Ser asturiano y no gallego es más que decir frisuelo por filloa, es sobrellevar la muerte que lleva el segundo dentro con otra naturalidad, la de quien confunde el cielo con el mar y el mar y el suelo. Gonzalo Suárez no es plumilla, escribidor o cineasta, aunque lo sea todo y todo bien, es eso que los indefinibles son. No hay taxonomía que lo reduzca (es, por tanto, irreductible). Aprende a hacer cine sin darse cuenta mientras escribe su juvenilia, sus crónicas deportivas, que firma como Martín Girard : hay que ver el hueco, no el balón. Ahí está todo. Escribe y publica en corto, sabe que el cuento es la forma más pura de literatura, con la posible excepción de la poesía. Y que el ciclismo es la forma más pura de vacío y gesta; nada hay por encima ni debajo. Y que el cine es la forma más perfecta de imperfección. No se siente cineasta ni se siente nada, está de paso . Pasaba por el cine y se quedó. Sin soltar la pluma. Lo insólito como método es el lema que nunca tuvo, la imaginación como único criterio de verdad, el arte como exploración: Byron, Shelley, el doctor Fausto, Sade, don Juan, son barro para la invención, no para la reconstrucción. Nada real es cierto, o no necesariamente. Sólo lo cierto es cierto. Le sobra el realismo, le molesta. «Hay películas cuyo realismo huele a pies» . Su cine es literario. Para bien. Su literatura es imagen comprimida. Para bien. Desconfía de las categorías aún más que de las instituciones, desconfía del aburrimiento, defiende (con el ejemplo) la libertad del creador. No se apunta a corrientes ni gremios. Improvisa, mezcla géneros, escribe rodando y rueda escribiendo. Es iconoclasta, barroco a veces, conciso otras. En el cine se entrega al diálogo elegante, a la pintura, al relámpago, al ángulo imposible, al azul que nace de la noche y se hace bruma. Se habría dejado etiquetar sólo por tener un cerco del que escaparse, pero nadie supo hacerlo: ni Nuevo Cine Español ni Escuela de Barcelona. Sí, pero no. Boxeó un poco, como recuerdan sin querer sus textos, sus planos irreconciliables, los silencios, la sonrisa de quien lo vio todo sin creerse nada (ni nadie), la de quien juega y juega. Hemos venido a jugar. Gonzalo Suárez es la inteligencia, el ojeador de futbolistas y fantasmas, el cazador, la palabra, el escarabajo que se resiste a ser clavado, el elucubrador. El cartógrafo de infiernos y cielos, el detective y la vida. En el funeral de su amigo Peckinpah, alguien dijo: « ¿Qué hacemos todos mirando al cielo? ¡Es Sam Peckinpah! ». Gonzalo Suárez ha muerto. Mirada al frente. Al final del mar. Ser asturiano y no gallego es más que decir frisuelo por filloa, es sobrellevar la muerte que lleva el segundo dentro con otra naturalidad, la de quien confunde el cielo con el mar y el mar y el suelo. Gonzalo Suárez no es plumilla, escribidor o cineasta, aunque lo sea todo y todo bien, es eso que los indefinibles son. No hay taxonomía que lo reduzca (es, por tanto, irreductible). Aprende a hacer cine sin darse cuenta mientras escribe su juvenilia, sus crónicas deportivas, que firma como Martín Girard : hay que ver el hueco, no el balón. Ahí está todo. Escribe y publica en corto, sabe que el cuento es la forma más pura de literatura, con la posible excepción de la poesía. Y que el ciclismo es la forma más pura de vacío y gesta; nada hay por encima ni debajo. Y que el cine es la forma más perfecta de imperfección. No se siente cineasta ni se siente nada, está de paso . Pasaba por el cine y se quedó. Sin soltar la pluma. Lo insólito como método es el lema que nunca tuvo, la imaginación como único criterio de verdad, el arte como exploración: Byron, Shelley, el doctor Fausto, Sade, don Juan, son barro para la invención, no para la reconstrucción. Nada real es cierto, o no necesariamente. Sólo lo cierto es cierto. Le sobra el realismo, le molesta. «Hay películas cuyo realismo huele a pies» . Su cine es literario. Para bien. Su literatura es imagen comprimida. Para bien. Desconfía de las categorías aún más que de las instituciones, desconfía del aburrimiento, defiende (con el ejemplo) la libertad del creador. No se apunta a corrientes ni gremios. Improvisa, mezcla géneros, escribe rodando y rueda escribiendo. Es iconoclasta, barroco a veces, conciso otras. En el cine se entrega al diálogo elegante, a la pintura, al relámpago, al ángulo imposible, al azul que nace de la noche y se hace bruma. Se habría dejado etiquetar sólo por tener un cerco del que escaparse, pero nadie supo hacerlo: ni Nuevo Cine Español ni Escuela de Barcelona. Sí, pero no. Boxeó un poco, como recuerdan sin querer sus textos, sus planos irreconciliables, los silencios, la sonrisa de quien lo vio todo sin creerse nada (ni nadie), la de quien juega y juega. Hemos venido a jugar. Gonzalo Suárez es la inteligencia, el ojeador de futbolistas y fantasmas, el cazador, la palabra, el escarabajo que se resiste a ser clavado, el elucubrador. El cartógrafo de infiernos y cielos, el detective y la vida. En el funeral de su amigo Peckinpah, alguien dijo: « ¿Qué hacemos todos mirando al cielo? ¡Es Sam Peckinpah! ». Gonzalo Suárez ha muerto. Mirada al frente. Al final del mar.
Ser asturiano y no gallego es más que decir frisuelo por filloa, es sobrellevar la muerte que lleva el segundo dentro con otra naturalidad, la de quien confunde el cielo con el mar y el mar y el suelo. Gonzalo Suárez no es plumilla, … escribidor o cineasta, aunque lo sea todo y todo bien, es eso que los indefinibles son. No hay taxonomía que lo reduzca (es, por tanto, irreductible).
Aprende a hacer cine sin darse cuenta mientras escribe su juvenilia, sus crónicas deportivas, que firma como Martín Girard: hay que ver el hueco, no el balón. Ahí está todo. Escribe y publica en corto, sabe que el cuento es la forma más pura de literatura, con la posible excepción de la poesía. Y que el ciclismo es la forma más pura de vacío y gesta; nada hay por encima ni debajo. Y que el cine es la forma más perfecta de imperfección. No se siente cineasta ni se siente nada, está de paso. Pasaba por el cine y se quedó. Sin soltar la pluma. Lo insólito como método es el lema que nunca tuvo, la imaginación como único criterio de verdad, el arte como exploración: Byron, Shelley, el doctor Fausto, Sade, don Juan, son barro para la invención, no para la reconstrucción. Nada real es cierto, o no necesariamente. Sólo lo cierto es cierto. Le sobra el realismo, le molesta. «Hay películas cuyo realismo huele a pies». Su cine es literario. Para bien. Su literatura es imagen comprimida. Para bien. Desconfía de las categorías aún más que de las instituciones, desconfía del aburrimiento, defiende (con el ejemplo) la libertad del creador. No se apunta a corrientes ni gremios. Improvisa, mezcla géneros, escribe rodando y rueda escribiendo. Es iconoclasta, barroco a veces, conciso otras. En el cine se entrega al diálogo elegante, a la pintura, al relámpago, al ángulo imposible, al azul que nace de la noche y se hace bruma. Se habría dejado etiquetar sólo por tener un cerco del que escaparse, pero nadie supo hacerlo: ni Nuevo Cine Español ni Escuela de Barcelona. Sí, pero no. Boxeó un poco, como recuerdan sin querer sus textos, sus planos irreconciliables, los silencios, la sonrisa de quien lo vio todo sin creerse nada (ni nadie), la de quien juega y juega. Hemos venido a jugar.
Noticia relacionada
Gonzalo Suárez es la inteligencia, el ojeador de futbolistas y fantasmas, el cazador, la palabra, el escarabajo que se resiste a ser clavado, el elucubrador. El cartógrafo de infiernos y cielos, el detective y la vida. En el funeral de su amigo Peckinpah, alguien dijo: «¿Qué hacemos todos mirando al cielo? ¡Es Sam Peckinpah!». Gonzalo Suárez ha muerto. Mirada al frente. Al final del mar.
RSS de noticias de cultura

