El escritor Ian McEwan tiene 78 años. Ya va a más funerales que a fiestas de cumpleaños. Y lo que le sorprende más es que, cada vez que va a la ceremonia por la muerte de un ser querido, descubre lo mucho que no sabía de él. A pesar de convivir durante años con esta persona, alguien que también le conocía sale a hablar y de pronto le descubre una parte de su vida que él desconocía por completo. ¿Hasta qué punto podemos conocer a otra persona? ¿Hasta qué punto podemos conocer su historia? ¿Y nuestra propia historia? Estas preguntas son la base de ‘Lo que podemos saber’ (Anagrama) , su nueva novela. «Si lees tres biografías del mismo autor, verás que te están hablando de tres personas diferentes. En realidad, conocemos tan poco de los demás y de la propia historia que siento cierta vergüenza al mismo tiempo que un extraño orgullo por ello», resume.La novela nos devuelve al McEwan más juguetón. Estamos en el año 2119 y Thomas Metcalfe , un investigador académico, busca obsesionado un poema perdido de 2014 por el genial Francis Blundy . El mundo, tal y como lo conocemos, ha desaparecido. Una catástrofe nuclear elevó los niveles de los océanos y hundió a la gran mayoría del mundo. Gran Bretaña ahora sólo es un archipiélago con las copas de las montañas como islas. Como si el fin del mundo no fuese con él, Thomas cree que detrás del descubrimiento del poema se podría responder a lo que realmente ocurrió en ese añorado pasado. «Esta novela no es una predicción, casi no sabemos lo que pasará mañana, como para saber lo que pasará en cien años. Lo que quería era especular sobre cómo escribimos la historia, cómo interpretamos el pasado y lo difícil que en realidad es», asegura McEwan.Para intentar averiguar quién era en realidad ese Francis Blundy y su mundo perdido, el investigador tendrá a su disposición todo el registro digital de la existencia del poeta. Eso quiere decir emails, whatsapp, historiales de búsqueda, lo que sea. ¿Esto le permitirá conocer quién era el poeta en realidad o le alejará todavía más de ‘la verdad’? «Yo he entregado a la universidad todo mi archivo de emails. ¿Sabes por qué? Porque no creo haber escrito nada significativo en ellos. Si tú consideras las cartas de Napoleón, que escribía un mínimo de 3.000 palabras diarias , está claro que con el email hemos perdido la capacidad de conocer en profundidad a los grandes personajes de la historia. Sólo un idiota compartiría sus pensamientos íntimos en internet», lamenta McEwan.De esta forma, el escritor imagina el presente situándonos en un futuro apocalíptico. Pero en un futuro terrible , ¿existe el peligro de romantizar un pasado que en realidad es el que nos ha llevado hasta aquí? «Estamos en tiempos ansiosos y extraños. Cada vez estamos más enfrascados en conversaciones temibles. Hay una sensación de que el futuro será peor y nuestros hijos no tendrán una vida tan buena como la que hemos tenido nosotros. Esta idea sólo nos lleva a la parálisis», señala McEwan.La novela, afirma, sirve como antídoto contra la idea banal del fin del mundo que se ha instalado en la imaginación colectiva. «Hay un necesario optimismo en esta novela. Abandonar la esperanza del progreso, eso es el auténtico derrumbe espiritual. Hay motivos para ser optimistas. O, mejor dicho, hay la necesidad. Retener cierto optimismo es nuestro deber más grande. El problema ante todo este pesimismo colectivo es que tiene un efecto paralizante, y eso es lo que tenemos que evitar», dice.«El optimismo no sólo es posible, sino que es un deber. Lo contrario sólo provoca parálisis» Ian McEwan EscritorEn 2010, Ian McEwan satirizaba sobre los futuros peligros del cambio climático en la excelente ‘Solar’. Casi diez años después, fabulaba sobre los complejos mundos morales que abría la Inteligencia Artificial y los futuros androides en ‘Máquinas como yo’. Ahora vuelve a los terrenos distópicos con ‘Lo que podemos saber’ (Anagrama). Y no, en este mundo no parecen existir muchos motivos para ser optimista. «Llevo involucrado con el movimiento contra el cambio climático desde hace 25 años. En este tiempo, la paranoia nuclear ha vuelto y los países se rearman. Tenemos el sentimiento que el mundo es cada vez es más peligroso. Con la IA parece que hemos pasado una línea roja. Hasta que no haya una catástrofe o dos, parece que no se hará nada por controlar a la Inteligencia Artificial. Un político americano decía con asco que Estados Unidos inventa y Europa regula, pero la regulación es necesaria y todavía posible», insiste. Dentro de este contexto aciago, McEwan sitúa a la palabra y la poesía como factores de belleza y placer capaces de cambiar vidas. W. H. Auden decía que la poesía no cambia la vida a nadie, pero el autor de ‘Expiación’ no está nada de acuerdo. «Hace unos años estaba en una librería firmando libros y se acercó un matrimonio con dos hijos. El hombre me dijo que empezó a hablar con su mujer porque en ese momento estaba leyendo una de mis novelas, que él ya había leído, y le preguntó si ya le había pasado. Ese día me lo dijo otra pareja. Así que, señor Auden, mi ‘poesía’ al menos ha ayudado a crear tres vidas», dijo el escritor con orgullo.La idea de que la novela es pura frivolidad y que no sirve de nada le enfurece. « Escribo desde hace 53 años y no creo que sea un arte frívolo. La novela es una maravillosa máquina para explorar la condición humana. En los 70 ya se hablaba de que la novela estaba muerta. La razón de que no haya muerto todavía es que todavía no hay mejor manera de examinar las vidas interiores de los demás. Ni el teatro, ni el cine pueden capturar el flujo de conciencia, ni la relación entre personas, ni siquiera la construcción de contexto. La novela será un nicho, pero siempre permanecerá como la gran pasión de las minorías. Quizá con la IA pronto se establecerán artificialmente historias sobre nosotros con toda la información contenida en internet, pero no conseguirá la belleza y el placer que da ahora», concluye McEwan.McEwan y el optimismo contra el derrumbeEl escritor no piensa en retiradas, como la anunciada por su amigo Julian Barnes . En realidad, su cerebro es todavía un cajón de sastre lleno de historias. Lo que más le gusta en estos momentos es salir a pasear por el monte y dejar su imaginación libre mientras coge el ritmo. «Las historias se generan por sí mismas. Podemos sobrevivir sin literatura, conozco a muchas personas que no leen novelas y son personas excelentes. Pero la fuerza de una buena historia todavía es un motor de cambio de sensibilidades».Lo que sí le pasa es que ahora prefiere leer biografías literarias y ensayos históricos . «Cuesta tanto entender lo que pasa en la vida real que a veces pierdo la paciencia leyendo sobre personajes inventados. Pero son vitales. El gran problema actual es que los colegios han dejado de lado el conocimiento en profundidad de nuestra propia historia. Es vital saber leer e interpretar un texto histórico, como lo es saber leer e interpretar un periódico de hoy día. Los niños de diez, doce años, ya no tienen ninguna idea profunda de pensamiento histórico y eso es peligroso», lamenta el autor de ‘Amsterdam’. El escritor Ian McEwan tiene 78 años. Ya va a más funerales que a fiestas de cumpleaños. Y lo que le sorprende más es que, cada vez que va a la ceremonia por la muerte de un ser querido, descubre lo mucho que no sabía de él. A pesar de convivir durante años con esta persona, alguien que también le conocía sale a hablar y de pronto le descubre una parte de su vida que él desconocía por completo. ¿Hasta qué punto podemos conocer a otra persona? ¿Hasta qué punto podemos conocer su historia? ¿Y nuestra propia historia? Estas preguntas son la base de ‘Lo que podemos saber’ (Anagrama) , su nueva novela. «Si lees tres biografías del mismo autor, verás que te están hablando de tres personas diferentes. En realidad, conocemos tan poco de los demás y de la propia historia que siento cierta vergüenza al mismo tiempo que un extraño orgullo por ello», resume.La novela nos devuelve al McEwan más juguetón. Estamos en el año 2119 y Thomas Metcalfe , un investigador académico, busca obsesionado un poema perdido de 2014 por el genial Francis Blundy . El mundo, tal y como lo conocemos, ha desaparecido. Una catástrofe nuclear elevó los niveles de los océanos y hundió a la gran mayoría del mundo. Gran Bretaña ahora sólo es un archipiélago con las copas de las montañas como islas. Como si el fin del mundo no fuese con él, Thomas cree que detrás del descubrimiento del poema se podría responder a lo que realmente ocurrió en ese añorado pasado. «Esta novela no es una predicción, casi no sabemos lo que pasará mañana, como para saber lo que pasará en cien años. Lo que quería era especular sobre cómo escribimos la historia, cómo interpretamos el pasado y lo difícil que en realidad es», asegura McEwan.Para intentar averiguar quién era en realidad ese Francis Blundy y su mundo perdido, el investigador tendrá a su disposición todo el registro digital de la existencia del poeta. Eso quiere decir emails, whatsapp, historiales de búsqueda, lo que sea. ¿Esto le permitirá conocer quién era el poeta en realidad o le alejará todavía más de ‘la verdad’? «Yo he entregado a la universidad todo mi archivo de emails. ¿Sabes por qué? Porque no creo haber escrito nada significativo en ellos. Si tú consideras las cartas de Napoleón, que escribía un mínimo de 3.000 palabras diarias , está claro que con el email hemos perdido la capacidad de conocer en profundidad a los grandes personajes de la historia. Sólo un idiota compartiría sus pensamientos íntimos en internet», lamenta McEwan.De esta forma, el escritor imagina el presente situándonos en un futuro apocalíptico. Pero en un futuro terrible , ¿existe el peligro de romantizar un pasado que en realidad es el que nos ha llevado hasta aquí? «Estamos en tiempos ansiosos y extraños. Cada vez estamos más enfrascados en conversaciones temibles. Hay una sensación de que el futuro será peor y nuestros hijos no tendrán una vida tan buena como la que hemos tenido nosotros. Esta idea sólo nos lleva a la parálisis», señala McEwan.La novela, afirma, sirve como antídoto contra la idea banal del fin del mundo que se ha instalado en la imaginación colectiva. «Hay un necesario optimismo en esta novela. Abandonar la esperanza del progreso, eso es el auténtico derrumbe espiritual. Hay motivos para ser optimistas. O, mejor dicho, hay la necesidad. Retener cierto optimismo es nuestro deber más grande. El problema ante todo este pesimismo colectivo es que tiene un efecto paralizante, y eso es lo que tenemos que evitar», dice.«El optimismo no sólo es posible, sino que es un deber. Lo contrario sólo provoca parálisis» Ian McEwan EscritorEn 2010, Ian McEwan satirizaba sobre los futuros peligros del cambio climático en la excelente ‘Solar’. Casi diez años después, fabulaba sobre los complejos mundos morales que abría la Inteligencia Artificial y los futuros androides en ‘Máquinas como yo’. Ahora vuelve a los terrenos distópicos con ‘Lo que podemos saber’ (Anagrama). Y no, en este mundo no parecen existir muchos motivos para ser optimista. «Llevo involucrado con el movimiento contra el cambio climático desde hace 25 años. En este tiempo, la paranoia nuclear ha vuelto y los países se rearman. Tenemos el sentimiento que el mundo es cada vez es más peligroso. Con la IA parece que hemos pasado una línea roja. Hasta que no haya una catástrofe o dos, parece que no se hará nada por controlar a la Inteligencia Artificial. Un político americano decía con asco que Estados Unidos inventa y Europa regula, pero la regulación es necesaria y todavía posible», insiste. Dentro de este contexto aciago, McEwan sitúa a la palabra y la poesía como factores de belleza y placer capaces de cambiar vidas. W. H. Auden decía que la poesía no cambia la vida a nadie, pero el autor de ‘Expiación’ no está nada de acuerdo. «Hace unos años estaba en una librería firmando libros y se acercó un matrimonio con dos hijos. El hombre me dijo que empezó a hablar con su mujer porque en ese momento estaba leyendo una de mis novelas, que él ya había leído, y le preguntó si ya le había pasado. Ese día me lo dijo otra pareja. Así que, señor Auden, mi ‘poesía’ al menos ha ayudado a crear tres vidas», dijo el escritor con orgullo.La idea de que la novela es pura frivolidad y que no sirve de nada le enfurece. « Escribo desde hace 53 años y no creo que sea un arte frívolo. La novela es una maravillosa máquina para explorar la condición humana. En los 70 ya se hablaba de que la novela estaba muerta. La razón de que no haya muerto todavía es que todavía no hay mejor manera de examinar las vidas interiores de los demás. Ni el teatro, ni el cine pueden capturar el flujo de conciencia, ni la relación entre personas, ni siquiera la construcción de contexto. La novela será un nicho, pero siempre permanecerá como la gran pasión de las minorías. Quizá con la IA pronto se establecerán artificialmente historias sobre nosotros con toda la información contenida en internet, pero no conseguirá la belleza y el placer que da ahora», concluye McEwan.McEwan y el optimismo contra el derrumbeEl escritor no piensa en retiradas, como la anunciada por su amigo Julian Barnes . En realidad, su cerebro es todavía un cajón de sastre lleno de historias. Lo que más le gusta en estos momentos es salir a pasear por el monte y dejar su imaginación libre mientras coge el ritmo. «Las historias se generan por sí mismas. Podemos sobrevivir sin literatura, conozco a muchas personas que no leen novelas y son personas excelentes. Pero la fuerza de una buena historia todavía es un motor de cambio de sensibilidades».Lo que sí le pasa es que ahora prefiere leer biografías literarias y ensayos históricos . «Cuesta tanto entender lo que pasa en la vida real que a veces pierdo la paciencia leyendo sobre personajes inventados. Pero son vitales. El gran problema actual es que los colegios han dejado de lado el conocimiento en profundidad de nuestra propia historia. Es vital saber leer e interpretar un texto histórico, como lo es saber leer e interpretar un periódico de hoy día. Los niños de diez, doce años, ya no tienen ninguna idea profunda de pensamiento histórico y eso es peligroso», lamenta el autor de ‘Amsterdam’.
El escritor Ian McEwan tiene 78 años. Ya va a más funerales que a fiestas de cumpleaños. Y lo que le sorprende más es que, cada vez que va a la ceremonia por la muerte de un ser querido, descubre lo mucho que no … sabía de él. A pesar de convivir durante años con esta persona, alguien que también le conocía sale a hablar y de pronto le descubre una parte de su vida que él desconocía por completo. ¿Hasta qué punto podemos conocer a otra persona? ¿Hasta qué punto podemos conocer su historia? ¿Y nuestra propia historia? Estas preguntas son la base de ‘Lo que podemos saber’ (Anagrama), su nueva novela. «Si lees tres biografías del mismo autor, verás que te están hablando de tres personas diferentes. En realidad, conocemos tan poco de los demás y de la propia historia que siento cierta vergüenza al mismo tiempo que un extraño orgullo por ello», resume.
La novela nos devuelve al McEwan más juguetón. Estamos en el año 2119 y Thomas Metcalfe, un investigador académico, busca obsesionado un poema perdido de 2014 por el genial Francis Blundy. El mundo, tal y como lo conocemos, ha desaparecido. Una catástrofe nuclear elevó los niveles de los océanos y hundió a la gran mayoría del mundo. Gran Bretaña ahora sólo es un archipiélago con las copas de las montañas como islas. Como si el fin del mundo no fuese con él, Thomas cree que detrás del descubrimiento del poema se podría responder a lo que realmente ocurrió en ese añorado pasado. «Esta novela no es una predicción, casi no sabemos lo que pasará mañana, como para saber lo que pasará en cien años. Lo que quería era especular sobre cómo escribimos la historia, cómo interpretamos el pasado y lo difícil que en realidad es», asegura McEwan.
Para intentar averiguar quién era en realidad ese Francis Blundy y su mundo perdido, el investigador tendrá a su disposición todo el registro digital de la existencia del poeta. Eso quiere decir emails, whatsapp, historiales de búsqueda, lo que sea. ¿Esto le permitirá conocer quién era el poeta en realidad o le alejará todavía más de ‘la verdad’? «Yo he entregado a la universidad todo mi archivo de emails. ¿Sabes por qué? Porque no creo haber escrito nada significativo en ellos. Si tú consideras las cartas de Napoleón, que escribía un mínimo de 3.000 palabras diarias, está claro que con el email hemos perdido la capacidad de conocer en profundidad a los grandes personajes de la historia. Sólo un idiota compartiría sus pensamientos íntimos en internet», lamenta McEwan.
De esta forma, el escritor imagina el presente situándonos en un futuro apocalíptico. Pero en un futuro terrible, ¿existe el peligro de romantizar un pasado que en realidad es el que nos ha llevado hasta aquí? «Estamos en tiempos ansiosos y extraños. Cada vez estamos más enfrascados en conversaciones temibles. Hay una sensación de que el futuro será peor y nuestros hijos no tendrán una vida tan buena como la que hemos tenido nosotros. Esta idea sólo nos lleva a la parálisis», señala McEwan.
La novela, afirma, sirve como antídoto contra la idea banal del fin del mundo que se ha instalado en la imaginación colectiva. «Hay un necesario optimismo en esta novela. Abandonar la esperanza del progreso, eso es el auténtico derrumbe espiritual. Hay motivos para ser optimistas. O, mejor dicho, hay la necesidad. Retener cierto optimismo es nuestro deber más grande. El problema ante todo este pesimismo colectivo es que tiene un efecto paralizante, y eso es lo que tenemos que evitar», dice.
«El optimismo no sólo es posible, sino que es un deber. Lo contrario sólo provoca parálisis»
Ian McEwan
Escritor
En 2010, Ian McEwan satirizaba sobre los futuros peligros del cambio climático en la excelente ‘Solar’. Casi diez años después, fabulaba sobre los complejos mundos morales que abría la Inteligencia Artificial y los futuros androides en ‘Máquinas como yo’. Ahora vuelve a los terrenos distópicos con ‘Lo que podemos saber’ (Anagrama). Y no, en este mundo no parecen existir muchos motivos para ser optimista. «Llevo involucrado con el movimiento contra el cambio climático desde hace 25 años. En este tiempo, la paranoia nuclear ha vuelto y los países se rearman. Tenemos el sentimiento que el mundo es cada vez es más peligroso. Con la IA parece que hemos pasado una línea roja. Hasta que no haya una catástrofe o dos, parece que no se hará nada por controlar a la Inteligencia Artificial. Un político americano decía con asco que Estados Unidos inventa y Europa regula, pero la regulación es necesaria y todavía posible», insiste.
Dentro de este contexto aciago, McEwan sitúa a la palabra y la poesía como factores de belleza y placer capaces de cambiar vidas. W. H. Auden decía que la poesía no cambia la vida a nadie, pero el autor de ‘Expiación’ no está nada de acuerdo. «Hace unos años estaba en una librería firmando libros y se acercó un matrimonio con dos hijos. El hombre me dijo que empezó a hablar con su mujer porque en ese momento estaba leyendo una de mis novelas, que él ya había leído, y le preguntó si ya le había pasado. Ese día me lo dijo otra pareja. Así que, señor Auden, mi ‘poesía’ al menos ha ayudado a crear tres vidas», dijo el escritor con orgullo.
La idea de que la novela es pura frivolidad y que no sirve de nada le enfurece. «Escribo desde hace 53 años y no creo que sea un arte frívolo. La novela es una maravillosa máquina para explorar la condición humana. En los 70 ya se hablaba de que la novela estaba muerta. La razón de que no haya muerto todavía es que todavía no hay mejor manera de examinar las vidas interiores de los demás. Ni el teatro, ni el cine pueden capturar el flujo de conciencia, ni la relación entre personas, ni siquiera la construcción de contexto. La novela será un nicho, pero siempre permanecerá como la gran pasión de las minorías. Quizá con la IA pronto se establecerán artificialmente historias sobre nosotros con toda la información contenida en internet, pero no conseguirá la belleza y el placer que da ahora», concluye McEwan.
McEwan y el optimismo contra el derrumbe
El escritor no piensa en retiradas, como la anunciada por su amigo Julian Barnes. En realidad, su cerebro es todavía un cajón de sastre lleno de historias. Lo que más le gusta en estos momentos es salir a pasear por el monte y dejar su imaginación libre mientras coge el ritmo. «Las historias se generan por sí mismas. Podemos sobrevivir sin literatura, conozco a muchas personas que no leen novelas y son personas excelentes. Pero la fuerza de una buena historia todavía es un motor de cambio de sensibilidades».
Lo que sí le pasa es que ahora prefiere leer biografías literarias y ensayos históricos. «Cuesta tanto entender lo que pasa en la vida real que a veces pierdo la paciencia leyendo sobre personajes inventados. Pero son vitales. El gran problema actual es que los colegios han dejado de lado el conocimiento en profundidad de nuestra propia historia. Es vital saber leer e interpretar un texto histórico, como lo es saber leer e interpretar un periódico de hoy día. Los niños de diez, doce años, ya no tienen ninguna idea profunda de pensamiento histórico y eso es peligroso», lamenta el autor de ‘Amsterdam’.
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