia que pueda contar, sino del reencuentro con mi voz. Una voz con acento de ensayista, especuladora, y que ligeramente varía en cada libro, siempre de personalidad.—El original y la réplica; la ficción y la realidad; ¿hasta dónde se desplaza el juego literario y por qué?—Por el afán de aventurarse, que es algo intrínseco a la novela. Del mismo modo que un poema, sin riesgo, no es nada.Noticias relacionadas estandar No Primera edición Los premios Zenda se estrenan por todo lo alto repartiendo prestigio Bruno Pardo Porto estandar Si premio zenda de honor Fernando Arrabal: «Mi biografía es mi mejor obra de teatro» Karina Sainz Borgo—Es usted la piedra primera y fundamental de la catedral metaliteraria. ¿Cómo la definiría para quienes la leemos desde fuera?—Pero es que yo no tengo nada que ver con todo eso. Es más, apoyé hace más de dos décadas a Ricardo Piglia cuando explicó que la «metaliteratura», como categoría teórica, no existe realmente; más bien es un cliché que se usa para referirse a la literatura que reflexiona sobre sí misma.—Es leído y apreciado en toda Europa e Iberoamérica. ¿Es usted el autor vivo más universal de la literatura española?—Hacer arte no es como competir en las Olimpiadas.—¿Su mejor libro?—Hay una tendencia a considerar la obra que te da a conocer como tu mejor producción. Lou Reed estaba desesperado porque no soportaba ‘Walk on the Wild Side’ y la canción le seguía a todas partes. Y ahí tienes a Godard, que ahora parece que solo hubiera filmado ‘Al final de la escapada’. A mí, de mis libros, me parece que el último -‘Canon de cámara oscura’- es el mejor de todos, aunque solo sea porque aún me reconozco en él.—Le pido, por favor, una anécdota, un recuerdo, lo que quiera decirme de sus días en la rue Saint-Benoît.—Creo que fui a París a escribir mi primera novela, pero no aprendí nada. Bueno, aprendí a escribir a máquina y ese consejo que dio Raymond Queneau a Marguerite Duras y que ella me traspasó a mí: «Usted escriba y no haga nada más». Y así me ha ido. Él es un paseante. Un Robert Walser sin nieve. El virtuoso de su propio estilo. Se trata de Enrique Vila-Matas . A él pertenece ‘Historia abreviada de la literatura portátil’, un libro «de ficción radical» -que causó furor-, y luego se asentó en una serie a la que Jorge Herralde se refirió en una ocasión como «la catedral metaliteraria»: ‘Bartleby y compañía’ (2001) , en la que el narrador se revela como un individuo a la caza de escritores que no escriben; ‘El mal de Montano’ (2002) , con una operación similar, aunque invertida: la de los escritores que escriben sin parar; y ‘Doctor Pasavento’ (2006), una historia en la que un hombre sigue la pista de un escritor obsesionado con la idea de desaparecer; esa fascinación por el desvanecimiento que recorre toda la literatura de Vila-Matas. Ensayo, novela, narrativa, dietario, juego… La bibliografía del barcelonés lo tiene todo. Este martes, Vila-Matas visita Madrid para recibir el premio Zenda en reconocimiento a su desafiante obra literaria y, por supuesto, al tremendo influjo que su literatura libérrima ha tenido sobre varias generaciones de lectores en Iberoamérica, Europa y el resto del mundo. Traducido a treinta y siete idiomas, ha recibido, entre otros, el premio FIL, el Formentor de las Letras, el Rómulo Gallegos, el Médicis Étranger, el Nacional de Cultura de Cataluña, el Ciutat de Barcelona, el Herralde, el Fundación Lara, el Leteo, el de la Real Academia Española, el Elsa Morante, el Mondello, el Bottari Lattes Grinzane y el Gregor von Rezzori. Es ‘Chevalier’ de la Legión de Honor francesa, ha sido condecorado con la ‘Ordre des Arts et des Lettres’ y, por si fuera poco, uno de los autores más relevantes de la literatura contemporánea, incluso aunque evite podios y los halagos. —La fuga y la desaparición han marcado su literatura. Sin embargo, ¿existe algo más duradero y firme que su estilo?—Pero es que el estilo no es un simple adorno, sino la sustancia misma de mi obra. Por eso he hablado de que me dedico a escribir «la biografía de mi estilo», y no la biografía de mis aventuras.«La metaliteratura es un cliché que se usa para referirse a la literatura que reflexiona sobre sí misma» Enrique Vila-Matas—Fue nombrado paseante oficial de Basilea. ¿Es difícil equiparar ese título, no cree?—Hace años, una comisión presidida por Yvette Sánchez, catedrática de la Universidad de St. Gallen, me nombró «paseante e inspector oficial» de la Feria del Libro de Basilea. Me prestaron una gabardina a lo doctor Clouseau y me encomendaron que velara por la «ética literaria» de cada una de las casetas y, tras ser el terror de algunas, llevé a fondo la misión.—¿Qué significa el premio Zenda?—Bueno, el Zenda de Honor tiene todas mis simpatías porque lo otorga una revista que, desde su creación -recuerdo que la fundaron Pérez-Reverte, Javier Marías, Leandro Pérez, Mateo Díaz, Merino, Antonio Lucas-, visito a menudo. Hay muy buenos colaboradores.—Enrique Vila-Matas podría ser cualquiera de sus personajes. ¿Elige alguno? ¿Cuál es la voz que atraviesa sus libros? ¿La del narrador, la del que se mueve, la del que duda, la del que observa?—A mí me parece que, con el tiempo, he ido deslizando la ficción hacia un sitio en el que, sin renunciar a narrar, no pido al lector que suspenda la credulidad, porque si existe una atracción por leerme seguramente no viene, a estas alturas, de la historia que pueda contar, sino del reencuentro con mi voz. Una voz con acento de ensayista, especuladora, y que ligeramente varía en cada libro, siempre de personalidad.—El original y la réplica; la ficción y la realidad; ¿hasta dónde se desplaza el juego literario y por qué?—Por el afán de aventurarse, que es algo intrínseco a la novela. Del mismo modo que un poema, sin riesgo, no es nada.Noticias relacionadas estandar No Primera edición Los premios Zenda se estrenan por todo lo alto repartiendo prestigio Bruno Pardo Porto estandar Si premio zenda de honor Fernando Arrabal: «Mi biografía es mi mejor obra de teatro» Karina Sainz Borgo—Es usted la piedra primera y fundamental de la catedral metaliteraria. ¿Cómo la definiría para quienes la leemos desde fuera?—Pero es que yo no tengo nada que ver con todo eso. Es más, apoyé hace más de dos décadas a Ricardo Piglia cuando explicó que la «metaliteratura», como categoría teórica, no existe realmente; más bien es un cliché que se usa para referirse a la literatura que reflexiona sobre sí misma.—Es leído y apreciado en toda Europa e Iberoamérica. ¿Es usted el autor vivo más universal de la literatura española?—Hacer arte no es como competir en las Olimpiadas.—¿Su mejor libro?—Hay una tendencia a considerar la obra que te da a conocer como tu mejor producción. Lou Reed estaba desesperado porque no soportaba ‘Walk on the Wild Side’ y la canción le seguía a todas partes. Y ahí tienes a Godard, que ahora parece que solo hubiera filmado ‘Al final de la escapada’. A mí, de mis libros, me parece que el último -‘Canon de cámara oscura’- es el mejor de todos, aunque solo sea porque aún me reconozco en él.—Le pido, por favor, una anécdota, un recuerdo, lo que quiera decirme de sus días en la rue Saint-Benoît.—Creo que fui a París a escribir mi primera novela, pero no aprendí nada. Bueno, aprendí a escribir a máquina y ese consejo que dio Raymond Queneau a Marguerite Duras y que ella me traspasó a mí: «Usted escriba y no haga nada más». Y así me ha ido.
Él es un paseante. Un Robert Walser sin nieve. El virtuoso de su propio estilo. Se trata de Enrique Vila-Matas. A él pertenece ‘Historia abreviada de la literatura portátil’, un libro «de ficción radical» -que causó furor-, y luego se asentó en una serie … a la que Jorge Herralde se refirió en una ocasión como «la catedral metaliteraria»: ‘Bartleby y compañía’ (2001), en la que el narrador se revela como un individuo a la caza de escritores que no escriben; ‘El mal de Montano’ (2002), con una operación similar, aunque invertida: la de los escritores que escriben sin parar; y ‘Doctor Pasavento’ (2006), una historia en la que un hombre sigue la pista de un escritor obsesionado con la idea de desaparecer; esa fascinación por el desvanecimiento que recorre toda la literatura de Vila-Matas. Ensayo, novela, narrativa, dietario, juego… La bibliografía del barcelonés lo tiene todo.
Este martes, Vila-Matas visita Madrid para recibir el premio Zenda en reconocimiento a su desafiante obra literaria y, por supuesto, al tremendo influjo que su literatura libérrima ha tenido sobre varias generaciones de lectores en Iberoamérica, Europa y el resto del mundo. Traducido a treinta y siete idiomas, ha recibido, entre otros, el premio FIL, el Formentor de las Letras, el Rómulo Gallegos, el Médicis Étranger, el Nacional de Cultura de Cataluña, el Ciutat de Barcelona, el Herralde, el Fundación Lara, el Leteo, el de la Real Academia Española, el Elsa Morante, el Mondello, el Bottari Lattes Grinzane y el Gregor von Rezzori. Es ‘Chevalier’ de la Legión de Honor francesa, ha sido condecorado con la ‘Ordre des Arts et des Lettres’ y, por si fuera poco, uno de los autores más relevantes de la literatura contemporánea, incluso aunque evite podios y los halagos.
—La fuga y la desaparición han marcado su literatura. Sin embargo, ¿existe algo más duradero y firme que su estilo?
—Pero es que el estilo no es un simple adorno, sino la sustancia misma de mi obra. Por eso he hablado de que me dedico a escribir «la biografía de mi estilo», y no la biografía de mis aventuras.
«La metaliteratura es un cliché que se usa para referirse a la literatura que reflexiona sobre sí misma»
Enrique Vila-Matas
—Fue nombrado paseante oficial de Basilea. ¿Es difícil equiparar ese título, no cree?
—Hace años, una comisión presidida por Yvette Sánchez, catedrática de la Universidad de St. Gallen, me nombró «paseante e inspector oficial» de la Feria del Libro de Basilea. Me prestaron una gabardina a lo doctor Clouseau y me encomendaron que velara por la «ética literaria» de cada una de las casetas y, tras ser el terror de algunas, llevé a fondo la misión.
—¿Qué significa el premio Zenda?
—Bueno, el Zenda de Honor tiene todas mis simpatías porque lo otorga una revista que, desde su creación -recuerdo que la fundaron Pérez-Reverte, Javier Marías, Leandro Pérez, Mateo Díaz, Merino, Antonio Lucas-, visito a menudo. Hay muy buenos colaboradores.
—Enrique Vila-Matas podría ser cualquiera de sus personajes. ¿Elige alguno? ¿Cuál es la voz que atraviesa sus libros? ¿La del narrador, la del que se mueve, la del que duda, la del que observa?
—A mí me parece que, con el tiempo, he ido deslizando la ficción hacia un sitio en el que, sin renunciar a narrar, no pido al lector que suspenda la credulidad, porque si existe una atracción por leerme seguramente no viene, a estas alturas, de la historia que pueda contar, sino del reencuentro con mi voz. Una voz con acento de ensayista, especuladora, y que ligeramente varía en cada libro, siempre de personalidad.
—El original y la réplica; la ficción y la realidad; ¿hasta dónde se desplaza el juego literario y por qué?
—Por el afán de aventurarse, que es algo intrínseco a la novela. Del mismo modo que un poema, sin riesgo, no es nada.
—Es usted la piedra primera y fundamental de la catedral metaliteraria. ¿Cómo la definiría para quienes la leemos desde fuera?
—Pero es que yo no tengo nada que ver con todo eso. Es más, apoyé hace más de dos décadas a Ricardo Piglia cuando explicó que la «metaliteratura», como categoría teórica, no existe realmente; más bien es un cliché que se usa para referirse a la literatura que reflexiona sobre sí misma.
—Es leído y apreciado en toda Europa e Iberoamérica. ¿Es usted el autor vivo más universal de la literatura española?
—Hacer arte no es como competir en las Olimpiadas.
—¿Su mejor libro?
—Hay una tendencia a considerar la obra que te da a conocer como tu mejor producción. Lou Reed estaba desesperado porque no soportaba ‘Walk on the Wild Side’ y la canción le seguía a todas partes. Y ahí tienes a Godard, que ahora parece que solo hubiera filmado ‘Al final de la escapada’. A mí, de mis libros, me parece que el último -‘Canon de cámara oscura’- es el mejor de todos, aunque solo sea porque aún me reconozco en él.
—Le pido, por favor, una anécdota, un recuerdo, lo que quiera decirme de sus días en la rue Saint-Benoît.
—Creo que fui a París a escribir mi primera novela, pero no aprendí nada. Bueno, aprendí a escribir a máquina y ese consejo que dio Raymond Queneau a Marguerite Duras y que ella me traspasó a mí: «Usted escriba y no haga nada más». Y así me ha ido.
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