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  Cultura  Habermas tenía razón
Cultura

Habermas tenía razón

marzo 15, 2026
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Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2003 –el año en que Susan Sontag recibió el de las Letras–, Jürgen Habermas –fallecido la semana pasada– fue uno de los filósofos más influyentes del siglo XX y comienzos del XXI . Estudió filosofía, historia, psicología, literatura alemana y economía en las universidades de Gotinga, Zürich y Bonn, donde se doctoró en Filosofía, en 1954, con un trabajo estrictamente académico sobre la teoría de las edades del mundo del idealista Friedrich Schelling . Dos años más tarde, Theodor W. Adorno, que había regresado a Alemania al finalizar la II Guerra Mundial con su colega Max Horkheimer en 1949 tras su exilio en Estados Unidos, le invitó a trabajar en el legendario Institut für Sozialforschung (Instituto de Investigaciones Sociales), el laboratorio de ideas de la Escuela de Frankfurt. Desde allí, Habermas empezó a elaborar una serie de planteamientos para explicar, y también para renovar, la entonces nueva democracia alemana. Tras pasar por la Universidad de Marburgo y la de Frankfurt, se convirtió en uno de los principales pupilos de Adorno, aunque con un perfil propio que integraba filosofía y ciencia social. Una de sus primeras obras que pone de manifiesto esa mezcla fue, justamente, ‘Historia y crítica de la opinión pública’ (1962).Centrado en un pensamiento sobre la idea nacional o ciudadana, Habermas levantó un discurso político del que se conservan conceptos específicos. Cuando Alemania, marcada por la tragedia del nazismo, no encontraba forma clara de definir una identidad nacional, Habermas planteó el concepto de «patriotismo constitucional» . Con él se definía el patriotismo alemán no como un apego al pasado, sino como adhesión al texto constitucional de 1949 que, por lo demás, recogía las aspiraciones de los movimientos liberales alemanes que habían sido derrotados repetidamente durante el siglo XIX y no habían logrado imponerse durante la República de Weimar.Sus críticas a Karl Marx partían de una premisa: el autor de ‘El capital’ concede demasiada importancia a la técnica, al trabajo como eje de la sociedad, y deja de lado un aspecto de la praxis humana a su juicio fundamental, la interacción y el lenguaje. Habermas entiende que el cambio social debe darse mediante el entendimiento entre los sujetos, es decir, en la esfera de lo simbólico y la comunicación. La ética discursiva de Habermas es hoy más necesaria que nunca. La democracia, la esfera pública y la racionalidad comunicativa en el mundo contemporáneo forman un núcleo. Apedrear a una de las tres intenta tambalear el conjunto. Solo la comprensión mutua asegura una transformación. Hoy, por encima de cualquier otra época, la palabra de Habermas es sustancial. Comprometido con el proyecto europeo, fue un férreo crítico de Angela Merkel. Apuntó directamente a los líderes políticos europeos por el déficit de legitimidad de los programas de rescate aprobados en la UE sin contar con los ciudadanos. Esa fue, a su juicio, la gasolina que pondría en marcha la locomotora de los nacionalismos y populismos. Tenía razón. Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2003 –el año en que Susan Sontag recibió el de las Letras–, Jürgen Habermas –fallecido la semana pasada– fue uno de los filósofos más influyentes del siglo XX y comienzos del XXI . Estudió filosofía, historia, psicología, literatura alemana y economía en las universidades de Gotinga, Zürich y Bonn, donde se doctoró en Filosofía, en 1954, con un trabajo estrictamente académico sobre la teoría de las edades del mundo del idealista Friedrich Schelling . Dos años más tarde, Theodor W. Adorno, que había regresado a Alemania al finalizar la II Guerra Mundial con su colega Max Horkheimer en 1949 tras su exilio en Estados Unidos, le invitó a trabajar en el legendario Institut für Sozialforschung (Instituto de Investigaciones Sociales), el laboratorio de ideas de la Escuela de Frankfurt. Desde allí, Habermas empezó a elaborar una serie de planteamientos para explicar, y también para renovar, la entonces nueva democracia alemana. Tras pasar por la Universidad de Marburgo y la de Frankfurt, se convirtió en uno de los principales pupilos de Adorno, aunque con un perfil propio que integraba filosofía y ciencia social. Una de sus primeras obras que pone de manifiesto esa mezcla fue, justamente, ‘Historia y crítica de la opinión pública’ (1962).Centrado en un pensamiento sobre la idea nacional o ciudadana, Habermas levantó un discurso político del que se conservan conceptos específicos. Cuando Alemania, marcada por la tragedia del nazismo, no encontraba forma clara de definir una identidad nacional, Habermas planteó el concepto de «patriotismo constitucional» . Con él se definía el patriotismo alemán no como un apego al pasado, sino como adhesión al texto constitucional de 1949 que, por lo demás, recogía las aspiraciones de los movimientos liberales alemanes que habían sido derrotados repetidamente durante el siglo XIX y no habían logrado imponerse durante la República de Weimar.Sus críticas a Karl Marx partían de una premisa: el autor de ‘El capital’ concede demasiada importancia a la técnica, al trabajo como eje de la sociedad, y deja de lado un aspecto de la praxis humana a su juicio fundamental, la interacción y el lenguaje. Habermas entiende que el cambio social debe darse mediante el entendimiento entre los sujetos, es decir, en la esfera de lo simbólico y la comunicación. La ética discursiva de Habermas es hoy más necesaria que nunca. La democracia, la esfera pública y la racionalidad comunicativa en el mundo contemporáneo forman un núcleo. Apedrear a una de las tres intenta tambalear el conjunto. Solo la comprensión mutua asegura una transformación. Hoy, por encima de cualquier otra época, la palabra de Habermas es sustancial. Comprometido con el proyecto europeo, fue un férreo crítico de Angela Merkel. Apuntó directamente a los líderes políticos europeos por el déficit de legitimidad de los programas de rescate aprobados en la UE sin contar con los ciudadanos. Esa fue, a su juicio, la gasolina que pondría en marcha la locomotora de los nacionalismos y populismos. Tenía razón.  

Karina Sainz Borgo
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16/03/2026 a las 00:09h.

Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2003 –el año en que Susan Sontag recibió el de las Letras–, Jürgen Habermas –fallecido la semana pasada– fue uno de los filósofos más influyentes del siglo XX y comienzos del XXI. Estudió filosofía, historia, … psicología, literatura alemana y economía en las universidades de Gotinga, Zürich y Bonn, donde se doctoró en Filosofía, en 1954, con un trabajo estrictamente académico sobre la teoría de las edades del mundo del idealista Friedrich Schelling. Dos años más tarde, Theodor W. Adorno, que había regresado a Alemania al finalizar la II Guerra Mundial con su colega Max Horkheimer en 1949 tras su exilio en Estados Unidos, le invitó a trabajar en el legendario Institut für Sozialforschung (Instituto de Investigaciones Sociales), el laboratorio de ideas de la Escuela de Frankfurt. Desde allí, Habermas empezó a elaborar una serie de planteamientos para explicar, y también para renovar, la entonces nueva democracia alemana. Tras pasar por la Universidad de Marburgo y la de Frankfurt, se convirtió en uno de los principales pupilos de Adorno, aunque con un perfil propio que integraba filosofía y ciencia social. Una de sus primeras obras que pone de manifiesto esa mezcla fue, justamente, ‘Historia y crítica de la opinión pública’ (1962).

Centrado en un pensamiento sobre la idea nacional o ciudadana, Habermas levantó un discurso político del que se conservan conceptos específicos. Cuando Alemania, marcada por la tragedia del nazismo, no encontraba forma clara de definir una identidad nacional, Habermas planteó el concepto de «patriotismo constitucional». Con él se definía el patriotismo alemán no como un apego al pasado, sino como adhesión al texto constitucional de 1949 que, por lo demás, recogía las aspiraciones de los movimientos liberales alemanes que habían sido derrotados repetidamente durante el siglo XIX y no habían logrado imponerse durante la República de Weimar.

Sus críticas a Karl Marx partían de una premisa: el autor de ‘El capital’ concede demasiada importancia a la técnica, al trabajo como eje de la sociedad, y deja de lado un aspecto de la praxis humana a su juicio fundamental, la interacción y el lenguaje. Habermas entiende que el cambio social debe darse mediante el entendimiento entre los sujetos, es decir, en la esfera de lo simbólico y la comunicación. La ética discursiva de Habermas es hoy más necesaria que nunca. La democracia, la esfera pública y la racionalidad comunicativa en el mundo contemporáneo forman un núcleo. Apedrear a una de las tres intenta tambalear el conjunto. Solo la comprensión mutua asegura una transformación. Hoy, por encima de cualquier otra época, la palabra de Habermas es sustancial. Comprometido con el proyecto europeo, fue un férreo crítico de Angela Merkel. Apuntó directamente a los líderes políticos europeos por el déficit de legitimidad de los programas de rescate aprobados en la UE sin contar con los ciudadanos. Esa fue, a su juicio, la gasolina que pondría en marcha la locomotora de los nacionalismos y populismos. Tenía razón.

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