Como si el fútbol fuera una ceremonia, las aficiones cargan el estadio con una electricidad colectiva, un clima que atrae y atrapa. Una amalgama entusiasta, patriótica y nuestra de la que nos gusta formar parte. Ser de un club es pertenecer y, en una sociedad cada día más fraccionada, hay que agradecerle al fútbol su capacidad para crear comunidad.
Lo que se vio en el Bernabéu fue un enfado generalizado de gente que se siente dueña del club y que quería expresar su descontento, y por mucho que Arbeloa sepa, me animo a recomendarle que no sea divisorio
Como si el fútbol fuera una ceremonia, las aficiones cargan el estadio con una electricidad colectiva, un clima que atrae y atrapa. Una amalgama entusiasta, patriótica y nuestra de la que nos gusta formar parte. Ser de un club es pertenecer y, en una sociedad cada día más fraccionada, hay que agradecerle al fútbol su capacidad para crear comunidad.
Si los estadios hablaran deberían decir, como el apocalipsis, “los tibios serán vomitados”. Porque al fútbol llevamos lo mejor y lo peor de nosotros: nuestro amor infantil por un equipo, pero también un fanatismo que pone las emociones al mando. Desde los dos extremos es fácil que se nos vaya la olla.
Viendo un partido con Alfredo Di Stéfano al final de su vida en el Santiago Bernabéu, discutíamos no sé a cuento de qué. Como me puse muy racional, me frenó en seco, apuntó a la gente con su bastón y dijo: “pídele a uno solo de estos que piense”. En efecto, a la cancha se va a sentir.
Somos más dóciles en rebaño que en soledad, más fácil seguir desde atrás que pensar. Pero una afición es un ser vivo que cambia al ritmo de la sociedad. El perfil del Bernabéu no es el mismo ahora que cuando la mayor parte del estadio estaba de pie, cuando los Ultra Sur ejercían un poder mafioso, cuando los turistas aún no habían llegado en busca de una experiencia…
Ante los acontecimientos que ha vivido el club en el último mes, se esperaba una reacción de los socios que ya venían, querido Alfredo, pensados desde casa. No todos los días coinciden en el tiempo el cese de un entrenador y la dura eliminación de dos campeonatos. Es difícil elegir entre humillaciones, pero si lo del Barça dolió, lo de Albacete aún más. Una de esas situaciones que produce un desclasamiento hacia abajo del club y la consabida indignación general. El clásico fin del mundo de todos los años.
Frente al Levante la afición se hizo oír con una expresividad para mí inesperada y, además, discriminando objetivos. A este más (Vinícius), a este menos (Bellingham), ahora le toca a este (Florentino)… No era un ruido uniforme, sino un mensaje con matices. Tras el partido, Álvaro Arbeloa, en su afán de defender al presidente, dijo que sabía de dónde venía esa reacción del público, como si la afición fuera el instrumento de un conspirador institucional o una célula organizada que buscara desestabilizar.
De ser verdad, Arbeloa sabe mucho más que yo. No se me escapa que se cuelgan pancartas indignas o desafíos delictivos al presidente. Pero lo que vimos fue otra cosa: un enfado generalizado de gente que se siente dueña del club y que quería expresar su descontento. Por mucho que Arbeloa sepa, me animo a recomendarle que no sea divisorio. Me dan miedo los policías de la identidad. Quienes deciden quién es leal, quién es traidor, a quiénes hay que apoyar y a quiénes hay que rechazar. Las cosas son más simples: en un club con tal raigambre popular no hay una manera unívoca de entender la pasión por el Madrid. Se lo quiere de millones de maneras y todas están bien.
El Madrid ganó, pero la banda sonora del partido creó mucha más literatura que el juego. Llegó la Champions y ocurrieron dos cosas interesantes: que los socios entendieron que su opinión ya había sido expresada y que el equipo jugó muy bien. No hubo pitos porque la afición es responsable y aplaudió al equipo, y especialmente a Vinícius, porque se lo ganaron. Como el cambio fue de actitud, es fácil interpretar que los jugadores entendieron el mensaje. Y colorín, colorado… este cuento nunca se acaba.
Feed MRSS-S Noticias
