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  Economía  Formar líderes con propósito
Economía

Formar líderes con propósito

julio 8, 2026
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En un momento en el que la rapidez del cambio y la incertidumbre parecen definir nuestro tiempo, creo que hay una pregunta que las instituciones no pueden eludir: ¿para qué existimos? Y si hay una institución que debe tener clara la respuesta, es, sin duda, la Universidad.Desde mi experiencia al frente de la Universidad CEU San Pablo, estoy convencida de que el propósito universitario no puede limitarse a la transmisión de conocimientos. Nuestro compromiso es más profundo: contribuir a la transformación positiva de la sociedad a través de la formación de personas.Este propósito se sustenta en una concepción integral de la educación, inspirada en el humanismo cristiano. Aspiramos a formar profesionales excelentes, pero también personas íntegras, responsables y comprometidas con el bien común. Porque el verdadero progreso no es solo técnico o económico, sino también humano.La verdadera cuestión no es sólo qué será capaz de hacer la IA, sino qué seremos capaces de hacer nosotros con ella La tecnología transforma lo que hacemos; el humanismo nos recuerda quiénes somos. Hoy vivimos un momento decisivo con la irrupción de la inteligencia artificial que está modificando la educación, la empresa, la medicina, la comunicación, la ciencia, la cultura y la manera en que nos relacionamos. Su capacidad para procesar información, automatizar tareas y generar nuevas soluciones abre oportunidades extraordinarias. No podemos mirar este fenómeno desde el miedo, pero tampoco podemos dar por hecho que todo progreso tecnológico implica, por sí mismo, un progreso humano. La verdadera cuestión no es solo qué será capaz de hacer la inteligencia artificial, sino qué seremos capaces de hacer nosotros con ella.En este contexto, hablar de humanismo no es una apelación abstracta ni una mirada nostálgica. Es una necesidad urgente. Y hablar de humanismo cristiano significa recordar una visión de la persona que ha configurado profundamente nuestra cultura: una visión que sitúa en el centro la dignidad de cada ser humano, el respeto a la vida, la libertad, la responsabilidad, la solidaridad y la búsqueda del bien común. Esa tradición moral nos recuerda que la persona no puede medirse únicamente por su utilidad, su productividad, su rendimiento o su capacidad de adaptación a los cambios.La inteligencia artificial puede imitar procesos, generar respuestas, aprender patrones y aumentar la eficiencia. Pero no puede sustituir la conciencia, las emociones, la libertad interior ni el pensamiento crítico. No puede acompañar desde la compasión, discernir moralmente o asumir la responsabilidad última de una decisión. Puede ayudar a decidir mejor, pero no puede decidir por nosotros qué es justo, qué es bueno o qué consecuencias estamos dispuestos a aceptar.Esta diferencia es esencial, porque de ella depende que la tecnología siga siendo una herramienta al servicio del ser humano y no acabe convirtiéndose en el criterio que mide su valor. En su primera encíclica, ‘Magnifica humanitas’, el Papa León XIV ha advertido precisamente sobre la necesidad de custodiar la dignidad de la persona en el tiempo de la inteligencia artificial. Su reflexión no plantea una oposición entre innovación y valores. Plantea una llamada a orientar el progreso desde una pregunta moral: si la tecnología que estamos desarrollando sirve verdaderamente a las personas, a los pueblos y al bien común, o si puede acabar sometiéndolos a nuevas formas de desigualdad, control o deshumanización.Sabemos que necesitaremos personas con criterio, capacidad de análisis, sentido ético y vocacion de servicioEs decir, en un entorno cada vez más condicionado por la tecnología, la dimensión humana resulta, si cabe, más necesaria. No sabemos con exactitud qué competencias técnicas serán imprescindibles dentro de unos años, pero sí sabemos algo fundamental: necesitaremos personas con criterio, con capacidad de análisis, con sentido ético y con vocación de servicio.Por eso en el CEU creemos que las Humanidades no son un añadido en la formación universitaria, sino uno de sus pilares. Son las que ayudan a comprender la complejidad del mundo y a situar el conocimiento técnico al servicio de la persona y de la sociedad.Anticiparse al futuroAhora bien, un propósito no debe quedarse en una declaración, ha de orientar las decisiones cotidianas. En el caso de la Universidad CEU San Pablo, está presente en el cuidado de las personas que integran nuestra comunidad educativa, en el diseño de nuestros programas, en nuestra apuesta por una investigación relevante, en el acompañamiento cercano a cada estudiante y en iniciativas que promueven el compromiso social.Porque la Universidad no puede vivir de espaldas a la sociedad. Al contrario, tiene la responsabilidad de anticiparse a sus necesidades, de formar a quienes habrán de liderarla en el futuro. Y ese liderazgo no puede ser neutral: requiere un sentido, necesita un «para que».Formar líderes con propósito significa educar personas capaces de transformar su entorno, de aportar valor al tejido social y empresarial, de tomar decisiones con responsabilidad y de actuar con integridad incluso en contextos de incertidumbre.El mayor reto, en este camino, es no perder de vista lo esencial. En un mundo donde lo inmediato a menudo eclipsa lo importante, las universidades debemos ser capaces de mantenernos fieles a nuestros principios, sin renunciar por ello a la innovación ni a la adaptación. Ese es el equilibrio que debemos preservar para seguir construyendo una Universidad abierta al mundo, internacional, investigadora e innovadora, pero firmemente anclada en su identidad y en su misión.Porque, en última instancia, el verdadero legado de una institución universitaria no se mide solo en resultados o en cifras, sino en las personas que contribuye a formar. En su capacidad de generar no solo buenos profesionales, sino también buenas personas.Y es precisamente en ellas donde se juega el futuro. Un futuro que no está escrito, sino que se construye cada día con decisiones, con valores y con propósito. En un momento en el que la rapidez del cambio y la incertidumbre parecen definir nuestro tiempo, creo que hay una pregunta que las instituciones no pueden eludir: ¿para qué existimos? Y si hay una institución que debe tener clara la respuesta, es, sin duda, la Universidad.Desde mi experiencia al frente de la Universidad CEU San Pablo, estoy convencida de que el propósito universitario no puede limitarse a la transmisión de conocimientos. Nuestro compromiso es más profundo: contribuir a la transformación positiva de la sociedad a través de la formación de personas.Este propósito se sustenta en una concepción integral de la educación, inspirada en el humanismo cristiano. Aspiramos a formar profesionales excelentes, pero también personas íntegras, responsables y comprometidas con el bien común. Porque el verdadero progreso no es solo técnico o económico, sino también humano.La verdadera cuestión no es sólo qué será capaz de hacer la IA, sino qué seremos capaces de hacer nosotros con ella La tecnología transforma lo que hacemos; el humanismo nos recuerda quiénes somos. Hoy vivimos un momento decisivo con la irrupción de la inteligencia artificial que está modificando la educación, la empresa, la medicina, la comunicación, la ciencia, la cultura y la manera en que nos relacionamos. Su capacidad para procesar información, automatizar tareas y generar nuevas soluciones abre oportunidades extraordinarias. No podemos mirar este fenómeno desde el miedo, pero tampoco podemos dar por hecho que todo progreso tecnológico implica, por sí mismo, un progreso humano. La verdadera cuestión no es solo qué será capaz de hacer la inteligencia artificial, sino qué seremos capaces de hacer nosotros con ella.En este contexto, hablar de humanismo no es una apelación abstracta ni una mirada nostálgica. Es una necesidad urgente. Y hablar de humanismo cristiano significa recordar una visión de la persona que ha configurado profundamente nuestra cultura: una visión que sitúa en el centro la dignidad de cada ser humano, el respeto a la vida, la libertad, la responsabilidad, la solidaridad y la búsqueda del bien común. Esa tradición moral nos recuerda que la persona no puede medirse únicamente por su utilidad, su productividad, su rendimiento o su capacidad de adaptación a los cambios.La inteligencia artificial puede imitar procesos, generar respuestas, aprender patrones y aumentar la eficiencia. Pero no puede sustituir la conciencia, las emociones, la libertad interior ni el pensamiento crítico. No puede acompañar desde la compasión, discernir moralmente o asumir la responsabilidad última de una decisión. Puede ayudar a decidir mejor, pero no puede decidir por nosotros qué es justo, qué es bueno o qué consecuencias estamos dispuestos a aceptar.Esta diferencia es esencial, porque de ella depende que la tecnología siga siendo una herramienta al servicio del ser humano y no acabe convirtiéndose en el criterio que mide su valor. En su primera encíclica, ‘Magnifica humanitas’, el Papa León XIV ha advertido precisamente sobre la necesidad de custodiar la dignidad de la persona en el tiempo de la inteligencia artificial. Su reflexión no plantea una oposición entre innovación y valores. Plantea una llamada a orientar el progreso desde una pregunta moral: si la tecnología que estamos desarrollando sirve verdaderamente a las personas, a los pueblos y al bien común, o si puede acabar sometiéndolos a nuevas formas de desigualdad, control o deshumanización.Sabemos que necesitaremos personas con criterio, capacidad de análisis, sentido ético y vocacion de servicioEs decir, en un entorno cada vez más condicionado por la tecnología, la dimensión humana resulta, si cabe, más necesaria. No sabemos con exactitud qué competencias técnicas serán imprescindibles dentro de unos años, pero sí sabemos algo fundamental: necesitaremos personas con criterio, con capacidad de análisis, con sentido ético y con vocación de servicio.Por eso en el CEU creemos que las Humanidades no son un añadido en la formación universitaria, sino uno de sus pilares. Son las que ayudan a comprender la complejidad del mundo y a situar el conocimiento técnico al servicio de la persona y de la sociedad.Anticiparse al futuroAhora bien, un propósito no debe quedarse en una declaración, ha de orientar las decisiones cotidianas. En el caso de la Universidad CEU San Pablo, está presente en el cuidado de las personas que integran nuestra comunidad educativa, en el diseño de nuestros programas, en nuestra apuesta por una investigación relevante, en el acompañamiento cercano a cada estudiante y en iniciativas que promueven el compromiso social.Porque la Universidad no puede vivir de espaldas a la sociedad. Al contrario, tiene la responsabilidad de anticiparse a sus necesidades, de formar a quienes habrán de liderarla en el futuro. Y ese liderazgo no puede ser neutral: requiere un sentido, necesita un «para que».Formar líderes con propósito significa educar personas capaces de transformar su entorno, de aportar valor al tejido social y empresarial, de tomar decisiones con responsabilidad y de actuar con integridad incluso en contextos de incertidumbre.El mayor reto, en este camino, es no perder de vista lo esencial. En un mundo donde lo inmediato a menudo eclipsa lo importante, las universidades debemos ser capaces de mantenernos fieles a nuestros principios, sin renunciar por ello a la innovación ni a la adaptación. Ese es el equilibrio que debemos preservar para seguir construyendo una Universidad abierta al mundo, internacional, investigadora e innovadora, pero firmemente anclada en su identidad y en su misión.Porque, en última instancia, el verdadero legado de una institución universitaria no se mide solo en resultados o en cifras, sino en las personas que contribuye a formar. En su capacidad de generar no solo buenos profesionales, sino también buenas personas.Y es precisamente en ellas donde se juega el futuro. Un futuro que no está escrito, sino que se construye cada día con decisiones, con valores y con propósito.  

Rosa Visiedo Claverol

Rectora de la Universidad CEU San Pablo


08/07/2026
Actualizado a las 11:27h.

En un momento en el que la rapidez del cambio y la incertidumbre parecen definir nuestro tiempo, creo que hay una pregunta que las instituciones no pueden eludir: ¿para qué existimos? Y si hay una institución que debe tener clara la respuesta, es, sin duda, la Universidad.

Desde mi experiencia al frente de la Universidad CEU San Pablo, estoy convencida de que el propósito universitario no puede limitarse a la transmisión de conocimientos. Nuestro compromiso es más profundo: contribuir a la transformación positiva de la sociedad a través de la formación de personas.

Este propósito se sustenta en una concepción integral de la educación, inspirada en el humanismo cristiano. Aspiramos a formar profesionales excelentes, pero también personas íntegras, responsables y comprometidas con el bien común. Porque el verdadero progreso no es solo técnico o económico, sino también humano.

La verdadera cuestión no es sólo qué será capaz de hacer la IA, sino qué seremos capaces de hacer nosotros con ella

La tecnología transforma lo que hacemos; el humanismo nos recuerda quiénes somos. Hoy vivimos un momento decisivo con la irrupción de la inteligencia artificial que está modificando la educación, la empresa, la medicina, la comunicación, la ciencia, la cultura y la manera en que nos relacionamos. Su capacidad para procesar información, automatizar tareas y generar nuevas soluciones abre oportunidades extraordinarias. No podemos mirar este fenómeno desde el miedo, pero tampoco podemos dar por hecho que todo progreso tecnológico implica, por sí mismo, un progreso humano. La verdadera cuestión no es solo qué será capaz de hacer la inteligencia artificial, sino qué seremos capaces de hacer nosotros con ella.

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En este contexto, hablar de humanismo no es una apelación abstracta ni una mirada nostálgica. Es una necesidad urgente. Y hablar de humanismo cristiano significa recordar una visión de la persona que ha configurado profundamente nuestra cultura: una visión que sitúa en el centro la dignidad de cada ser humano, el respeto a la vida, la libertad, la responsabilidad, la solidaridad y la búsqueda del bien común. Esa tradición moral nos recuerda que la persona no puede medirse únicamente por su utilidad, su productividad, su rendimiento o su capacidad de adaptación a los cambios.

La inteligencia artificial puede imitar procesos, generar respuestas, aprender patrones y aumentar la eficiencia. Pero no puede sustituir la conciencia, las emociones, la libertad interior ni el pensamiento crítico. No puede acompañar desde la compasión, discernir moralmente o asumir la responsabilidad última de una decisión. Puede ayudar a decidir mejor, pero no puede decidir por nosotros qué es justo, qué es bueno o qué consecuencias estamos dispuestos a aceptar.

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Esta diferencia es esencial, porque de ella depende que la tecnología siga siendo una herramienta al servicio del ser humano y no acabe convirtiéndose en el criterio que mide su valor. En su primera encíclica, ‘Magnifica humanitas’, el Papa León XIV ha advertido precisamente sobre la necesidad de custodiar la dignidad de la persona en el tiempo de la inteligencia artificial. Su reflexión no plantea una oposición entre innovación y valores. Plantea una llamada a orientar el progreso desde una pregunta moral: si la tecnología que estamos desarrollando sirve verdaderamente a las personas, a los pueblos y al bien común, o si puede acabar sometiéndolos a nuevas formas de desigualdad, control o deshumanización.

Sabemos que necesitaremos personas con criterio, capacidad de análisis, sentido ético y vocacion de servicio

Es decir, en un entorno cada vez más condicionado por la tecnología, la dimensión humana resulta, si cabe, más necesaria. No sabemos con exactitud qué competencias técnicas serán imprescindibles dentro de unos años, pero sí sabemos algo fundamental: necesitaremos personas con criterio, con capacidad de análisis, con sentido ético y con vocación de servicio.

Por eso en el CEU creemos que las Humanidades no son un añadido en la formación universitaria, sino uno de sus pilares. Son las que ayudan a comprender la complejidad del mundo y a situar el conocimiento técnico al servicio de la persona y de la sociedad.

Anticiparse al futuro

Ahora bien, un propósito no debe quedarse en una declaración, ha de orientar las decisiones cotidianas. En el caso de la Universidad CEU San Pablo, está presente en el cuidado de las personas que integran nuestra comunidad educativa, en el diseño de nuestros programas, en nuestra apuesta por una investigación relevante, en el acompañamiento cercano a cada estudiante y en iniciativas que promueven el compromiso social.

Porque la Universidad no puede vivir de espaldas a la sociedad. Al contrario, tiene la responsabilidad de anticiparse a sus necesidades, de formar a quienes habrán de liderarla en el futuro. Y ese liderazgo no puede ser neutral: requiere un sentido, necesita un «para que».

Formar líderes con propósito significa educar personas capaces de transformar su entorno, de aportar valor al tejido social y empresarial, de tomar decisiones con responsabilidad y de actuar con integridad incluso en contextos de incertidumbre.

El mayor reto, en este camino, es no perder de vista lo esencial. En un mundo donde lo inmediato a menudo eclipsa lo importante, las universidades debemos ser capaces de mantenernos fieles a nuestros principios, sin renunciar por ello a la innovación ni a la adaptación. Ese es el equilibrio que debemos preservar para seguir construyendo una Universidad abierta al mundo, internacional, investigadora e innovadora, pero firmemente anclada en su identidad y en su misión.

Porque, en última instancia, el verdadero legado de una institución universitaria no se mide solo en resultados o en cifras, sino en las personas que contribuye a formar. En su capacidad de generar no solo buenos profesionales, sino también buenas personas.

Y es precisamente en ellas donde se juega el futuro. Un futuro que no está escrito, sino que se construye cada día con decisiones, con valores y con propósito.

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