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Cultura

Festival de (mis) ideas

septiembre 16, 2026
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Cada 35 minutos un nuevo episodio actualiza la ‘Historia universal de la infamia’ de Borges: la atroz redención de Morell a los esclavos acaba ejecutada sobre los lectores a quienes, por su bien, se aportan versiones atenuadas de las tragedias y los clásicos; la epidemia de la simplificación y la impostura, algo así como «ponga un Tom Castro en su programación cultural», por la vía de la cancelación, y ya ni hablar de las versiones de la viuda Ching con los nuevos piratas del botín cultural, quienes se han inventado un reglamento para transgredir. La violencia gratuita que ejercen determinadas militancias, así como la multiplicación de hojas de parra morales sobre cualquier modalidad visible de verdad, han convertido la vida cultural en un Santo Oficio contra cualquier clase de impudicia, según quién la defina. Las jornadas de quienes patrullan las acciones del prójimo son interminables y extenuantes. Esta semana no más ocurrió un nuevo incidente, esta vez en el Festival de las Ideas que organizan el Círculo de Bellas Artes y La Fábrica en la ciudad de Madrid. Un vínculo incompatibleEl martes 15 de septiembre de 2026, apenas 48 horas antes de que comenzara la tercera edición del Festival, más de una veintena de participantes —el número fue creciendo hasta superar la treintena— anunciaron que ponían en suspenso su participación mientras el Festival mantuviera el patrocinio de Allianz. Los firmantes sostenían que la aseguradora tenía vínculos financieros relevantes con Israel mediante inversiones en deuda pública y consideraban ese vínculo incompatible con su participación en el festival. Allianz rechazó expresamente las acusaciones y defendió sus prácticas empresariales. El patrocinio, sin embargo, llego a su fin. La organización del Festival prescindió de Allianz a la vez que defendió la continuidad del encuentro como espacio de «intercambio libre de ideas, debate abierto y diversidad de perspectivas». Un festival concebido explícitamente para «cuestionar certezas» y fomentar el pensamiento crítico no había comenzado aún su tercera edición cuando ya tuvo que decidir, antes incluso de abrir sus puertas, qué relaciones económicas serían o no compatibles con la pluralidad del debate. En la primera edición del festival, celebrada en 2024, la participación de la socióloga franco-israelí Eva Illouz generó debate y polémica precisamente por las contradicciones que caracterizan este tipo de boicots. A pesar de ser una intelectual reconocida por sus posturas críticas con el gobierno de Benjamin Netanyahu —lo que incluso le costó represalias académicas en Israel—, la mera nacionalidad y procedencia de Illouz suscitaron tensiones dentro del sector cultural más alineado con el boicot total. No se trata de un comportamiento aislado. Lo que ha ocurrido en España esta semana comenzó hace ya mucho. Ha ido evolucionando en intensidad y motivos —raza, género, temas coloniales, etc— hasta conseguir en el señalamiento israelí su ejemplo más elocuente.Justo después del pogromo de Hamás contra Israel el 07 de octubre de 2023 y la contundente respuesta israelí que escaló a masacre continuada en Gaza, el mundo cultural occidental reprodujo un comportamiento moral implacable. Una de las primeras en manifestarse fue la Premio Nobel Annie Ernaux . Según la autora francesa, mantener silencio ante lo ocurrido en Gaza dejaba de ser neutralidad para convertirse en complicidad, por lo que, para ella, tanto los escritores como los artistas tenían, y tienen, la obligación moral de pronunciarse. Sally Rooney, Arundhati Roy, Abdulrazak Gurnah, Judith Butler, Rachel Kushner, Jhumpa Lahiri, Viet Thanh Nguyen y Percival Everett estuvieron entre quienes respaldaron el boicot a instituciones culturales israelíes consideradas cómplices. Ese mismo año, más de mil escritores y figuras culturales —entre ellas Herta Müller y Elfriede Jelinek, ambas Nobel de Literatura— se rebelaron contra el sabotaje y segregación cultural a Israel. Lo calificaron de «iliberal y peligroso». Actuar dentro de nuestras propias certezas sin ponerlas a prueba es una paradoja, por no decir una infamia. Podemos participar en el Festival de las Ideas, siempre y cuando sean las nuestras. Es como luchar contra el racismo ejerciéndolo. Cada 35 minutos un nuevo episodio actualiza la ‘Historia universal de la infamia’ de Borges: la atroz redención de Morell a los esclavos acaba ejecutada sobre los lectores a quienes, por su bien, se aportan versiones atenuadas de las tragedias y los clásicos; la epidemia de la simplificación y la impostura, algo así como «ponga un Tom Castro en su programación cultural», por la vía de la cancelación, y ya ni hablar de las versiones de la viuda Ching con los nuevos piratas del botín cultural, quienes se han inventado un reglamento para transgredir. La violencia gratuita que ejercen determinadas militancias, así como la multiplicación de hojas de parra morales sobre cualquier modalidad visible de verdad, han convertido la vida cultural en un Santo Oficio contra cualquier clase de impudicia, según quién la defina. Las jornadas de quienes patrullan las acciones del prójimo son interminables y extenuantes. Esta semana no más ocurrió un nuevo incidente, esta vez en el Festival de las Ideas que organizan el Círculo de Bellas Artes y La Fábrica en la ciudad de Madrid. Un vínculo incompatibleEl martes 15 de septiembre de 2026, apenas 48 horas antes de que comenzara la tercera edición del Festival, más de una veintena de participantes —el número fue creciendo hasta superar la treintena— anunciaron que ponían en suspenso su participación mientras el Festival mantuviera el patrocinio de Allianz. Los firmantes sostenían que la aseguradora tenía vínculos financieros relevantes con Israel mediante inversiones en deuda pública y consideraban ese vínculo incompatible con su participación en el festival. Allianz rechazó expresamente las acusaciones y defendió sus prácticas empresariales. El patrocinio, sin embargo, llego a su fin. La organización del Festival prescindió de Allianz a la vez que defendió la continuidad del encuentro como espacio de «intercambio libre de ideas, debate abierto y diversidad de perspectivas». Un festival concebido explícitamente para «cuestionar certezas» y fomentar el pensamiento crítico no había comenzado aún su tercera edición cuando ya tuvo que decidir, antes incluso de abrir sus puertas, qué relaciones económicas serían o no compatibles con la pluralidad del debate. En la primera edición del festival, celebrada en 2024, la participación de la socióloga franco-israelí Eva Illouz generó debate y polémica precisamente por las contradicciones que caracterizan este tipo de boicots. A pesar de ser una intelectual reconocida por sus posturas críticas con el gobierno de Benjamin Netanyahu —lo que incluso le costó represalias académicas en Israel—, la mera nacionalidad y procedencia de Illouz suscitaron tensiones dentro del sector cultural más alineado con el boicot total. No se trata de un comportamiento aislado. Lo que ha ocurrido en España esta semana comenzó hace ya mucho. Ha ido evolucionando en intensidad y motivos —raza, género, temas coloniales, etc— hasta conseguir en el señalamiento israelí su ejemplo más elocuente.Justo después del pogromo de Hamás contra Israel el 07 de octubre de 2023 y la contundente respuesta israelí que escaló a masacre continuada en Gaza, el mundo cultural occidental reprodujo un comportamiento moral implacable. Una de las primeras en manifestarse fue la Premio Nobel Annie Ernaux . Según la autora francesa, mantener silencio ante lo ocurrido en Gaza dejaba de ser neutralidad para convertirse en complicidad, por lo que, para ella, tanto los escritores como los artistas tenían, y tienen, la obligación moral de pronunciarse. Sally Rooney, Arundhati Roy, Abdulrazak Gurnah, Judith Butler, Rachel Kushner, Jhumpa Lahiri, Viet Thanh Nguyen y Percival Everett estuvieron entre quienes respaldaron el boicot a instituciones culturales israelíes consideradas cómplices. Ese mismo año, más de mil escritores y figuras culturales —entre ellas Herta Müller y Elfriede Jelinek, ambas Nobel de Literatura— se rebelaron contra el sabotaje y segregación cultural a Israel. Lo calificaron de «iliberal y peligroso». Actuar dentro de nuestras propias certezas sin ponerlas a prueba es una paradoja, por no decir una infamia. Podemos participar en el Festival de las Ideas, siempre y cuando sean las nuestras. Es como luchar contra el racismo ejerciéndolo.  

Cada 35 minutos un nuevo episodio actualiza la ‘Historia universal de la infamia’ de Borges: la atroz redención de Morell a los esclavos acaba ejecutada sobre los lectores a quienes, por su bien, se aportan versiones atenuadas de las tragedias y los clásicos; … la epidemia de la simplificación y la impostura, algo así como «ponga un Tom Castro en su programación cultural», por la vía de la cancelación, y ya ni hablar de las versiones de la viuda Ching con los nuevos piratas del botín cultural, quienes se han inventado un reglamento para transgredir.

La violencia gratuita que ejercen determinadas militancias, así como la multiplicación de hojas de parra morales sobre cualquier modalidad visible de verdad, han convertido la vida cultural en un Santo Oficio contra cualquier clase de impudicia, según quién la defina. Las jornadas de quienes patrullan las acciones del prójimo son interminables y extenuantes. Esta semana no más ocurrió un nuevo incidente, esta vez en el Festival de las Ideas que organizan el Círculo de Bellas Artes y La Fábrica en la ciudad de Madrid.

Un vínculo incompatible

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El patrocinio, sin embargo, llego a su fin. La organización del Festival prescindió de Allianz a la vez que defendió la continuidad del encuentro como espacio de «intercambio libre de ideas, debate abierto y diversidad de perspectivas». Un festival concebido explícitamente para «cuestionar certezas» y fomentar el pensamiento crítico no había comenzado aún su tercera edición cuando ya tuvo que decidir, antes incluso de abrir sus puertas, qué relaciones económicas serían o no compatibles con la pluralidad del debate.

En la primera edición del festival, celebrada en 2024, la participación de la socióloga franco-israelí Eva Illouz generó debate y polémica precisamente por las contradicciones que caracterizan este tipo de boicots. A pesar de ser una intelectual reconocida por sus posturas críticas con el gobierno de Benjamin Netanyahu —lo que incluso le costó represalias académicas en Israel—, la mera nacionalidad y procedencia de Illouz suscitaron tensiones dentro del sector cultural más alineado con el boicot total.

No se trata de un comportamiento aislado. Lo que ha ocurrido en España esta semana comenzó hace ya mucho. Ha ido evolucionando en intensidad y motivos —raza, género, temas coloniales, etc— hasta conseguir en el señalamiento israelí su ejemplo más elocuente.

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Justo después del pogromo de Hamás contra Israel el 07 de octubre de 2023 y la contundente respuesta israelí que escaló a masacre continuada en Gaza, el mundo cultural occidental reprodujo un comportamiento moral implacable. Una de las primeras en manifestarse fue la Premio Nobel Annie Ernaux. Según la autora francesa, mantener silencio ante lo ocurrido en Gaza dejaba de ser neutralidad para convertirse en complicidad, por lo que, para ella, tanto los escritores como los artistas tenían, y tienen, la obligación moral de pronunciarse. Sally Rooney, Arundhati Roy, Abdulrazak Gurnah, Judith Butler, Rachel Kushner, Jhumpa Lahiri, Viet Thanh Nguyen y Percival Everett estuvieron entre quienes respaldaron el boicot a instituciones culturales israelíes consideradas cómplices.

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