El crédito privado empieza a mostrar signos de tensión: algunos fondos están registrando fuertes solicitudes de reembolsos y ciertos vehículos han activado restricciones a la retirada de dinero. Esto ha despertado inquietud entre los inversores tras años de aparente normalidad, pese a que los reguladores venían advirtiendo desde hace tiempo del sobrecalentamiento del sector y, en los últimos meses, incluso Jamie Dimon, CEO de JP Morgan , apuntó tras los primeros impagos que «donde aparece una cucaracha, suelen aparecer más».Los fondos de crédito privado, junto con otros alternativos, han sido grandes beneficiarios del prolongado periodo de tipos de interés anómalamente bajos, que generó distorsiones en los flujos de capital. Una parte significativa del dinero terminó en estos vehículos porque los activos tradicionales de menor riesgo -principalmente deuda pública y corporativa- ofrecían rentabilidades demasiado reducidas y dejaron de ser una opción atractiva. A ello se sumó una valoración de los activos discutible y la ausencia de un valor liquidativo diario, lo que favoreció durante un tiempo una actitud algo ingenua de «ojos que no ven…».En cualquier caso, aunque parece que hay problemas, nada sugiere que representen un riesgo sistémico para el conjunto del sector financiero. La deuda corporativa más arriesgada, en proporción al tamaño de la economía, continúa en niveles similares a los de años anteriores, incluso ligeramente inferiores. Lo que ha cambiado no es el volumen total, sino quién presta. Tras la regulación posterior a 2008, los bancos redujeron su actividad y los fondos privados ocuparon ese espacio, pero sin provocar un aumento preocupante del endeudamiento. Además, los bancos no están directamente expuestos, ya que cuando financian a estos fondos lo hacen mediante estructuras altamente protegidas, limitando así el riesgo de contagio.Las restricciones a la retirada de dinero tampoco son señal de fractura, sino mecanismos diseñados para evitar ventas forzadas que podrían perjudicar al mercado en su conjunto y permiten repartir el estrés de manera más gradual. Los riesgos se concentran especialmente en el perfil de las empresas que recurren a esta financiación —generalmente más pequeñas y vulnerables— y en la elevada exposición del sector al software, un ámbito sujeto a posibles disrupciones derivadas de la inteligencia artificial. Aun así, nada apunta a un colapso del sistema financiero, sino más bien a una fase habitual del ciclo crediticio, en la que inevitablemente habrá ganadores y perdedores. El crédito privado empieza a mostrar signos de tensión: algunos fondos están registrando fuertes solicitudes de reembolsos y ciertos vehículos han activado restricciones a la retirada de dinero. Esto ha despertado inquietud entre los inversores tras años de aparente normalidad, pese a que los reguladores venían advirtiendo desde hace tiempo del sobrecalentamiento del sector y, en los últimos meses, incluso Jamie Dimon, CEO de JP Morgan , apuntó tras los primeros impagos que «donde aparece una cucaracha, suelen aparecer más».Los fondos de crédito privado, junto con otros alternativos, han sido grandes beneficiarios del prolongado periodo de tipos de interés anómalamente bajos, que generó distorsiones en los flujos de capital. Una parte significativa del dinero terminó en estos vehículos porque los activos tradicionales de menor riesgo -principalmente deuda pública y corporativa- ofrecían rentabilidades demasiado reducidas y dejaron de ser una opción atractiva. A ello se sumó una valoración de los activos discutible y la ausencia de un valor liquidativo diario, lo que favoreció durante un tiempo una actitud algo ingenua de «ojos que no ven…».En cualquier caso, aunque parece que hay problemas, nada sugiere que representen un riesgo sistémico para el conjunto del sector financiero. La deuda corporativa más arriesgada, en proporción al tamaño de la economía, continúa en niveles similares a los de años anteriores, incluso ligeramente inferiores. Lo que ha cambiado no es el volumen total, sino quién presta. Tras la regulación posterior a 2008, los bancos redujeron su actividad y los fondos privados ocuparon ese espacio, pero sin provocar un aumento preocupante del endeudamiento. Además, los bancos no están directamente expuestos, ya que cuando financian a estos fondos lo hacen mediante estructuras altamente protegidas, limitando así el riesgo de contagio.Las restricciones a la retirada de dinero tampoco son señal de fractura, sino mecanismos diseñados para evitar ventas forzadas que podrían perjudicar al mercado en su conjunto y permiten repartir el estrés de manera más gradual. Los riesgos se concentran especialmente en el perfil de las empresas que recurren a esta financiación —generalmente más pequeñas y vulnerables— y en la elevada exposición del sector al software, un ámbito sujeto a posibles disrupciones derivadas de la inteligencia artificial. Aun así, nada apunta a un colapso del sistema financiero, sino más bien a una fase habitual del ciclo crediticio, en la que inevitablemente habrá ganadores y perdedores.
El crédito privado empieza a mostrar signos de tensión: algunos fondos están registrando fuertes solicitudes de reembolsos y ciertos vehículos han activado restricciones a la retirada de dinero. Esto ha despertado inquietud entre los inversores tras años de aparente normalidad, pese a que los reguladores … venían advirtiendo desde hace tiempo del sobrecalentamiento del sector y, en los últimos meses, incluso Jamie Dimon, CEO de JP Morgan, apuntó tras los primeros impagos que «donde aparece una cucaracha, suelen aparecer más».
Los fondos de crédito privado, junto con otros alternativos, han sido grandes beneficiarios del prolongado periodo de tipos de interés anómalamente bajos, que generó distorsiones en los flujos de capital. Una parte significativa del dinero terminó en estos vehículos porque los activos tradicionales de menor riesgo -principalmente deuda pública y corporativa- ofrecían rentabilidades demasiado reducidas y dejaron de ser una opción atractiva. A ello se sumó una valoración de los activos discutible y la ausencia de un valor liquidativo diario, lo que favoreció durante un tiempo una actitud algo ingenua de «ojos que no ven…».
En cualquier caso, aunque parece que hay problemas, nada sugiere que representen un riesgo sistémico para el conjunto del sector financiero. La deuda corporativa más arriesgada, en proporción al tamaño de la economía, continúa en niveles similares a los de años anteriores, incluso ligeramente inferiores. Lo que ha cambiado no es el volumen total, sino quién presta. Tras la regulación posterior a 2008, los bancos redujeron su actividad y los fondos privados ocuparon ese espacio, pero sin provocar un aumento preocupante del endeudamiento. Además, los bancos no están directamente expuestos, ya que cuando financian a estos fondos lo hacen mediante estructuras altamente protegidas, limitando así el riesgo de contagio.
Las restricciones a la retirada de dinero tampoco son señal de fractura, sino mecanismos diseñados para evitar ventas forzadas que podrían perjudicar al mercado en su conjunto y permiten repartir el estrés de manera más gradual. Los riesgos se concentran especialmente en el perfil de las empresas que recurren a esta financiación —generalmente más pequeñas y vulnerables— y en la elevada exposición del sector al software, un ámbito sujeto a posibles disrupciones derivadas de la inteligencia artificial. Aun así, nada apunta a un colapso del sistema financiero, sino más bien a una fase habitual del ciclo crediticio, en la que inevitablemente habrá ganadores y perdedores.
RSS de noticias de economia
