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  Cultura  Jesús Esperanza Fernández, un cuarto de siglo blandiendo la espada
Cultura

Jesús Esperanza Fernández, un cuarto de siglo blandiendo la espada

febrero 2, 2026
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En tiempos de prisa, ruido y victoria a cualquier precio, hay oficios que sostienen —casi a la contra— una vieja idea de civilización. El de Jesús Esperanza Fernández es uno de ellos. Maestro formado en la Academia Española de Maestros de Armas , referente en esgrima histórica y escénica, y presidente de la Escuela de Esgrima Ateneo , cumple ahora un cuarto de siglo custodiando algo más frágil que el acero: la nobleza de espíritu. Porque en su escuela no se enseña solo a herir sin ser herido; se enseña a medir antes de actuar, a dominarse, a observar, a distinguir con precisión -que hoy parece olvidada- entre un adversario y un enemigo.La escuela, enclavada en un lugar que parece escogido por un novelista finisecular, queda emplazada en la calle Academia, frente a la Real Academia Española y el Museo del Prado , a la espalda de los Jerónimos. Un triángulo de piedra y memoria, más que apropiado para los duelos al amanecer. En ese escenario, Esperanza mantiene un protocolo antiguo y esencial: la disciplina y el respeto al maestro. No como gestos decorativos, sino como una pedagogía de la dignidad.Nacido en Madrid, Jesús Esperanza comenzó a empuñar el florete a los once años y desde muy pronto acumuló éxitos deportivos: siete veces campeón de España de florete individual, componente del Equipo Nacional Español en diez Campeonatos del Mundo y en tres Juegos Olímpicos -Moscú 1980, Seúl 1988 y Barcelona 1992- y entrenador del Equipo Nacional de florete entre 2004 y 2013. A los dieciocho años, tras una carrera competitiva destacada, decidió que la esgrima sería su vida profesional. Jesús entiende el magisterio no solo como transmisión técnica, sino como una responsabilidad ética: enseñar a medir antes de actuar, a respetar al adversario, y a conservar el rigor del oficio. Desde el año 2000 desarrolla también una metodología propia de esgrima escénica, impartiendo formación a actores y actrices, y diseñando coreografías para teatro, cine y ópera. Su carrera ha unido la tradición deportiva con la exploración histórica y la puesta en escena, consolidándole como referente de una disciplina que entiende la espada tanto como herramienta de cuerpo como de pensamiento. «En la esgrima escénica no existe el combate real. Todo está medido, memorizado y coreografiado. Pero eso no la hace menos exigente. Al contrario: hay que lograr que parezca real, que tenga velocidad, verdad y sentido dramático. No se trata de lucirse técnicamente, sino de contar una historia a través del lenguaje de la esgrima»—Hoy es usted presidente de la Escuela de Esgrima Ateneo. ¿Qué tipo de escuela quería construir?—Una escuela donde la esgrima no se entienda únicamente como deporte, sino como una herramienta de formación integral. Aquí se trabaja el cuerpo, pero también la cabeza: la observación, la táctica, la reflexión, el respeto al otro y al maestro.—Ha trabajado intensamente en esgrima escénica. ¿En qué se diferencia de la deportiva?—En la esgrima escénica no existe el combate real. Todo está medido, memorizado y coreografiado. Pero eso no la hace menos exigente. Al contrario: hay que lograr que parezca real, que tenga velocidad, verdad y sentido dramático. No se trata de lucirse técnicamente, sino de contar una historia a través del lenguaje de la esgrima.Jesús Esperanza, con María José Solano durante la entrevista Ignacio Gil Libros «Siempre he pensado que la esgrima se entiende mejor a través de los libros que la han contado. En el escaparate de la escuela tengo una frase de Cervantes que vi un día, copié y ya no me abandonó: ‘Cada cual se fabrica su destino; no tiene aquí fortuna parte alguna’. Resume muy bien este oficio. La gente ve la medalla o la escena final; lo real es el trabajo invisible.Por eso tengo un rincón de libros. El primero es un facsímil de 1628, el tratado de Girard Thibault. Lo traje porque sus grabados explican lo que otros no supieron dibujar: la Verdadera Destreza hecha visible. Thibault vino a España, aprendió de Pacheco de Narváez -maestro de armas de Felipe IV- y convirtió ese conocimiento en imágenes que todavía hoy se pueden leer sin ser especialista. Pero no todo llegó hasta nosotros. Hubo maestros brillantes cuyos manuscritos se perdieron. Pienso, por ejemplo, en Adelardo Sanz: creó una empuñadura nueva, quiso fundar una escuela española moderna, dejó escrita toda su teoría… y ese manuscrito desapareció cuando él empezó a deteriorarse mentalmente. Acabó suicidándose con una careta puesta, llena de algodones de cloroformo. Es una muerte casi novelesca: el instrumento del oficio convertido en despedida. Luego están los manuales del honor, como ‘Lances entre caballeros’, del marqués de Cabriñana, la biblia del duelo: todo reglado, las ofensas, las armas, los padrinos, el juez, los médicos. Sin embargo, ese mundo también desapareció. A finales del XIX surgió la Liga Antiduelista porque moría demasiada gente y ya no tenía sentido. Al final, como en la esgrima, todo es cuestión de espíritu. Por eso siempre digo que el peor castigo no es perder un asalto, sino la tarjeta negra: quedar fuera por traicionar el respeto y el código. Siempre se lo digo a mis alumnos: ‘No se trata de ganar, sino de cómo se gana’».—Suele decir a sus alumnos que «la esgrima se estudia». ¿Por qué?—Porque no basta con ejecutar movimientos. Una coreografía es como un texto corporal: primero se estudia, luego se ensaya y finalmente se interpreta. Sin ese proceso, no hay verdad escénica.—La esgrima se basa en el respeto absoluto al adversario. ¿Tiene hoy un valor casi subversivo?—Sin duda. Vivimos un momento en el que se confunde adversario con enemigo. En esgrima, el contrario es un adversario: alguien que piensa distinto, que juega contigo, pero al que respetas. El enemigo es otra cosa: es aquel al que se quiere aniquilar. Esa distinción se ha perdido en muchos ámbitos de la sociedad actual.—¿Cree que la esgrima puede enseñar algo a un mundo dominado por la confrontación verbal y la reacción inmediata?—Mucho. La esgrima obliga a observar antes de actuar, a medir distancia, tiempo y velocidad. Si eres impulsivo, pierdes. Si no reflexionas, pierdes. Es una disciplina profundamente táctica y eso es aplicable a la vida.— Ha sido usted árbitro internacional. ¿Ha vivido situaciones donde se perdiera ese espíritu deportivo?—Sí. Recuerdo un asalto entre Egipto e Israel en el que la tensión era extrema. Tuve que parar el combate y advertir que sacaría tarjeta negra a ambos equipos. La tarjeta negra supone la exclusión de la competición por conducta contraria al espíritu deportivo. A partir de ahí, la situación se calmó. La norma existe precisamente para preservar ese respeto.«La esgrima obliga a observar antes de actuar, a medir distancia, tiempo y velocidad. Si eres impulsivo, pierdes. Si no reflexionas, pierdes. Es una disciplina profundamente táctica y eso es aplicable a la vida»— El duelo histórico implicaba responsabilidad personal y consecuencias. ¿Hemos perdido hoy ese sentido?—En parte sí. El duelo tenía sus contradicciones, pero también un código. Hoy se agrede verbalmente sin consecuencias, sin asumir responsabilidades. En esgrima, cada acción tiene un coste. Eso educa.— En un mundo donde prima la imagen sobre el contenido, ¿cómo se defiende el valor del trabajo silencioso?—Con disciplina y constancia. El espectador ve la medalla o la escena final, pero detrás hay años de trabajo invisible, esfuerzo, renuncias y elecciones vitales. Varios de los trabajos de Jesús Esperanza Ignacio gil Personajes «No existe una titulación para docentes (profesores, maestros) específica de Esgrima Escénica. Los maestros que la impartimos debemos tener conocimientos de la esgrima deportiva, que son los que aportan la realidad de un duelo, así como la didáctica para enseñar y, asimismo, unas nociones de la esgrima histórica, con el conocimiento de la terminología de la esgrima de los tratados antiguos, así como de los textos de teatro clásico, unido a la imaginación y la fantasía literarias. Los resultados, siempre lo digo, pueden ser brillantes, siempre que se tengan, junto a todo lo anterior, ciertas dosis de talento y algo de sentido común. Como todo en la vida, ‘lo que Dios no da, Salamanca no presta’. Yo he tenido el placer de colaborar con grandes directores de los que siempre he aprendido, Andrés Lima (‘Falstaff’), Miguel del Arco (‘Hamlet’), Tomaz Pandur (‘Hamlet’), Agustín Díaz Llanes (‘Alatriste’), Manuel Iborra (‘La Dama Boba’), Lluís Pascual (‘Tristán e Isolda’), Víctor Conde (‘El último jinete’), Joan Lluís Bozzo (‘Scaramouche’), Juan Carlos Rubio (‘La monja alférez’), Carme Portacelli (‘Las dos bandoleras’), Helena Pimenta (‘Donde hay agravios no hay celos’, ‘El alcalde de Zalamea’, ‘La dama duende’), Alberto Castrillo Ferrer (‘Cyrano’), David McVicar (‘Gloriana’, ‘Don Carlo’), Francisco Negrín (‘Il trovatore’)… Estoy muy agradecido a todos por haber confiado en mí y en mi trabajo».— Ha trabajado con grandes nombres del teatro, la ópera y el cine. ¿Algún recuerdo especial?—Muchos. Recuerdo especialmente ‘Hamlet’, con Blanca Portillo, dirigido por Tomaz Pandur. También trabajos en cine como ‘La dama boba’, con José Coronado, o ‘Alatriste’, donde colaboré en la preparación de secuencias de esgrima histórica. Cada montaje es un aprendizaje.— También ha estado sobre el escenario. ¿Cómo lleva ser actor?—Muy mal (ríe). Yo puedo hacer de mí mismo, con espada en mano. Pero cuando hay texto, sufro. Mi lugar está más detrás, preparando y dirigiendo.— Ha trabajado en varias presentaciones de ‘Alatriste’. ¿Cómo ve al personaje como adversario?—Alatriste es un adversario respetable. Hay respeto incluso cuando hay enfrentamiento a muerte. Eso Arturo Pérez-Reverte lo refleja muy bien en las novelas.Noticia Relacionada ‘Todo empezó en Rocroi’ especial Si El pacto de caballeros entre Pérez-Reverte y Ferrer-Dalmau: «No pierdo la esperanza de poseer ese sable» Arturo Pérez-Reverte El novelista y académico Arturo Pérez-Reverte escribe en exclusiva para XLSemanal una semblanza de su admirado amigo, el pintor histórico Augusto Ferrer-Dalmau, y nos desvela la herencia que quiere recibir del artista.—¿Tiene futuro la esgrima?—No será nunca un deporte de masas. Es poco televisivo y muy técnico. Pero tiene futuro como disciplina formativa, cultural y artística. Quien se acerca a la esgrima suele quedarse, porque es profundamente enriquecedora.— Si la esgrima es una escuela ética además de física, ¿qué valores debería devolver hoy a la sociedad?—El respeto, el autocontrol y la escucha. Respetar al adversario, al maestro y a quien piensa distinto. Eso es fundamental y hoy se está perdiendo.— Para terminar: después de veinticinco años, ¿volvería usted a elegir este camino?—Sin dudarlo. Volvería a hacerlo exactamente igual. En tiempos de prisa, ruido y victoria a cualquier precio, hay oficios que sostienen —casi a la contra— una vieja idea de civilización. El de Jesús Esperanza Fernández es uno de ellos. Maestro formado en la Academia Española de Maestros de Armas , referente en esgrima histórica y escénica, y presidente de la Escuela de Esgrima Ateneo , cumple ahora un cuarto de siglo custodiando algo más frágil que el acero: la nobleza de espíritu. Porque en su escuela no se enseña solo a herir sin ser herido; se enseña a medir antes de actuar, a dominarse, a observar, a distinguir con precisión -que hoy parece olvidada- entre un adversario y un enemigo.La escuela, enclavada en un lugar que parece escogido por un novelista finisecular, queda emplazada en la calle Academia, frente a la Real Academia Española y el Museo del Prado , a la espalda de los Jerónimos. Un triángulo de piedra y memoria, más que apropiado para los duelos al amanecer. En ese escenario, Esperanza mantiene un protocolo antiguo y esencial: la disciplina y el respeto al maestro. No como gestos decorativos, sino como una pedagogía de la dignidad.Nacido en Madrid, Jesús Esperanza comenzó a empuñar el florete a los once años y desde muy pronto acumuló éxitos deportivos: siete veces campeón de España de florete individual, componente del Equipo Nacional Español en diez Campeonatos del Mundo y en tres Juegos Olímpicos -Moscú 1980, Seúl 1988 y Barcelona 1992- y entrenador del Equipo Nacional de florete entre 2004 y 2013. A los dieciocho años, tras una carrera competitiva destacada, decidió que la esgrima sería su vida profesional. Jesús entiende el magisterio no solo como transmisión técnica, sino como una responsabilidad ética: enseñar a medir antes de actuar, a respetar al adversario, y a conservar el rigor del oficio. Desde el año 2000 desarrolla también una metodología propia de esgrima escénica, impartiendo formación a actores y actrices, y diseñando coreografías para teatro, cine y ópera. Su carrera ha unido la tradición deportiva con la exploración histórica y la puesta en escena, consolidándole como referente de una disciplina que entiende la espada tanto como herramienta de cuerpo como de pensamiento. «En la esgrima escénica no existe el combate real. Todo está medido, memorizado y coreografiado. Pero eso no la hace menos exigente. Al contrario: hay que lograr que parezca real, que tenga velocidad, verdad y sentido dramático. No se trata de lucirse técnicamente, sino de contar una historia a través del lenguaje de la esgrima»—Hoy es usted presidente de la Escuela de Esgrima Ateneo. ¿Qué tipo de escuela quería construir?—Una escuela donde la esgrima no se entienda únicamente como deporte, sino como una herramienta de formación integral. Aquí se trabaja el cuerpo, pero también la cabeza: la observación, la táctica, la reflexión, el respeto al otro y al maestro.—Ha trabajado intensamente en esgrima escénica. ¿En qué se diferencia de la deportiva?—En la esgrima escénica no existe el combate real. Todo está medido, memorizado y coreografiado. Pero eso no la hace menos exigente. Al contrario: hay que lograr que parezca real, que tenga velocidad, verdad y sentido dramático. No se trata de lucirse técnicamente, sino de contar una historia a través del lenguaje de la esgrima.Jesús Esperanza, con María José Solano durante la entrevista Ignacio Gil Libros «Siempre he pensado que la esgrima se entiende mejor a través de los libros que la han contado. En el escaparate de la escuela tengo una frase de Cervantes que vi un día, copié y ya no me abandonó: ‘Cada cual se fabrica su destino; no tiene aquí fortuna parte alguna’. Resume muy bien este oficio. La gente ve la medalla o la escena final; lo real es el trabajo invisible.Por eso tengo un rincón de libros. El primero es un facsímil de 1628, el tratado de Girard Thibault. Lo traje porque sus grabados explican lo que otros no supieron dibujar: la Verdadera Destreza hecha visible. Thibault vino a España, aprendió de Pacheco de Narváez -maestro de armas de Felipe IV- y convirtió ese conocimiento en imágenes que todavía hoy se pueden leer sin ser especialista. Pero no todo llegó hasta nosotros. Hubo maestros brillantes cuyos manuscritos se perdieron. Pienso, por ejemplo, en Adelardo Sanz: creó una empuñadura nueva, quiso fundar una escuela española moderna, dejó escrita toda su teoría… y ese manuscrito desapareció cuando él empezó a deteriorarse mentalmente. Acabó suicidándose con una careta puesta, llena de algodones de cloroformo. Es una muerte casi novelesca: el instrumento del oficio convertido en despedida. Luego están los manuales del honor, como ‘Lances entre caballeros’, del marqués de Cabriñana, la biblia del duelo: todo reglado, las ofensas, las armas, los padrinos, el juez, los médicos. Sin embargo, ese mundo también desapareció. A finales del XIX surgió la Liga Antiduelista porque moría demasiada gente y ya no tenía sentido. Al final, como en la esgrima, todo es cuestión de espíritu. Por eso siempre digo que el peor castigo no es perder un asalto, sino la tarjeta negra: quedar fuera por traicionar el respeto y el código. Siempre se lo digo a mis alumnos: ‘No se trata de ganar, sino de cómo se gana’».—Suele decir a sus alumnos que «la esgrima se estudia». ¿Por qué?—Porque no basta con ejecutar movimientos. Una coreografía es como un texto corporal: primero se estudia, luego se ensaya y finalmente se interpreta. Sin ese proceso, no hay verdad escénica.—La esgrima se basa en el respeto absoluto al adversario. ¿Tiene hoy un valor casi subversivo?—Sin duda. Vivimos un momento en el que se confunde adversario con enemigo. En esgrima, el contrario es un adversario: alguien que piensa distinto, que juega contigo, pero al que respetas. El enemigo es otra cosa: es aquel al que se quiere aniquilar. Esa distinción se ha perdido en muchos ámbitos de la sociedad actual.—¿Cree que la esgrima puede enseñar algo a un mundo dominado por la confrontación verbal y la reacción inmediata?—Mucho. La esgrima obliga a observar antes de actuar, a medir distancia, tiempo y velocidad. Si eres impulsivo, pierdes. Si no reflexionas, pierdes. Es una disciplina profundamente táctica y eso es aplicable a la vida.— Ha sido usted árbitro internacional. ¿Ha vivido situaciones donde se perdiera ese espíritu deportivo?—Sí. Recuerdo un asalto entre Egipto e Israel en el que la tensión era extrema. Tuve que parar el combate y advertir que sacaría tarjeta negra a ambos equipos. La tarjeta negra supone la exclusión de la competición por conducta contraria al espíritu deportivo. A partir de ahí, la situación se calmó. La norma existe precisamente para preservar ese respeto.«La esgrima obliga a observar antes de actuar, a medir distancia, tiempo y velocidad. Si eres impulsivo, pierdes. Si no reflexionas, pierdes. Es una disciplina profundamente táctica y eso es aplicable a la vida»— El duelo histórico implicaba responsabilidad personal y consecuencias. ¿Hemos perdido hoy ese sentido?—En parte sí. El duelo tenía sus contradicciones, pero también un código. Hoy se agrede verbalmente sin consecuencias, sin asumir responsabilidades. En esgrima, cada acción tiene un coste. Eso educa.— En un mundo donde prima la imagen sobre el contenido, ¿cómo se defiende el valor del trabajo silencioso?—Con disciplina y constancia. El espectador ve la medalla o la escena final, pero detrás hay años de trabajo invisible, esfuerzo, renuncias y elecciones vitales. Varios de los trabajos de Jesús Esperanza Ignacio gil Personajes «No existe una titulación para docentes (profesores, maestros) específica de Esgrima Escénica. Los maestros que la impartimos debemos tener conocimientos de la esgrima deportiva, que son los que aportan la realidad de un duelo, así como la didáctica para enseñar y, asimismo, unas nociones de la esgrima histórica, con el conocimiento de la terminología de la esgrima de los tratados antiguos, así como de los textos de teatro clásico, unido a la imaginación y la fantasía literarias. Los resultados, siempre lo digo, pueden ser brillantes, siempre que se tengan, junto a todo lo anterior, ciertas dosis de talento y algo de sentido común. Como todo en la vida, ‘lo que Dios no da, Salamanca no presta’. Yo he tenido el placer de colaborar con grandes directores de los que siempre he aprendido, Andrés Lima (‘Falstaff’), Miguel del Arco (‘Hamlet’), Tomaz Pandur (‘Hamlet’), Agustín Díaz Llanes (‘Alatriste’), Manuel Iborra (‘La Dama Boba’), Lluís Pascual (‘Tristán e Isolda’), Víctor Conde (‘El último jinete’), Joan Lluís Bozzo (‘Scaramouche’), Juan Carlos Rubio (‘La monja alférez’), Carme Portacelli (‘Las dos bandoleras’), Helena Pimenta (‘Donde hay agravios no hay celos’, ‘El alcalde de Zalamea’, ‘La dama duende’), Alberto Castrillo Ferrer (‘Cyrano’), David McVicar (‘Gloriana’, ‘Don Carlo’), Francisco Negrín (‘Il trovatore’)… Estoy muy agradecido a todos por haber confiado en mí y en mi trabajo».— Ha trabajado con grandes nombres del teatro, la ópera y el cine. ¿Algún recuerdo especial?—Muchos. Recuerdo especialmente ‘Hamlet’, con Blanca Portillo, dirigido por Tomaz Pandur. También trabajos en cine como ‘La dama boba’, con José Coronado, o ‘Alatriste’, donde colaboré en la preparación de secuencias de esgrima histórica. Cada montaje es un aprendizaje.— También ha estado sobre el escenario. ¿Cómo lleva ser actor?—Muy mal (ríe). Yo puedo hacer de mí mismo, con espada en mano. Pero cuando hay texto, sufro. Mi lugar está más detrás, preparando y dirigiendo.— Ha trabajado en varias presentaciones de ‘Alatriste’. ¿Cómo ve al personaje como adversario?—Alatriste es un adversario respetable. Hay respeto incluso cuando hay enfrentamiento a muerte. Eso Arturo Pérez-Reverte lo refleja muy bien en las novelas.Noticia Relacionada ‘Todo empezó en Rocroi’ especial Si El pacto de caballeros entre Pérez-Reverte y Ferrer-Dalmau: «No pierdo la esperanza de poseer ese sable» Arturo Pérez-Reverte El novelista y académico Arturo Pérez-Reverte escribe en exclusiva para XLSemanal una semblanza de su admirado amigo, el pintor histórico Augusto Ferrer-Dalmau, y nos desvela la herencia que quiere recibir del artista.—¿Tiene futuro la esgrima?—No será nunca un deporte de masas. Es poco televisivo y muy técnico. Pero tiene futuro como disciplina formativa, cultural y artística. Quien se acerca a la esgrima suele quedarse, porque es profundamente enriquecedora.— Si la esgrima es una escuela ética además de física, ¿qué valores debería devolver hoy a la sociedad?—El respeto, el autocontrol y la escucha. Respetar al adversario, al maestro y a quien piensa distinto. Eso es fundamental y hoy se está perdiendo.— Para terminar: después de veinticinco años, ¿volvería usted a elegir este camino?—Sin dudarlo. Volvería a hacerlo exactamente igual.  

En tiempos de prisa, ruido y victoria a cualquier precio, hay oficios que sostienen —casi a la contra— una vieja idea de civilización. El de Jesús Esperanza Fernández es uno de ellos. Maestro formado en la Academia Española de Maestros de Armas, referente … en esgrima histórica y escénica, y presidente de la Escuela de Esgrima Ateneo, cumple ahora un cuarto de siglo custodiando algo más frágil que el acero: la nobleza de espíritu. Porque en su escuela no se enseña solo a herir sin ser herido; se enseña a medir antes de actuar, a dominarse, a observar, a distinguir con precisión -que hoy parece olvidada- entre un adversario y un enemigo.

La escuela, enclavada en un lugar que parece escogido por un novelista finisecular, queda emplazada en la calle Academia, frente a la Real Academia Española y el Museo del Prado, a la espalda de los Jerónimos. Un triángulo de piedra y memoria, más que apropiado para los duelos al amanecer. En ese escenario, Esperanza mantiene un protocolo antiguo y esencial: la disciplina y el respeto al maestro. No como gestos decorativos, sino como una pedagogía de la dignidad.

Nacido en Madrid, Jesús Esperanza comenzó a empuñar el florete a los once años y desde muy pronto acumuló éxitos deportivos: siete veces campeón de España de florete individual, componente del Equipo Nacional Español en diez Campeonatos del Mundo y en tres Juegos Olímpicos -Moscú 1980, Seúl 1988 y Barcelona 1992- y entrenador del Equipo Nacional de florete entre 2004 y 2013.

A los dieciocho años, tras una carrera competitiva destacada, decidió que la esgrima sería su vida profesional. Jesús entiende el magisterio no solo como transmisión técnica, sino como una responsabilidad ética: enseñar a medir antes de actuar, a respetar al adversario, y a conservar el rigor del oficio.

Desde el año 2000 desarrolla también una metodología propia de esgrima escénica, impartiendo formación a actores y actrices, y diseñando coreografías para teatro, cine y ópera. Su carrera ha unido la tradición deportiva con la exploración histórica y la puesta en escena, consolidándole como referente de una disciplina que entiende la espada tanto como herramienta de cuerpo como de pensamiento.

«En la esgrima escénica no existe el combate real. Todo está medido, memorizado y coreografiado. Pero eso no la hace menos exigente. Al contrario: hay que lograr que parezca real, que tenga velocidad, verdad y sentido dramático. No se trata de lucirse técnicamente, sino de contar una historia a través del lenguaje de la esgrima»

—Hoy es usted presidente de la Escuela de Esgrima Ateneo. ¿Qué tipo de escuela quería construir?

—Una escuela donde la esgrima no se entienda únicamente como deporte, sino como una herramienta de formación integral. Aquí se trabaja el cuerpo, pero también la cabeza: la observación, la táctica, la reflexión, el respeto al otro y al maestro.

—Ha trabajado intensamente en esgrima escénica. ¿En qué se diferencia de la deportiva?

—En la esgrima escénica no existe el combate real. Todo está medido, memorizado y coreografiado. Pero eso no la hace menos exigente. Al contrario: hay que lograr que parezca real, que tenga velocidad, verdad y sentido dramático. No se trata de lucirse técnicamente, sino de contar una historia a través del lenguaje de la esgrima.

Jesús Esperanza, con María José Solano durante la entrevista
Ignacio Gil

Libros

«Siempre he pensado que la esgrima se entiende mejor a través de los libros que la han contado. En el escaparate de la escuela tengo una frase de Cervantes que vi un día, copié y ya no me abandonó: ‘Cada cual se fabrica su destino; no tiene aquí fortuna parte alguna’. Resume muy bien este oficio. La gente ve la medalla o la escena final; lo real es el trabajo invisible.Por eso tengo un rincón de libros. El primero es un facsímil de 1628, el tratado de Girard Thibault. Lo traje porque sus grabados explican lo que otros no supieron dibujar: la Verdadera Destreza hecha visible. Thibault vino a España, aprendió de Pacheco de Narváez -maestro de armas de Felipe IV- y convirtió ese conocimiento en imágenes que todavía hoy se pueden leer sin ser especialista. Pero no todo llegó hasta nosotros. Hubo maestros brillantes cuyos manuscritos se perdieron. Pienso, por ejemplo, en Adelardo Sanz: creó una empuñadura nueva, quiso fundar una escuela española moderna, dejó escrita toda su teoría… y ese manuscrito desapareció cuando él empezó a deteriorarse mentalmente. Acabó suicidándose con una careta puesta, llena de algodones de cloroformo. Es una muerte casi novelesca: el instrumento del oficio convertido en despedida. Luego están los manuales del honor, como ‘Lances entre caballeros’, del marqués de Cabriñana, la biblia del duelo: todo reglado, las ofensas, las armas, los padrinos, el juez, los médicos. Sin embargo, ese mundo también desapareció. A finales del XIX surgió la Liga Antiduelista porque moría demasiada gente y ya no tenía sentido. Al final, como en la esgrima, todo es cuestión de espíritu. Por eso siempre digo que el peor castigo no es perder un asalto, sino la tarjeta negra: quedar fuera por traicionar el respeto y el código. Siempre se lo digo a mis alumnos: ‘No se trata de ganar, sino de cómo se gana’».

—Suele decir a sus alumnos que «la esgrima se estudia». ¿Por qué?

—Porque no basta con ejecutar movimientos. Una coreografía es como un texto corporal: primero se estudia, luego se ensaya y finalmente se interpreta. Sin ese proceso, no hay verdad escénica.

—La esgrima se basa en el respeto absoluto al adversario. ¿Tiene hoy un valor casi subversivo?

—Sin duda. Vivimos un momento en el que se confunde adversario con enemigo. En esgrima, el contrario es un adversario: alguien que piensa distinto, que juega contigo, pero al que respetas. El enemigo es otra cosa: es aquel al que se quiere aniquilar. Esa distinción se ha perdido en muchos ámbitos de la sociedad actual.

—¿Cree que la esgrima puede enseñar algo a un mundo dominado por la confrontación verbal y la reacción inmediata?

—Mucho. La esgrima obliga a observar antes de actuar, a medir distancia, tiempo y velocidad. Si eres impulsivo, pierdes. Si no reflexionas, pierdes. Es una disciplina profundamente táctica y eso es aplicable a la vida.

—Ha sido usted árbitro internacional. ¿Ha vivido situaciones donde se perdiera ese espíritu deportivo?

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«La esgrima obliga a observar antes de actuar, a medir distancia, tiempo y velocidad. Si eres impulsivo, pierdes. Si no reflexionas, pierdes. Es una disciplina profundamente táctica y eso es aplicable a la vida»

—El duelo histórico implicaba responsabilidad personal y consecuencias. ¿Hemos perdido hoy ese sentido?

—En parte sí. El duelo tenía sus contradicciones, pero también un código. Hoy se agrede verbalmente sin consecuencias, sin asumir responsabilidades. En esgrima, cada acción tiene un coste. Eso educa.

—En un mundo donde prima la imagen sobre el contenido, ¿cómo se defiende el valor del trabajo silencioso?

—Con disciplina y constancia. El espectador ve la medalla o la escena final, pero detrás hay años de trabajo invisible, esfuerzo, renuncias y elecciones vitales.

Varios de los trabajos de Jesús Esperanza
Ignacio gil

Personajes

«No existe una titulación para docentes (profesores, maestros) específica de Esgrima Escénica. Los maestros que la impartimos debemos tener conocimientos de la esgrima deportiva, que son los que aportan la realidad de un duelo, así como la didáctica para enseñar y, asimismo, unas nociones de la esgrima histórica, con el conocimiento de la terminología de la esgrima de los tratados antiguos, así como de los textos de teatro clásico, unido a la imaginación y la fantasía literarias. Los resultados, siempre lo digo, pueden ser brillantes, siempre que se tengan, junto a todo lo anterior, ciertas dosis de talento y algo de sentido común. Como todo en la vida, ‘lo que Dios no da, Salamanca no presta’. Yo he tenido el placer de colaborar con grandes directores de los que siempre he aprendido, Andrés Lima (‘Falstaff’), Miguel del Arco (‘Hamlet’), Tomaz Pandur (‘Hamlet’), Agustín Díaz Llanes (‘Alatriste’), Manuel Iborra (‘La Dama Boba’), Lluís Pascual (‘Tristán e Isolda’), Víctor Conde (‘El último jinete’), Joan Lluís Bozzo (‘Scaramouche’), Juan Carlos Rubio (‘La monja alférez’), Carme Portacelli (‘Las dos bandoleras’), Helena Pimenta (‘Donde hay agravios no hay celos’, ‘El alcalde de Zalamea’, ‘La dama duende’), Alberto Castrillo Ferrer (‘Cyrano’), David McVicar (‘Gloriana’, ‘Don Carlo’), Francisco Negrín (‘Il trovatore’)… Estoy muy agradecido a todos por haber confiado en mí y en mi trabajo».

—Ha trabajado con grandes nombres del teatro, la ópera y el cine. ¿Algún recuerdo especial?

—Muchos. Recuerdo especialmente ‘Hamlet’, con Blanca Portillo, dirigido por Tomaz Pandur. También trabajos en cine como ‘La dama boba’, con José Coronado, o ‘Alatriste’, donde colaboré en la preparación de secuencias de esgrima histórica. Cada montaje es un aprendizaje.

—También ha estado sobre el escenario. ¿Cómo lleva ser actor?

—Muy mal (ríe). Yo puedo hacer de mí mismo, con espada en mano. Pero cuando hay texto, sufro. Mi lugar está más detrás, preparando y dirigiendo.

—Ha trabajado en varias presentaciones de ‘Alatriste’. ¿Cómo ve al personaje como adversario?

—Alatriste es un adversario respetable. Hay respeto incluso cuando hay enfrentamiento a muerte. Eso Arturo Pérez-Reverte lo refleja muy bien en las novelas.

—¿Tiene futuro la esgrima?

—No será nunca un deporte de masas. Es poco televisivo y muy técnico. Pero tiene futuro como disciplina formativa, cultural y artística. Quien se acerca a la esgrima suele quedarse, porque es profundamente enriquecedora.

—Si la esgrima es una escuela ética además de física, ¿qué valores debería devolver hoy a la sociedad?

—El respeto, el autocontrol y la escucha. Respetar al adversario, al maestro y a quien piensa distinto. Eso es fundamental y hoy se está perdiendo.

—Para terminar: después de veinticinco años, ¿volvería usted a elegir este camino?

—Sin dudarlo. Volvería a hacerlo exactamente igual.

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febrero 13, 2026

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