Hay tardes que no se cuentan por trofeos ni por estadísticas. Se cuentan por lo que dejan dentro. Y la de este 12 de abril en la Maestranza fue una de esas. Una tarde áspera y fría, de las que se tuercen desde el principio, con una corrida de Fuente Ymbro bien presentada, seria, con caras y cuajo, pero falta de alma. Desrazada, sin clase, sin ese hilo invisible que conecta toro y tendido. Una corrida que no invitaba al triunfo, sino a la resistencia.En ese paisaje ingrato apareció la verdad de Rafael Serna. Con la espada de Damocles sobre la cabeza, sin margen, sin red. Ya su primero había sido un imposible: un animal sin entrega, sin viaje, que obligó a abreviar aunque insistió toreramente. Ahí no había historia. Pero antes, en el primer toro, ya había dejado un apunte de su actitud: un quite por tafalleras bien resuelto, con decisión, queriendo marcar territorio desde el principio.El quinto, el único toro con algo dentro, con un punto de nobleza y entrega entre la aspereza general, encontró delante a un torero que no se dejó nada. Y ahí empezó todo. También desde el capote, porque Serna lo saludó a la verónica con temple y buen gusto, asentando la embestida desde el primer cite. Lo entendió desde el inicio. Le buscó las vueltas, le midió las fuerzas, le dio sitio cuando lo pedía y lo llevó cosido cuando hacía falta a pesar del viento. Trazo largo, muletazos templados, naturales hondos, de mano baja y corazón arriba. Cuidando al toro mientras lo exprimía. Toreo de verdad, de ese que no se improvisa.Había algo más que técnica. Había una historia detrás. Hijo de la Esperanza, del Humilde de las manos atadas como tantas veces recordaba su padre, el recordado Rafael González Serna. Y, sin embargo, allí estaba, desatando el toreo cuando más lo necesitaba. Como buen bético, ganando el partido cuando todo parecía perdido.La estocada fue la rúbrica: un espadazo de verdad, de fe, de entrega. De esos que no se olvidan. Un regalo a su vida en forma de oreja, a su esfuerzo, a su familia. A todo lo que hay detrás de una tarde así.No fue una corrida fácil para nadie. El cuarto, con poca presencia y cara, fue devuelto por falta de fuerza. En su lugar salió un sobrero de Murteira Grave con la vista cruzada y un punto por debajo de lo que exige Sevilla. Ahí estuvo digno, como toda la tarde, Álvaro Lorenzo, que lo dio todo sin guardarse nada, pero sin materia prima en ninguno de sus dos oponentes. Como también se estrelló contra el silencio Molina, que poco pudo hacer con un lote sin transmisión ni eco, aunque ambos dejaron buenas sensaciones.RevoleraMucho frío: Conviene insistir en la importancia de recuperar el albero maestrante en su mejor versión. Las rayas de picar vuelven a perderse con facilidad y Sevilla, que es liturgia y medida, necesita verlas claras y definidas en el ruedo El alcalde: José Luis Sanz presenció la corrida desde el balcón del 7, siguiendo con atención la tarde y apoyando al sevillano de la terna. Las rayas de picar: Conviene insistir en la importancia de recuperar el albero maestrante en su mejor versión. Las rayas de picar vuelven a perderse con facilidad y Sevilla, que es liturgia y medida, necesita verlas claras y definidas en el ruedoPor eso lo de Serna tuvo más valor. Porque no había corriente a favor, hacía frío. Porque no había concesiones. Porque en una tarde que dejaba mal sabor de boca, él puso algo distinto. Algo que no se mide solo en una oreja. Tuvo raza para buscar la clase donde no la había.Y es que Sevilla es así. Aquí no basta con la fe. Ni siquiera con los pies firmes del Señor de la Sentencia se regalan trofeos. Aquí hay que ganarlos de verdad. Y Rafael Serna lo hizo. Lo dejó todo en el ruedo en una semana en la que se jugaba mucho más que una tarde: Francia, Madrid, su sitio.Pero hay cosas que no se explican. Solo se sienten. Y quizá la Virgen de la Esperanza Macarena se lo tenía guardado. Un 12 de abril. Una tarde imposible. Un toro que embistió. Y un torero que creyó. Y a veces, solo a veces, la Esperanza es lucero que ilumina el tiempo de todas las horas. Hay tardes que no se cuentan por trofeos ni por estadísticas. Se cuentan por lo que dejan dentro. Y la de este 12 de abril en la Maestranza fue una de esas. Una tarde áspera y fría, de las que se tuercen desde el principio, con una corrida de Fuente Ymbro bien presentada, seria, con caras y cuajo, pero falta de alma. Desrazada, sin clase, sin ese hilo invisible que conecta toro y tendido. Una corrida que no invitaba al triunfo, sino a la resistencia.En ese paisaje ingrato apareció la verdad de Rafael Serna. Con la espada de Damocles sobre la cabeza, sin margen, sin red. Ya su primero había sido un imposible: un animal sin entrega, sin viaje, que obligó a abreviar aunque insistió toreramente. Ahí no había historia. Pero antes, en el primer toro, ya había dejado un apunte de su actitud: un quite por tafalleras bien resuelto, con decisión, queriendo marcar territorio desde el principio.El quinto, el único toro con algo dentro, con un punto de nobleza y entrega entre la aspereza general, encontró delante a un torero que no se dejó nada. Y ahí empezó todo. También desde el capote, porque Serna lo saludó a la verónica con temple y buen gusto, asentando la embestida desde el primer cite. Lo entendió desde el inicio. Le buscó las vueltas, le midió las fuerzas, le dio sitio cuando lo pedía y lo llevó cosido cuando hacía falta a pesar del viento. Trazo largo, muletazos templados, naturales hondos, de mano baja y corazón arriba. Cuidando al toro mientras lo exprimía. Toreo de verdad, de ese que no se improvisa.Había algo más que técnica. Había una historia detrás. Hijo de la Esperanza, del Humilde de las manos atadas como tantas veces recordaba su padre, el recordado Rafael González Serna. Y, sin embargo, allí estaba, desatando el toreo cuando más lo necesitaba. Como buen bético, ganando el partido cuando todo parecía perdido.La estocada fue la rúbrica: un espadazo de verdad, de fe, de entrega. De esos que no se olvidan. Un regalo a su vida en forma de oreja, a su esfuerzo, a su familia. A todo lo que hay detrás de una tarde así.No fue una corrida fácil para nadie. El cuarto, con poca presencia y cara, fue devuelto por falta de fuerza. En su lugar salió un sobrero de Murteira Grave con la vista cruzada y un punto por debajo de lo que exige Sevilla. Ahí estuvo digno, como toda la tarde, Álvaro Lorenzo, que lo dio todo sin guardarse nada, pero sin materia prima en ninguno de sus dos oponentes. Como también se estrelló contra el silencio Molina, que poco pudo hacer con un lote sin transmisión ni eco, aunque ambos dejaron buenas sensaciones.RevoleraMucho frío: Conviene insistir en la importancia de recuperar el albero maestrante en su mejor versión. Las rayas de picar vuelven a perderse con facilidad y Sevilla, que es liturgia y medida, necesita verlas claras y definidas en el ruedo El alcalde: José Luis Sanz presenció la corrida desde el balcón del 7, siguiendo con atención la tarde y apoyando al sevillano de la terna. Las rayas de picar: Conviene insistir en la importancia de recuperar el albero maestrante en su mejor versión. Las rayas de picar vuelven a perderse con facilidad y Sevilla, que es liturgia y medida, necesita verlas claras y definidas en el ruedoPor eso lo de Serna tuvo más valor. Porque no había corriente a favor, hacía frío. Porque no había concesiones. Porque en una tarde que dejaba mal sabor de boca, él puso algo distinto. Algo que no se mide solo en una oreja. Tuvo raza para buscar la clase donde no la había.Y es que Sevilla es así. Aquí no basta con la fe. Ni siquiera con los pies firmes del Señor de la Sentencia se regalan trofeos. Aquí hay que ganarlos de verdad. Y Rafael Serna lo hizo. Lo dejó todo en el ruedo en una semana en la que se jugaba mucho más que una tarde: Francia, Madrid, su sitio.Pero hay cosas que no se explican. Solo se sienten. Y quizá la Virgen de la Esperanza Macarena se lo tenía guardado. Un 12 de abril. Una tarde imposible. Un toro que embistió. Y un torero que creyó. Y a veces, solo a veces, la Esperanza es lucero que ilumina el tiempo de todas las horas.
Hay tardes que no se cuentan por trofeos ni por estadísticas. Se cuentan por lo que dejan dentro. Y la de este 12 de abril en la Maestranza fue una de esas. Una tarde áspera y fría, de las que se tuercen desde el principio, … con una corrida de Fuente Ymbro bien presentada, seria, con caras y cuajo, pero falta de alma. Desrazada, sin clase, sin ese hilo invisible que conecta toro y tendido. Una corrida que no invitaba al triunfo, sino a la resistencia.
En ese paisaje ingrato apareció la verdad de Rafael Serna. Con la espada de Damocles sobre la cabeza, sin margen, sin red. Ya su primero había sido un imposible: un animal sin entrega, sin viaje, que obligó a abreviar aunque insistió toreramente. Ahí no había historia. Pero antes, en el primer toro, ya había dejado un apunte de su actitud: un quite por tafalleras bien resuelto, con decisión, queriendo marcar territorio desde el principio.
El quinto, el único toro con algo dentro, con un punto de nobleza y entrega entre la aspereza general, encontró delante a un torero que no se dejó nada. Y ahí empezó todo. También desde el capote, porque Serna lo saludó a la verónica con temple y buen gusto, asentando la embestida desde el primer cite. Lo entendió desde el inicio. Le buscó las vueltas, le midió las fuerzas, le dio sitio cuando lo pedía y lo llevó cosido cuando hacía falta. Trazo largo, muletazos templados, naturales hondos, de mano baja y corazón arriba. Cuidando al toro mientras lo exprimía. Toreo de verdad, de ese que no se improvisa.
Había algo más que técnica. Había una historia detrás. Hijo de la Esperanza, del Humilde de las manos atadas como tantas veces recordaba su padre, el recordado Rafael González Serna. Y, sin embargo, allí estaba, desatando el toreo cuando más lo necesitaba. Como buen bético, ganando el partido cuando todo parecía perdido.
La estocada fue la rúbrica: un espadazo de verdad, de fe, de entrega. De esos que no se olvidan. Un regalo a su vida en forma de oreja, a su esfuerzo, a su familia. A todo lo que hay detrás de una tarde así.
No fue una corrida fácil para nadie. El cuarto, con poca presencia y cara, fue devuelto por falta de fuerza. En su lugar salió un sobrero con la vista cruzada y un punto por debajo de lo que exige Sevilla. Ahí estuvo digno, como toda la tarde, Álvaro Lorenzo, que lo dio todo sin guardarse nada, pero sin materia prima en ninguno de sus dos oponentes. Como también se estrelló contra el silencio Molina, que poco pudo hacer con un lote sin transmisión ni eco, aunque ambos dejaron buenas sensaciones.
Revolera
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Mucho frío: Conviene insistir en la importancia de recuperar el albero maestrante en su mejor versión. Las rayas de picar vuelven a perderse con facilidad y Sevilla, que es liturgia y medida, necesita verlas claras y definidas en el ruedo
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El alcalde: José Luis Sanz presenció la corrida desde el balcón del 7, siguiendo con atención la tarde y apoyando al sevillano de la terna.
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Las rayas de picar: Conviene insistir en la importancia de recuperar el albero maestrante en su mejor versión. Las rayas de picar vuelven a perderse con facilidad y Sevilla, que es liturgia y medida, necesita verlas claras y definidas en el ruedo
Por eso lo de Serna tuvo más valor. Porque no había corriente a favor, hacía frío. Porque no había concesiones. Porque en una tarde que dejaba mal sabor de boca, él puso algo distinto. Algo que no se mide solo en una oreja. Tuvo raza para buscar la clase donde no la había.
Y es que Sevilla es así. Aquí no basta con la fe. Ni siquiera con los pies firmes del Señor de la Sentencia se regalan trofeos. Aquí hay que ganarlos de verdad. Y Rafael Serna lo hizo. Lo dejó todo en el ruedo en una semana en la que se jugaba mucho más que una tarde: Francia, Madrid, su sitio.
Pero hay cosas que no se explican. Solo se sienten. Y quizá la Virgen de la Esperanza Macarena se lo tenía guardado. Un 12 de abril. Una tarde imposible. Un toro que embistió. Y un torero que creyó. Y a veces, solo a veces, la Esperanza es lucero que ilumina el tiempo de todas las horas.
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