Javier Díaz-Giménez (Madrid, 1960) no concede tregua. Encadena ideas con la misma facilidad con la que salta del déficit público español a la geopolítica del Ártico, de los aranceles al Génesis bíblico, de la macroeconomía más ortodoxa a provocaciones intelectuales que incomodan tanto a la izquierda como a la derecha. Profesor del IESE, formado en Minnesota y una de las voces más reconocidas del debate económico español, sostiene que vivimos una transición histórica que es, al mismo tiempo, un cambio estructural profundo.Noticia Relacionada Profesor de Economía en Oxford estandar Si Paul Collier: «Sin solidaridad entre territorios no existe una nación viable» John Müller El economista británico advierte que sin cooperación, liderazgo y pactos incómodos, las democracias se fragmentan, el desarrollo económico y social se estanca y la política degeneraSu tesis es clara: el mundo que conocimos se acaba. El orden económico internacional construido bajo liderazgo estadounidense tras 1945 se está resquebrajando por la presión simultánea de tres fuerzas: el ascenso imparable de Asia, la disrupción tecnológica y una política cada vez más volátil. Y el mayor error, insiste, es pensar que todo esto va solo de comercio, inflación o deuda. «El verdadero debate -dice- es qué hacemos cuando las máquinas trabajen y a los humanos nos sobre el tiempo».¿Estamos ante una transición o ante un cambio estructural del modelo económico global?Estamos en las dos cosas. La transición empieza en torno a 1980 con el ascenso de China, que ya dura casi 45 años. A eso se suma el desarrollo tecnológico: los ‘smartphones’, los algoritmos, la inteligencia artificial, que cada vez tienen un papel mayor en la creación de valor. Y el tercer elemento es político: la llegada de Donald Trump , que rompe consensos básicos del orden económico internacional. Todo eso ha cambiado profundamente el entorno. El sistema que se construyó tras la Segunda Guerra Mundial está respondiendo a estas fuerzas y está cambiando de forma sustancial.¿Ese cambio es reversible?No. Lo que puede cambiar es la velocidad, no la dirección. La economía mundial ya no vuelve atrás. El centro de gravedad se desplaza hacia Asia, la tecnología sustituye trabajo humano y la política reacciona de forma cada vez más errática. Pensar que podemos volver a los 90 es una ilusión peligrosa.Existe una sensación social de que «la economía va bien» solo en los titulares. ¿Hay una brecha entre la macroeconomía y la percepción ciudadana?Sí, y es muy clara, sobre todo en las economías avanzadas y particularmente en España. La macroeconomía no es representativa de todos los grupos sociales. Este mundo tan intensivo en tecnología está dejando atrás a colectivos relevantes. La marea no levanta todos los barcos. Y cuando hay desconexión entre micro y macro, la micro siempre tiene razón: a nadie le puedes explicar cómo le va en su vida.¿Eso invalida los buenos datos macro?No los invalida, pero obliga a contextualizarlos. Primero está la media, y luego la varianza. El problema es cuando se utiliza la varianza para negar la media. Hay que hablar de los jóvenes, de la vivienda, de los salarios bajos, pero sin romper el marco macroeconómico. Si no, no entendemos nada.¿Qué decisión económica actual cree que juzgaremos con dureza dentro de veinte años?El déficit público español. Con un crecimiento cercano al 3%, mantener un déficit del 3% es una irresponsabilidad. En esta fase del ciclo deberíamos tener un presupuesto prácticamente equilibrado o incluso un pequeño superávit. Cuando el ciclo cambie -y los ciclos no mueren, son recurrentes- el déficit se disparará al 4, 5 o 6%. Y eso lo pagaremos caro.¿Más aún si aumenta el gasto en defensa?Claro. Pasar del 2% al 5% del PIB en defensa supone unos 50.000 millones adicionales. Eso exige una consolidación fiscal seria. No puedes sostener un Estado del bienestar europeo con déficits estructurales permanentes.¿Es la deuda el gran riesgo de la economía mundial?Soy escéptico con el alarmismo sobre la deuda privada. Un balance no se mira con un solo ojo: hay activos y pasivos. Si el rendimiento del activo es mayor que el coste del pasivo, endeudarse tiene sentido. Si ocurre lo contrario, el tamaño óptimo del balance es cero. La economía funciona como un acordeón.¿Y la deuda pública?Es más delicada porque es una transferencia entre generaciones. El Estado gasta hoy y alguien pagará mañana vía impuestos o menores servicios. Pero incluso ahí lo clave no es el tamaño, sino el coste de financiación. Mientras el país no sea percibido como un riesgo alto, puede refinanciarse indefinidamente, generación tras generación. El problema llega cuando suben los tipos o se pierde credibilidad.¿Donald Trump es una anomalía histórica?No. Trump no es la causa, es la consecuencia. La consecuencia del ascenso de China y del cambio tecnológico. Estados Unidos tiene hoy la misma proporción de industria en el PIB que hace veinte años. Lo que ha caído es el empleo industrial. ¿Por qué? Por la tecnología, no por la globalización.Entonces, ¿el discurso del ‘robo de empleos’ es falso?Es incompleto. Hay industria, pero ya no la hacen personas. Ha aumentado la productividad. Trump debería ser más ludita y menos mercantilista. El problema no es el comercio, es la tecnología.Europa crece menos que Estados Unidos, ¿es un problema coyuntural o de diseño?No, es un problema de diseño. Ed Prescott tenía un artículo que se titulaba: ‘¿Por qué los estadounidenses trabajan más que los europeos?’. Y ahí hay dos razones, en realidad una: son los impuestos, amigo, la imposición diferencial en Estados Unidos y en Europa. El hecho de que la sanidad sea pública en Europa, que es la gran diferencia, pues hace que los estadounidenses trabajen más. ¿Por qué? Porque cuando te quedas sin trabajo en EE.UU. te quedas sin seguro y entonces tu salud está en riesgo. ¿Y eso qué hace? Pues que, en fin, si miras los datos de la OCDE, el número medio de horas trabajadas por semana en Francia son 17 y en Estados Unidos 25. ¿Y la diferencia cuál es? La sanidad pública y la red de protección social. Ahora ha entrado un factor nuevo y son los aranceles.El déficit público «Con un crecimiento cercano al 3% mantener un déficit del 3% es muy irresponsable porque si el ciclo cambia, se disparará»Un estudio reciente decía que el 90% de los aranceles los pagan los consumidores estadounidenses.Depende de la elasticidad de la demanda. Los costes se reparten entre compradores y vendedores según esa elasticidad. En bienes con demanda muy inelástica, el coste se traslada casi entero al consumidor. Pero además hay un efecto dinámico: las empresas ajustan estrategias, retrasan subidas, se reorganizan. Aún no estamos en el nuevo equilibrio.¿Por qué no se ha notado más en la inflación?Porque no sabemos cuánta inflación habría habido sin los aranceles de Trump. La tecnología está empujando los costes a la baja y compensando parte del impacto. Hay sectores donde sobra capacidad y otros donde falta mano de obra, y la respuesta es automatización.¿La geopolítica se ha convertido en el gran factor explicativo?Yo soy materialista histórico: creo que la economía causa y la política responde. La geopolítica introduce discontinuidades brutales –guerras, sanciones, cortes energéticos– que alteran los mecanismos de transmisión del ciclo. Alemania pasó de gas barato garantizado a cero suministro. Eso no es marginal: es devastador.¿Cuánto tardará en recuperarse?Años, quizá décadas. Y eso demuestra que la geopolítica es más discontinua incluso que la tecnología.¿La rivalidad entre Estados Unidos y China es el eje central del nuevo orden económico?Sin duda. El centro de gravedad del PIB mundial se ha desplazado desde el Atlántico hacia Asia. Hoy estaría entre India, China y el sudeste asiático. La actividad vuelve a donde está la población porque las diferencias de productividad se reducen.¿Dónde queda Europa en ese mapa?En la esquina superior. Rica, envejecida y con riesgo de irrelevancia si no se integra políticamente.¿Europa está condenada a quedar atrapada entre China y Estados Unidos?Solo si no hace nada. Mi mensaje es claro: primero tenemos que empezar a ser europeos de verdad. Eso implica defensa común, presupuesto común y legitimidad democrática. Ser europeo significa estar dispuesto a que tus hijos mueran defendiendo Estonia. Si no, no lo eres.¿La defensa es la clave de la integración?Probablemente. Un ejército común obliga a un presupuesto común, y eso exige instituciones democráticas fuertes. Ahí empieza Europa.Habla mucho de población. ¿Es el gran tema olvidado?El 70% de la población mundial vive en países por debajo de la tasa de reemplazo. El colapso demográfico es exponencial. Además, tener hijos es la decisión más irreversible de tu vida. No puedes obligar a nadie a tenerlos. Así que o nacen en ‘acuarios’ o vamos a un mundo con mucha menos gente.¿Puede crecer la economía sin población?¡Sí. No hacemos falta. Están las máquinas.Y entonces, ¿qué tenemos que hacer los europeos?Bueno, pues tenemos una ventaja en este mundo que viene porque somos los que mejor distribuimos. Somos capaces de tolerar unos impuestos que claramente son confiscatorios. Y entonces, ¿qué? Pues si vienen las máquinas y van a pagarnos las pensiones y todo lo demás, pues los reyes de la distribución somos nosotros.Explíquese.La revolución industrial desplazó a muchas personas. Requería grandes inversiones físicas, inversiones de capital. Y la historia de 1820 a la Segunda Guerra Mundial consiste en devolverle a los trabajadores lo que era suyo. Al mundo agrícola, especialmente. ¿En forma de qué? De Estado de bienestar. ¿Y quién pagó los impuestos? Pues los Rockefeller, los Dupont, los tipos que se beneficiaron extraordinariamente de la industrialización. Eso supuso revoluciones, sangre, sudor, lágrimas, guerras mundiales, todo. ¿Y ahora qué va a pasar? Pues otra vez lo mismo. Solo que lo que podemos hacer es no repetir la misma historia. ¿Para qué hacerlo? Cuando un autobús lo conduzca, un algoritmo, págale el coste de mil euros al conductor, regalados para que haga lo que quiera. No le estás quitando nada a la empresa y evitas sociedades radicalmente desiguales.¿Eso es la renta básica universal?Llámelo como quiera. La tecnología no te da dinero, te da tiempo. Las lavadoras no te dieron dinero: te dieron tiempo. El problema es qué hacemos con ese tiempo.¿Un mundo de ocio permanente?Puede ser Wall-E o puede ser un renacimiento cultural. Depende de nosotros.Después de décadas estudiando economía, ¿qué le sigue sorprendiendo?Que la macroeconomía siga sorprendiendo. Llevo más de cuarenta años explicando el PIB y cada año descubro un matiz nuevo. La economía ha sido mi alfombra mágica, mi entretenimiento permanente. Y no se acaba nunca. Javier Díaz-Giménez (Madrid, 1960) no concede tregua. Encadena ideas con la misma facilidad con la que salta del déficit público español a la geopolítica del Ártico, de los aranceles al Génesis bíblico, de la macroeconomía más ortodoxa a provocaciones intelectuales que incomodan tanto a la izquierda como a la derecha. Profesor del IESE, formado en Minnesota y una de las voces más reconocidas del debate económico español, sostiene que vivimos una transición histórica que es, al mismo tiempo, un cambio estructural profundo.Noticia Relacionada Profesor de Economía en Oxford estandar Si Paul Collier: «Sin solidaridad entre territorios no existe una nación viable» John Müller El economista británico advierte que sin cooperación, liderazgo y pactos incómodos, las democracias se fragmentan, el desarrollo económico y social se estanca y la política degeneraSu tesis es clara: el mundo que conocimos se acaba. El orden económico internacional construido bajo liderazgo estadounidense tras 1945 se está resquebrajando por la presión simultánea de tres fuerzas: el ascenso imparable de Asia, la disrupción tecnológica y una política cada vez más volátil. Y el mayor error, insiste, es pensar que todo esto va solo de comercio, inflación o deuda. «El verdadero debate -dice- es qué hacemos cuando las máquinas trabajen y a los humanos nos sobre el tiempo».¿Estamos ante una transición o ante un cambio estructural del modelo económico global?Estamos en las dos cosas. La transición empieza en torno a 1980 con el ascenso de China, que ya dura casi 45 años. A eso se suma el desarrollo tecnológico: los ‘smartphones’, los algoritmos, la inteligencia artificial, que cada vez tienen un papel mayor en la creación de valor. Y el tercer elemento es político: la llegada de Donald Trump , que rompe consensos básicos del orden económico internacional. Todo eso ha cambiado profundamente el entorno. El sistema que se construyó tras la Segunda Guerra Mundial está respondiendo a estas fuerzas y está cambiando de forma sustancial.¿Ese cambio es reversible?No. Lo que puede cambiar es la velocidad, no la dirección. La economía mundial ya no vuelve atrás. El centro de gravedad se desplaza hacia Asia, la tecnología sustituye trabajo humano y la política reacciona de forma cada vez más errática. Pensar que podemos volver a los 90 es una ilusión peligrosa.Existe una sensación social de que «la economía va bien» solo en los titulares. ¿Hay una brecha entre la macroeconomía y la percepción ciudadana?Sí, y es muy clara, sobre todo en las economías avanzadas y particularmente en España. La macroeconomía no es representativa de todos los grupos sociales. Este mundo tan intensivo en tecnología está dejando atrás a colectivos relevantes. La marea no levanta todos los barcos. Y cuando hay desconexión entre micro y macro, la micro siempre tiene razón: a nadie le puedes explicar cómo le va en su vida.¿Eso invalida los buenos datos macro?No los invalida, pero obliga a contextualizarlos. Primero está la media, y luego la varianza. El problema es cuando se utiliza la varianza para negar la media. Hay que hablar de los jóvenes, de la vivienda, de los salarios bajos, pero sin romper el marco macroeconómico. Si no, no entendemos nada.¿Qué decisión económica actual cree que juzgaremos con dureza dentro de veinte años?El déficit público español. Con un crecimiento cercano al 3%, mantener un déficit del 3% es una irresponsabilidad. En esta fase del ciclo deberíamos tener un presupuesto prácticamente equilibrado o incluso un pequeño superávit. Cuando el ciclo cambie -y los ciclos no mueren, son recurrentes- el déficit se disparará al 4, 5 o 6%. Y eso lo pagaremos caro.¿Más aún si aumenta el gasto en defensa?Claro. Pasar del 2% al 5% del PIB en defensa supone unos 50.000 millones adicionales. Eso exige una consolidación fiscal seria. No puedes sostener un Estado del bienestar europeo con déficits estructurales permanentes.¿Es la deuda el gran riesgo de la economía mundial?Soy escéptico con el alarmismo sobre la deuda privada. Un balance no se mira con un solo ojo: hay activos y pasivos. Si el rendimiento del activo es mayor que el coste del pasivo, endeudarse tiene sentido. Si ocurre lo contrario, el tamaño óptimo del balance es cero. La economía funciona como un acordeón.¿Y la deuda pública?Es más delicada porque es una transferencia entre generaciones. El Estado gasta hoy y alguien pagará mañana vía impuestos o menores servicios. Pero incluso ahí lo clave no es el tamaño, sino el coste de financiación. Mientras el país no sea percibido como un riesgo alto, puede refinanciarse indefinidamente, generación tras generación. El problema llega cuando suben los tipos o se pierde credibilidad.¿Donald Trump es una anomalía histórica?No. Trump no es la causa, es la consecuencia. La consecuencia del ascenso de China y del cambio tecnológico. Estados Unidos tiene hoy la misma proporción de industria en el PIB que hace veinte años. Lo que ha caído es el empleo industrial. ¿Por qué? Por la tecnología, no por la globalización.Entonces, ¿el discurso del ‘robo de empleos’ es falso?Es incompleto. Hay industria, pero ya no la hacen personas. Ha aumentado la productividad. Trump debería ser más ludita y menos mercantilista. El problema no es el comercio, es la tecnología.Europa crece menos que Estados Unidos, ¿es un problema coyuntural o de diseño?No, es un problema de diseño. Ed Prescott tenía un artículo que se titulaba: ‘¿Por qué los estadounidenses trabajan más que los europeos?’. Y ahí hay dos razones, en realidad una: son los impuestos, amigo, la imposición diferencial en Estados Unidos y en Europa. El hecho de que la sanidad sea pública en Europa, que es la gran diferencia, pues hace que los estadounidenses trabajen más. ¿Por qué? Porque cuando te quedas sin trabajo en EE.UU. te quedas sin seguro y entonces tu salud está en riesgo. ¿Y eso qué hace? Pues que, en fin, si miras los datos de la OCDE, el número medio de horas trabajadas por semana en Francia son 17 y en Estados Unidos 25. ¿Y la diferencia cuál es? La sanidad pública y la red de protección social. Ahora ha entrado un factor nuevo y son los aranceles.El déficit público «Con un crecimiento cercano al 3% mantener un déficit del 3% es muy irresponsable porque si el ciclo cambia, se disparará»Un estudio reciente decía que el 90% de los aranceles los pagan los consumidores estadounidenses.Depende de la elasticidad de la demanda. Los costes se reparten entre compradores y vendedores según esa elasticidad. En bienes con demanda muy inelástica, el coste se traslada casi entero al consumidor. Pero además hay un efecto dinámico: las empresas ajustan estrategias, retrasan subidas, se reorganizan. Aún no estamos en el nuevo equilibrio.¿Por qué no se ha notado más en la inflación?Porque no sabemos cuánta inflación habría habido sin los aranceles de Trump. La tecnología está empujando los costes a la baja y compensando parte del impacto. Hay sectores donde sobra capacidad y otros donde falta mano de obra, y la respuesta es automatización.¿La geopolítica se ha convertido en el gran factor explicativo?Yo soy materialista histórico: creo que la economía causa y la política responde. La geopolítica introduce discontinuidades brutales –guerras, sanciones, cortes energéticos– que alteran los mecanismos de transmisión del ciclo. Alemania pasó de gas barato garantizado a cero suministro. Eso no es marginal: es devastador.¿Cuánto tardará en recuperarse?Años, quizá décadas. Y eso demuestra que la geopolítica es más discontinua incluso que la tecnología.¿La rivalidad entre Estados Unidos y China es el eje central del nuevo orden económico?Sin duda. El centro de gravedad del PIB mundial se ha desplazado desde el Atlántico hacia Asia. Hoy estaría entre India, China y el sudeste asiático. La actividad vuelve a donde está la población porque las diferencias de productividad se reducen.¿Dónde queda Europa en ese mapa?En la esquina superior. Rica, envejecida y con riesgo de irrelevancia si no se integra políticamente.¿Europa está condenada a quedar atrapada entre China y Estados Unidos?Solo si no hace nada. Mi mensaje es claro: primero tenemos que empezar a ser europeos de verdad. Eso implica defensa común, presupuesto común y legitimidad democrática. Ser europeo significa estar dispuesto a que tus hijos mueran defendiendo Estonia. Si no, no lo eres.¿La defensa es la clave de la integración?Probablemente. Un ejército común obliga a un presupuesto común, y eso exige instituciones democráticas fuertes. Ahí empieza Europa.Habla mucho de población. ¿Es el gran tema olvidado?El 70% de la población mundial vive en países por debajo de la tasa de reemplazo. El colapso demográfico es exponencial. Además, tener hijos es la decisión más irreversible de tu vida. No puedes obligar a nadie a tenerlos. Así que o nacen en ‘acuarios’ o vamos a un mundo con mucha menos gente.¿Puede crecer la economía sin población?¡Sí. No hacemos falta. Están las máquinas.Y entonces, ¿qué tenemos que hacer los europeos?Bueno, pues tenemos una ventaja en este mundo que viene porque somos los que mejor distribuimos. Somos capaces de tolerar unos impuestos que claramente son confiscatorios. Y entonces, ¿qué? Pues si vienen las máquinas y van a pagarnos las pensiones y todo lo demás, pues los reyes de la distribución somos nosotros.Explíquese.La revolución industrial desplazó a muchas personas. Requería grandes inversiones físicas, inversiones de capital. Y la historia de 1820 a la Segunda Guerra Mundial consiste en devolverle a los trabajadores lo que era suyo. Al mundo agrícola, especialmente. ¿En forma de qué? De Estado de bienestar. ¿Y quién pagó los impuestos? Pues los Rockefeller, los Dupont, los tipos que se beneficiaron extraordinariamente de la industrialización. Eso supuso revoluciones, sangre, sudor, lágrimas, guerras mundiales, todo. ¿Y ahora qué va a pasar? Pues otra vez lo mismo. Solo que lo que podemos hacer es no repetir la misma historia. ¿Para qué hacerlo? Cuando un autobús lo conduzca, un algoritmo, págale el coste de mil euros al conductor, regalados para que haga lo que quiera. No le estás quitando nada a la empresa y evitas sociedades radicalmente desiguales.¿Eso es la renta básica universal?Llámelo como quiera. La tecnología no te da dinero, te da tiempo. Las lavadoras no te dieron dinero: te dieron tiempo. El problema es qué hacemos con ese tiempo.¿Un mundo de ocio permanente?Puede ser Wall-E o puede ser un renacimiento cultural. Depende de nosotros.Después de décadas estudiando economía, ¿qué le sigue sorprendiendo?Que la macroeconomía siga sorprendiendo. Llevo más de cuarenta años explicando el PIB y cada año descubro un matiz nuevo. La economía ha sido mi alfombra mágica, mi entretenimiento permanente. Y no se acaba nunca.
Javier Díaz-Giménez (Madrid, 1960) no concede tregua. Encadena ideas con la misma facilidad con la que salta del déficit público español a la geopolítica del Ártico, de los aranceles al Génesis bíblico, de la macroeconomía más ortodoxa a provocaciones intelectuales que incomodan tanto … a la izquierda como a la derecha. Profesor del IESE, formado en Minnesota y una de las voces más reconocidas del debate económico español, sostiene que vivimos una transición histórica que es, al mismo tiempo, un cambio estructural profundo.
Su tesis es clara: el mundo que conocimos se acaba. El orden económico internacional construido bajo liderazgo estadounidense tras 1945 se está resquebrajando por la presión simultánea de tres fuerzas: el ascenso imparable de Asia, la disrupción tecnológica y una política cada vez más volátil. Y el mayor error, insiste, es pensar que todo esto va solo de comercio, inflación o deuda. «El verdadero debate -dice- es qué hacemos cuando las máquinas trabajen y a los humanos nos sobre el tiempo».
¿Estamos ante una transición o ante un cambio estructural del modelo económico global?
Estamos en las dos cosas. La transición empieza en torno a 1980 con el ascenso de China, que ya dura casi 45 años. A eso se suma el desarrollo tecnológico: los ‘smartphones’, los algoritmos, la inteligencia artificial, que cada vez tienen un papel mayor en la creación de valor. Y el tercer elemento es político: la llegada de Donald Trump, que rompe consensos básicos del orden económico internacional. Todo eso ha cambiado profundamente el entorno. El sistema que se construyó tras la Segunda Guerra Mundial está respondiendo a estas fuerzas y está cambiando de forma sustancial.
¿Ese cambio es reversible?
No. Lo que puede cambiar es la velocidad, no la dirección. La economía mundial ya no vuelve atrás. El centro de gravedad se desplaza hacia Asia, la tecnología sustituye trabajo humano y la política reacciona de forma cada vez más errática. Pensar que podemos volver a los 90 es una ilusión peligrosa.
Existe una sensación social de que «la economía va bien» solo en los titulares. ¿Hay una brecha entre la macroeconomía y la percepción ciudadana?
Sí, y es muy clara, sobre todo en las economías avanzadas y particularmente en España. La macroeconomía no es representativa de todos los grupos sociales. Este mundo tan intensivo en tecnología está dejando atrás a colectivos relevantes. La marea no levanta todos los barcos. Y cuando hay desconexión entre micro y macro, la micro siempre tiene razón: a nadie le puedes explicar cómo le va en su vida.
¿Eso invalida los buenos datos macro?
No los invalida, pero obliga a contextualizarlos. Primero está la media, y luego la varianza. El problema es cuando se utiliza la varianza para negar la media. Hay que hablar de los jóvenes, de la vivienda, de los salarios bajos, pero sin romper el marco macroeconómico. Si no, no entendemos nada.
¿Qué decisión económica actual cree que juzgaremos con dureza dentro de veinte años?
El déficit público español. Con un crecimiento cercano al 3%, mantener un déficit del 3% es una irresponsabilidad. En esta fase del ciclo deberíamos tener un presupuesto prácticamente equilibrado o incluso un pequeño superávit. Cuando el ciclo cambie -y los ciclos no mueren, son recurrentes- el déficit se disparará al 4, 5 o 6%. Y eso lo pagaremos caro.
¿Más aún si aumenta el gasto en defensa?
Claro. Pasar del 2% al 5% del PIB en defensa supone unos 50.000 millones adicionales. Eso exige una consolidación fiscal seria. No puedes sostener un Estado del bienestar europeo con déficits estructurales permanentes.
¿Es la deuda el gran riesgo de la economía mundial?
Soy escéptico con el alarmismo sobre la deuda privada. Un balance no se mira con un solo ojo: hay activos y pasivos. Si el rendimiento del activo es mayor que el coste del pasivo, endeudarse tiene sentido. Si ocurre lo contrario, el tamaño óptimo del balance es cero. La economía funciona como un acordeón.
¿Y la deuda pública?
Es más delicada porque es una transferencia entre generaciones. El Estado gasta hoy y alguien pagará mañana vía impuestos o menores servicios. Pero incluso ahí lo clave no es el tamaño, sino el coste de financiación. Mientras el país no sea percibido como un riesgo alto, puede refinanciarse indefinidamente, generación tras generación. El problema llega cuando suben los tipos o se pierde credibilidad.
¿Donald Trump es una anomalía histórica?
No. Trump no es la causa, es la consecuencia. La consecuencia del ascenso de China y del cambio tecnológico. Estados Unidos tiene hoy la misma proporción de industria en el PIB que hace veinte años. Lo que ha caído es el empleo industrial. ¿Por qué? Por la tecnología, no por la globalización.
Entonces, ¿el discurso del ‘robo de empleos’ es falso?
Es incompleto. Hay industria, pero ya no la hacen personas. Ha aumentado la productividad. Trump debería ser más ludita y menos mercantilista. El problema no es el comercio, es la tecnología.
Europa crece menos que Estados Unidos, ¿es un problema coyuntural o de diseño?
No, es un problema de diseño. Ed Prescott tenía un artículo que se titulaba: ‘¿Por qué los estadounidenses trabajan más que los europeos?’. Y ahí hay dos razones, en realidad una: son los impuestos, amigo, la imposición diferencial en Estados Unidos y en Europa. El hecho de que la sanidad sea pública en Europa, que es la gran diferencia, pues hace que los estadounidenses trabajen más. ¿Por qué? Porque cuando te quedas sin trabajo en EE.UU. te quedas sin seguro y entonces tu salud está en riesgo. ¿Y eso qué hace? Pues que, en fin, si miras los datos de la OCDE, el número medio de horas trabajadas por semana en Francia son 17 y en Estados Unidos 25. ¿Y la diferencia cuál es? La sanidad pública y la red de protección social. Ahora ha entrado un factor nuevo y son los aranceles.

El déficit público
«Con un crecimiento cercano al 3% mantener un déficit del 3% es muy irresponsable porque si el ciclo cambia, se disparará»
Un estudio reciente decía que el 90% de los aranceles los pagan los consumidores estadounidenses.
Depende de la elasticidad de la demanda. Los costes se reparten entre compradores y vendedores según esa elasticidad. En bienes con demanda muy inelástica, el coste se traslada casi entero al consumidor. Pero además hay un efecto dinámico: las empresas ajustan estrategias, retrasan subidas, se reorganizan. Aún no estamos en el nuevo equilibrio.
¿Por qué no se ha notado más en la inflación?
Porque no sabemos cuánta inflación habría habido sin los aranceles de Trump. La tecnología está empujando los costes a la baja y compensando parte del impacto. Hay sectores donde sobra capacidad y otros donde falta mano de obra, y la respuesta es automatización.
¿La geopolítica se ha convertido en el gran factor explicativo?
Yo soy materialista histórico: creo que la economía causa y la política responde. La geopolítica introduce discontinuidades brutales –guerras, sanciones, cortes energéticos– que alteran los mecanismos de transmisión del ciclo. Alemania pasó de gas barato garantizado a cero suministro. Eso no es marginal: es devastador.
¿Cuánto tardará en recuperarse?
Años, quizá décadas. Y eso demuestra que la geopolítica es más discontinua incluso que la tecnología.
¿La rivalidad entre Estados Unidos y China es el eje central del nuevo orden económico?
Sin duda. El centro de gravedad del PIB mundial se ha desplazado desde el Atlántico hacia Asia. Hoy estaría entre India, China y el sudeste asiático. La actividad vuelve a donde está la población porque las diferencias de productividad se reducen.
¿Dónde queda Europa en ese mapa?
En la esquina superior. Rica, envejecida y con riesgo de irrelevancia si no se integra políticamente.
¿Europa está condenada a quedar atrapada entre China y Estados Unidos?
Solo si no hace nada. Mi mensaje es claro: primero tenemos que empezar a ser europeos de verdad. Eso implica defensa común, presupuesto común y legitimidad democrática. Ser europeo significa estar dispuesto a que tus hijos mueran defendiendo Estonia. Si no, no lo eres.
¿La defensa es la clave de la integración?
Probablemente. Un ejército común obliga a un presupuesto común, y eso exige instituciones democráticas fuertes. Ahí empieza Europa.
Habla mucho de población. ¿Es el gran tema olvidado?
El 70% de la población mundial vive en países por debajo de la tasa de reemplazo. El colapso demográfico es exponencial. Además, tener hijos es la decisión más irreversible de tu vida. No puedes obligar a nadie a tenerlos. Así que o nacen en ‘acuarios’ o vamos a un mundo con mucha menos gente.
¿Puede crecer la economía sin población?
¡Sí. No hacemos falta. Están las máquinas.
Y entonces, ¿qué tenemos que hacer los europeos?
Bueno, pues tenemos una ventaja en este mundo que viene porque somos los que mejor distribuimos. Somos capaces de tolerar unos impuestos que claramente son confiscatorios. Y entonces, ¿qué? Pues si vienen las máquinas y van a pagarnos las pensiones y todo lo demás, pues los reyes de la distribución somos nosotros.
Explíquese.
La revolución industrial desplazó a muchas personas. Requería grandes inversiones físicas, inversiones de capital. Y la historia de 1820 a la Segunda Guerra Mundial consiste en devolverle a los trabajadores lo que era suyo. Al mundo agrícola, especialmente. ¿En forma de qué? De Estado de bienestar. ¿Y quién pagó los impuestos? Pues los Rockefeller, los Dupont, los tipos que se beneficiaron extraordinariamente de la industrialización. Eso supuso revoluciones, sangre, sudor, lágrimas, guerras mundiales, todo. ¿Y ahora qué va a pasar? Pues otra vez lo mismo. Solo que lo que podemos hacer es no repetir la misma historia. ¿Para qué hacerlo? Cuando un autobús lo conduzca, un algoritmo, págale el coste de mil euros al conductor, regalados para que haga lo que quiera. No le estás quitando nada a la empresa y evitas sociedades radicalmente desiguales.
¿Eso es la renta básica universal?
Llámelo como quiera. La tecnología no te da dinero, te da tiempo. Las lavadoras no te dieron dinero: te dieron tiempo. El problema es qué hacemos con ese tiempo.
¿Un mundo de ocio permanente?
Puede ser Wall-E o puede ser un renacimiento cultural. Depende de nosotros.
Después de décadas estudiando economía, ¿qué le sigue sorprendiendo?
Que la macroeconomía siga sorprendiendo. Llevo más de cuarenta años explicando el PIB y cada año descubro un matiz nuevo. La economía ha sido mi alfombra mágica, mi entretenimiento permanente. Y no se acaba nunca.
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