Hace un tiempo me reencontré con una amiga (llamémosla S.) que me contó el infierno que fue su separación. La persona que hasta entonces había sido su compañero de pronto se volvió el más feroz de los enemigos. Por supuesto, nadie se transforma así de la noche a la mañana. Con el paso de las semanas, S. descubrió que su ex la había estafado, aprovechándose de la discapacidad visual que ella tiene. Y así, otras bajezas más. Mi amiga, además, es venezolana en España y estaba sola en aquel trance. Por suerte, al final vino su madre para acompañarla en este proceso, porque parte del calvario era seguir compartiendo casa con el indeseable estafador . «¿Y qué hizo tu madre cuando lo vio?», le pregunté. Llegó con una botella de vino de regalo. El estafador, además, es dado a la bebida. «Yo lo hubiera guindado por las bolas», le dije. Al contrario de lo que cualquiera hubiera imaginado, esos días de convivencia de mi amiga, su madre y el energúmeno de su expareja fueron los únicos tranquilos en ese piso en mucho tiempo. Fueron días, incluso, venturosos pues S. consiguió una habitación donde mudarse. La actitud de su madre no era inusual. De hecho, esa era su ley de vida. La señora es una creyente y practicante del ‘Ho’oponopono’, un mantra hawaiano que ante cualquier adversidad de la vida responde con la terquedad de un hijo de Buda y Bartleby: «Lo siento, perdóname, gracias, te amo». Noticia Relacionada El animal singular opinion Si ‘Ungeziefer’ Rodrigo Blanco Calderón Si en un futuro cercano, yo y mis compatriotas venecos comenzamos a ser perseguidos y deportados de España, el artículo de Antonio Maestre será un útil panfleto en el que se podrán apoyar los totalitarismos de cualquier signo«Yo no podría», le dije. «Yo tampoco», me respondió S. De hecho, en algunas ocasiones ella llegó a desesperarse por la actitud de su madre, que no sólo trató con exquisita cordialidad al estafador sino que, al escuchar las quejas de su hija, no le daba demasiado pábulo a sus justificados reclamos y lamentos. Solo al final, cuando estaba por irse al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a Venezuela, la madre de mi amiga le dijo: «Recuerda, él es tu maestro».La frase se me quedó en la cabeza desde entonces, pues creo que aplica para muchos aspectos de la existencia que van más allá de las relaciones (y de las separaciones) de pareja. Lejos de pregonar un imposible amor hacia quien nos maltrata, el mantra hawaiano (del que desconozco casi todo) es en realidad un mecanismo de disuasión y de defensa. Decirle a un hijo de puta «lo siento, perdóname, gracias, te amo», es como esa actitud que asumía Hölderlin cada vez que alguien venía a importunarlo en su retiro en la torre de Tubinga, donde pasó los últimos 36 años de su vida: «Su majestad, mi señor, su excelencia, su santidad», le decía el poeta al visitante en cuestión, sin reparar en su rango. Engrandeciéndolo, alimentando su amor propio, alejándolo. El mantra también reduce al enemigo a la mera condición de un engranaje del universo. Ese idiota está ahí para hacerme menos idiota. Para recordarme que, como Cristo, él ha decidido encarnar la estupidez y la maldad del mundo por mí. Visto así, ¿cómo no estarle agradecido? ¿Cómo no arrodillarse a sus pies y bendecirlo por esta oportunidad de aprender algo sin tener que sufrirlo en carne propia? ¿Cómo no amar al monstruico de turno, si hasta me ha regalado el tema de una columna sin siquiera tener que nombrarlo? Hace un tiempo me reencontré con una amiga (llamémosla S.) que me contó el infierno que fue su separación. La persona que hasta entonces había sido su compañero de pronto se volvió el más feroz de los enemigos. Por supuesto, nadie se transforma así de la noche a la mañana. Con el paso de las semanas, S. descubrió que su ex la había estafado, aprovechándose de la discapacidad visual que ella tiene. Y así, otras bajezas más. Mi amiga, además, es venezolana en España y estaba sola en aquel trance. Por suerte, al final vino su madre para acompañarla en este proceso, porque parte del calvario era seguir compartiendo casa con el indeseable estafador . «¿Y qué hizo tu madre cuando lo vio?», le pregunté. Llegó con una botella de vino de regalo. El estafador, además, es dado a la bebida. «Yo lo hubiera guindado por las bolas», le dije. Al contrario de lo que cualquiera hubiera imaginado, esos días de convivencia de mi amiga, su madre y el energúmeno de su expareja fueron los únicos tranquilos en ese piso en mucho tiempo. Fueron días, incluso, venturosos pues S. consiguió una habitación donde mudarse. La actitud de su madre no era inusual. De hecho, esa era su ley de vida. La señora es una creyente y practicante del ‘Ho’oponopono’, un mantra hawaiano que ante cualquier adversidad de la vida responde con la terquedad de un hijo de Buda y Bartleby: «Lo siento, perdóname, gracias, te amo». Noticia Relacionada El animal singular opinion Si ‘Ungeziefer’ Rodrigo Blanco Calderón Si en un futuro cercano, yo y mis compatriotas venecos comenzamos a ser perseguidos y deportados de España, el artículo de Antonio Maestre será un útil panfleto en el que se podrán apoyar los totalitarismos de cualquier signo«Yo no podría», le dije. «Yo tampoco», me respondió S. De hecho, en algunas ocasiones ella llegó a desesperarse por la actitud de su madre, que no sólo trató con exquisita cordialidad al estafador sino que, al escuchar las quejas de su hija, no le daba demasiado pábulo a sus justificados reclamos y lamentos. Solo al final, cuando estaba por irse al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a Venezuela, la madre de mi amiga le dijo: «Recuerda, él es tu maestro».La frase se me quedó en la cabeza desde entonces, pues creo que aplica para muchos aspectos de la existencia que van más allá de las relaciones (y de las separaciones) de pareja. Lejos de pregonar un imposible amor hacia quien nos maltrata, el mantra hawaiano (del que desconozco casi todo) es en realidad un mecanismo de disuasión y de defensa. Decirle a un hijo de puta «lo siento, perdóname, gracias, te amo», es como esa actitud que asumía Hölderlin cada vez que alguien venía a importunarlo en su retiro en la torre de Tubinga, donde pasó los últimos 36 años de su vida: «Su majestad, mi señor, su excelencia, su santidad», le decía el poeta al visitante en cuestión, sin reparar en su rango. Engrandeciéndolo, alimentando su amor propio, alejándolo. El mantra también reduce al enemigo a la mera condición de un engranaje del universo. Ese idiota está ahí para hacerme menos idiota. Para recordarme que, como Cristo, él ha decidido encarnar la estupidez y la maldad del mundo por mí. Visto así, ¿cómo no estarle agradecido? ¿Cómo no arrodillarse a sus pies y bendecirlo por esta oportunidad de aprender algo sin tener que sufrirlo en carne propia? ¿Cómo no amar al monstruico de turno, si hasta me ha regalado el tema de una columna sin siquiera tener que nombrarlo?
Hace un tiempo me reencontré con una amiga (llamémosla S.) que me contó el infierno que fue su separación. La persona que hasta entonces había sido su compañero de pronto se volvió el más feroz de los enemigos. Por supuesto, nadie se transforma así de … la noche a la mañana. Con el paso de las semanas, S. descubrió que su ex la había estafado, aprovechándose de la discapacidad visual que ella tiene. Y así, otras bajezas más. Mi amiga, además, es venezolana en España y estaba sola en aquel trance.
Por suerte, al final vino su madre para acompañarla en este proceso, porque parte del calvario era seguir compartiendo casa con el indeseable estafador. «¿Y qué hizo tu madre cuando lo vio?», le pregunté. Llegó con una botella de vino de regalo. El estafador, además, es dado a la bebida. «Yo lo hubiera guindado por las bolas», le dije.
Al contrario de lo que cualquiera hubiera imaginado, esos días de convivencia de mi amiga, su madre y el energúmeno de su expareja fueron los únicos tranquilos en ese piso en mucho tiempo. Fueron días, incluso, venturosos pues S. consiguió una habitación donde mudarse. La actitud de su madre no era inusual. De hecho, esa era su ley de vida. La señora es una creyente y practicante del ‘Ho’oponopono’, un mantra hawaiano que ante cualquier adversidad de la vida responde con la terquedad de un hijo de Buda y Bartleby: «Lo siento, perdóname, gracias, te amo».
«Yo no podría», le dije. «Yo tampoco», me respondió S. De hecho, en algunas ocasiones ella llegó a desesperarse por la actitud de su madre, que no sólo trató con exquisita cordialidad al estafador sino que, al escuchar las quejas de su hija, no le daba demasiado pábulo a sus justificados reclamos y lamentos. Solo al final, cuando estaba por irse al aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a Venezuela, la madre de mi amiga le dijo: «Recuerda, él es tu maestro».
La frase se me quedó en la cabeza desde entonces, pues creo que aplica para muchos aspectos de la existencia que van más allá de las relaciones (y de las separaciones) de pareja. Lejos de pregonar un imposible amor hacia quien nos maltrata, el mantra hawaiano (del que desconozco casi todo) es en realidad un mecanismo de disuasión y de defensa. Decirle a un hijo de puta «lo siento, perdóname, gracias, te amo», es como esa actitud que asumía Hölderlin cada vez que alguien venía a importunarlo en su retiro en la torre de Tubinga, donde pasó los últimos 36 años de su vida: «Su majestad, mi señor, su excelencia, su santidad», le decía el poeta al visitante en cuestión, sin reparar en su rango. Engrandeciéndolo, alimentando su amor propio, alejándolo.
El mantra también reduce al enemigo a la mera condición de un engranaje del universo. Ese idiota está ahí para hacerme menos idiota. Para recordarme que, como Cristo, él ha decidido encarnar la estupidez y la maldad del mundo por mí. Visto así, ¿cómo no estarle agradecido? ¿Cómo no arrodillarse a sus pies y bendecirlo por esta oportunidad de aprender algo sin tener que sufrirlo en carne propia? ¿Cómo no amar al monstruico de turno, si hasta me ha regalado el tema de una columna sin siquiera tener que nombrarlo?
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