Cuando cerraron el ataúd de su padre, el tío de Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982), hermano del yaciente, dijo: «Lo que más duele de todo esto es el desarraigo». Ella no supo qué contestar, no tenía palabras, pero meses después, ya en noviembre, volvió a aquella imagen en una columna que sirvió como respuesta, ‘ Lo que más duele no es el desarraigo ‘, un texto que ahora le ha hecho merecedora del premio Mariano de Cavia, el más prestigioso del periodismo español. «Mi madre es una mujer bastante espartana y contenida, no es muy dada a las emociones, pero se ha puesto a llorar cuando se lo he contado». —Normal.—Esa columna fue complicada en casa, o yo tuve la percepción de que había sido complicada, porque denunciaba una serie de cosas que eran incómodas. Esta cuestión del desarraigo, de reconocer el desarraigo, de reconocer que mi padre había muerto fuera, que no se le podía enterrar donde él quería… Es complicado admitir determinadas cosas, como que no puedes volver. Era una columna muy íntima. Demasiado política y demasiado íntima a la vez. Cada vez que toco este tema sé que estoy metiendo el dedo en la llaga.—Su padre no nació en Venezuela, pero quería morir allí.—Nació en Barcelona en el año 1938, mientras mis abuelos, que eran republicanos, cruzaban hacia Francia. Creció en Pessac, Burdeos, en la Francia de Vichy. Y estuvo allí hasta los 8 años. Cuando llegó a Venezuela no sabía hablar español, y él hizo suyo un idioma que le decían que no hablara de niño. A mí eso siempre me fascinó. Mi españolidad no tiene que ver con él. Él siempre se sintió venezolano. Se sentía profundamente venezolano. Teníamos unas discusiones muy fuertes. Él decía: no seas tan dura con el sitio del que vienes. Y él en realidad no venía de ahí. Son esas contradicciones propicias para la columna. —«Lo que más duele no es el desarraigo. Es llegar a entenderlo», escribe. O sea: lo que duele es aceptar que eres de ninguna parte.—Así es, pero no me apetece revestir esta conversación sobre el dolor. Estamos en un momento difícil. En un momento donde el migrante está sojuzgado y señalado por ambas ideologías. Yo he visto tanta xenofobia en las voces más rocosas y más casposas del conservador y en las voces más enardecidas de la izquierda. (…) Recuerdo perfectamente el día en que escribí la columna, porque había llegado a la comprensión de que aquella cosa como una patria, una nación, era relativa. Y que básicamente es el lenguaje lo que te sujeta. Lo que nos queda es el traspaso, el trasiego, el estar. Y escribirlo.«La patria, la nación… eso es relativo. Lo que te sujeta es el lenguaje» Karina Sainz Borgo Premio Mariano de Cavia —Para alguien que ha aprendido el periodismo en Venezuela, el columnismo es un género extraño, ¿no?—Sí, sí. El mayor regalo que el periodismo español a mí me ha hecho es la columna. La columna es un espacio que se parece mucho al dietario, pero que está muy por encima. En la columna tú puedes conectar con alguien más en esa sensación de estar perdido. Pero en Venezuela esto sería rarísimo. Lo que aquí es la columna para el español iberoamericano sería la crónica, por ejemplo. Ese lugar literario, ese lugar estético, ese lugar donde se mezcla lo ciudadano, lo político, lo individual. La columna la concebimos desde el punto de vista norteamericano, como la columna de análisis o la columna de información privilegiada. No necesariamente existe una recreación literaria como es la columna española. A mí me costó mucho entenderla. Y es probablemente el género que me ayudó a comprender mejor la forma de estar y de habitar. Y lo comprendí a través del columnismo de David Gistau, que me llevó a leer a gente muy anterior. Sin él no hubiese entendido a Umbral ni hubiese llegado a Larra.—¿Qué más autores le han marcado?—Creo que fue probablemente con Chaves Nogales con quien yo empecé a comprender los mecanismos del fraseo en la prensa española. No necesariamente quiere decir que me haya influido más, es que lo entendí con él. Finalmente entendí cómo opera ese lenguaje. —¿Sigue teniendo espacio la literatura en el periódico? ¿O cada vez es más hostil a estos textos?—Tengo la intuición de que la literatura está hecha para proponer malestar, para proponer discusión, para proponer temblor. Y el periodismo necesita desesperadamente la literatura. No entendiendo la literatura como un mero ejercicio formal, sino como un ejercicio de honestidad y de transparencia. Yo respeto mucho el periodismo venezolano, no tengo la mitad del valor de las personas con las que me formé. Muchos de ellos están presos, a otros los asesinaron. Lo único que tengo que ofrecer es el relato de esas palabras en novela, en relato, en columnas. La columna probablemente sea el capítulo literario donde yo me siento más cómoda.«Yo he visto tanta xenofobia en las voces más rocosas y más casposas del conservador y en las voces más enardecidas de la izquierda» Karina Sainz Borgo Premio Mariano de Cavia—Hablando de Venezuela, también ha usado la columna para denunciar las desapariciones forzosas, la necesidad de investigar esos crímenes, de documentar lo que sucedió en El Helicoide.—Es el tema que más me preocupa y el que más me angustia. Todos los procesos autoritarios demuestran que debe quedar constancia de que hay gente desaparecida. Creo que estamos viviendo tiempos especialmente autoritarios de todo tipo y de toda índole, y las formas de fascismo no son exclusivas de un rango ideológico. Y creo que hay que denunciar lo evidente, la violación de los derechos humanos, el irrespeto, la desmemoria. —Acaban de imputar a Zapatero por tráfico de influencias en una investigación sobre el presunto lavado de dinero opaco procedente de Venezuela. A él lo ha señalado en varias columnas. Le ha llamado «negociador de despojos».—Yo me he dedicado de manera insistente a decir que Zapatero es un personaje cuya catadura moral debe ser examinada abiertamente. Y para eso está el periodismo, para examinar por qué un personaje que aparentemente cumple una función de paz lo que tiene es un papel muy turbio. —Por cierto, ¿cree que la xenofobia ha crecido en España en los últimos años?—España no es un país xenófobo, no es un lugar racista en absoluto. Es una cosa que no me canso de repetir. Creo que lo que sí está creciendo es el miedo al extranjero, el miedo al que viene de fuera, y diría que este es un fenómeno global [hace una pausa]. Yo nunca he sentido un racismo, por lo menos en lo que a Iberoamérica respecta. Pero estamos viviendo en un momento en el que subirle el volumen a las palabras es muy rentable, estamos viviendo un tiempo en el que asuntos que parecían excepcionales son normales. Y yo siempre lo digo: los personajes del siglo XXI son las mujeres inmigrantes. De alguna manera ese tema me persigue. Me persigue a mí en mi trabajo, en mis novelas, en mi forma de habitar el mundo.—Dice en la columna premiada que cuando estás en el desarraigo te asignan un lugar desde fuera.—Es así. Aquel que huye de un régimen autoritario siempre es incómodo para aquellos que tienen negocio o viven de esa ideología. Hay revoluciones que son absolutamente amadas y son probablemente las más asesinas: la cubana, la soviética… Eso es una cosa que a mí me condiciona. Condiciona mi manera de relacionarme. —¿El desarraigo es una herida que no se cierra nunca?—El desarraigo es un accidente como ser mujer, como ser joven, como ser mayor. Son cosas que tú no puedes elegir del todo. Es un accidente con el que aprendes a vivir y a escribir y probablemente terminas haciéndote muchísimo mejor ser humano y persona, acostumbrándote al hecho de que no hay lugares definitivos ni identidades definitivas. —Eso nos ahorraría bastantes problemas.—Ojalá fuera así. No quiero parecer empalagosa, pero sí creo que si reconociéramos que todas las personas que entran a un sitio no vienen a robar, ni a pedir, ni a molestar, y consideráramos que escuchar y entender la visión de otros es poderoso, pues clarísimamente estaríamos todos mejor. Y lo digo respecto a una misma región, respecto a una misma ciudad, respecto a una misma calle, respecto a un mismo cubículo de trabajo. Cuando cerraron el ataúd de su padre, el tío de Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982), hermano del yaciente, dijo: «Lo que más duele de todo esto es el desarraigo». Ella no supo qué contestar, no tenía palabras, pero meses después, ya en noviembre, volvió a aquella imagen en una columna que sirvió como respuesta, ‘ Lo que más duele no es el desarraigo ‘, un texto que ahora le ha hecho merecedora del premio Mariano de Cavia, el más prestigioso del periodismo español. «Mi madre es una mujer bastante espartana y contenida, no es muy dada a las emociones, pero se ha puesto a llorar cuando se lo he contado». —Normal.—Esa columna fue complicada en casa, o yo tuve la percepción de que había sido complicada, porque denunciaba una serie de cosas que eran incómodas. Esta cuestión del desarraigo, de reconocer el desarraigo, de reconocer que mi padre había muerto fuera, que no se le podía enterrar donde él quería… Es complicado admitir determinadas cosas, como que no puedes volver. Era una columna muy íntima. Demasiado política y demasiado íntima a la vez. Cada vez que toco este tema sé que estoy metiendo el dedo en la llaga.—Su padre no nació en Venezuela, pero quería morir allí.—Nació en Barcelona en el año 1938, mientras mis abuelos, que eran republicanos, cruzaban hacia Francia. Creció en Pessac, Burdeos, en la Francia de Vichy. Y estuvo allí hasta los 8 años. Cuando llegó a Venezuela no sabía hablar español, y él hizo suyo un idioma que le decían que no hablara de niño. A mí eso siempre me fascinó. Mi españolidad no tiene que ver con él. Él siempre se sintió venezolano. Se sentía profundamente venezolano. Teníamos unas discusiones muy fuertes. Él decía: no seas tan dura con el sitio del que vienes. Y él en realidad no venía de ahí. Son esas contradicciones propicias para la columna. —«Lo que más duele no es el desarraigo. Es llegar a entenderlo», escribe. O sea: lo que duele es aceptar que eres de ninguna parte.—Así es, pero no me apetece revestir esta conversación sobre el dolor. Estamos en un momento difícil. En un momento donde el migrante está sojuzgado y señalado por ambas ideologías. Yo he visto tanta xenofobia en las voces más rocosas y más casposas del conservador y en las voces más enardecidas de la izquierda. (…) Recuerdo perfectamente el día en que escribí la columna, porque había llegado a la comprensión de que aquella cosa como una patria, una nación, era relativa. Y que básicamente es el lenguaje lo que te sujeta. Lo que nos queda es el traspaso, el trasiego, el estar. Y escribirlo.«La patria, la nación… eso es relativo. Lo que te sujeta es el lenguaje» Karina Sainz Borgo Premio Mariano de Cavia —Para alguien que ha aprendido el periodismo en Venezuela, el columnismo es un género extraño, ¿no?—Sí, sí. El mayor regalo que el periodismo español a mí me ha hecho es la columna. La columna es un espacio que se parece mucho al dietario, pero que está muy por encima. En la columna tú puedes conectar con alguien más en esa sensación de estar perdido. Pero en Venezuela esto sería rarísimo. Lo que aquí es la columna para el español iberoamericano sería la crónica, por ejemplo. Ese lugar literario, ese lugar estético, ese lugar donde se mezcla lo ciudadano, lo político, lo individual. La columna la concebimos desde el punto de vista norteamericano, como la columna de análisis o la columna de información privilegiada. No necesariamente existe una recreación literaria como es la columna española. A mí me costó mucho entenderla. Y es probablemente el género que me ayudó a comprender mejor la forma de estar y de habitar. Y lo comprendí a través del columnismo de David Gistau, que me llevó a leer a gente muy anterior. Sin él no hubiese entendido a Umbral ni hubiese llegado a Larra.—¿Qué más autores le han marcado?—Creo que fue probablemente con Chaves Nogales con quien yo empecé a comprender los mecanismos del fraseo en la prensa española. No necesariamente quiere decir que me haya influido más, es que lo entendí con él. Finalmente entendí cómo opera ese lenguaje. —¿Sigue teniendo espacio la literatura en el periódico? ¿O cada vez es más hostil a estos textos?—Tengo la intuición de que la literatura está hecha para proponer malestar, para proponer discusión, para proponer temblor. Y el periodismo necesita desesperadamente la literatura. No entendiendo la literatura como un mero ejercicio formal, sino como un ejercicio de honestidad y de transparencia. Yo respeto mucho el periodismo venezolano, no tengo la mitad del valor de las personas con las que me formé. Muchos de ellos están presos, a otros los asesinaron. Lo único que tengo que ofrecer es el relato de esas palabras en novela, en relato, en columnas. La columna probablemente sea el capítulo literario donde yo me siento más cómoda.«Yo he visto tanta xenofobia en las voces más rocosas y más casposas del conservador y en las voces más enardecidas de la izquierda» Karina Sainz Borgo Premio Mariano de Cavia—Hablando de Venezuela, también ha usado la columna para denunciar las desapariciones forzosas, la necesidad de investigar esos crímenes, de documentar lo que sucedió en El Helicoide.—Es el tema que más me preocupa y el que más me angustia. Todos los procesos autoritarios demuestran que debe quedar constancia de que hay gente desaparecida. Creo que estamos viviendo tiempos especialmente autoritarios de todo tipo y de toda índole, y las formas de fascismo no son exclusivas de un rango ideológico. Y creo que hay que denunciar lo evidente, la violación de los derechos humanos, el irrespeto, la desmemoria. —Acaban de imputar a Zapatero por tráfico de influencias en una investigación sobre el presunto lavado de dinero opaco procedente de Venezuela. A él lo ha señalado en varias columnas. Le ha llamado «negociador de despojos».—Yo me he dedicado de manera insistente a decir que Zapatero es un personaje cuya catadura moral debe ser examinada abiertamente. Y para eso está el periodismo, para examinar por qué un personaje que aparentemente cumple una función de paz lo que tiene es un papel muy turbio. —Por cierto, ¿cree que la xenofobia ha crecido en España en los últimos años?—España no es un país xenófobo, no es un lugar racista en absoluto. Es una cosa que no me canso de repetir. Creo que lo que sí está creciendo es el miedo al extranjero, el miedo al que viene de fuera, y diría que este es un fenómeno global [hace una pausa]. Yo nunca he sentido un racismo, por lo menos en lo que a Iberoamérica respecta. Pero estamos viviendo en un momento en el que subirle el volumen a las palabras es muy rentable, estamos viviendo un tiempo en el que asuntos que parecían excepcionales son normales. Y yo siempre lo digo: los personajes del siglo XXI son las mujeres inmigrantes. De alguna manera ese tema me persigue. Me persigue a mí en mi trabajo, en mis novelas, en mi forma de habitar el mundo.—Dice en la columna premiada que cuando estás en el desarraigo te asignan un lugar desde fuera.—Es así. Aquel que huye de un régimen autoritario siempre es incómodo para aquellos que tienen negocio o viven de esa ideología. Hay revoluciones que son absolutamente amadas y son probablemente las más asesinas: la cubana, la soviética… Eso es una cosa que a mí me condiciona. Condiciona mi manera de relacionarme. —¿El desarraigo es una herida que no se cierra nunca?—El desarraigo es un accidente como ser mujer, como ser joven, como ser mayor. Son cosas que tú no puedes elegir del todo. Es un accidente con el que aprendes a vivir y a escribir y probablemente terminas haciéndote muchísimo mejor ser humano y persona, acostumbrándote al hecho de que no hay lugares definitivos ni identidades definitivas. —Eso nos ahorraría bastantes problemas.—Ojalá fuera así. No quiero parecer empalagosa, pero sí creo que si reconociéramos que todas las personas que entran a un sitio no vienen a robar, ni a pedir, ni a molestar, y consideráramos que escuchar y entender la visión de otros es poderoso, pues clarísimamente estaríamos todos mejor. Y lo digo respecto a una misma región, respecto a una misma ciudad, respecto a una misma calle, respecto a un mismo cubículo de trabajo.
Cuando cerraron el ataúd de su padre, el tío de Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982), hermano del yaciente, dijo: «Lo que más duele de todo esto es el desarraigo». Ella no supo qué contestar, no tenía palabras, pero meses después, ya en noviembre, volvió a … aquella imagen en una columna que sirvió como respuesta, ‘Lo que más duele no es el desarraigo‘, un texto que ahora le ha hecho merecedora del premio Mariano de Cavia, el más prestigioso del periodismo español. «Mi madre es una mujer bastante espartana y contenida, no es muy dada a las emociones, pero se ha puesto a llorar cuando se lo he contado».
—Normal.
—Esa columna fue complicada en casa, o yo tuve la percepción de que había sido complicada, porque denunciaba una serie de cosas que eran incómodas. Esta cuestión del desarraigo, de reconocer el desarraigo, de reconocer que mi padre había muerto fuera, que no se le podía enterrar donde él quería… Es complicado admitir determinadas cosas, como que no puedes volver. Era una columna muy íntima. Demasiado política y demasiado íntima a la vez. Cada vez que toco este tema sé que estoy metiendo el dedo en la llaga.
—Su padre no nació en Venezuela, pero quería morir allí.
—Nació en Barcelona en el año 1938, mientras mis abuelos, que eran republicanos, cruzaban hacia Francia. Creció en Pessac, Burdeos, en la Francia de Vichy. Y estuvo allí hasta los 8 años. Cuando llegó a Venezuela no sabía hablar español, y él hizo suyo un idioma que le decían que no hablara de niño. A mí eso siempre me fascinó. Mi españolidad no tiene que ver con él. Él siempre se sintió venezolano. Se sentía profundamente venezolano. Teníamos unas discusiones muy fuertes. Él decía: no seas tan dura con el sitio del que vienes. Y él en realidad no venía de ahí. Son esas contradicciones propicias para la columna.
—«Lo que más duele no es el desarraigo. Es llegar a entenderlo», escribe. O sea: lo que duele es aceptar que eres de ninguna parte.
—Así es, pero no me apetece revestir esta conversación sobre el dolor. Estamos en un momento difícil. En un momento donde el migrante está sojuzgado y señalado por ambas ideologías. Yo he visto tanta xenofobia en las voces más rocosas y más casposas del conservador y en las voces más enardecidas de la izquierda. (…) Recuerdo perfectamente el día en que escribí la columna, porque había llegado a la comprensión de que aquella cosa como una patria, una nación, era relativa. Y que básicamente es el lenguaje lo que te sujeta. Lo que nos queda es el traspaso, el trasiego, el estar. Y escribirlo.
«La patria, la nación… eso es relativo. Lo que te sujeta es el lenguaje»
Karina Sainz Borgo
Premio Mariano de Cavia
—Para alguien que ha aprendido el periodismo en Venezuela, el columnismo es un género extraño, ¿no?
—Sí, sí. El mayor regalo que el periodismo español a mí me ha hecho es la columna. La columna es un espacio que se parece mucho al dietario, pero que está muy por encima. En la columna tú puedes conectar con alguien más en esa sensación de estar perdido. Pero en Venezuela esto sería rarísimo. Lo que aquí es la columna para el español iberoamericano sería la crónica, por ejemplo. Ese lugar literario, ese lugar estético, ese lugar donde se mezcla lo ciudadano, lo político, lo individual. La columna la concebimos desde el punto de vista norteamericano, como la columna de análisis o la columna de información privilegiada. No necesariamente existe una recreación literaria como es la columna española. A mí me costó mucho entenderla. Y es probablemente el género que me ayudó a comprender mejor la forma de estar y de habitar. Y lo comprendí a través del columnismo de David Gistau, que me llevó a leer a gente muy anterior. Sin él no hubiese entendido a Umbral ni hubiese llegado a Larra.
—¿Qué más autores le han marcado?
—Creo que fue probablemente con Chaves Nogales con quien yo empecé a comprender los mecanismos del fraseo en la prensa española. No necesariamente quiere decir que me haya influido más, es que lo entendí con él. Finalmente entendí cómo opera ese lenguaje.
—¿Sigue teniendo espacio la literatura en el periódico? ¿O cada vez es más hostil a estos textos?
—Tengo la intuición de que la literatura está hecha para proponer malestar, para proponer discusión, para proponer temblor. Y el periodismo necesita desesperadamente la literatura. No entendiendo la literatura como un mero ejercicio formal, sino como un ejercicio de honestidad y de transparencia. Yo respeto mucho el periodismo venezolano, no tengo la mitad del valor de las personas con las que me formé. Muchos de ellos están presos, a otros los asesinaron. Lo único que tengo que ofrecer es el relato de esas palabras en novela, en relato, en columnas. La columna probablemente sea el capítulo literario donde yo me siento más cómoda.
«Yo he visto tanta xenofobia en las voces más rocosas y más casposas del conservador y en las voces más enardecidas de la izquierda»
Karina Sainz Borgo
Premio Mariano de Cavia
—Hablando de Venezuela, también ha usado la columna para denunciar las desapariciones forzosas, la necesidad de investigar esos crímenes, de documentar lo que sucedió en El Helicoide.
—Es el tema que más me preocupa y el que más me angustia. Todos los procesos autoritarios demuestran que debe quedar constancia de que hay gente desaparecida. Creo que estamos viviendo tiempos especialmente autoritarios de todo tipo y de toda índole, y las formas de fascismo no son exclusivas de un rango ideológico. Y creo que hay que denunciar lo evidente, la violación de los derechos humanos, el irrespeto, la desmemoria.
—Acaban de imputar a Zapatero por tráfico de influencias en una investigación sobre el presunto lavado de dinero opaco procedente de Venezuela. A él lo ha señalado en varias columnas. Le ha llamado «negociador de despojos».
—Yo me he dedicado de manera insistente a decir que Zapatero es un personaje cuya catadura moral debe ser examinada abiertamente. Y para eso está el periodismo, para examinar por qué un personaje que aparentemente cumple una función de paz lo que tiene es un papel muy turbio.
—Por cierto, ¿cree que la xenofobia ha crecido en España en los últimos años?
—España no es un país xenófobo, no es un lugar racista en absoluto. Es una cosa que no me canso de repetir. Creo que lo que sí está creciendo es el miedo al extranjero, el miedo al que viene de fuera, y diría que este es un fenómeno global [hace una pausa]. Yo nunca he sentido un racismo, por lo menos en lo que a Iberoamérica respecta. Pero estamos viviendo en un momento en el que subirle el volumen a las palabras es muy rentable, estamos viviendo un tiempo en el que asuntos que parecían excepcionales son normales. Y yo siempre lo digo: los personajes del siglo XXI son las mujeres inmigrantes. De alguna manera ese tema me persigue. Me persigue a mí en mi trabajo, en mis novelas, en mi forma de habitar el mundo.
—Dice en la columna premiada que cuando estás en el desarraigo te asignan un lugar desde fuera.
—Es así. Aquel que huye de un régimen autoritario siempre es incómodo para aquellos que tienen negocio o viven de esa ideología. Hay revoluciones que son absolutamente amadas y son probablemente las más asesinas: la cubana, la soviética… Eso es una cosa que a mí me condiciona. Condiciona mi manera de relacionarme.
—¿El desarraigo es una herida que no se cierra nunca?
—El desarraigo es un accidente como ser mujer, como ser joven, como ser mayor. Son cosas que tú no puedes elegir del todo. Es un accidente con el que aprendes a vivir y a escribir y probablemente terminas haciéndote muchísimo mejor ser humano y persona, acostumbrándote al hecho de que no hay lugares definitivos ni identidades definitivas.
—Eso nos ahorraría bastantes problemas.
—Ojalá fuera así. No quiero parecer empalagosa, pero sí creo que si reconociéramos que todas las personas que entran a un sitio no vienen a robar, ni a pedir, ni a molestar, y consideráramos que escuchar y entender la visión de otros es poderoso, pues clarísimamente estaríamos todos mejor. Y lo digo respecto a una misma región, respecto a una misma ciudad, respecto a una misma calle, respecto a un mismo cubículo de trabajo.
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