
“¡Pesa pila!”, decía Iyana Martín sobre la medalla de bronce que colgaba de su cuello tras firmar ante Alemania una nueva exhibición en el Mundial femenino de baloncesto de Berlín. El lenguaje desenfadado, los bailes con sus compañeras en las redes sociales y una ambición y confianza en sí misma que sorprenden a sus 20 años forman parte de la arrolladora personalidad de la genial base asturiana. Iyana Martín es un torbellino en la pista y fuera, símbolo de una selección sin complejos que tuteó a Estados Unidos en la semifinal y que ha subido al podio mundial en lo que se adivina como el comienzo de una nueva era del baloncesto femenino español. Es la generación Iyana, la que lidera junto a su gran amiga y alma gemela Awa Fam. Juntas llevan compitiendo en la selección desde la categoría sub-13 y juntas han caminado desde esos sueños de la niñez hasta una medalla en la Copa del Mundo y la WNBA.
La base de 20 años, bronce mundialista y parte del mejor quinteto, impacta por su juego y su carácter y representa junto a Awa Fam a una generación sin complejos
mundial femenino de baloncesto
La base de 20 años, bronce mundialista y parte del mejor quinteto, impacta por su juego y su carácter y representa junto a Awa Fam a una generación sin complejos


“¡Pesa pila!”, decía Iyana Martín sobre la medalla de bronce que colgaba de su cuello tras firmar ante Alemania una nueva exhibición en el Mundial femenino de baloncesto de Berlín. El lenguaje desenfadado, los bailes con sus compañeras en las redes sociales y una ambición y confianza en sí misma que sorprenden a sus 20 años forman parte de la arrolladora personalidad de la genial base asturiana. Iyana Martín es un torbellino en la pista y fuera, símbolo de una selección sin complejos que tuteó a Estados Unidos en la semifinal y que ha subido al podio mundial en lo que se adivina como el comienzo de una nueva era del baloncesto femenino español. Es la generación Iyana, la que lidera junto a su gran amiga y alma gemela Awa Fam. Juntas llevan compitiendo en la selección desde la categoría sub-13 y juntas han caminado desde esos sueños de la niñez hasta una medalla en la Copa del Mundo y la WNBA.
Iyana redondeó con 22 puntos, 9 asistencias y 4 rebotes ante Alemania una actuación impactante en el Mundial por su juventud, su carácter, su visión de juego, su capacidad anotadora y una energía contagiosa. Bajo esa mirada limpia y esa sonrisa aniñada se esconde una gran competidora y una baloncestista sublime. La base integró el quinteto ideal del campeonato junto a la francesa Gabby Williams, la alemana Leo Fiebich y las campeonas estadounidenses Jackie Young y Breanna Stewart. Fue precisamente ante esta última, MVP del torneo, ante la que Iyana firmó una de las acciones más destacadas de la Copa del Mundo, un compendio técnico de fintas y reversos para anotar contra el Dream Team.
La base se convirtió en la única jugadora de su edad en la historia en sumar 20 o más puntos en tres partidos de una edición de un Mundial (17,5 puntos y 4,2 asistencias de media por encuentro, con un 63% de acierto en tiros de dos, 45% en triples y 90% en libres) y se ganó también el premio de estrella emergente (Miguel Méndez fue elegido el mejor entrenador). Hace tres años fue la mejor jugadora del Mundial sub-19 y ahora se consagra en la élite sin perder un gramo de su atrevimiento con el balón. “Solo entiendo el baloncesto jugando sin miedo”, explicaba en una entrevista en EL PAÍS durante el torneo; “soy muy impulsiva. Juego por instinto. Si tomo una decisión, voy a muerte. No tengo un físico espectacular pero la actitud hace muchísimo y eso lo tengo siempre”. Tanto que lleva tatuada esa palabra, actitud, en un brazo, y unas alas junto a un hombro, como las que ha desplegado en Berlín.
“Está tocada con una varita mágica. En el banquillo no paro de levantarme por lo que hace”, comenta la capitana Alba Torrens, la única entre las 12 jugadoras que sabía lo que era disputar un Mundial. “En la próxima Copa del Mundo, Iyana tendrá 24 años. Awa tendrá 24. Las veteranas serán Pueyo y Carrera con 28”, expresó Méndez.
La explosión de Iyana ha sido tal que ha rebasado cualquier expectativa, y eso que ella siempre apunta a lo más alto y ni siquiera firmaba públicamente un bronce después de la derrota ante Malí en la fase de grupos. Cuando conoció que formaba parte del quinteto de las cinco mejores, durante la celebración del podio, se apartó unos minutos con su familia para respirar y asimilarlo. Los pies en el suelo los mantiene gracias a sus padres, de quienes heredó el amor por el baloncesto. Juanjo jugó en la Liga EBA y una lesión de rodilla con 22 años truncó su carrera; María compitió en la selección asturiana y ambos eran entrenadores en el Centro Asturiano de Oviedo. Allí creció Iyana junto a una canasta hasta que a los 14 años se fue de casa rumbo al Siglo XXI, en Barcelona, la primera prueba de madurez.

De ese pasado a este brillante presente y a un futuro sin techo. Después de dos temporadas en Perfumerías Avenida de Salamanca, Iyana jugará el próximo curso en el Spar Girona y deja pendiente el reto de la WNBA tras ser elegida en el séptimo puesto del drat por Portland Fire (Awa Fam fue tercera con Seattle Storm), la franquicia que se frota las manos con la joya. La asturiana renunció a competir en EE UU este verano para centrarse en preparar el Mundial con la selección y de Berlín sale convertida en una estrella.
“¡Somos la revolución, viva la revolución!”, sigue cantando el equipo la letra de El vals del obrero que Laia Palau inculcó como himno vital. Ahora la nueva revolución se llama Iyana Martín.
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