En el imaginario empresarial europeo, Silicon Valley ha sido durante años el modelo a seguir. Sin embargo, en la última década, los ecosistemas emprendedores de Asia han emergido como actores de primer nivel, capaces de combinar escala, capital y orientación al mercado con una agresiva agenda tecnológica. Bangalore, Shenzhen, Singapur o Yakarta ya no son periferias industriales: son centros neurálgicos de innovación.Según datos de CB Insights, en 2023 el 43% de los unicornios mundiales (empresas tecnológicas valoradas en más de 1.000 millones de dólares) se concentraban en Asia, frente al 28% en Europa. Más revelador aún: el volumen de capital riesgo invertido en startups asiáticas supera ya al europeo, con China e India a la cabeza, seguidos por el sudeste asiático. Este dinamismo no es casual. Responde a políticas públicas ambiciosas, mercados internos vastos y una cultura de la competencia que se consolida entre nuevas generaciones. Mientras en Europa evitamos las calificaciones, cuestionamos la meritocracia o eliminamos los marcadores de los partidos de fútbol infantil para no humillar a los perdedores, en Asia compiten con crudeza darwiniana.Shenzhen, por ejemplo, se transformó en menos de tres décadas de un taller manufacturero a una ciudad laboratorio donde se incuban gigantes como Huawei, DJI o Tencent. La combinación de zonas especiales, inversión en I+D, protección relativa frente a competidores internacionales y una administración local proactiva explica parte del fenómeno. India, por su parte, ha cultivado un ecosistema denso en Bangalore e Hyderabad, con startups como Flipkart, Ola o Byju’s, gracias a una diáspora técnica bien conectada y una infraestructura de formación STEM robusta.En el sudeste asiático, Singapur y Yakarta destacan por su dinamismo regional. El primero actúa como hub financiero y regulatorio con fuerte atracción de capital; el segundo como mercado de consumo digital con gran potencial demográfico. Empresas como Grab, Gojek o Tokopedia han aprovechado estos entornos para escalar rápidamente.Europa, en contraste, sigue enfrentando fragmentación regulatoria, rigidez laboral y menor disponibilidad de capital riesgo. A pesar de iniciativas como la European Innovation Council o los fondos del BEI, el ecosistema europeo carece de ambición. Startups prometedoras, como BlaBlaCar, TransferWise o N26, a menudo deben migrar su sede o captar inversión fuera del continente para crecer. La falta de un mercado digital único real y la dispersión normativa agravan la situación.No obstante, hay excepciones. Berlín, Estocolmo o Lisboa han logrado articular polos de innovación pujantes, gracias a una mezcla de talento, costes contenidos y apertura internacional. Pero incluso estos hubs enfrentan limitaciones estructurales para competir con la escala asiática. Además, el conservadurismo financiero europeo contrasta con la agresividad del venture capital asiático, donde fondos soberanos y conglomerados familiares no dudan en apostar fuerte por tecnológicas en fase temprana. La lección de Asia no es replicar mecánicamente sus modelos, sino entender que el emprendimiento requiere «entornos habilitantes»: regulación flexible, acceso a capital, educación técnica, protección del fracaso y una narrativa de ambición. El exceso de cautela regulatoria en Europa, unido a una cultura de aversión al riesgo, penaliza la disrupción.A esto se suma la dimensión estratégica. China e India no consideran el emprendimiento tech como mero dinamismo económico, sino como palanca de soberanía digital y competitividad global. En Europa, salvo Francia y parcialmente Alemania, este enfoque es aún marginal. La agenda digital de Bruselas está más centrada en restringir que en incentivar, más en proteger que en escalar. En un contexto donde el poder se redefine por la capacidad de generar y escalar innovación, Europa necesita una visión más audaz. No bastan fondos públicos: se requiere un cambio cultural e institucional. Una pieza clave del ecosistema asiático ha sido la articulación entre sector público y privado. A diferencia de la separación tajante que a menudo impera en Europa, en países como Corea del Sur o China existen mecanismos de coordinación estratégica que permiten a las startups beneficiarse de grandes contratos estatales, integrarse en cadenas industriales o acceder a datos públicos para entrenar algoritmos. Esta sinergia, facilitada por la baja exigencia democrática de la población, les permite acelerar la escalabilidad de soluciones tecnológicas.Otro factor es la velocidad. En Asia, el ciclo de vida de una startup exitosa puede ser de apenas cinco a siete años desde su fundación hasta su salida a bolsa o adquisición, mientras que en Europa ese mismo proceso tiende a duplicarse. Esto no solo refleja la mayor agresividad inversora en Asia, sino también un entorno cultural que premia el crecimiento rápido y tolera el fracaso. El resultado es una renovación constante del tejido empresarial, algo que a Europa, con sus mercados más maduros y regulaciones más estrictas, le cuesta fomentar. Si Europa aspira a no quedar relegada en la carrera tecnológica global, debe revisar con urgencia sus prioridades. En el imaginario empresarial europeo, Silicon Valley ha sido durante años el modelo a seguir. Sin embargo, en la última década, los ecosistemas emprendedores de Asia han emergido como actores de primer nivel, capaces de combinar escala, capital y orientación al mercado con una agresiva agenda tecnológica. Bangalore, Shenzhen, Singapur o Yakarta ya no son periferias industriales: son centros neurálgicos de innovación.Según datos de CB Insights, en 2023 el 43% de los unicornios mundiales (empresas tecnológicas valoradas en más de 1.000 millones de dólares) se concentraban en Asia, frente al 28% en Europa. Más revelador aún: el volumen de capital riesgo invertido en startups asiáticas supera ya al europeo, con China e India a la cabeza, seguidos por el sudeste asiático. Este dinamismo no es casual. Responde a políticas públicas ambiciosas, mercados internos vastos y una cultura de la competencia que se consolida entre nuevas generaciones. Mientras en Europa evitamos las calificaciones, cuestionamos la meritocracia o eliminamos los marcadores de los partidos de fútbol infantil para no humillar a los perdedores, en Asia compiten con crudeza darwiniana.Shenzhen, por ejemplo, se transformó en menos de tres décadas de un taller manufacturero a una ciudad laboratorio donde se incuban gigantes como Huawei, DJI o Tencent. La combinación de zonas especiales, inversión en I+D, protección relativa frente a competidores internacionales y una administración local proactiva explica parte del fenómeno. India, por su parte, ha cultivado un ecosistema denso en Bangalore e Hyderabad, con startups como Flipkart, Ola o Byju’s, gracias a una diáspora técnica bien conectada y una infraestructura de formación STEM robusta.En el sudeste asiático, Singapur y Yakarta destacan por su dinamismo regional. El primero actúa como hub financiero y regulatorio con fuerte atracción de capital; el segundo como mercado de consumo digital con gran potencial demográfico. Empresas como Grab, Gojek o Tokopedia han aprovechado estos entornos para escalar rápidamente.Europa, en contraste, sigue enfrentando fragmentación regulatoria, rigidez laboral y menor disponibilidad de capital riesgo. A pesar de iniciativas como la European Innovation Council o los fondos del BEI, el ecosistema europeo carece de ambición. Startups prometedoras, como BlaBlaCar, TransferWise o N26, a menudo deben migrar su sede o captar inversión fuera del continente para crecer. La falta de un mercado digital único real y la dispersión normativa agravan la situación.No obstante, hay excepciones. Berlín, Estocolmo o Lisboa han logrado articular polos de innovación pujantes, gracias a una mezcla de talento, costes contenidos y apertura internacional. Pero incluso estos hubs enfrentan limitaciones estructurales para competir con la escala asiática. Además, el conservadurismo financiero europeo contrasta con la agresividad del venture capital asiático, donde fondos soberanos y conglomerados familiares no dudan en apostar fuerte por tecnológicas en fase temprana. La lección de Asia no es replicar mecánicamente sus modelos, sino entender que el emprendimiento requiere «entornos habilitantes»: regulación flexible, acceso a capital, educación técnica, protección del fracaso y una narrativa de ambición. El exceso de cautela regulatoria en Europa, unido a una cultura de aversión al riesgo, penaliza la disrupción.A esto se suma la dimensión estratégica. China e India no consideran el emprendimiento tech como mero dinamismo económico, sino como palanca de soberanía digital y competitividad global. En Europa, salvo Francia y parcialmente Alemania, este enfoque es aún marginal. La agenda digital de Bruselas está más centrada en restringir que en incentivar, más en proteger que en escalar. En un contexto donde el poder se redefine por la capacidad de generar y escalar innovación, Europa necesita una visión más audaz. No bastan fondos públicos: se requiere un cambio cultural e institucional. Una pieza clave del ecosistema asiático ha sido la articulación entre sector público y privado. A diferencia de la separación tajante que a menudo impera en Europa, en países como Corea del Sur o China existen mecanismos de coordinación estratégica que permiten a las startups beneficiarse de grandes contratos estatales, integrarse en cadenas industriales o acceder a datos públicos para entrenar algoritmos. Esta sinergia, facilitada por la baja exigencia democrática de la población, les permite acelerar la escalabilidad de soluciones tecnológicas.Otro factor es la velocidad. En Asia, el ciclo de vida de una startup exitosa puede ser de apenas cinco a siete años desde su fundación hasta su salida a bolsa o adquisición, mientras que en Europa ese mismo proceso tiende a duplicarse. Esto no solo refleja la mayor agresividad inversora en Asia, sino también un entorno cultural que premia el crecimiento rápido y tolera el fracaso. El resultado es una renovación constante del tejido empresarial, algo que a Europa, con sus mercados más maduros y regulaciones más estrictas, le cuesta fomentar. Si Europa aspira a no quedar relegada en la carrera tecnológica global, debe revisar con urgencia sus prioridades.
En el imaginario empresarial europeo, Silicon Valley ha sido durante años el modelo a seguir. Sin embargo, en la última década, los ecosistemas emprendedores de Asia han emergido como actores de primer nivel, capaces de combinar escala, capital y orientación al mercado con una … agresiva agenda tecnológica. Bangalore, Shenzhen, Singapur o Yakarta ya no son periferias industriales: son centros neurálgicos de innovación.
Según datos de CB Insights, en 2023 el 43% de los unicornios mundiales (empresas tecnológicas valoradas en más de 1.000 millones de dólares) se concentraban en Asia, frente al 28% en Europa. Más revelador aún: el volumen de capital riesgo invertido en startups asiáticas supera ya al europeo, con China e India a la cabeza, seguidos por el sudeste asiático. Este dinamismo no es casual. Responde a políticas públicas ambiciosas, mercados internos vastos y una cultura de la competencia que se consolida entre nuevas generaciones. Mientras en Europa evitamos las calificaciones, cuestionamos la meritocracia o eliminamos los marcadores de los partidos de fútbol infantil para no humillar a los perdedores, en Asia compiten con crudeza darwiniana.
Shenzhen, por ejemplo, se transformó en menos de tres décadas de un taller manufacturero a una ciudad laboratorio donde se incuban gigantes como Huawei, DJI o Tencent. La combinación de zonas especiales, inversión en I+D, protección relativa frente a competidores internacionales y una administración local proactiva explica parte del fenómeno. India, por su parte, ha cultivado un ecosistema denso en Bangalore e Hyderabad, con startups como Flipkart, Ola o Byju’s, gracias a una diáspora técnica bien conectada y una infraestructura de formación STEM robusta.
En el sudeste asiático, Singapur y Yakarta destacan por su dinamismo regional. El primero actúa como hub financiero y regulatorio con fuerte atracción de capital; el segundo como mercado de consumo digital con gran potencial demográfico. Empresas como Grab, Gojek o Tokopedia han aprovechado estos entornos para escalar rápidamente.
Europa, en contraste, sigue enfrentando fragmentación regulatoria, rigidez laboral y menor disponibilidad de capital riesgo. A pesar de iniciativas como la European Innovation Council o los fondos del BEI, el ecosistema europeo carece de ambición. Startups prometedoras, como BlaBlaCar, TransferWise o N26, a menudo deben migrar su sede o captar inversión fuera del continente para crecer. La falta de un mercado digital único real y la dispersión normativa agravan la situación.
No obstante, hay excepciones. Berlín, Estocolmo o Lisboa han logrado articular polos de innovación pujantes, gracias a una mezcla de talento, costes contenidos y apertura internacional. Pero incluso estos hubs enfrentan limitaciones estructurales para competir con la escala asiática. Además, el conservadurismo financiero europeo contrasta con la agresividad del venture capital asiático, donde fondos soberanos y conglomerados familiares no dudan en apostar fuerte por tecnológicas en fase temprana. La lección de Asia no es replicar mecánicamente sus modelos, sino entender que el emprendimiento requiere «entornos habilitantes»: regulación flexible, acceso a capital, educación técnica, protección del fracaso y una narrativa de ambición. El exceso de cautela regulatoria en Europa, unido a una cultura de aversión al riesgo, penaliza la disrupción.
A esto se suma la dimensión estratégica. China e India no consideran el emprendimiento tech como mero dinamismo económico, sino como palanca de soberanía digital y competitividad global. En Europa, salvo Francia y parcialmente Alemania, este enfoque es aún marginal. La agenda digital de Bruselas está más centrada en restringir que en incentivar, más en proteger que en escalar. En un contexto donde el poder se redefine por la capacidad de generar y escalar innovación, Europa necesita una visión más audaz. No bastan fondos públicos: se requiere un cambio cultural e institucional.
Una pieza clave del ecosistema asiático ha sido la articulación entre sector público y privado. A diferencia de la separación tajante que a menudo impera en Europa, en países como Corea del Sur o China existen mecanismos de coordinación estratégica que permiten a las startups beneficiarse de grandes contratos estatales, integrarse en cadenas industriales o acceder a datos públicos para entrenar algoritmos. Esta sinergia, facilitada por la baja exigencia democrática de la población, les permite acelerar la escalabilidad de soluciones tecnológicas.
Otro factor es la velocidad. En Asia, el ciclo de vida de una startup exitosa puede ser de apenas cinco a siete años desde su fundación hasta su salida a bolsa o adquisición, mientras que en Europa ese mismo proceso tiende a duplicarse. Esto no solo refleja la mayor agresividad inversora en Asia, sino también un entorno cultural que premia el crecimiento rápido y tolera el fracaso. El resultado es una renovación constante del tejido empresarial, algo que a Europa, con sus mercados más maduros y regulaciones más estrictas, le cuesta fomentar. Si Europa aspira a no quedar relegada en la carrera tecnológica global, debe revisar con urgencia sus prioridades.
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