Si algo evidencia el desperdicio alimentario es que no existe un único responsable. Aunque en los últimos años se ha reducido -en parte influido por el entorno inflacionario-, la entrada en vigor el 1 de abril de la Ley 1/2025 de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario «se perfila como un nuevo acelerador y sus principales exigencias surtirán efecto previsiblemente en menos de un mes». Así lo asegura Enrique Porta, socio de Consumo y Retail de KPMG en España. Un cambio que ha sido posible, por un lado, por la pérdida de poder adquisitivo de los consumidores que los ha llevado a compras más racionales, aceptando productos próximos a su fecha de caducidad y reduciendo los excedentes en el hogar. Y por otro, porque fabricantes y distribuidores destinan recursos a innovación, tecnologías y mejoras en la eficiencia de los procesos productivos. Esto se traduce en mejoras en la planificación, revisiones de formatos y una tendencia creciente a reducir el tamaño de envases y packs, en línea también con el progresivo descenso del tamaño medio de los hogares. Desde la Federación Española de Industrias de Alimentación y Bebidas, (FIAB), su directora de Competitividad y Sostenibilidad, Paloma Sánchez Pello, opina que la ley es positiva porque busca mejorar la eficiencia y optimización de la cadena, aunque cada eslabón presenta sus propios puntos críticos. «El control sobre los procesos es elevado, pero siguen existiendo factores difíciles de prever y que se escapan a la planificación como mermas inevitables en la producción, cambios en la demanda o productos que pierden su condición de aprovechables antes de tiempo», afirma Sánchez Pello. Desde FIAB, de hecho, se han desarrollado guías para ayudar a las empresas a diseñar estos planes. La organización subraya que, con la nueva ley, «se armonizará lo que la industria lleva años haciendo a través de la formalización de convenios».El gran cambio El principal cambio que introduce, continúa Porta, es que «la gestión del desperdicio deja de ser voluntaria o reactiva y pasa a convertirse en una exigencia que debe documentarse y que será supervisada, con riesgo de penalización en caso de incumplimiento». Pero, ¿hasta qué punto la norma supone un cambio real o simplemente formalizan prácticas que muchas compañías ya habían empezado a adoptar? Numerosas empresas fabricantes ya colaboran regularmente con bancos de alimentos y organizaciones sociales para dar una segunda vida a productos que, por distintos motivos, no pueden comercializarse, pero mantienen todas las garantías de calidad y seguridad alimentaria, y, por tanto, pueden ser donados, aclara Sánchez Pello. Además, el sector ha dado un paso más allá y lleva tiempo explorando fórmulas para aprovechar los excedentes dentro de la propia cadena o en otras industrias. El desarrollo de co-productos y la valorización de subproductos ha abierto nuevas posibilidades que van desde la alimentación animal hasta la producción de fertilizantes agrícolas o biogás. «En algunos casos, esos subproductos también se reincorporan a la cadena alimentaria como ingredientes de alto valor; en otros, encuentran aplicaciones en sectores como el farmacéutico, el energético o el cosmético», afirma Sánchez Pello. También se trabaja desde hace tiempo en iniciativas como el ecodiseño de envases o la mejora de los sistemas de conservación para alargar la vida útil de los alimentos y reducir las pérdidas em su almacenamiento o distribución.Noticia relacionada No No Biotecnología Cómo combatir el desperdicio de comida Daniel MéndezMás eficienciaLas claves para abordar este reto, explican los expertos, pasan por identificar las categorías más expuestas, mejorar la eficiencia de las cadenas de suministro y aprovechar el potencial de las nuevas tecnologías. En este sentido, cada vez más empresas están incorporando sistemas basados en datos que permiten anticipar problemas en la cadena de producción o detectar ineficiencias antes de que se conviertan en desperdicio. A estas herramientas se suman innovaciones como los envases y etiquetas inteligentes, que incorporan sensores capaces de monitorizar el estado real de los alimentos y detectar su deterioro en función de variables como el tiempo o la temperatura.Asimismo, prosigue Porta, para un correcto diagnóstico y toma de decisiones, «es recomendable realizar un análisis granular, apoyado en herramientas analíticas y modelos predictivos, que permita llegar al máximo nivel de detalle (referencia-tienda-día) para identificar las causas raíz del desperdicio y proponer acciones de mitigación efectivas». Esto se logra co n los algoritmos de IA utilizados por supermercados y distribuidores para analizar datos de ventas, estacionalidad o comportamiento del consumidor y ajustar con precisión la producción y el stock, especialmente en categorías frescas, donde cualquier desviación suele traducirse rápidamente en excedentes. «También es aconsejable adoptar un enfoque holístico e implicar y alinear tanto a departamentos comerciales y de compras (revisando surtidos, promociones, condiciones comerciales con proveedores) como a equipos de cadena de suministro y operaciones en tienda», concluye.RedistribuciónPero quizá el ejemplo más visible que existe son las plataformas digitales de redistribución de excedentes, que conectan a establecimientos con consumidores u organizaciones sociales. Algo que permite a restaurantes, supermercados o panaderías ofrecer alimentos que no se han vendido em la jornada a precios reducidos. Es el caso de Too Good To Go, con más de 20.000 establecimientos de alimentación en España que usan su aplicación para dar salida a estos productos. Solo en los últimos dos años, explica Marie Lindström, directora general de la plataforma en España el número de negocios del canal Horeca (que aglutina hoteles, restaurantes, caterings y cafeterías) que se han sumado a la iniciativa ha crecido un 30%, mientras que el de supermercados lo ha hecho un 23%. También, a través de las llamadas Cajas Despensa, soluciones dirigidas a fabricantes, permiten vender directamente al consumidor alimentos que no pueden comercializarse por canales habituales debido a cambios en el packaging, errores de etiquetado o fechas de consumo próximas. Más recientemente, la plataforma ha desarrollado herramientas específicas para facilitar las donaciones. Sistemas que permiten escanear los productos, publicar las donaciones en tiempo real y conectar a los establecimientos con entidades sociales que pueden reservar y recoger los alimentos. Según la compañía, este tipo de soluciones no solo simplifica la logística, sino que mejora la trazabilidad y facilita que las empresas puedan beneficiarse de los incentivos fiscales asociados a la donación.Un asesoramiento clave para afrontar el reto legislativo Desde la asociación empresarial del gran consumo, AECOC, subrayan que la ley de prevención y reducción del desperdicio alimentario llega en un momento en el que la sensibilización de la ciudadanía, las empresas y las administraciones no deja lugar a dudas y en el que la cadena agroalimentaria lleva ya años implementando, de manera voluntaria, buenas prácticas y soluciones. Sin embargo, la apliación de la ley presenta varios escollos. El primero, según Nuria de Pedraza, directora de comunicación de AECOC y del proyecto ‘La Alimentación no tiene desperdicio’, radica en que, a fecha de hoy, buena parte de las empresas afectadas no tienen suficiente conocimiento sobre las obligaciones y recomendaciones que contempla o que le aplican. El segundo es que elaborar un plan de prevención y reducción del desperdicio alimentario -por sencillo que éste sea- exige un trabajo previo de análisis, reflexión y revisión de procesos que no todas las empresas afectadas han realizado. El tercero y, sin duda, más relevante es poder acceder a una red de entidades del tercer sector capaces de absorber el incremento de donaciones que debería suponer el cumplimiento normativo en todos los territorios y con todas las garantías, especialmente en determinadas zonas de nuestro país donde la oferta de entidades receptoras es escasa y donde muchas carecen de los recursos humanos y técnicos necesarios para poder redistribuir, manipular y conservar los alimentos con todas las garantías. Ante esta situación, AECOC trabaja para ofrecer webinars informativos sobre las obligaciones de la ley en colaboración con el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación y para poner a disposición de las empresas del sector una plataforma online, especialmente diseñada para la elaboración de los planes de prevención y reducción del desperdicio alimentario. Además, AECOC también colabora con los bancos de alimentos y otras organizaciones empresariales para ofrecer a las empresas modelos de convenios de donación que cumplan con los requisitos que marca la ley; así como desarrollando, con colaboración con Phenix, varios Barómetros para conocer los hábitos de aprovechamiento de los alimentos en los hogares españoles.Lindström, apunta que una de las principales dificultades con las que se encuentran es la operativa: «Tanto la donación como la redistribución de alimentos dependen a menudo de procesos manuales que implican trámites administrativos, coordinación logística y comunicación directa entre establecimientos y organizaciones sociales, lo que dificulta la agilidad necesaria para gestionar alimentos perecederos».Además, las propias entidades sociales se enfrentan a una falta de previsibilidad que complica su trabajo. A menudo necesitan movilizar voluntarios sin saber con certeza qué alimentos estarán disponibles o en qué cantidades, «y esa falta de previsión termina reduciendo las tasas de recogida y, en ocasiones, provoca que parte de los excedentes -normalmente los productos frescos como frutas, verduras, carnes o pescados, no llegue a aprovecharse». Si algo evidencia el desperdicio alimentario es que no existe un único responsable. Aunque en los últimos años se ha reducido -en parte influido por el entorno inflacionario-, la entrada en vigor el 1 de abril de la Ley 1/2025 de Prevención de las Pérdidas y el Desperdicio Alimentario «se perfila como un nuevo acelerador y sus principales exigencias surtirán efecto previsiblemente en menos de un mes». Así lo asegura Enrique Porta, socio de Consumo y Retail de KPMG en España. Un cambio que ha sido posible, por un lado, por la pérdida de poder adquisitivo de los consumidores que los ha llevado a compras más racionales, aceptando productos próximos a su fecha de caducidad y reduciendo los excedentes en el hogar. Y por otro, porque fabricantes y distribuidores destinan recursos a innovación, tecnologías y mejoras en la eficiencia de los procesos productivos. Esto se traduce en mejoras en la planificación, revisiones de formatos y una tendencia creciente a reducir el tamaño de envases y packs, en línea también con el progresivo descenso del tamaño medio de los hogares. Desde la Federación Española de Industrias de Alimentación y Bebidas, (FIAB), su directora de Competitividad y Sostenibilidad, Paloma Sánchez Pello, opina que la ley es positiva porque busca mejorar la eficiencia y optimización de la cadena, aunque cada eslabón presenta sus propios puntos críticos. «El control sobre los procesos es elevado, pero siguen existiendo factores difíciles de prever y que se escapan a la planificación como mermas inevitables en la producción, cambios en la demanda o productos que pierden su condición de aprovechables antes de tiempo», afirma Sánchez Pello. Desde FIAB, de hecho, se han desarrollado guías para ayudar a las empresas a diseñar estos planes. La organización subraya que, con la nueva ley, «se armonizará lo que la industria lleva años haciendo a través de la formalización de convenios».El gran cambio El principal cambio que introduce, continúa Porta, es que «la gestión del desperdicio deja de ser voluntaria o reactiva y pasa a convertirse en una exigencia que debe documentarse y que será supervisada, con riesgo de penalización en caso de incumplimiento». Pero, ¿hasta qué punto la norma supone un cambio real o simplemente formalizan prácticas que muchas compañías ya habían empezado a adoptar? Numerosas empresas fabricantes ya colaboran regularmente con bancos de alimentos y organizaciones sociales para dar una segunda vida a productos que, por distintos motivos, no pueden comercializarse, pero mantienen todas las garantías de calidad y seguridad alimentaria, y, por tanto, pueden ser donados, aclara Sánchez Pello. Además, el sector ha dado un paso más allá y lleva tiempo explorando fórmulas para aprovechar los excedentes dentro de la propia cadena o en otras industrias. El desarrollo de co-productos y la valorización de subproductos ha abierto nuevas posibilidades que van desde la alimentación animal hasta la producción de fertilizantes agrícolas o biogás. «En algunos casos, esos subproductos también se reincorporan a la cadena alimentaria como ingredientes de alto valor; en otros, encuentran aplicaciones en sectores como el farmacéutico, el energético o el cosmético», afirma Sánchez Pello. También se trabaja desde hace tiempo en iniciativas como el ecodiseño de envases o la mejora de los sistemas de conservación para alargar la vida útil de los alimentos y reducir las pérdidas em su almacenamiento o distribución.Noticia relacionada No No Biotecnología Cómo combatir el desperdicio de comida Daniel MéndezMás eficienciaLas claves para abordar este reto, explican los expertos, pasan por identificar las categorías más expuestas, mejorar la eficiencia de las cadenas de suministro y aprovechar el potencial de las nuevas tecnologías. En este sentido, cada vez más empresas están incorporando sistemas basados en datos que permiten anticipar problemas en la cadena de producción o detectar ineficiencias antes de que se conviertan en desperdicio. A estas herramientas se suman innovaciones como los envases y etiquetas inteligentes, que incorporan sensores capaces de monitorizar el estado real de los alimentos y detectar su deterioro en función de variables como el tiempo o la temperatura.Asimismo, prosigue Porta, para un correcto diagnóstico y toma de decisiones, «es recomendable realizar un análisis granular, apoyado en herramientas analíticas y modelos predictivos, que permita llegar al máximo nivel de detalle (referencia-tienda-día) para identificar las causas raíz del desperdicio y proponer acciones de mitigación efectivas». Esto se logra co n los algoritmos de IA utilizados por supermercados y distribuidores para analizar datos de ventas, estacionalidad o comportamiento del consumidor y ajustar con precisión la producción y el stock, especialmente en categorías frescas, donde cualquier desviación suele traducirse rápidamente en excedentes. «También es aconsejable adoptar un enfoque holístico e implicar y alinear tanto a departamentos comerciales y de compras (revisando surtidos, promociones, condiciones comerciales con proveedores) como a equipos de cadena de suministro y operaciones en tienda», concluye.RedistribuciónPero quizá el ejemplo más visible que existe son las plataformas digitales de redistribución de excedentes, que conectan a establecimientos con consumidores u organizaciones sociales. Algo que permite a restaurantes, supermercados o panaderías ofrecer alimentos que no se han vendido em la jornada a precios reducidos. Es el caso de Too Good To Go, con más de 20.000 establecimientos de alimentación en España que usan su aplicación para dar salida a estos productos. Solo en los últimos dos años, explica Marie Lindström, directora general de la plataforma en España el número de negocios del canal Horeca (que aglutina hoteles, restaurantes, caterings y cafeterías) que se han sumado a la iniciativa ha crecido un 30%, mientras que el de supermercados lo ha hecho un 23%. También, a través de las llamadas Cajas Despensa, soluciones dirigidas a fabricantes, permiten vender directamente al consumidor alimentos que no pueden comercializarse por canales habituales debido a cambios en el packaging, errores de etiquetado o fechas de consumo próximas. Más recientemente, la plataforma ha desarrollado herramientas específicas para facilitar las donaciones. Sistemas que permiten escanear los productos, publicar las donaciones en tiempo real y conectar a los establecimientos con entidades sociales que pueden reservar y recoger los alimentos. Según la compañía, este tipo de soluciones no solo simplifica la logística, sino que mejora la trazabilidad y facilita que las empresas puedan beneficiarse de los incentivos fiscales asociados a la donación.Un asesoramiento clave para afrontar el reto legislativo Desde la asociación empresarial del gran consumo, AECOC, subrayan que la ley de prevención y reducción del desperdicio alimentario llega en un momento en el que la sensibilización de la ciudadanía, las empresas y las administraciones no deja lugar a dudas y en el que la cadena agroalimentaria lleva ya años implementando, de manera voluntaria, buenas prácticas y soluciones. Sin embargo, la apliación de la ley presenta varios escollos. El primero, según Nuria de Pedraza, directora de comunicación de AECOC y del proyecto ‘La Alimentación no tiene desperdicio’, radica en que, a fecha de hoy, buena parte de las empresas afectadas no tienen suficiente conocimiento sobre las obligaciones y recomendaciones que contempla o que le aplican. El segundo es que elaborar un plan de prevención y reducción del desperdicio alimentario -por sencillo que éste sea- exige un trabajo previo de análisis, reflexión y revisión de procesos que no todas las empresas afectadas han realizado. El tercero y, sin duda, más relevante es poder acceder a una red de entidades del tercer sector capaces de absorber el incremento de donaciones que debería suponer el cumplimiento normativo en todos los territorios y con todas las garantías, especialmente en determinadas zonas de nuestro país donde la oferta de entidades receptoras es escasa y donde muchas carecen de los recursos humanos y técnicos necesarios para poder redistribuir, manipular y conservar los alimentos con todas las garantías. Ante esta situación, AECOC trabaja para ofrecer webinars informativos sobre las obligaciones de la ley en colaboración con el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación y para poner a disposición de las empresas del sector una plataforma online, especialmente diseñada para la elaboración de los planes de prevención y reducción del desperdicio alimentario. Además, AECOC también colabora con los bancos de alimentos y otras organizaciones empresariales para ofrecer a las empresas modelos de convenios de donación que cumplan con los requisitos que marca la ley; así como desarrollando, con colaboración con Phenix, varios Barómetros para conocer los hábitos de aprovechamiento de los alimentos en los hogares españoles.Lindström, apunta que una de las principales dificultades con las que se encuentran es la operativa: «Tanto la donación como la redistribución de alimentos dependen a menudo de procesos manuales que implican trámites administrativos, coordinación logística y comunicación directa entre establecimientos y organizaciones sociales, lo que dificulta la agilidad necesaria para gestionar alimentos perecederos».Además, las propias entidades sociales se enfrentan a una falta de previsibilidad que complica su trabajo. A menudo necesitan movilizar voluntarios sin saber con certeza qué alimentos estarán disponibles o en qué cantidades, «y esa falta de previsión termina reduciendo las tasas de recogida y, en ocasiones, provoca que parte de los excedentes -normalmente los productos frescos como frutas, verduras, carnes o pescados, no llegue a aprovecharse».
Si algo evidencia el desperdicio alimentario es que no existe un único responsable. Aunque en los últimos años se ha reducido -en parte influido por el entorno inflacionario-, la entrada en vigor el 1 de abril de la Ley 1/2025 de Prevención de las … Pérdidas y el Desperdicio Alimentario «se perfila como un nuevo acelerador y sus principales exigencias surtirán efecto previsiblemente en menos de un mes». Así lo asegura Enrique Porta, socio de Consumo y Retail de KPMG en España. Un cambio que ha sido posible, por un lado, por la pérdida de poder adquisitivo de los consumidores que los ha llevado a compras más racionales, aceptando productos próximos a su fecha de caducidad y reduciendo los excedentes en el hogar. Y por otro, porque fabricantes y distribuidores destinan recursos a innovación, tecnologías y mejoras en la eficiencia de los procesos productivos.
Esto se traduce en mejoras en la planificación, revisiones de formatos y una tendencia creciente a reducir el tamaño de envases y packs, en línea también con el progresivo descenso del tamaño medio de los hogares. Desde la Federación Española de Industrias de Alimentación y Bebidas, (FIAB), su directora de Competitividad y Sostenibilidad, Paloma Sánchez Pello, opina que la ley es positiva porque busca mejorar la eficiencia y optimización de la cadena, aunque cada eslabón presenta sus propios puntos críticos. «El control sobre los procesos es elevado, pero siguen existiendo factores difíciles de prever y que se escapan a la planificación como mermas inevitables en la producción, cambios en la demanda o productos que pierden su condición de aprovechables antes de tiempo», afirma Sánchez Pello. Desde FIAB, de hecho, se han desarrollado guías para ayudar a las empresas a diseñar estos planes. La organización subraya que, con la nueva ley, «se armonizará lo que la industria lleva años haciendo a través de la formalización de convenios».
El gran cambio
El principal cambio que introduce, continúa Porta, es que «la gestión del desperdicio deja de ser voluntaria o reactiva y pasa a convertirse en una exigencia que debe documentarse y que será supervisada, con riesgo de penalización en caso de incumplimiento». Pero, ¿hasta qué punto la norma supone un cambio real o simplemente formalizan prácticas que muchas compañías ya habían empezado a adoptar? Numerosas empresas fabricantes ya colaboran regularmente con bancos de alimentos y organizaciones sociales para dar una segunda vida a productos que, por distintos motivos, no pueden comercializarse, pero mantienen todas las garantías de calidad y seguridad alimentaria, y, por tanto, pueden ser donados, aclara Sánchez Pello. Además, el sector ha dado un paso más allá y lleva tiempo explorando fórmulas para aprovechar los excedentes dentro de la propia cadena o en otras industrias. El desarrollo de co-productos y la valorización de subproductos ha abierto nuevas posibilidades que van desde la alimentación animal hasta la producción de fertilizantes agrícolas o biogás. «En algunos casos, esos subproductos también se reincorporan a la cadena alimentaria como ingredientes de alto valor; en otros, encuentran aplicaciones en sectores como el farmacéutico, el energético o el cosmético», afirma Sánchez Pello. También se trabaja desde hace tiempo en iniciativas como el ecodiseño de envases o la mejora de los sistemas de conservación para alargar la vida útil de los alimentos y reducir las pérdidas em su almacenamiento o distribución.
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Biotecnología
Daniel Méndez
Más eficiencia
Las claves para abordar este reto, explican los expertos, pasan por identificar las categorías más expuestas, mejorar la eficiencia de las cadenas de suministro y aprovechar el potencial de las nuevas tecnologías. En este sentido, cada vez más empresas están incorporando sistemas basados en datos que permiten anticipar problemas en la cadena de producción o detectar ineficiencias antes de que se conviertan en desperdicio. A estas herramientas se suman innovaciones como los envases y etiquetas inteligentes, que incorporan sensores capaces de monitorizar el estado real de los alimentos y detectar su deterioro en función de variables como el tiempo o la temperatura.
Asimismo, prosigue Porta, para un correcto diagnóstico y toma de decisiones, «es recomendable realizar un análisis granular, apoyado en herramientas analíticas y modelos predictivos, que permita llegar al máximo nivel de detalle (referencia-tienda-día) para identificar las causas raíz del desperdicio y proponer acciones de mitigación efectivas». Esto se logra con los algoritmos de IA utilizados por supermercados y distribuidores para analizar datos de ventas, estacionalidad o comportamiento del consumidor y ajustar con precisión la producción y el stock, especialmente en categorías frescas, donde cualquier desviación suele traducirse rápidamente en excedentes. «También es aconsejable adoptar un enfoque holístico e implicar y alinear tanto a departamentos comerciales y de compras (revisando surtidos, promociones, condiciones comerciales con proveedores) como a equipos de cadena de suministro y operaciones en tienda», concluye.
Redistribución
Pero quizá el ejemplo más visible que existe son las plataformas digitales de redistribución de excedentes, que conectan a establecimientos con consumidores u organizaciones sociales. Algo que permite a restaurantes, supermercados o panaderías ofrecer alimentos que no se han vendido em la jornada a precios reducidos. Es el caso de Too Good To Go, con más de 20.000 establecimientos de alimentación en España que usan su aplicación para dar salida a estos productos. Solo en los últimos dos años, explica Marie Lindström, directora general de la plataforma en España el número de negocios del canal Horeca (que aglutina hoteles, restaurantes, caterings y cafeterías) que se han sumado a la iniciativa ha crecido un 30%, mientras que el de supermercados lo ha hecho un 23%. También, a través de las llamadas Cajas Despensa, soluciones dirigidas a fabricantes, permiten vender directamente al consumidor alimentos que no pueden comercializarse por canales habituales debido a cambios en el packaging, errores de etiquetado o fechas de consumo próximas.
Más recientemente, la plataforma ha desarrollado herramientas específicas para facilitar las donaciones. Sistemas que permiten escanear los productos, publicar las donaciones en tiempo real y conectar a los establecimientos con entidades sociales que pueden reservar y recoger los alimentos. Según la compañía, este tipo de soluciones no solo simplifica la logística, sino que mejora la trazabilidad y facilita que las empresas puedan beneficiarse de los incentivos fiscales asociados a la donación.
Un asesoramiento clave para afrontar el reto legislativo
Desde la asociación empresarial del gran consumo, AECOC, subrayan que la ley de prevención y reducción del desperdicio alimentario llega en un momento en el que la sensibilización de la ciudadanía, las empresas y las administraciones no deja lugar a dudas y en el que la cadena agroalimentaria lleva ya años implementando, de manera voluntaria, buenas prácticas y soluciones.
Sin embargo, la apliación de la ley presenta varios escollos. El primero, según Nuria de Pedraza, directora de comunicación de AECOC y del proyecto ‘La Alimentación no tiene desperdicio’, radica en que, a fecha de hoy, buena parte de las empresas afectadas no tienen suficiente conocimiento sobre las obligaciones y recomendaciones que contempla o que le aplican. El segundo es que elaborar un plan de prevención y reducción del desperdicio alimentario -por sencillo que éste sea- exige un trabajo previo de análisis, reflexión y revisión de procesos que no todas las empresas afectadas han realizado. El tercero y, sin duda, más relevante es poder acceder a una red de entidades del tercer sector capaces de absorber el incremento de donaciones que debería suponer el cumplimiento normativo en todos los territorios y con todas las garantías, especialmente en determinadas zonas de nuestro país donde la oferta de entidades receptoras es escasa y donde muchas carecen de los recursos humanos y técnicos necesarios para poder redistribuir, manipular y conservar los alimentos con todas las garantías. Ante esta situación, AECOC trabaja para ofrecer webinars informativos sobre las obligaciones de la ley en colaboración con el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación y para poner a disposición de las empresas del sector una plataforma online, especialmente diseñada para la elaboración de los planes de prevención y reducción del desperdicio alimentario.
Además, AECOC también colabora con los bancos de alimentos y otras organizaciones empresariales para ofrecer a las empresas modelos de convenios de donación que cumplan con los requisitos que marca la ley; así como desarrollando, con colaboración con Phenix, varios Barómetros para conocer los hábitos de aprovechamiento de los alimentos en los hogares españoles.
Lindström, apunta que una de las principales dificultades con las que se encuentran es la operativa: «Tanto la donación como la redistribución de alimentos dependen a menudo de procesos manuales que implican trámites administrativos, coordinación logística y comunicación directa entre establecimientos y organizaciones sociales, lo que dificulta la agilidad necesaria para gestionar alimentos perecederos».
Además, las propias entidades sociales se enfrentan a una falta de previsibilidad que complica su trabajo. A menudo necesitan movilizar voluntarios sin saber con certeza qué alimentos estarán disponibles o en qué cantidades, «y esa falta de previsión termina reduciendo las tasas de recogida y, en ocasiones, provoca que parte de los excedentes -normalmente los productos frescos como frutas, verduras, carnes o pescados, no llegue a aprovecharse».
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